Aquest és un blog sobre literatura en anglès, castellà i català. Every single book reviewed in this blog is either my property or has been borrowed from a public library.
kunanyi (aka Mt. Wellington, Hobart) from the harbour. El restaurante Aloft en primer plano.
Beth Macy, Truevine (London: Pan Macmillan, 2016). 420 páginas.
Corría el año 1899 en un pueblito del estado de Virginia llamado Truevine,
donde los hermanos George y Willie Muse, de 9 y 6 años respectivamente,
trabajaban en los campos repletos de plantas de tabaco. El infame Ku Klux Klan
llegó en esa época a alcanzar
los cinco millones de afiliados; los linchamientos extrajudiciales de hombres afroamericanos
(a veces, también mujeres) ocurrían con bastante frecuencia. La discriminación
racial había reemplazado la esclavitud y la violencia era brutal.
Por aquel lugar pasó unos
años después un tipo llamado Candy Shelton, que vio a George y Willie y observó sus singulares características: afroamericanos
albinos, con ojos azules y abundante pelo rubio muy ensortijado. De alguna
manera, Shelton consiguió que los hermanos lo acompañaran. ¿Convenció a su
madre Harriett a cambio de algo o simplemente los embaucó y secuestró para sumarlos a su espectáculo circense?
La verdad nunca se sabrá, pero el hecho es que a los hermanos les hizo creer
que su madre había muerto y no tenían familia alguna a la que regresar.
Sheldon los convirtió en atracción de barraca de feria o circo. Degradó su personalidad y los exhibía como si fueran monstruos. A lo largo de su
carrera profesional, George y Willie Muse fueron presentados bajo muy diferentes
motes. Fueron Eko e Iko, ‘hombres con cabeza de oveja’ o también ‘hombres-mono’,
los ‘Embajadores de Marte’, ‘caníbales de Ecuador’; quienes los manejaban decían
que los habían encontrado en lugares tan dispares como Madagascar, Etiopía, la sabana del sur de África, los Mares del Sur o el desierto Mojave.
En revistas y periódicos de la época aparecieron numerosas columnas sobre
ellos, y hasta se vendían postales con su foto.
El elenco del Circo Ringling Brothers en 1924. George (tercero por la izquierda) y Willie (tercero por la derecha) en la fila superior, con sus muy llamativas cabelleras.
Sin embargo, el capítulo más revelador del libro de Beth Macy relata el
día en que el circo con el que estaban viajando llegó a Roanoke, la ciudad de Virginia donde vivía
Harriett. Radio Macuto funcionó perfectamente y alguien avisó a la madre de los dos hermanos de que iban a estar allí. Harriett se
presentó en el circo y exigió que
le devolvieran a sus hijos. Intervino la policía, Shelton se vio acorralado y
tuvo que renunciar a ellos. Habían pasado catorce años.
Pero no fue ese el final de la carrera artística de George y Willie Muse:
volvieron a trabajar en el circo, frecuentemente interpretando melodías y canciones,
e incluso viajaron a Londres y París. A Harriett le pagaban una cantidad mensual por el trabajo de sus hijos (si
bien hubo numerosas interrupciones en las remesas, que su abogado siempre persiguió
pertinazmente).
Macy ahonda en los dos entornos de discriminación en los que se
desenvolvieron los hermanos albinos. Por un lado, el humillante mundo del circo
y de la barraca de feria que los mostraba como rarezas junto a otras personas
con discapacidades o singularidades que satisfacían la morbosa curiosidad del público. Por otro lado, el indignante racismo
de la primera mitad del siglo XX en el sur, la época conocida como Jim Crow. El
primero ha dejado de existir; el segundo ha adoptado otras formas ideológicas que
han logrado acceder al poder político en los Estados Unidos. De hecho, fue la visceral
reacción a la elección de Obama como presidente en 2008.
Truevine es el fruto de una intensa y exhaustiva labor de investigación. La autora entrevistó a decenas de personas, ya ancianos, que conocieron
u oyeron hablar de los hermanos. El mayor, George, murió en 1972; Willie, que durante
décadas padeció una penosa ceguera, llegó a vivir 108 años. Digo yo que le quiten lo bailado.
Levi Vonk con Axel Kirschner, Border Hacker (Nueva York: Bold Type Books, 2022). 330 páginas.
