29 may. 2013

Tres encuentros con lo físico: Un cuento de Graeme Simsion

© Rennett Stowe, 2008.
En Hermano Cerdo acaba de aparecer mi traducción al castellano del relato 'Three Encounters with the Physical', del australiano Graeme Simsion. Es el relato de un hombre de mediana edad que busca hacer realidad el sueño de completar un maratón. Tras haberse preparado a conciencia, el día de la carrera las cosas no le salen como él esperaba. Por tozudez y amor propio, el corredor obliga a su cuerpo a superar los  límites propios físicos de la tolerancia al dolor, con consecuencias muy graves.

'Three Encounters with the Physical' fue galardonado con el segundo premio del certamen de narrativa breve de 2012 del diario de Melbourne The Age.

El cuento comienza así:
Mañana añadirás otra línea a tu currículo, pondrás una marca más en tu lista de deseos. A los cincuenta y un años, con tu título de doctor, dueño de una compañía exitosa, un pasaporte que tiene los sellos de cuarenta y siete países distintos y una novela en marcha, vas a correr tu primer maratón.
No eres deportista, y tampoco eres alguien que haya jugado al fútbol hasta los cuarenta años o se haya mantenido en forma jugando al squash y tenga confianza rutinaria en su propio cuerpo. Pero te has entrenado durante ocho meses, literalmente al pie de la letra del manual, levantándote a las seis de la mañana seis días por semana, dándole varias vueltas al parque, y has llegado a los treinta y cinco kilómetros una mañana de domingo, hace apenas tres semanas. Has perdido nueve kilos y tu índice de masa corporal se ha reducido hasta 22.
Puedes terminar de leer este excelente relato corto aquí. También puedes encontrar el relato original en inglés aquí.

27 may. 2013

Reseña: The Map and the Territory, de Michel Houellebecq

Michel Houellebecq, The Map and the Territory (Londres: William Heinemann, 2011). 291 páginas. Traducción del francés de Gavin Bowd.

Hay un texto muy breve de Jorge Luis Borges (“Del rigor de la ciencia”) en el que viene a explicar que el afán de representar el mundo y de representarnos a nosotros mismos conduce al absurdo: cuenta que los cartógrafos de un imperio elaboraron un mapa que coincidía en tamaño y exactitud con el imperio mismo. “El mapa no es el territorio”, dice en algún momento un personaje en esta novela del escritor francés.

Traducida primorosamente al inglés por Gavin Bowd (aunque penosamente editada por William Heinemann – abundan las erratas, que debieran haber sido eliminadas en la fase de galeradas), The Map and the Territory (La carte et le territoire) seduce desde la primera página. La novela gira en torno a la vida de un artista, Jed Martin, un tipo peculiar, con algunas pequeñas dosis de misántropo, como todo buen artista que se precie. El proyecto artístico de Jed Martin es elaborar o producir una descripción objetiva del mundo. Así, salta a la fama cuando sus fotografías de mapas de las conocidas guías Michelin se exhiben en una galería y pasan a cotizarse como auténticas obras de arte. Martin, obviamente, sospecha en ocasiones que ese objetivo suyo es más ilusorio que legítimo, artísticamente hablando. Pero no por ello desiste de él.

Tras la fotografía, Jeda adopta la pintura diez años después como medio de representación de la realidad. Sus cuadros también triunfan, y nada mejor que acompañar el catálogo con un texto del archiconocido escritor Michel Houellebecq, denostado por muchos y admirado por otros. Houllebecq se ha exilado a Irlanda, donde vive solo en una casa rodeada de una especie de selva de hierba que no corta – le tiene pánico al cortacéspedes, le confiesa a Jed. Teme que le cercene los dedos.

Las visitas de Martin a la casa de Irlanda constituyen el grueso de la parte segunda del libro, y dan lugar a escenas hilarantes: en la segunda visita, Houllebecq ha puesto su cama en el salón, y se pasa las horas allí, viendo dibujos animados, fumando y bebiendo vino. El escritor acepta el encargo a cambio de una altísima cifra de euros, y Martin le propone para rematar el trato hacerle un retrato que le regalará, por supuesto. Tras varias demoras, la exposición se inaugura y Martin se hace millonario de la noche a la mañana. Las cifras que el autor inventa como precio de los cuadros son una estupenda mofa del mundo del arte contemporáneo. Por suerte para el lector, la incisiva crítica del autor francés no se limita al mundo del arte.

