28 ago. 2014

Reseña: Diary of a Naked Official, de Ouyang Yu

Ouyang Yu, Diary of a Naked Official (Melbourne: Transit Lounge, 2014). 220 páginas.

De Ouyang Yu solamente había leído (en inglés, por supuesto) algunos ejemplos de su poesía, género en el que es un autor ciertamente prolífico. En cierto modo, Yu se ha convertido en una presencia persistente en la escena literaria australiana actual, de lo cual cabe sin duda alegrarse, puesto que no se trata de una escena muy permeable.

Lo cierto es que desconocía que hubiera publicado ficción en inglés. Diary of a Naked Official es en realidad su cuarta novela en lengua inglesa, lo que para alguien nacido en China y emigrado a Australia en 1991 es una cifra más que respetable. El desnudo oficial (quizás ‘desguarnecido’ sería una traducción más aproximada al sentido real) del título, nos aclara la contracubierta del libro, se refiere a que el funcionario ha trasladado a su familia al exterior (a la ciudad de Sydney en este caso) además de haber sacado del país todo el dinero obtenido a través de prácticas corruptas o fraudulentas. Es decir, aparte de su propia persona, no tiene nada que quede expuesto a las represalias del régimen de Beijing.

De entrada, Yu interpone a un ‘editor’, una persona de ascendencia china que se encuentra un lápiz de memoria en uno de los trenes suburbanos de Melbourne, entre el autor del diario (al que se identifica con un pseudónimo, Shi Ma) y el lector. Una capa metaliteraria añadida que convierte a este libro en algo difícil de encasillar, si es que verdaderamente fuera necesario hacerlo.

El lector/editor del diario de Shi Ma precede a este con un prólogo (aunque Yu, curiosamente, no haga explícito que se trate de uno) en el que avisa al lector de que lo presenta tal y como es, con algunas mínimos cambios editoriales para no herir las “sensibilidades de clase media” australianas. Una vez comienzas a leer el diario, te das cuenta de que Yu ha añadido otra capa metaliteraria más, puesto que Shi Ma se identifica como empleado de una editorial china, para la cual lee manuscritos y libros extranjeros, participando de manera activa con sus recomendaciones en la criba brutal y despiadada que es todo negocio editorial.

Pero el grueso de la novela es el catálogo de encuentros sexuales de Shi Ma con sus xiao-jie, tengan o no edad de consentimiento sexual, amén de alguna que otra señora y jovencita que busca sus favores. El contenido es naturalmente provocador, y el propósito una crítica brutal, ácida, del capitalismo rampante que se ha infiltrado en las elites del poder en China.

Pongamos por ejemplo este extracto del diario, correspondiente al (pura coincidencia, de verdad) 16 de agosto:

“En ese bar de karaoke, que tiene por nombre Deriva, o Derribo, o Derrape, al que me llevó M., nos condujeron a un rincón oscurecido en una sala privada, totalmente equipada, con su pantalla gigante, selector electrónico de canciones, una mesa de cristal repleta de comida y cervezas, y más chicas que las que pudiéramos atender, cuyas caras apenas podía distinguir una de otra. En este cliché posmoderno de un formidable jugueteo colectivo previo, la visión cedía su espacio a los sentidos, predominantemente el olfativo, mientras se percibía el mal olor corporal acre de las chicas, casi desnudas, cuando dos de ellas me habían emparedado antes de que me hubiera podido darme cuenta. En ese momento, las cosas se volvieron puntiagudas: sus tetas eran puntiagudas, sus uñas eran puntiagudas, las yemas de mis dedos se volvían puntiagudas cada vez que les tocaba las tetas, sus zapatos puntiagudos, los tacones puntiagudos, erectos como  penes delgados y duros, y hasta las puntas de su cabello erizado y untado de fijador. Y claro está, incluso mi miembro, el no afiliado, recto como una espada.
Una de las chicas tenía un nombre inventado, Po Sen, y la otra se llamaba Kristy. Por culpa de la música, a muy alto volumen, creí escuchar Poison y Creepy. Desde ese momento las llamé así, y no pararon de reírse.
[…]
Más tarde, las dos chicas empezaron a torturarme con placer hasta que caí exhausto. Lo único que recuerdo ahora es que antes de descargar dentro de C la saqué a tiempo, y me disponía a metérsela a P cuando ella me detuvo y me hizo cambiar el condón con uno nuevo. Me corrí dentro de P mientras dejaba que C me untara la cara con su lápiz de labios negro hasta que los labios le quedaron limpios, en su color natural.
Las chicas, según tengo entendido, son estudiantes universitarias, del primer año. Mientras Creepy se ausentaba – se fue al baño, puede que a maquillarse otra vez – Poison me contó que hoy en día apenas asistía a sus clases; fácilmente podía conseguir que una docena de chicos estudiantes se encapricharan de ella y le hicieran la tarea. No tiene que comprarse el desayuno, pues ya se lo han preparado, ¡incluso antes de que se haya levantado de la cama! En cuanto a los profesores varones, podía con facilidad victimizarlos – esa fue la palabra que utilizó – con su belleza; harán cualquier cosa por ella. Desde ese punto de vista, yo debería considerarme un tipo con suerte. Pero pensé en ella con pena: una juventud destrozada solamente por dinero.” (páginas 41-43, mi traducción)
Cabe destacar también las demoledoras reflexiones en torno a la literatura actual que realiza Shi Ma, y sobre el negocio editorial:

“Una de las principales ventajas de ser vicedirector, con  la responsabilidad propia de mi sección, la de publicar libros subvencionados con dinero privado, es que puedo disfrutar de lo bueno, o quizás debiera decir, de lo mejor, sin gastarme un céntimo. En ese contexto, un libro excelente, para cuando está editado y publicado, se convierte en un buen libro, y un buen libro, en un libro regular. Es increíble cuánto puede llegar a venderse un libro regular, como el que ha escrito ese tipo llamado Hung Heavens, pero ya han dejado de sorprenderme las mediocridades, puesto que el mundo está hecho para ellas, libros escritos por mediocres para los mediocres, como comida ordinaria, engullida solamente para luego cagarla.” (páginas 68-69, mi traducción)
Me pregunto quién se esconde detrás del nombre Hung Heavens.

Puede que Diary of a Naked Official sea una obra demasiado audaz para el a veces un tanto bonachón mercado literario europeo. Y no hablemos del norteamericano, ¿para qué pensar siquiera en eso? Una novela de ideas, provocadora en su indagación de qué es o cómo son los que mueven los hilos del poder (y no me refiero al político), no solamente en la China actual sino en un mundo gobernado y dirigido por los mercados del sexo, o el sexo de los mercados.

Un libro en el que de Houellebecq, Beckett, el Marqués de Sade y Cioran quedan encumbrados por este disoluto editor chino, mientras que Nabokov o Somerset Maugham son un tanto menospreciados.


Todo lo mueve, y lo mide, el dinero. Ojalá haya un editor que, a diferencia de el jefe de Shi Ma, tenga las agallas para publicar esta novela en castellano o catalán. Vale la pena, si no por las respuestas (que ciertamente no hallarás en el libro), al menos por los elocuentes interrogantes que nos plantea.

25 ago. 2014

Reseña: Drown, de Junot Díaz

Junot Díaz, Drown (Londres: Faber & Faber, 2008 [1997]). 166 páginas. 

Ahora que el gobierno de los Estados Unidos de América más trastabilla en su política de inmigración y emprende la expulsión no ya de adultos latinoamericanos (que entran en su mayoría de forma clandestina en su territorio), sino también de miles de niños, pasa por mis manos este breve pero descarnado volumen de cuentos de Junot Díaz, estadounidense nacido en la República Dominicana. Drown se publicó originalmente en 1996, pero el ejemplar que ahora tengo en mi biblioteca es una edición rústica de 2008.

Los cuentos de Drown tienen en común no solamente la voz (o las voces) de su narrador, por lo general un joven dominicano que se expresa en un inglés directo y coloquial salpicado de hispanismos. Los cuentos también tratan temas muy similares en todos ellos: los intentos de los chicos jóvenes emigrados a los EE.UU. por re-crear una identidad de apariencia externa dura mientras la estructura familiar se está colapsando irremediablemente. Son jóvenes machistas que han crecido en la miseria de la República Dominicana y han aprendido a valerse por sí mismos. Cuando son trasplantados al durísimo entorno neoyorquino saben cómo abrirse camino, aunque sea en el inframundo del comercio de drogas ilegales.

Las narraciones alternan la República Dominicana y los EE.UU. como lugar en el que se desarrollan. Aunque el efecto en ocasiones sea algo extraño (ese ir y venir, en realidad, pocas veces refleja la realidad de los emigrantes, que casi nunca logran ahorrar capital para hacer el viaje de regreso a la Isla), sí resulta llamativo el contraste entre las barriadas y el campo dominicano y los guetos suburbanos en los que se quedan anclados por la pobreza, la falta de educación o su propia indolencia.