En torno al cruce clandestino de la frontera entre México
y Estados Unidos hay todo un universo de libros y películas (me vienen a la
cabeza dos: La Bestia y The Three Burials of Melquiades Estrada, ambas
muy recomendables). El recién condenado expresidente del país receptor de
migrantes prometió construir un muro que extendiese la divisoria que el Río
Bravo del Norte marca de forma natural. Como todas sus promesas, tenía mucho de
bravuconería y muy poquito de realidad.
Border Hacker cuenta la rocambolesca historia de cómo uno de esos migrantes,
Axel, es expulsado del país donde ha crecido (Estados Unidos) y deportado a Guatemala
en un proceso tan absurdo (y posiblemente alegal) que resulta fascinante y
francamente asombroso. Que alguien criado en las calles de Queens sea deportado
a Guatemala donde ni siquiera lo reconocen como ciudadano guatemalteco no es
una simple anécdota: es un motivo de vergüenza ajena.
El narrador principal es sin embargo Levi Vonk,
periodista, antropólogo y alma caritativa que decide invertir su beca Fullbright
en apuntarse al Viacrucis Migrante, una de las caravanas de personas que en la
segunda década del siglo cruzaban México desde su frontera sur con la idea de
llegar al vecino del norte. En realidad, no han cambiado tanto las cosas diez
años después, pues desde el norte de Colombia, y atravesando en condiciones
infrahumanas el Tapón del Darién de Panamá, el flujo de personas hacia Norteamérica
no cesa en absoluto.
Hay quien le quiere poner puertas al campo (o al desierto en este caso, Arizona), pero nunca podrá ponérselas al hambre.Fotografia de Mobilus In Mobili.
La historia: Levi conoce a Axel en uno de los refugios para
migrantes en México. Axel es ya un veterano de la ruta migratoria y rápidamente
se da cuenta de que Levi no durará mucho tiempo si no cuenta con alguien que vele por su
salud y su vida y le ayude en un entorno extraño y peligroso. Cuando Levi oye
el acento neoyorquino de Axel, comprende que su historia personal debe ser
única, singular y audaz.
El relato tiene de todo: sinsabores, peligros, amenazas y
algunos (pocos) momentos de cierta alegría que experimentan ambos en la ruta
migratoria. Vonk denuncia las malas artes de toda una nebulosa de personajes
que rodean y se aprovechan de estas personas desesperadas en una red que les
tienden todo tipo de canallas, algunos lo bastante cínicos como para afirmar
que están del lado de la justicia y la decencia. Por ejemplo, los propietarios
de albergues que coaccionan cuando no esclavizan a quienes buscan trabajo para
no morir de hambre mientras esperan su oportunidad de viajar a la frontera;
abogados con aspiraciones políticas; siniestros personajes que buscan sexo o dinero
a cambio de protección; e incluso la figura del sacerdote, la figura falsa que
finge querer, proteger y atender las necesidades de los inmigrantes.
El contraste entre la experiencia de Axel y la
ingenuidad de Levi Vonk da mucho juego. Las ‘confesiones’ en primera persona de
Axel agregan una perspectiva picante al caldo de cultivo del estudio
periodístico que realiza Vonk. Conforme pasan los años, Levi descubre que Axel está
ocultando detalles o inventándoselos. Y cuanto mejor lo conoce, más tiende a desconfiar de la
veracidad de sus explicaciones.
Un gran reportaje periodístico acompañado de las
muy certeras observaciones de un personaje misterioso y semioculto, que sobrevive
en la ilegalidad y se gana la vida hackeando por dinero y favores. Border
Hacker es asimismo una denuncia del programa conocido como Southern
Border, que Obama instauró como remedio a la molesta llegada de emigrantes
a un país que se fundó en la inmigración y en la ocupación de las tierras de los
primeros pueblos. ¿Por qué será que esos países que, en los siglos XVIII y XIX,
se nutrieron de emigrantes europeos a porrillo y ahora, en el XXI, invierten
billones en implementar políticas de disuasión de la emigración (cuando no de
absoluta violación de derechos humanos). Yo vivo en uno de ellos y tengo
algunas respuestas a esa pregunta, pero no es el momento ni el lugar para
compartirlas.
Este es un libro trepidante, pero es también un
poco desazonador por momentos. No sé si hace falta decir que algunas de las
personas que Axel menciona en su relato no llegaron vivas a la orilla norte del
Río Bravo.
Sonia Faleiro, The Good Girls: An Ordinary Killing (Londres y Dublín: Bloomsbury Circus, 2021). 314 páginas.