Fue otro francés, Roland Barthes, quien preconizó la muerte del autor, pero es Houellebecq quien toma la idea literalmente y mata al personaje que lleva su nombre. Y lo hace a lo grande, todo hay que decirlo. Tras el éxito de la exposición de Martin, el autor francés decide volver a la casa familiar, que puede recomprar con suma facilidad. Es hasta allí donde Martin va a visitarlo y a dejarle el retrato que hizo de él. Será la última vez que lo vea. A Houellebecq lo encuentran decapitado (y a su perro también); con sus restos mortales alguien ha hecho una macabra composición artística de la descomposición.

En esta parte final de la novela aparece el detective Jasselin, encargado de aclarar el crimen. Jasselin acompañará  a Martin a la casa de Houellebecq, y es allí donde descubren un motivo para el crimen: el retrato del difunto autor, valorado ya en casi un millón de euros (¡Hay que ver, cuánta inflación puede llegar a causar la muerte del retratado!), ha desaparecido.

The Map and the Territory es un curioso relato, a ratos absorbente y a ratos irritante: la inclusión de datos estadísticos no creo que sea síntoma de pedantería, sino un guante con que el autor parece abofetear al lector, ¿o quizá busque adormecerlo? En todo caso, puede que sea una interesante provocación, tratar de ahuyentar al lector durante dos o tres párrafos para luego asestar un golpe de efecto narrativo.

Los elementos narrativos de la novela están dispuestos de tal modo que el lector no puede escapar de la intriga, pero el que marca la pauta es el autor en todo momento. Solamente él dispone las reglas. Y estas son maleables: la mezcla entre realidad y ficción es deliciosa, especialmente con el personaje que Houellebecq crea de su misma persona: un hombre solitario, borracho, deprimido, mudable y para nada comedido en sus opiniones. Al parecer, muy similar al autor mismo.

La visión de Francia que se refleja en las páginas de esta novela de Houellebecq, premiada con el Goncourt de 2010, es la de un país muy cambiado, fuertemente alterado en su esencia y composición; es posiblemente ampliable a la Europa actual, un continente alarmado por la pérdida de tradiciones en medio de una crisis profunda a la que no parece encontrarse salida. Me ha gustado The Map and the Territory, pese a la mala prensa que suele recibir su autor. Por cierto, imponente la portada: uno puede sentir con la yema de los dedos el "plástico" que cubre parcialmente el retrato del autor.

22 may. 2013

Reseña: Bahía Blanca, de Martín Kohan


Martín Kohan, Bahía Blanca (Barcelona: Anagrama, 2012). 276 páginas.

De un viaje por tierras patagónicas, al sur de la provincia de Buenos Aires, en la última década del siglo XX, tengo muchos recuerdos, pero ninguno de ellos incluye la ciudad de Bahía Blanca. No podré negar que pasé por ella o muy cerca de ella, pero confieso que no me quedó ninguna cosa memorable de aquel lugar en el mundo. Digo esto porque el narrador en esta novela homónima de Martín Kohan viene a reafirmar más si cabe la impresión que por algún motivo conservo de esa ciudad argentina, que no resulta ni llamativa ni atractiva: “Ninguna persona que yo conozca ha dicho jamás nada bueno de Bahía Blanca, y fue por eso que la elegí como destino. […] el peor lugar del mundo según todos. […] Las razones esgrimidas solían ser, entre otras, las siguientes: el clima adverso, con entradas de fríos oceánicos comparables a las entradas de los ejércitos vencedores en las ciudades vencidas; la arquitectura casi siempre ingrata, colección de fealdades o de bellezas fallidas, que en última instancia es lo mismo…”(p. 1).


Lo que Mario Novoa, el narrador protagonista de Bahía Blanca, no nos cuenta en esa primera página (ni en las casi cien que siguen) es desde qué situación se ha marchado o de qué problema ha huido, si es que tiene algún problema. Y el lector, a medida que progresa en la lectura, va observando ciertos tics, ciertas obsesiones en el personaje, que narra su estancia en la ciudad que sirve de cabecera de la ruta que lleva a la Patagonia argentina en forma de diario fechado.

Por medio de sus anotaciones, Mario desvela que se ha plantado en Bahía Blanca tras engañar a las autoridades universitarias con el pretexto de un proyecto de investigación en torno a un autor, Martínez Estrada, quien le ocasiona una suerte de obsesión porque tiene, nos dice Novoa, una prodigiosa capacidad para cambiar de tema.

En Bahía Blanca, Novoa pasa días enteros aislado o sin establecer apenas contacto con la gente. Las visitas de unos jóvenes catequistas o la conversación con el vecino de la casa de la universidad donde se aloja quedan reflejadas con humor y obsesiva minuciosidad. Mientras Mario sigue sin dar cuenta de lo sucedido antes de su escapada a Bahía Blanca, el meollo de la narración lo constituyen sus paseos por una ciudad sin atractivo alguno, pero que a sus ojos parece acogedora, puede que hasta agradable.