Hay cuentos con los que, como en el caso de ‘Fiesta, 1980’, Díaz arranca más de una sonrisa al lector con una espléndida narración de una celebración de dominicanos en un apartamento desde el punto de vista de un niño, Yunior, al que su padre castiga cada vez que se marea cuando viaja en el automóvil familiar (lo que ocurre indefectiblemente siempre que sube al coche). Otros se centran en los dilemas en torno a la sexualidad de un joven emigrante en la sociedad estadounidense, como en el caso de ‘How to Date a Browngirl, Blackgirl, Whitegirl or Halfie’, o en ‘Drown’.

En ‘Aguantando’, el tema es la inabordable soledad que siente una mujer emigrante entregada a la lucha y al esfuerzo titánico diario empeñada en sacar adelante a sus dos hijos después de que el marido la haya abandonado.

Una veta oculta que recorre subrepticiamente casi todos estos relatos de Drown es la violencia, a veces explicitada (como en el caso del hermano mayor de Yunior en ‘Ysrael’), otra veces sutilmente soslayada. Estas son narrativas de diáspora, relatos de ausencias y bruscos cambios de hábitos y costumbres, historias de familias truncadas y separadas, en las que la figura paterna está ausente o representa una imagen violenta, autoritaria y opresora. 

Drown se publicó en España como Los boys (vaya usted a saber por qué), en traducción de Eduardo Lago para Mondadori, y reeditada en 2009 por Debolsillo. Quizá algún día podremos leer otras historias, de otros niños latinos que fueron expulsados del territorio de los EE.UU. de América porque la agenda política interna así lo dicta.

18 ago. 2014

Reseña: California, de Edan Lepucki

Edan Lepucki, California (Londres: Little Brown, 2014). 392 páginas.

‘It’s the end of the world as we know it’, cantaban REM a finales de los años 80. La fascinación por el apocalipsis o una versión más o menos llevadera del final del mundo lleva décadas presente en la literatura occidental. Desde la más que sugestiva The Road de McCarthy a la papilla facilona ideada para ser llevada a la televisión (The Leftovers de Tom Perrotta), o las novelas de Margaret Atwood, hay para todos los gustos.

Impulsada por el grupo editorial Hachette en su particular guerra comercial con Amazon, pronto llegará a las estanterías (o a su dispositivo electrónico, si así lo prefiere) California, la primera novela de la estadounidense Edan Lepucki. En California, una joven pareja, Calvin y Frida, han logrado huir de un escenario post-apocalíptico en la ciudad de Los Ángeles. A los cataclismos sobrevenidos con el cambio climático y algunos brutales terremotos se han añadido el colapso del gobierno, de la economía y del orden público. En algún momento, y por culpa de los continuos apagones, internet dejó de funcionar (yeah!), nos cuenta la voz omnisciente de esta entretenida (ojo, pero solamente a ratos) novela.

Cal y Frida escapan en un automóvil cargado de enseres y se adentran en una región boscosa de lo que se supone es el estado de California. En un principio se instalan en un cobertizo, apartados del mundo y de los pocos seres humanos que, según parece, habitan esa parte del mundo. La costa este de los EE.UU. y el midwest han quedado devastados por supertormentas. Del resto del planeta – ¿a quién podría importarle el resto de la humanidad? – no se sabe nada. Casi mejor, diría uno: ¿no sería deliciosamente irónico que esta hecatombe solo afectara a unos pocos ‘escogidos’ in God’s own country…?

El caso es que Cal y Frida sobreviven en su cobertizo, cultivando hortalizas, recolectando setas y frutillas y cazando animalitos en el bosque; cuando están aburridos (no hay tele, no hay libros, no hay internet) se entregan al sexo (lo cual, parece sugerirnos Lepucki, les sucede casi todo el tiempo). Al poco tiempo hacen contacto con otra familia, los Miller, que también se han establecido en la región. Bo y Sandy subsisten, al igual que ellos, a duras penas, pero están sacando adelante a sus dos hijos, Jane y Garrett.

Hay también una especie de buhonero, August, quien desde su carreta tirada por una yegua se dedica al trueque. Tanto los Miller como August transmiten a los jóvenes desconfianza y miedo. El mundo es un lugar peligroso, y es recomendable no explorar los alrededores, en concreto un asentamiento cercano que Bo Miller le enseña un día a Cal.