Una noche de mayo
del año 2014 dos jóvenes chicas del pueblo de Katra, en el estado de Uttar
Pradesh, al norte de la India, desaparecen en la oscuridad de la noche en los
campos colindantes. Al alba, los vecinos que las buscaban encuentran a las dos
ahorcadas de un árbol. El calzado de ambas está colocado contra la base del
tronco.
Ambas eran de
familias campesinas muy pobres, como suele ser normal en el Subcontinente, y de
una casta inferior. Lo que haya podido sucederles será el objeto de la
pertinente investigación policial. Pero en un principio las familias no permiten
que nadie retire los cadáveres que cuelgan del árbol. Es una manera de ejercer
presión sobre las autoridades y exigir justicia.
La cárcel de Budaun, donde el principal acusado estuvo preso. Fotografía de ArmouredCyborg.
Faleiro escudriña
en los detalles cronológicos del caso, tratando de responder a las preguntas
lógicas que surgen tras el hallazgo. ¿Fueron asesinadas? Y si lo fueron, ¿Quién
o quiénes cometieron el crimen? ¿O fue un doble suicidio? ¿Se cometió algún
tipo de delito sexual contra ellas? El libro se construye sobre la base del suspense
en torno a si las niñas fueron violadas y asesinadas o no.
La autora narra este
caso en el contexto más amplio de la sociedad india de principios del siglo
XXI, en la que se contraponen varias corrientes fuertemente conservadoras y
tendencias transformadoras y modernizantes. Es un reportaje dinámico, vibrante
en su desarrollo y vigoroso en su lenguaje, una crónica que combina concisos datos
fundamentales de corte sociológico y demográfico con la narración del misterio
que rodeó la muerte de las chicas y la incompetencia, ineptitud y desidia del
sistema policiaco y legal del país.
En olor de multitudes... «Narendra Modi había
hecho de la seguridad de las mujeres una parte prominente de su plataforma en
más de una campaña electoral. Había mencionado la violación en el autobús de Delhi en la época de las elecciones a la
asamblea de la capital nacional unos pocos meses antes. “[Delhi] se ha ganado la
mala fama de ser la ‘capital de las violaciones’, dijo. “Cuando usted vaya a
votar, no lo olvide. Recuérdelo [el episodio del autobús] durante un instante. […] A los pocos días de convertirse en Primer Ministro, en mayo de 2014, el gobierno de Modi anunció una política de ‘tolerancia cero’ con la violencia contra las mujeres. El sistema de justicia penal iba a ser reforzado para lograr su ‘aplicación eficaz’»(p. 162, mi traducción). Fotografía del Gobierno de la India.
Detrás de este
libro hay un intenso trabajo de investigación, tanto de la historia misma de la
muerte como de la investigación, con declaraciones falsas o cambiadas, eliminación
de pruebas, acusaciones inventadas, una autopsia realizada sin luz eléctrica y
con cuchillos de cocina, como del contexto sociopolítico y cultural de la India
moderna. Iniciado un año más tarde, el proceso de investigación y elaboración
de la crónica pone el acento en las arcaicas actitudes tan profundamente
arraigadas en el sistema de castas y en el corrupto sistema político que pervierte
servicios sociales tan fundamentales como la seguridad, la justicia o la
educación.
La realidad de
las mujeres en la India es que la cultura y la tradición las hace depositarias
de la “honra” de la familia – independientemente de la casta a la que
pertenezcan. Si se sospecha que una joven india ha transgredido las reglas que
se les imponen desde muy pequeñas, esa transgresión les puede costar la vida.
Algo tan simple o inocuo como hablar con un hombre por teléfono móvil puede
interpretarse como quebrantamiento intolerable de esas reglas.
El Tribunal Superior de Justicia de Allahabad fue donde la familia de una de las dos niñas interpuso una solicitud de arresto de otros cuatro hombres, entre ellos dos oficiales de policía, tras la detención del principal sospechoso. Fotografía de Vroomtrapit.
Y en medio de
todo esto, siempre la imagen de dos jóvenes ahorcadas de un mango en un huerto
de Uttar Pradesh, mientras sus padres y madres se niegan a permitir que las
descuelguen hasta que llegue algún político de alto nivel que se comprometa a
hacerles justicia.
Tom Bamforth, The Rising Tide: Among the Islands and Atolls of the Pacific Ocean (Melbourne: Hardie Grant, 2019). 262 páginas.