Cuando su permiso académico está a punto de terminar, el pasado hace súbitamente acto de presencia, y fuerza a Novoa a explicarse. El pasado se llama Ernesto Sidi, antiguo compañero y socio de negocios, a quien Novoa reconoce a la puerta de un burdel del barrio portuario; poco después, y tras unas entradas en el diario en las que Novoa despoja de todo atisbo de ocultación su neurosis maniaco-compulsiva (refleja las dos voces que le hablan en su cabeza), se nos revela el acto criminal del que Novoa va huyendo tanto física como mentalmente. Quiere tanto como ausentarse de él como olvidarlo. Cuando Sidi lo reconoce por la calle y lo invita a subir al coche, Mario tiene que admitir que el pasado no se desvanece por arte de magia, y termina confesándole a Ernesto qué es lo que hizo. Resquebrajado el muro de contención que se había construido, la realidad y la verdad penetran en la narración, y desde ese momento, las referencias a su exesposa, Patricia, se multiplican.

Con el regreso de Novoa a Buenos Aires, la novela entra sin embargo en una dinámica bien distinta. La narración deja por momentos de tener el interés que tenía, y pasa a ser una colección de retazos que dibujan las manías, las obsesiones o las costumbres fuertemente enraizadas en la mente de un hombre que está enfermo, que se sabe enfermo, pero que no va a aceptar(se) diagnóstico alguno.

Puede que el hecho de que Novoa sea profesor universitario de literatura sea el detalle menos plausible de Bahía Blanca, pero a Kohan le sirve para crear una subtrama metaliteraria que, personalmente, me supo a poco. Novoa recibe un email de un estudiante de posgrado que le pide su opinión acerca de la novela de Dostoievski Crimen y castigo. La correspondencia sucesiva entre el profesor y el estudiante, intercalada en una sucesión de acontecimientos más bien inanes que no vienen sino a reforzar la obsesión como característica fundamental de Novoa como sujeto, consigue despertar mucho interés. Tanto es así, que la abrupta conclusión de esta sugestiva derivación argumental deja un mal sabor de boca.

Sin que esté en mi ánimo desvelar el desenlace, cabe añadir que la solución narrativa propuesta por Kohan no termina de cuajar: nos encontramos a Novoa, desquiciado por la posibilidad de volver con Patricia; la acecha en el exterior de su casa y provoca un encuentro fortuito. En una huida hacia ninguna parte, Novoa se lleva a Patricia en un largo viaje nocturno a través de la provincia de Buenos Aires, y amanecen en… lógicamente: Bahía Blanca.

Kohan realiza un encomiable trabajo de caracterización del personaje a través de sus palabras, de sus giros, de su sintaxis. Palabras repetidas hasta la saciedad, enumeración gratuita de sinónimos, minuciosas observaciones del entorno cotidiano intercaladas de forma compulsiva en los diálogos. Novoa, por quien en un principio el lector puede sentir hasta simpatía, se convierte en un ser cargante, fastidioso, hiperactivo en la observación de detalles nimios. Un criminal neurótico, insistentemente enamorado de una mujer que ya no es la misma mujer de quien se enamoró, Novoa se muestra al final como un pobre majadero incapaz de ver la realidad: que la imagen del pasado que podemos formarnos en la mente se puede derruir, y solamente un ser neurótico, un hombre enfermo y transgresor como Novoa es incapaz de constatar el estado de ruina, prefiriendo ver lo que una vez hubo y se perdió irremediablemente.

15 may. 2013

Reseña: After Love, de Subhash Jaireth


Subhash Jaireth, After Love (Melbourne: Transit Lounge, 2012). 292 páginas.

En un mundo en el que las fronteras parecen adquirir cada vez más importancia política (escuchar los chillidos histéricos de la oposición conservadora australiana en torno a este tema causa no solo dolor de cabeza sino sonrojo), dar con un autor o una obra que lleve real y merecidamente impreso el sello de transnacional y transcultural es un auténtico hallazgo.

La historia de After Love transcurre en varios lugares del mundo, y abarca las vidas de dos personas de procedencia muy dispar: Vasu es un estudiante de arquitectura indio que llega a Moscú en la década de los 60, y allí conoce a Anna, estudiante de arqueología e intérprete talentosa de violonchelo. Ambos perdieron a su madre cuando eran pequeños, y han crecido criados por familiares. En el caso de Anna, su padre fue condenado a trabajos forzados en Siberia por Stalin, y finalmente fue rehabilitado, pero nunca se recuperó totalmente de la experiencia traumática.