Todo cambia, sin embargo, cuando Cal descubre que toda la familia Miller ha muerto envenenada. Después de darles sepultura, Cal y Frida se mudan a la casa de los Miller, mejor dotada y preparada para el invierno. Pero la curiosidad les azuza, y Cal y Frida emprenden el camino hasta adentrarse en una especie de laberinto construido con enormes estacas.

Tanto va el cántaro a la fuente que al final Frida se queda embarazada (o eso sospecha ella). Al llegar a esa colonia que protegen las estacas (que los lugareños denominan ‘The Land’, la tierra), Frida se llevará una enorme sorpresa que la deja sin habla. Su hermano, Micah, al que ella creía muerto tras un acto de terrorismo suicida, es el líder de ese extraño poblado.

Lo cierto es que no les reciben con los brazos abiertos. En The Land hay muchas reglas que los recién llegados deben cumplir a rajatabla; además, la suspicacia parece ser la característica conductual más extendida. Poco a poco Frida y Cal van averiguando cosas acerca del pasado de esta extraña comunidad aislada del mundo. En ese lugar no hay niños, y por lo tanto la decisión de comunicar el posible embarazo de Frida se convierte en un significativo elemento de suspense.

La narración retrocede constantemente a un pasado indefinido: a cuando Micah y Cal eran estudiantes en Plank, o a cuando Micah comenzó a coquetear con un grupo clandestino de cariz activista, The Group. Quizás se deba a este hecho que la novela parece por momentos avanzar a trancas y barrancas.

Como contrapunto a esta existencia espartana y laboriosa, los personajes hacen constante referencia a las Comunidades, enclaves formados tras el colapso del sistema político que había existido hasta el comienzo de esta ‘vida de ultratumba’, tal y como Cal y Frida describen su nueva vida alejados de Los Ángeles. En las Comunidades viven los ricos, y el acceso a ellas está fuertemente restringido.

El principal problema de California es que el nuevo mundo distópico no está bien definido en ningún momento. Las interrogantes sin respuesta son tan numerosas que el lector debe optar por seguirle la corriente a la autora hasta el desenlace, dramático y efectista, sin duda alguna. Que Lepucki mantenga y alargue el suspense (no siempre con pericia) no soslaya los muchos peros y limitaciones que encierra esta historia. California no llega a profundizar en ninguno de los temas que toca someramente: la innata atracción que el ser humano siente por ejercer el poder, o la división social entre sexos y la asignación de roles a mujeres y hombres, entre otros.

Una de las incongruencias de la novela es la vehemente reacción que la visión del color rojo produce en las mujeres de The Land. Cuando Frida se hace un pequeño corte en un dedo mientras trabaja en la cocina, por ejemplo, o mucho antes, cuando Sandy ve el saco de dormir rojo en el cobertizo donde viven Cal y Frida. Si esa reacción tan colérica es, como parece serlo, una premisa fundamental de la historia, ¿qué ocurría exactamente en The Land cuando sus mujeres tenían la menstruación? ¿Cerraban los ojos, y santas pascuas?

Dado el mediocre poder creativo que demuestra tener Hollywood en la actualidad, no será de extrañar que California se convierta en su momento en una miniserie o en un largometraje para el consumo de masas. Más papilla, gracias, tenemos hambre.

11 ago. 2014

Reseña: The Following, de Roger McDonald



Roger McDonald, The Following (North Sydney: Vintage Books, 2013). 260 páginas.
Quien quiera hacerse una idea definida y precisa de cómo es la vida en Australia sin abandonar las comodidades del siglo XXI puede optar por refugiarse (sí, has leído bien) en un gran centro metropolitano; o bien asumir riesgos y aventurarse entre las suaves ondulaciones al oeste de la Gran Cordillera Divisoria para terminar recorriendo las grandes planicies que separan al desierto de la densamente poblada franja costera. Son dos Australias distintas, pero están obviamente conectadas. La inmensa mayoría de los que visitan este país continente nunca verán esas regiones, y si aprenden algo de ellas, por lo general es bien poco y a través de terceros.