El Océano Pacífico
representa la tercera parte de la superficie del planeta, y cerca del 46% del
agua que forma los océanos y mares de los que tanto depende la vida. Son cifras
nada desdeñables. Pero el Pacífico es hogar de millones de personas, esparcidas
en remotos archipiélagos y atolones, y grupos poblacionales que enfrentan en
los próximos años (me resisto a hablar de décadas: el daño es ya evidente e
inmediato) el reto de buscar un nuevo hogar.
La subida del
nivel de las aguas como consecuencia del derretimiento de casquetes polares y glaciares
es solamente uno de los problemas que afectan a las naciones del Pacífico. El
autor de The Rising Tide [La marea creciente], el australiano Tom
Bamforth, utiliza su amplísima experiencia laboral de años en un sector profesional
que engloba la ayuda humanitaria y la respuesta y reconstrucción tras los periódicos
desastres que han tenido lugar en estos países para presentar un reportaje muy personal,
unas veces cargado de ironía, pero en otras más enfocado en su propia vivencia
que en la construcción de un relato que transfiera al lector al lugar.
Hay una durísima competencia entre los países desarrollados por demostrar su generosidad en el Pacífico: Ayuda japonesa en acción. Obras de reconstrucción del puente de Vaisigano en Apia (Samoa), septiembre de 2019.
Los hechos y fenómenos
a los que hace referencia Bamforth van desde 2008 hasta este mismo año que muy
pronto se nos acabará. Los lugares son muchos: Vanuatu, Fiyi, Tonga, Palau,
Nueva Caledonia, islas Marshall, islas Cook, Papúa Nueva Guinea, islas Salomón,
la región autónoma de Bougainville y Kiribati.
El libro incluye algunas
reflexiones muy acertadas sobre temas de impactante actualidad. En una isla del
archipiélago de Vanuatu, tras preguntar a los locales sobre los efectos del
cambio climático, Bamforth nos relata las confesiones que escucha de los lugareños
después de uno de los ciclones que tantos destrozos causaron en el país:
“Los impactos
eran inicialmente muy lentos. Los patrones tradicionales de agricultura y ganadería
resultaron alterados, y las temporadas de cosecha y sembrado tenían lugar más
tarde. Los patrones climatológicos de El Niño y La Niña, que ocurren de forma
natural, ya habían exacerbado las dos estaciones, la seca y la lluviosa, convirtiendo
dichas estaciones en temporadas más extremas e impredecibles. Las cosechas de
taro y coco estaban viéndose afectadas por los niveles crecientes del agua del
mar, puesto que el agua salada gradualmente se iba colando en las tierras de
cultivo. Y luego, los ciclones, cuya fuerza e impredecibilidad habían sorprendido
a propios y extraños. Además, la temporada de ciclones parecía haberse
alargado.
Los isleños no podían
predecir qué les aguardaba en el futuro. Mucha gente ya había dejado la isla y
emigrado a las ciudades para encontrar empleo y escapar de la cada vez mayor
inestabilidad de la vida tradicional. Pero también la había cambiado el dinero
que encontraba su camino de regreso a la isla. Ahora había edificios nuevos,
menos seguros pero más caros, más comida rápida y menos cultivos autóctonos, además
de altísimos índices de diabetes y enfermedades coronarias. A modo de protesta
silenciosa, a las lonas impermeables entregadas por las agencias de ayuda y
engalanados en uno de sus lados con canguros rojos (para asegurarse de que
nadie se equivoque respecto a quiénes debían mostrarle su gratitud los
beneficiarios) les habían dado la vuelta, de manera que las casa de los isleños
no estuviesen marcadas por donantes cada vez más firmes y enérgicos.” (p. 37,
mi traducción)
Un cartel que ensalza la ayuda australiana en Honiara, Islas Salomón. En la esquina derecha inferior, el consabido cangurito. Fotografía de Yvonne Green / Ministerio de Asuntos Exteriores y Comercio de Australia.
Uno de los posibles defectos de este libro es que Bamforth únicamente menciona muy por encima los
problemas políticos de los lugares que visita. En ocasiones, con una simple
pincelada le basta para señalar cuestiones álgidas: “Para ellos [unos jóvenes marshaleses]
Hawái era la ‘isla grande’, mientras que los Estados Unidos era (tal como lo
era para los habitantes de Palau) sencillamente el ‘continente’. Me pregunté qué
implicaba eso respecto a cómo se veían a sí mismos los marshaleses de manera
coloquial. ¿Eran los isleños de las Marshals, por lo tanto, la ‘isla pequeña’
de Hawái, un atolón en dominio de la masa continental, una pequeña roca orbital
atrapada por la fuerza estadounidense de la gravedad?” (p. 123, mi traducción)
Vista de la única carretera de la capital de las Islas Marshall, Majuro. Fotografía de Stefan Lins.