Mientras completa su tesis, Vasu se sumerge en la ciudad de Moscú y va descubriendo poco a poco que el idealismo un tanto romántico e ingenuo que trajo de India choca con la realidad de un régimen represor y brutal. Cuando Vasu regresa a India para diseñar los planos de residencias para una cooperativa productora de café, se da cuenta de que no puede estar sin Anna, regresa a Moscú y se casa con ella pese a los negros vaticinios de las mujeres mayores de las dos familias. A los pocos meses, Anna se queda embarazada pero decide abortar.

De Rusia la joven pareja se va a Italia, gracias al ofrecimiento de un puesto académico en Venecia que recibe Vasu. Allí la relación entre ambos se deteriora progresivamente, hasta que un día Anna desaparece y se va a Sydney con Marco, un embaucador.

El destino le tiene sin embargo reservada una sorpresa enorme a Vasu, y en la parte final de la novela conocemos en qué consiste, y cuál era el secreto que Anna decidió ocultarle durante muchos años. Entretanto, en una visita que Vasu hace a Moscú asistimos al final de la Unión Soviética en 1991, una época de esperanza que pronto dio paso a la cruda realidad de los males del capitalismo y la irrupción de mafias en todas las esferas de poder económico y político.

Una novela en la que predomina un tono melancólico y triste, After Love explora cómo las personas se mueven de una cultura a otra en el mundo actual, a un ritmo increíblemente rápido y en condiciones universales de interconexión e interrelación. Las tradiciones ceden cada vez más ante el empuje de la novedad, y las expectativas personales que acompañan a toda relación entre dos personas de diferentes procedencias culturales suelen plantar obstáculos, no siempre insalvables.

Construida a modo de novela coral, con dos voces narradoras principales, las de Vasu y Anna, más una tercera que se añade hacia el final de la novela, al dotar de esta estructura a la novela Jaireth realiza una apuesta muy fuerte, con la cual no siempre obtiene los frutos deseados. Es observable en ocasiones una cierta imprecisión técnica: el lector no sabe si está leyendo los fragmentos de diarios escritos treinta años antes, o por el contrario son remembranzas de vivencias escritas en un momento muy posterior. En ese sentido, la novela se resiente un poco, y un lector no necesariamente muy exigente detectará sin duda estos problemas.
La estructura también imita el formato de un dúo musical, y las referencias a la música (tanto clásica como jazz) son constantes en una historia que también abunda en referencias a arquitectura, arqueología, diseño urbano, historia, literatura y artes plásticas.

Nacido en Punjab, Subhash Jaireth fue residente moscovita durante nueve años en la década de los 70, y su apego por la ciudad y la cultura rusa es más que evidente en After Love. Actualmente reside en Canberra. After Love es un libro ciertamente triste, y quizás por ello resulte sumamente atractivo.

14 may. 2013

4 poemes de Juli Capilla




Transnational Literature, the Australian online literary journal, has published my English translations of four poems by Valencian poet Juli Capilla in its latest release, Volume 5, Issue 2. The four poems (‘La collita’, ‘La sang’, ‘L’infant etern’ and ‘Mort’) belong to his award-winning book Raspall.

At a time when the Catalan language is suffering a constant, virulent, vicious attack from both state and regional political institutions, it is for me a pleasure to divulge a small example of Catalan-language literature in Australia, even if it is in a very modest format. I'm also thrilled to be able to give a little publicity to the achievements of a young poet, who works very hard in his various roles as a high-school teacher, as an author (he has just published a little book for younger readers about the old train that used to join Gandia and Alcoi, Un tren de llegenda, el Txitxarra) and as a person who has been seriously committed to Catalan letters for such a long time.

The four translations are preceded by a very brief introduction. You can read it online or download the PDF from the Transnational Literature website.

13 may. 2013

Reseña: The Mountain, de Drusilla Modjeska


Drusilla Modjeska, The Mountain (Sydney: Vintage Books, 2011). 432 páginas.

En su poema de 1956 titulado ‘New Guinea’, el poeta australiano James McAuley hablaba de la isla en estos términos:

Bird-shaped island, with secretive bird voices,
Land of apocalypse where the earth descends,
The mountains speak, the doors of the spirit open,
And men are shaken by obscure trances.