Esta singular novela del australiano Roger McDonald se compone de tres partes (o tres nouvelles, si se quiere) que presentan algunas tenues conexiones entre sí. La que abre el libro se sitúa en los albores del siglo XX en el oeste de Nueva Gales del Sur, y sigue la vida de Marcus Friendly, un chico huérfano, criado por su abuelo, que sabrá ascender peldaños en la escala social hasta alcanzar la cúspide, el puesto de Primer Ministro. De maquinista ferroviario a político en la Canberra de los años posteriores a la Gran Depresión, Friendly simboliza el ‘bloke’, el arquetipo masculino blanco que en su época sustentó (y desde un punto de vista meramente histórico, sigue sustentando) toda una mitología. Esta narración es, para mi gusto, la más conseguida de las tres. La caída en desgracia de Friendly debido a su oposición al reclutamiento forzoso en la Primera Guerra Mundial no será óbice para que progrese en las filas del partido Laborista.

La segunda sección de The Following se centra en tres personajes masculinos muy diferentes en la Australia de los años 60 y 70: Kyle Morrison, hijo del poeta Bounder Morrison, y terrateniente arruinado; el capataz de la propiedad, Ross Devlin; y finalmente un novelista amigo de Kyle, Powys Wignall (quien bien podría ser Patrick White, al igual que Friendly representaría al Primer Ministro Ben Chiefly). Kyle vive en una inmensa propiedad agrícola del oeste de Nueva Gales del Sur, gracias a la caridad de una tía suya, que intercedió para que no lo expulsaran de la granja. El desenlace funesto de esta parte me recordó en cierto modo a Voss, de Patrick White. Antes que abandonar la tierra que adora y que siente suya, se entrega a ella en cuerpo y alma. Literalmente.

La tercera nouvelle está más próxima a la época actual y la acción (por así decirlo) nos lleva a la costa sur de Nueva Gales del Sur. Un grupo de amigos está reunido al final del verano austral tratando de paliarle el dolor a su amiga Sonia, enferma terminal de cáncer. Rodeados por el humo de los incendios habituales en esa época del año, Max Petersen (parlamentario laborista que espera una cartera ministerial en cualquier momento), Harris, el marido de Sonia, y Tiger Yeomans beben y comen mientras recuerdan el pasado. Se menciona a modo de insinuación que Max es el hijo de Marcus Friendly, pero no termina de estar claro qué papel juega esa conexión en el entramado general del libro.

Con una prosa por momentos algo densa, McDonald fuerza en ocasiones al lector a desmadejar los nudos sintácticos con que engarza ideas en sus párrafos. The Following vendría pues a ser el enaltecimiento de un tiempo y una forma de vivir ya fenecidos: la sordidez de la escena política que retrata McDonald en la tercera parte contrasta con los valores de honestidad y esfuerzo que Friendly representaba.

Sin embargo, me resultó un tanto incongruente que no se haga una denuncia explícita y ecuánime de la desposesión de la población indígena. Dado que McDonald opta por un narrador omnisciente, son demasiados los interrogantes que quedan sin respuesta y muchas las lagunas que quedan sin explorar. La intención de The Following no termina de resultarme clara: numerosos personajes que aparecen y desaparecen sin que desempeñen un papel claro en un conjunto ya de por sí confuso.

5 ago. 2014

Leer sin interrupciones

Now I have that new-smartphone feelin'! Do you?
El día se compone de veinticuatro horas. De esas veinticuatro quisiera poder dedicar, cuando menos, una hora y media diaria ininterrumpida a la lectura, ya que no lo hago a la escritura. Hace ya más de dos años que decidí que no quería tener un teléfono móvil, inteligente o no. No estoy seguro de que esta negativa de carácter ludita tenga mucho que ver con lo anterior. Sí sé, en cambio, que algo tiene que ver con lo que hace un par de meses parecía molestar tanto al escritor y traductor Tim Parks, que escribió en un post titulado ‘Writing: The Struggle’ de su blog en The New York Review of Books lo siguiente:

“De lo que hablo es el estado de absoluta distracción en el que vivimos y de cómo afecta las energías muy especiales que se necesitan para abordar una sustancial obra de ficción—para sumergirse en ella y regresar una y otra vez a ella en numerosas ocasiones durante lo que pueden ser días, semanas o meses, retomando cada vez los hilos de la historia o las historias, el esquema  de referencias internas, el posicionamiento de la obra en el contexto de otras novelas y, de hecho, del mundo en un sentido más amplio.” (mi traducción)
Y no es solamente la lectura como actividad intelectual ininterrumpida lo que está en estado de sitio constante. También la escritura, aunque sea tan esporádica como la del blog. En el mes de julio Martin Duwell, quien publica mes a mes una habitualmente exquisita reseña de poesía australiana en Australian Poetry Review decidió suspender la correspondiente a ese mes porque estaba dedicando casi todo su tiempo libre a ver no solamente el Mundial de fútbol de Brasil, sino también los pases de ‘grandes partidos’ históricos de ediciones anteriores del evento balompédico por excelencia que la cadena SBS emitía por las mañanas aquí en Australia.

