27 nov. 2013

Reseña: Tenth of December, de George Saunders

George Saunders, Tenth of December (Londres: Bloomsbury, 2013). 251 páginas.

Puede que uno de los secretos peor guardados de los grandes narradores de cuentos sea su habilidad o su destreza artística para propiciar con sus palabras un mundo perfectamente plausible, o quizás vagamente familiar, dotado siempre de unos cuantos matices necesariamente armoniosos. Es un mundo en el que, en un principio, el lector se siente posiblemente cómodo, para nada desequilibrado, pero en el cual irrumpe, de repente, algo amenazante o desestabilizador. Por entre las flores del bosque va paseando tranquilamente Caperucita, cuando de pronto quién surge desde detrás de un árbol, sino el lobo feroz…

En el primer cuento de este muy recomendable volumen de relatos de Saunders, ‘Victory Lap’, una quinceañera abre la puerta de su casa en un acomodado barrio suburbano de los Estados Unidos y se encuentra cara a cara con la peor de sus pesadillas: un individuo armado que la rapta con el propósito de violarla. Kyle, su joven vecino, es testigo del hecho, pero en un principio se queda totalmente paralizado y decide no intervenir. En su cabeza oye las voces de su padre y de su madre, quienes a lo largo de los años le han inculcado pautas de comportamiento correcto que debe seguir en todo momento.

Siguiendo a los tres protagonistas del relato, Saunders reproduce un ya viejo triángulo narrativo: dama raptada por un ogro o un monstruo brutal, con un príncipe que acude al rescate. Pero en ‘Victory Lap’, el príncipe se detiene cada pocos segundos a analizar qué normas reales dictadas por los monarcas que rigen su vida (Papá y Mamá) va a transgredir (pisar la alfombra con las zapatillas, por ejemplo) y cuántos puntos negativos le acarreará cada una de sus transgresiones. Atenazado por el miedo a infringir el orden establecido, el héroe está a punto de convertirse en arquetipo del cobarde timorato. Cuando por fin decide tomar en sus manos la geoda que su padre le ha encargado instalar en el jardín, la geoda pasa a ser un arma mortal, y el príncipe participa de la barbarie que encarnaba hasta entonces el monstruo violador.

Los relatos de Tenth of December tienen muchos elementos en común. Muchos de sus personajes pertenecen a una subclase con una pobre educación y que lucha por mantenerse a flote en una sociedad norteamericana cruel y nada caritativa. El altruismo ya no existe, pero Saunders de alguna manera quiere hacernos creer que todavía es posible. Son gente como Al Roosten, propietario de una tienda de curiosidades al borde la ruina, quien tras participar en un evento de recaudación de fondos con fines sociales se venga de un rico y exitoso vecino dándoles una patada al manojo de llaves y a la cartera que aquel ha dejado en el vestuario. Camino de su tienda, fantasea con la posibilidad de volver y ayudarle a encontrar las llaves, y ganarse la amistad y la admiración del opulento empresario local.

El tono de Saunders es esencialmente satírico, algo que no se prodiga demasiado entre los escritores estadounidenses. En ‘The Semplica Girl Diaries’, un relato situado en un futuro no tan distante como cabría suponer, un abnegado padre de familia gana un premio en un juego de azar y gasta la mayor parte del dinero en organizar una fiesta de cumpleaños que no puede realmente permitirse para una de sus hijas; remodela el jardín y contrata una especie de figuras decorativas humanas que tienen unidos sus cerebros por un cable, con un considerable coste. Los SG, como se llaman esos figurines humanos, son emigrantes de países remotos (Filipinas, Laos, etc.) que solamente buscan ganar algo de dinero para ayudar a sus familias, y para ello han convenido convertirse virtualmente en esclavos. Una mañana, la familia se despierta y los SG han desaparecido. Es su otra hija la que los ha puesto en libertad durante la noche. La familia se enfrenta a una carísima indemnización que los arruinará de por vida.

Otro estupendo relato es ‘Escape from Spiderhead’. En un centro experimental, convictos de la peor calaña se han ofrecido como cobayas humanas. Les someten a experimentos en los cuales les administran drogas con nombres tales como ‘Verbaluce™’, ‘Vivistif™’ o ‘Veritalk™’ a través de un MobiPak™ que llevan conectado a su cuerpo.  Las drogas parecen alterar su estado de ánimo o incrementar su capacidad para enamorarse o su apetito sexual. Pero cuando les administran ‘Darkenfloxx™’, las cosas se tuercen, y Jeff, el principal protagonista, decide no seguirles el juego, con consecuencias nada felices ni para él ni para los demás internos. Para Saunders, no obstante, las cualidades de lo humano triunfan, aunque se trate de una victoria meramente simbólica, sobre las fuerzas humillantes y vejatorias de la deshumanización a la que nos aboca el capitalismo desbocado de nuestra época.