La primera obra de ficción de Drusilla Modjeska cuenta con una montaña novoguineana que les habla a los personajes, tanto a los pueblos autóctonos que viven bajo su majestuosa forma, y a los personajes occidentales, que quedan bajo el embrujo de su belleza y la mística de la rica cultura de esos pueblos indígenas cuyas tierras visitan.

Papúa-New Guinea es el país vecino más cercano a Australia por el norte, mas para la mayoría de los australianos (incluido un servidor) sigue siendo un misterio, una tierra desconocida en su mayor parte, que fue dominio colonial hasta su independencia en 1975. Aunque el sendero de Kokoda continúa atrayendo a miles de visitantes australianos año tras año, la Australia más convencional está muy poco informada acerca del resto de ese país y de sus pobladores.

The Mountain se inicia con un breve prólogo que lleva al lector a un restaurante situado enfrente de la Casa de la Ópera de Sydney en el año 2005. Jericho, quien «descendió por vez primera de la montaña para caer en los brazos de Rika, cuando apenas tenía cinco años», se reúne con Martha, su «otra madre», para almorzar juntos. Se nos dice que Rika y Martha, que en otro tiempo fueron íntimas amigas, «como hermanas», no se han hablado durante treinta años (p. 2). De ese modo, la voz narradora omnisciente presenta la historia del conflicto entre esas dos mujeres. Esta es una de las tramas secundarias de la obra, y es ciertamente apasionante.

Jericho quiere saber qué fue lo que ocurrió treinta años antes, pero Martha parece salirle con evasivas: «Siente una opresión en el pecho. Hay una parte de ella que quiere decirle a Jericho, Déjanos acarrear la carga del pasado, no debiera ser tuya» (p. 4). Así, el misterio de la causa del conflicto entre las dos mujeres occidentales queda desde el primer momento intercalado entre otro conflicto (¿inevitable?), el que se produce entre la visión occidental del mundo y la visión autóctona que encarnan los habitantes de la Montaña.

Rika, una joven fotógrafa, esposa de Leonard, un antropólogo británico de edad algo mayor a la de ella, llega a Port Moresby, y algo de lo que ni probablemente ella misma tenía conciencia se despierta de manera inmediata al entrar en contacto con el lugar y sus gentes; ese algo resulta todavía más avivado tras conocer a Aaron, un brillante académico local que acaba de retornar de Australia. Cuando Leonard se va a las montañas del interior a hacer una película de las tribus, Rika se queda en Port Moresby, y entabla una fuerte amistad con Aaron y su «hermano de clan», Jacob. Mientras Leonard permanece en las tierras altas de Nueva Guinea, entre Aaron y Rika surge una poderosa y arrebatadora relación, que una paliza propinada por racistas intolerantes pone a prueba.

Esta novela de Modjeska vincula muchos temas complejos en una fluida narración en torno a las vidas de un grupo de personas que fueron testigos del final del dominio colonial y el inicio de los esfuerzos del nuevo país por llegar a ser verdaderamente independiente. El escenario de fondo está retratado con solidez: el lector percibe claramente las muchas tensiones que caracterizan a las sociedades postcoloniales, como por ejemplo la fricción entre la resistencia (y la renuencia) de lo tradicional a ceder por un lado su posición preponderante, y la conspicua necesidad de modernización que exigen las generaciones más jóvenes por otro.

En la parte central de la novela, este tira y afloja entre las necesidades colectivas y las aspiraciones individuales reciben un sustancial enfoque de la narración. Todas estas tensiones y los altibajos emocionales de las expectativas personales de Rika frente a las exigencias que el nacimiento de una joven nación reclamará de Aaron se reflejan de manera muy eficaz no solamente en los personajes principales, sino también en cómo se relacionan ellos dos con los numerosos personajes secundarios.

En lo referente a su estructura, The Mountain está grosso modo dividida en dos partes principales. La primera comprende los años anteriores a la independencia, y lleva al lector hasta el momento en que Rika recibe un niño joven, un hapkas, el hijo de un hombre blanco y una mujer negra. El niño se llama Jericho: es el hijo de Leonard, ya separado de Rika, y una mujer de la Montaña. La segunda parte nos traslada a tiempos más recientes, al año 2005, cuando Jericho, para entonces un célebre historiador del arte radicado en una galería londinense, vuelve a Papúa Nueva Guinea. Jericho vuelve a reunirse con su amiga la abogada Bili, su amor de la infancia, quien ahora defiende con pasión a las tribus autóctonas frente a los intereses económicos de las todopoderosas compañías explotadoras. Surge entre ellos el romance: «Antes de caer dormidos, todavía cara a cara, Bili posa la mano encima de los ojos de él. ‘Ahora estás en Papúa, recuérdalo,’ le dice, ‘Si miras a los ojos a una mujer durante mucho tiempo, te arrebatará el alma’.»