Además de los
temas más actuales como los derivados del calentamiento global, la contaminación
por metales pesados y la radiación atómica como consecuencia de las innumerables
pruebas realizadas en el siglo XX en el Pacífico (pronto habrá que añadir todo lo
que suelten de Fukushima), Bamforth investiga en significativas cuestiones
culturales, como la pérdida de las lenguas indígenas de los pueblos oceánicos.
No solo se pierden los medios tradicionales de producir alimentos y otras tradiciones
culturales; también se están perdiendo las lenguas en que se transmitían esas
tradiciones.
Quizás en pocos años comerse un filete de pez espada como éste (Hotel Amanaki de Apia, Samoa) será raro. ¿Cuándo será demasiado peligroso consumir pescado del Pacífico?
Con todo, The Rising Tide (el título hace referencia
a una bastante desafortunada frase de la excanciller australiana) no deja de
ser una buena aportación al conocimiento de lo que pasa en el Pacífico. Aparte
de algunas erratas, que las hay, se debiera corregir en posteriores ediciones
un significativo error en la página 72, en el capítulo dedicado a Tonga. Bamforth
cita el 1 de octubre de 2009 como la fecha del tsunami cuyas olas alcanzaron hasta
quince metros y que se cobró más de ciento cuarenta vidas en Samoa, Samoa
Americana y Tonga. La fecha correcta fue el 29 de septiembre. Puedo dar fe de
ello.
Richard Lloyd Parry, Ghosts of the Tsunami (Londres: Jonathan Cape, 2017). 276 páginas.
Se calcula que el
tsunami del día de San Esteban de 2005 se cobró la vida de unas 226.000
personas, mientras que el del 11 de marzo de 2011 en Japón mató a cerca de
18.500. La magnitud del primero fue indudablemente mayor porque afectó a un
área densamente poblada de la isla de Sumatra y atravesó el océano Índico a unos
800 km/h hasta alcanzar las costas de Tailandia, Sri Lanka, India y otros
lugares. La principal diferencia, sin embargo, es que, por primera vez en la
historia de la humanidad, en Japón un desastre natural estaba siendo
retransmitido en directo por cámaras de televisión a bordo de helicópteros.
Parry enfatiza
desde el principio que, si se hubiera tratado de otro país, la cifra de
víctimas habría sido muchísimo más elevada. Los terremotos y Japón van de la
mano. El hecho de que una palabra japonesa se haya internacionalizado y haya
pasado a formar parte del vocabulario de casi todos los idiomas del planeta demuestra
que ese concepto de la entrada masiva y brutal del océano en la tierra ha
formado parte de la conciencia colectiva de un pueblo, el nipón.
El reportaje de
Parry se centra sin embargo en un lugar específico de la costa de la región de
Tohoku, al noreste de la isla de Honshu: un pequeño pueblo, Okawa, en las
orillas del río Kitakami, por cuyo cauce entraron las aguas del Pacífico (qué
ironía, haberle puesto ese nombre a ese monstruo). Cerca del río estaba la
Escuela Primaria de Okawa. Si los protocolos de emergencia se hubiesen seguido
al pie de la letra y el sentido común hubiese imperado, los alumnos de esa
escuela solamente se habrían llevado un gran susto que sin duda habrían contado
a sus nietos algún día. Pero nótese que estoy haciendo uso del condicional
compuesto.
De los 78 alumnos
que fueron engullidos por el agua (y todo lo que esta arrastraba) solamente
cuatro sobrevivieron. Solamente uno de los 11 maestros sobrevivió. Parry
investiga las circunstancias que condujeron a este suceso, triste, desgarrador,
absurdo. La de Okawa fue la única escuela en la que perecieron casi todos sus
alumnos. ¿Por qué?
Durante los años
que siguieron al 11 de marzo de 2011, Parry viajó incontables veces desde Tokio,
donde vive desde hace ya años, al norte, donde estuvo entrevistando y anotando
las palabras de decenas de testigos, padres y amistades de los niños que
murieron en Okawa. En su reportaje incluye testimonios y relatos espeluznantes.
Solamente quienes hemos sobrevivido a la irrupción de una montaña de agua
desplazada por un temblor terrestre (eso es, en pocas palabras, un tsunami) podemos
entender cabalmente lo que cuentan los testigos. Un breve resumen elaborado por
Parry:
“Todos los que
experimentaron el tsunami vieron, oyeron y olieron algo sutilmente diferente.