Se suponía que todas estas nuevas tecnologías iban a hacernos la vida más fácil. Y en muchos aspectos, así ha sido. Ya es posible hablar y ver con un teléfono a otra persona en la otra punta del planeta, algo que en algún momento de mi infancia formó parte de las ficciones que formaba en mi cabeza. Quizás con lo que no contábamos es con esta inacabable serie de interrupciones que causan las tecnologías de la comunicación. Volviendo a lo que nos contaba Tim Parks:

“…cuando leemos hay más pausas, interrupciones y reinicios más frecuentes, más aportaciones procedentes de otras partes,  menos refugios en los que acomodar la mente. No se trata sencillamente de te interrumpan; se trata de que tienes de hecho una tendencia a la interrupción. Es por ello que se necesita más y más energía  para mantener el contacto con un libro, en especial uno que sea largo y complejo.” (mi traducción)
En el mismo remedio hemos creado otra enfermedad. ¿Quién no ha sufrido la inoportuna interrupción de alguna interesante, no ya importante, conversación, sea con colegas, con amigos, o incluso con desconocidos? La máquina se adueña de la atención humana y crea en nosotros una artificiosa necesidad de atender a sus requerimientos.

Y no te pienses que la circunstancia de no disponer de un teléfono celular te va a hacer menos vulnerables a las interrupciones. También existe el factor humano.

Un día de la semana pasada recibí cerca de veinticinco llamadas de teléfono procedentes de algún centro de llamadas radicado en, probablemente, la India. En una de las llamadas decidí coger el silbato que uso ocasionalmente cuando ejerzo de árbitro en los partidos de fútbol australiano que juega el equipo al que pertenecen mis hijos. El interlocutor colgó al instante. En otra llamada, fingí no hablar inglés. “Me no English. Español, Spanish, ¿sí? ¿Habla español? Yo very little English. No comprendo English.” Creo que el pobre jovencito se quedó pasmado – estoy seguro de que era un jovencito, que se esclaviza diciendo las fantochadas que esas empresas que los explotan les exigen decir. Y no me vale que me digan que eso se arregla desconectando el teléfono: dado que trabajo en casa y gran parte de mis ingresos proceden de ese trabajo, la idea de desconectar una de las vías de comunicación que me permite conseguir trabajo remunerado es obviamente contraproducente.

Hace poco menos de un año, el novelista Jonathan Franzen, en un artículo que publicó The Guardian y que llevaba por título ‘What’s Wrong with the Modern World’ (‘Qué tiene de malo el mundo moderno’ – por cierto, parece que ya ha desaparecido de la web del diario británico) señalaba la aborrecible tendencia que nos empuja a centrarnos únicamente en el presente:

“…hoy, 53 años después, la queja primordial de [Karl] Kraus – que el nexo entre tecnología y los medios de comunicación ha forzado inexorablemente a la gente a enfocarse en el presente y a olvidarse del pasado – no puede sino sonarme sincera. Kraus fue el primer gran ejemplo de escritor en percatarse plenamente de cómo la modernidad, cuya esencia es el ritmo de cambio cada vez más rápido, crea en sí misma las condiciones para que se dé un apocalipsis personal. Naturalmente, puesto que fue el primero, los cambios le parecían distintivos y singulares a él, pero de hecho lo que hacía era consignar algo que se ha convertido en elemento fijo de la modernidad. Las experiencias de cada nueva generación son tan diferentes de las de la anterior que siempre habrá a quien le parezca que se ha perdido la conexión con los valores clave del pasado. Mientras dure la modernidad, todos los días le parecerán a alguien los últimos de la humanidad.” (mi traducción)

Hace apenas dos semanas que mi amiga F. comenzó a impartir clases en una universidad local, después de unos cuantos años sin haber pisado un aula como docente. Me confesaba que sus estudiantes no demuestran tener curiosidad alguna por prácticamente nada. Medio en broma, medio en serio, le dije que para mucha gente hoy en día aprender conocimientos puede que suponga una pérdida de tiempo, puesto que lo que realmente valoran es la rapidez con la que pueden acceder a la información que precisen en un momento determinado. Ya no se valoran ni la erudición ni la capacidad de almacenar conocimientos sino la preparación tecnológica que permite acceder a información, sea esta veraz o falaz.