Cuando Jericho regresa a Papúa Nueva Guinea, su lugar de nacimiento, asistimos a su lenta pero profunda transformación. Tras unos cuantos días en Port Moresby, va de visita a la casa de Milton, profesor y escritor, antiguo amigo del círculo de Aaron. Desde su casa, «la montaña estará aparecerá antes sus ojos, sin que nada le estorbe la vista». Siente la llamada de la Montaña, pero ¿es porque en realidad nunca la ha dejado? ¿Lleva en su interior, en su ser, el espíritu ancestral? Así, la Montaña se constituye en algo más que un potente símbolo de Nueva Guinea. Se percibe como una fuerza que atrae al espíritu de Jericho, y cuando finalmente se une a los hombres del clan en la danza tribal, se convierte en «puro ritmo», puede sentir «el pulso…que persiste en otra esfera de la existencia» (p. 365).

La novela concluye en otro almuerzo, esta vez en Puerto Moresby, el año 2006. Martha se reúne con Jacob, quien ahora es ministro del gobierno y hombre acaudalado, y sobre cuya relación secreta con Rika Martha ha guardado silencio durante más de 30 años.

Escrita con intensidad y generosidad, en The Mountain el lector puede oír muchas voces. Algunas proceden del pasado y están muy alejadas de nuestras ordinarias rutinas urbanas; son las voces de los clanes, son los sonidos de sus antiquísimos rituales de danza y caza. Otras están más cerca de nuestro tiempo y de nuestras mentalidades: las voces de la lucha contra la explotación abusiva y temerariamente destructiva de recursos naturales. Modjeska establece un cuidadoso equilibrio en el punto de vista de la voz narradora, para que el lector pueda eliminar el tinte colonial que de otro modo pudiera ser inevitable. Especialmente al comienzo de The Mountain, me encontraba de pronto releyendo pasajes para asegurarme de la raza de un cierto personaje. El hecho de que los personajes resulten ser tan plenamente convincentes no hace sino añadir valor a esta obra literaria.

Modjeska ha creado una novela llena de gusto sobre un lugar en el mundo que obviamente adora y del cual se siente parte, y el lector lo agradece. Aunque el motivo por el cual las dos amigas se separaran tras el triste día del accidente de Aaron no nos sea revelado en última instancia, no es eso algo que importe. La novela es una edificación literaria dotada de delicadas capas, aunque también sean difíciles, y nos sirve de puente a una isla que es ante todo desconocida. A pesar del evidente trasfondo de la experiencia de Modjeska al haber vivido y trabajado en Papúa Nueva Guinea durante varios años y numerosas visitas subsiguientes, The Mountain presenta todas las marcas de una obra de ficción bien trabajada. Es, tal como ha explicado la propia autora, un brillante ejemplo de «imaginación informada’. Tras este tardío pero estupendo debut, los lectores de novelas australianas tienen derecho a albergar expectativas de otras entregas literarias de Modjeska.

Esta reseña es mi versión en castellano de la reseña que se ha publicado  en lengua inglesa en la revista Transnational Literature, la cual puedes encontrar en PDF aquí.

11 may. 2013

Reseña: The Yellow Birds, de Kevin Powers


Kevin Powers, The Yellow Birds (Londres: Sceptre, 2012). 226 páginas.

“La guerra trató de matarnos en la primavera”. La prosopopeya en esta primera oración de The Yellow Birds deja bien claro que es posible que nos encontremos ante un libro distinto, un relato en torno a la Guerra (así, en mayúscula) como el fenómeno (anti)social más significativo en la historia de la humanidad, del cual parece que, lamentablemente, nunca sabemos abstraernos definitivamente. Mientras escribo estas palabras, o en el momento en que tú, lector, las leas (aunque sean muy pocas las personas que vayan a leerlas), en algún lugar del mundo alguien dispara y mata a otro alguien, quien será llorado por sus padres, hermanos, hijos o amigos.