En buena parte dependió de dónde te encontrabas, y de los obstáculos que el
agua tuvo que superar para alcanzarte. Algunos la describieron como una
catarata, que superó el rompeolas y el dique del río. Para otros se trató de
una rápida inundación entre las casas, engañosamente leve en un principio, que
te tiraba ligeramente de los pies y los tobillos, pero que rápidamente comenzó
a succionarte y golpearte las piernas, el pecho y los hombros. Respecto a su
color, la describieron como marrón, gris, negra o blanca. A lo que no se
parecía en nada era a una ola oceánica convencional, esa ola del famoso grabado
en plancha de madera del pintor Hokusai, verdeazulada y elegantemente
alcanzando un punto álgido con tentáculos de espuma. El tsunami fue algo de una
categoría diferente: más oscuro, más extraño, tremendamente más poderoso y
violento, sin amabilidad ni crueldad, sin belleza ni fealdad, algo completamente
desconocido. Era el mar viniéndose sobre la tierra, el océano levantando sus
pies y atacándote, con un rugido, que le surgía de la garganta.” (p. 143, mi
traducción)
La gran ola de Hokusai. No, no es así como se mueve un tsunami.
La negligente decisión
tomada por los responsables de la escuela aquel 11 de marzo llevó a un desastre
que rompió los corazones de todas las familias de Okawa y las aldeas cercanas.
Parry acierta en su tratamiento de la tragedia, acercando a estos padres y
madres al lector lo suficiente como para entender, aunque solo sea parcialmente,
el dolor y la rabia. La perseverancia o la desesperación de quienes no encontraban
los restos de sus niños; las desavenencias que fueron surgiendo entre quienes
sí pudieron enterrar a sus hijos y quienes nunca los encontraron. Y la rabia e indignación
generalizada entre todos, en una cultura más dada al comedimiento y la inacción
que a la demostración de emociones, y que desembocó en una querella colectiva
contra las autoridades educativas del distrito.
“Uno de los hombres llevaba consigo una videocámara, y en algún momento la puso en marcha. Esta película de 118 segundos es la única grabación del tsunami en su momento crítico en la zona de Okawa. En las manos del afligido cámara, la imagen vira bruscamente de un lado a otro, del río ennegrecido a las vigas verdes del puente y hacia Magaki [aldea cercana], reducida ya a una sola casa. De pronto la cámara enfoca los árboles y el cielo; luego está echada en el suelo, entre tallos de hierba seca. Se puede oír la voz del hombre que sujeta la cámara, diciendo a voces: ‘¿Está la escuela bien? ¿Qué pasa con la escuela?” (p.147-8, mi traducción)
Pese a ganar el
juicio, fueron en definitiva quienes más perdieron. Nada puede reemplazar al
ser querido: ni una compensación económica ni una reivindicación legal ratificada
por un juez. Por delante les quedan años de reconstrucción, pero también de
dolor y soledad.
Parry conjetura
sobre un hecho innegable: la catástrofe ha de volver a ocurrir. La cuestión sería
saber cuándo y dónde:
“En algún momento
en años venideros, se presume por lo general, Tokio será escenario de un
terremoto lo bastante fuerte como para destruir grandes áreas de la ciudad y
provocar incendios y tsunamis que matarán a decenas de miles de personas. El
razonamiento es sencillo. Cada seis o siete décadas, durante ya varios siglos,
la llanura de Kanto, donde Tokio, Yokohama y Kawasaki se han unido formando una
gran megalópolis, ha resultado devastada por un enorme temblor. El más reciente,
que mató a 140 000 personas, tuvo lugar en 1923. Los sismólogos señalan que no
es, de hecho, algo tan sencillo. Dicen que los terremotos anteriores se
produjeron en fallas distintas, en ciclos separados y superpuestos, y que una
muestra de unos cuantos cientos de años es en todo caso demasiado pequeña como
para inferir un patrón. Pero por razones propias más matizadas coinciden en una
conclusión: que la destrucción generalizada es inevitable y, en términos
geológicos, es inminente.” (p. 154, mi traducción)
Un buen libro sobre algo muy difícil de comprender.
1/10/2023.Publicat en
català amb el títol Fantasmes del tsunami. Vida i mort després del desastre
per La Segona Perifèria. La traducció és a càrrec d’Anna Llisterri.