Mi día, como el tuyo, se compone de veinticuatro horas. Y cada día que consigo leer una hora sin interrupción alguna es para mí una pequeña conquista. No sé muy bien qué clase de territorio pudiera ser el que estoy adquiriendo, ni siquiera sé si se trata de algo tangible o perceptible que pueda mostrar, como si fuera un trofeo de caza. Pero no me cabe duda de que es mío.


Y que nadie se piense que esto lo he escrito de una sentada. Eso, ya se sabe, es imposible.

4 ago. 2014

Reseña: To Silence, de Subhash Jaireth

Subhash Jaireth, To Silence (Sydney: Puncher & Wattman, 2011). 111 páginas.

Tres autobiografías ficcionalizadas en forma de breves monólogos. Tres personajes históricos, de cuyas vidas existen algunos datos, pero a los que sin embargo Jaireth manipula con soltura y un gusto exquisito. Y un vocablo cuyo significado puede ser maleable, como lo es el silencio.

To Silence es un libro único en varios sentidos. No es un compendio exhaustivo de las vidas de los tres personajes. Muy al contrario: los detalles pueden ser oscuros o carecer de importancia. Lo que les une, no obstante, es la cercanía de la muerte. El primero es un poeta místico de la India del siglo XV, de nombre Kabir; le sigue María Chejova, hermana de Antón Chejov; el tercero – sin discordia en este caso – es el filósofo y astrólogo renacentista Tommaso Campanella. En sus narraciones, que Jaireth con amplia lucidez sitúa en un tiempo anterior a la llegada de la muerte misma, pasan de las mundanas preocupaciones de su presente a la rememoración de un pasado, que por lo general será un proceso doloroso.

Kabir encara sus últimos días presionado por su hijo, que quiere ganar dinero con su obra. Pero Kabir ya no puede recordar con absoluta precisión las letras de sus poemas y canciones, y cuando su hijo contrata a un escriba para que transcriba su obra para la posteridad, cae en la cuenta de que la palabra escrita nunca podrá capturar la alegría ni el brío del arte oral. ¿No será mejor, pues, dejar como legado un estruendoso silencio?

Una María Chejova envejecida comienza su monólogo celebrando con circunspección la muerte del tirano Stalin. La presencia de un niño de cuatro años en la casa altera sus días. Pero son las fotografías que le enseña al niño las que la llevan a la reflexión, al recuerdo, al dolor. Sus recuerdos nos hablan del silencio de su hermano cuando ella le pidió su parecer acerca de un pretendiente que quiso casarse con ella, y al que rechazó. Pero es otro silencio mucho más perceptible y evidente el que la atormenta: el silencio colectivo del siglo XX ante la barbarie y las atrocidades (un silencio que en ocasiones parece haberse, si no perpetuado, sí trasplantado a esta segunda década del siglo XXI). ¿Estamos siendo, como admite haber sido María Chejova, testigos mudos de la historia?

El tercer monólogo, el de Campanella, es el que en cierto modo menos me satisfizo de los tres. Quizás el motivo radique en que soy reacio a aceptar la creencia en un dios todopoderoso, y mucho menos el dios monoteísta hecho a imagen y semejanza de la figura patriarcal que tanto daño ha causado a lo largo de los siglos. Y es que Campanella atribuye todo a la gracia de su dios. El silencio que Campanella arrastra como una losa en sus últimos años de vida tiene un doble filo: por un lado el del amor (homosexual) prohibido y el pecado que éste conlleva en la religión que profesa; por otro, el silencio respecto a un execrable crimen que presenció en su juventud y frente al que no reaccionó.

El tono común a los tres monólogos es pues confesional, pero también meditativo. Los personajes nos hablan con una exquisita cercanía. La intimidad de sus palabras fascina tanto como una auténtica narración autobiográfica: Jaireth consigue llevarnos a la choza donde Kabir pasa sus últimos días, o a la casa museo de Chejov donde su hermana llora en la intimidad de su silencio. El silencio como reconciliación con el pasado y con el mundo, pero también el silencio como lamento y rendición de cuentas. ¿Qué es el tiempo sino el silencio que todo lo cubre con su manto? Para Jaireth el tiempo cronológico no importa como artificio narrativo: del siglo XV en India pasamos a la Rusia del XIX y XX, para terminar en el XVII en Roma.