Con apenas 21 años y sin un futuro profesional definido, el joven estadounidense John Bartle se alista en el ejército para la segunda campaña de Iraq. Durante el periodo de instrucción previo a su partida conoce a Daniel Murphy, de 18 años. Entre ellos surge la amistad, posiblemente más dictada por las circunstancias que por la afinidad de sus personalidades. En el momento de la despedida de sus familiares, Bartle le promete a la madre de Murphy que cuidará de él, y que se lo traerá “de vuelta a casa”. Esta (¿piadosa?) mentira y el posterior comportamiento de Bartle a su regreso a los EE.UU. se sitúan en el centro de la novela: la mendacidad que con el tiempo pasa a formar parte, en menor o mayor grado, de la vida de todos los seres humanos, sea a través de sus acciones o sea través de sus palabras. “El mundo nos convierte a todos en mentirosos”, dice el narrador. Más que el mundo, es la vida la que con el tiempo nos hace mentir: el recuerdo de un mismo episodio cobra dimensiones totalmente diferentes según lo narre una u otra persona.

La Guerra es eso a lo que hombres muy poderosos, viejos y soberbios, envían a chicos muy jóvenes e inexpertos. Muchos  de ellos matan y mueren, y los que sobreviven, por lo general, regresan con heridas físicas o mentales. Las primeras, en el mejor de los casos, cicatrizan; las segundas, más difíciles de diagnosticar, son mucho más difíciles de tratar.

La narración de Powers está basada en su propia experiencia; se alistó a los 17 años (¿tiene acaso un chico de 17 años la suficiente madurez como tomar una decisión de ese tipo?) y sirvió en Iraq en 2004 y 2005. Con el paso de las semanas y meses, Bartle y Murphy se vuelven insensibles a la muerte y a la destrucción de la que son actores, insensibilidad que obviamente es necesaria para poder subsistir en el infierno que la Guerra lleva como escenario allá donde surge o la crean (como en el caso de Iraq). Sin que Bartle se dé cuenta, Murphy se aísla y se encierra en sí mismo. El muchacho pierde finalmente la chaveta, desaparece y se convierte en otra víctima más de la guerra de Iraq.

Powers dota a la novela de una interesante y provocativa estructura. Los capítulos trasladan al lector de Iraq a los Estados Unidos en un vaivén temporal, desde el antes al después del periodo de casi dos años en que Bartle combate en Al Tafar. Esta estructura no lineal ayuda a reproducir la fragmentación de la memoria de Bartle, y muchas de las escenas, descritas por medio de fogonazos, retazos de imágenes, olores o sonidos, reproducen la desintegración resultante del trastorno por estrés postraumático que padece el soldado.

The Yellow Birds es un magnífico libro que, en mi opinión, podría haber sido mucho mejor. En su primera novela, Powers emplea sus dotes de poeta con gran impacto, como las explosiones de mortero que desconciertan a los soldados en Al Tafar. Abundan los párrafos en los que el lenguaje es más protagonista que los personajes o la acción misma. El efecto, sin embargo, no resulta siempre tan logrado como uno quisiera. El conjunto se resiente en ese aspecto, porque solamente con un lenguaje pulido no puede construirse una gran novela. Por ejemplo, Powers/Bartle nos dice que la tarea de rememorar es “como juntar un rompecabezas con las piezas boca abajo: las formas te son familiares, la imagen se desdibuja rápidamente, el mudo color pardo del refuerzo de cartón es una burla de su totalidad y conclusión”. Powers contrapone imágenes de gran belleza en las que despliega sus dotes líricas con brutales escenas del campo (urbano) de batalla, donde no hay lugar para la poesía: médicos que intentan recomponer las tripas de un soldado moribundo, un cadáver bomba estratégicamente situado por el enemigo en mitad de un puente; el cuerpo castrado, sin orejas ni nariz de un soldado, arrojado desde el minarete de una mezquita.

Cerca de cien años después, otro poeta vuelve a recordarnos una de las pocas verdades que podemos intentar transmitir a nuestros descendientes, a las próximas generaciones. La vieja mentira del sacrificio final por la patria que todavía se les vende a los jóvenes. Como escribió Wilfred Owen en 1918:
you would not tell with such high zestTo children ardent for some desperate glory, The old Lie; Dulce et Decorum est Pro patria mori.

6 may. 2013

Reseña: Wolf Hall, de Hilary Mantel


Hilary Mantel, Wolf Hall (Londres: Fourth Estate, 2009). 650 páginas.

Del personaje histórico de Enrique VIII todo el mundo conoce de sobra que se casó seis veces, y quien haya estudiado un poco sobre su época recordará el cisma y el triste final que tuvo su segunda esposa, Ana Bolena. Para mí, una de las mejores asociaciones de ideas que me provoca Enrique VIII es la música del extraordinario pianista Rick Wakeman, de quien incluyo el tema ‘Anne Boleyn’ que puedes escuchar mientras sigues leyendo.



El personaje que más contribuyó a hacer posible el enorme cambio que supuso el reinado de Enrique VIII fue Thomas Cromwell. En Wolf Hall, Hilary Mantel cuenta con generosidad de talento narrativo la historia de Cromwell, quien en vida fue odiado y despreciado por la nobleza normanda, y hace de él un retrato muy completo, dándole visos de gran humanidad desde la primera página. En la primera imagen que tenemos de él, Cromwell a duras penas se levanta, malherido y ensangrentado, tras la soberbia paliza que le ha propinado su padre Walter, un herrero borracho y violento de Putney. Thomas escapa de las garras de su padre siendo muy joven, y tras recorrer media Europa prosperará hasta convertirse en principal consejero del rey y transformar la estructura medieval del estado y llevar a Inglaterra a la edad moderna. Esto es, por supuesto, una simplificación, pero en una novela como Wolf Hall la interpretación de los datos históricos desde una perspectiva académica debiera importarnos poco. Que en realidad no se sepa nada de la niñez de Cromwell no significa que la recreación que ejecuta Mantel no sea fascinante de por sí.

La acción propiamente dicha comienza en 1527, cuando Cromwell regresa a Inglaterra y entra al servicio del Cardenal Wolsey. Mantel nos lo hace ver como un hombre altamente ilustrado, conocedor del arte italiano del Cinquecento temprano y de las obras filosóficas más importantes de su tiempo. Cromwell habla todos los idiomas europeos con fluidez y ha aprendido muchos oficios desde que saliera huyendo de su padre.

Thomas Cromwell, ejecutado en 1540 por orden del rey Enrique VIII. Retrato de Hans Holbein. Cuando uno redacta leyes, pone a prueba las palabras hasta encontrar su máximo poder,” dice Cromwell.
Con algunos elementos del género de la picaresca, Wolf Hall retrata el ascenso social de Cromwell hasta que se convierte en mano derecha del rey. Allí donde el cardenal Wolsey fracasó y fue incapaz de lograr doblar el brazo de Roma para conseguir el divorcio que Enrique VIII deseaba (y que en última instancia llevaría a la muerte al cardenal), Cromwell supo utilizar sus dotes de negociador educado en la abogacía para llevar el asunto por los cauces que más le convenían al rey.

Pero ese camino no estuvo exento de obstáculos; además del desdén y el desprecio que sentía por él la nobleza más tradicional, Cromwell tuvo en Tomás Moro a un contrincante implacable. La cuestión de la anulación del primer matrimonio real forma parte de un conflicto mucho más amplio, y en pocas palabras se reduce al choque entre el viejo orden y el nuevo. Así, la iglesia católica buscaba proteger sus intereses económicos, y lo hacía quemando a los que identificaba como herejes por querer leer la Biblia en la lengua del pueblo (tema principal de otra novela escrita por esas mismas fechas, L’estany de foc, del valenciano Silvestre Vilaplana).

Thomas More, autor de Utopía. También él pagó con su vida el descontento de Enrique VIII. Retrato de Hans Holbein.
Mantel parece insinuar a ratos el manido tema de la lujuria de Enrique VIII, pero el hilo narrativo predominante es el de Cromwell como un hombre renacentista, valedor de la humanidad, la tolerancia y la educación (muy distinto de la imagen que los historiadores han transmitido de él).

En Wolf Hall, el sueño de Cromwell es liberar a Inglaterra del yugo feudal de Roma, que tanta influencia ejerció (y lamentablemente, sigue ejerciendo) sobre los destinos de otras tierras y regiones.

Escrita con pulcritud y elegancia, libre de embellecimientos gratuitos, Wolf Hall puede presumir de una riqueza de detalles imaginativos, en la caracterización de personajes, en el desarrollo del argumento con un fondo socioeconómico muy bien dibujado. Mantel no sucumbe a la tentación de arcaizar el lenguaje, y ciertamente eso se agradece, si bien en los diálogos se percibe un tenue sabor de época.

Ana Bolena: "una mente fría, hábil y calculadora, muy activa detrás de unos ojos negros y hambrientos". Retrato de Hans Holbein.
Wolf Hall fue traducida al castellano como En la corte del lobo, y yo simplemente me pregunto: ¿por qué? ¿Qué sentido tiene pervertir el título de una novela de esa manera tan burda? Wolf Hall era el nombre del palacio de la familia Seymour, hoy en día desaparecido. La referencia al lobo es gratuita y absurda, porque ninguno de los personajes en la novela de Mantel queda caracterizado como un depredador. Otro ejemplo más, en mi opinión, de la preocupante tendencia a la mercantilización descarada de la literatura, que busca un sensacionalismo infame con tal de vender. Mantel se merecía algo mejor.

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