Subhash Jaireth (de quien ya reseñé su novela After Love) escribe con una gentileza inusual en nuestros días. Aun siendo narraciones, estos tres monólogos son el resultado de un perspicaz injerto de diferentes géneros, y la poesía está también presente:

“The wings the words span isn’t limitless; often they fail to fly and it would be prudent to remain cognisant of their failure; if they cause infliction, the cure for it resides in close proximity to them, and the cure, my dear friend, is silence.
Yes, just silence.” (p. 107-8)
“Las palabras no son de una envergadura ilimitada; a menudo no logran echar el vuelo, y es cuestión de ser prudente y seguir siendo conocedor de su fracaso; si ocasionan una pena, su cura radica en la cercanía a ellas, y la cura, amigo mío, es el silencio.
Sí, solamente el silencio.”
Un libro extraordinario por su sencillez y delicadeza. Todos terminaremos, todo termina, de alguna manera, más pronto o más tarde, en el silencio. Bienvenido sea.

2 ago. 2014

Raons de sang i foc, by Pep Castellano: A Review

Pep Castellano, Raons de sang i foc (Alzira: Bromera, 2011). 214 pages.

From a reader’s point of view – at least from this reader’s point of view – one of the most prized aspects of historical fiction should perhaps be the sense of verisimilitude characters can bring with them. It is not enough to provide accurate descriptions of the costumes, tools and other utensils that were used in the past; nor is it sufficient to give an enjoyable account of the historical events that constitute the backdrop to a given story. No, we probably want more: We want to hear the words, the accents, the idioms; we want to ‘feel’ the sounds that make a character even more credible to our eyes.

Widower Muhammad, a cobbler, lives in 16th-century Castelló with his only daughter, Saïda. She’s a real beauty, and works very hard to help her father in the tanning business. They are Moorish, moriscos, and in the early 16th century their social status is very low – the Valencian moriscos have become sort of pariahs in their own lands. They’re being targeted by the budding bourgeoisie made up of guilds of Christian craftsmen, while in the rural areas the aristocracy exploits them rather abusively.

When procuress Salma witnesses the rape of Saïda by her uncle Ahmed (nicknamed ‘Fartdevi’, i.e., Drunkard), she stabs him to death. With the help of Muhammad she does her best to pretend it has all been an accident (Ahmed, drunk as usual, fell asleep close to the hearth and got burnt), but the Deputy Governor, Jeroni, finds a bloodied shirt in the house and accuses Saïda of murder. Salma, a woman whom everyone seems to owe some favour of one kind or another, has always been very protective of Saïda, and somehow manages to convince him to keep quiet about the whole affair. As a result, they will all be blackmailed.

The times are tumultuous, to say the least. There is violence everywhere. The agermanats (city-based Brotherhoods of craftsmen and tradesmen) mercilessly ransack and destroy the Moorish quarter of Castelló and raid the village of Xivert, only to be crushed later by the mascarats’ army led by the Duke of Sogorb.
The Castle in Xivert
Raons de sang i foc is however a love story set against this historical backdrop of violence, wars and religious persecution. It is being told by Selma to her sister, a shepherdess who is a bit of an outsider, and who has apparently been attacked by soldiers and left mute. Selma (nicknamed Cerafina, i.e., Fine Wax) tells the love story of Saïda and Manel, apprentice to a tanner. Selma facilitates their trysts (her house is no bordello, though, she assures us) and helps them find a way to leave these troubled lands. “What woeful times we have had to live in, eh? Love and death go hand in hand, you see”, she tells her sister.

Against the widespread racial and religious prejudices that dictate the course of events, Manel and Saïda have not only to fight their own mistrust and prejudices but also pretend what they are not in order to survive.
Cap i Corb, where Saïda, Manel and Selma made a bold decision.
Castellano’s real success in Raons de sang i foc is Selma. Her voice, her narrative tone, echoes across the centuries in her broad street talk, the idioms and proverbs she employs to describe other characters, to give advice to Saïda or Manel or to criticise the powerful, and also her sense of humour. With very witty dialogues, this is a book to read aloud. This is not only entertaining historical fiction but also a well-constructed narrative whose intrinsically oral qualities allow the reader to hear a 16th-century Moorish Celestina tell a story with flair. Let Selma take you back time. It is a worthwhile trip.

Raons de sang i foc was awarded the 2010 Blai Bellver Prize for Fiction.

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