La suya es una crítica (muy dura, desde luego) a la cultura del dinero que todo lo invade y que parece haberse convertido en la cultura dominante, pero deja un regusto final a bondad. Si es eso lo que va uno buscando como lector, los relatos que componen Tenth of December (y en especial el cuento que da nombre al volumen) satisfacen porque dejan abierta una puerta al bien, a la esperanza.

Del volumen quiero también destacar otros dos relatos, ‘Puppy’ y ‘Home’: en el primero, una mujer reniega de la compra de un cachorro para su hija cuando entra en la casa de la familia que vende el perrito. En ‘Home’, Saunders narra el regreso a casa de un soldado de una de las guerras estadounidenses en Oriente Medio, y se encuentra ante el desastre que él mismo ha creado en su vida, sin posibilidad de rehacerla.

Este libro de Saunders ya ha aparecido en castellano (Diez de diciembre, en Alfabia, traducción de Ben Clark) y en catalán (Deu de desembre, en Edicions de 1984, traducido por Yannick García).

23 nov. 2013

Reseña: Map of the Invisible World, de Tash Aw

Tash Aw, Map of the Invisible World (Londres: Fourth Estate, 2009). 342 páginas.

Las primeras páginas de Map of the Invisible World podrían hacer pensar al lector que se halla ante una Romansbildung con un cierto vuelco de suspense, en un entorno político de represión militar. El lugar es una isla indonesia, y el protagonista es un chico de 16 años, Adam, quien, oculto entre la maleza, observa cómo los soldados se llevan a empellones a su padre. La época en la que se sitúa la historia es 1964, años después de la independencia, cuya proclamación se produjo en 1945, dos días después de la rendición de Japón, el 15 de agosto. La Proklamasi fue seguida no obstante de una cruenta lucha entre los independentistas revolucionarios y las tropas neerlandesas y pro-coloniales. Finalmente, la independencia fue reconocida en 1949.

Adam es el hijo adoptivo del pintor Karl de Willigen, indonesio de origen neerlandés. Cuando los soldados se llevan a su padre en el curso de una redada contra los revolucionarios comunistas, Adam decide acudir a buscarlo a la capital del país, Yakarta, y se presenta en la casa de una americana afincada en Indonesia, Margaret, quien conoce a Karl desde muchos años antes. Profesora universitaria y perfecta conocedora de la lengua y la cultura locales, Margaret vive sola. No tiene hijos, pero al ver a Adam siente una especie de responsabilidad maternal por el chico. Además, quiere encontrar a Karl, de quien posiblemente estuvo alguna vez enamorada.
El típico becak con el que se trasladan los personajes por Yakarta
La Yakarta que nos describe Aw es una ciudad que comienza a convertirse en un gran centro metropolitano, pero los problemas inherentes a una gran ciudad asiática (tráfico, polución, hacinamiento, etc.) no son todavía tan grandes como a finales del siglo XX o en la actualidad.
Yakarta, años 50
Hay no obstante otro hilo argumental: Adam tiene un hermano mayor llamado Johan, a quien adoptó una familia malasia. Adam quisiera también encontrar a su hermano, y cuando conoce a Din, estudiante de posgrado en el departamento de Margaret, un joven algo taciturno y poco transparente en cuanto a sus ideas políticas, acepta su invitación de ayudarle a encontrar a su hermano y también a encontrarse a sí mismo. Pero Din tiene otros designios, y en realidad está reclutando a Adam para llevar a cabo acciones violentas contra el régimen de Sukarno, el héroe de la independencia y primer Presidente de la República.
Presidente Sukarno: "...se había encontrado cara a cara con el gran hombre, vistiendo su inmaculado uniforme, una corbata oscura, sus medallas y el tradicional topi negro. Era más bajo de lo que ella suponía, pero ello no disminuía el ostensible encanto que destilaba. Era contundente sin resultar forzado, convincente en cada uno de sus mínimos gestos, y su lenguaje no verbal era sencillo..." (p. 286)
Map of the Invisible World tendría pues en un principio todos los ingredientes para contar una gran historia que atrapara al lector, despertando su interés para llevarlo, si no en ascuas, al menos conquistado por la calidad de la trama y su escritura hasta el final. Pero lo cierto es que Tash Aw no consigue mantener esa necesaria tensión narrativa a lo largo de toda la novela. Buena parte del desacierto se debe, a mi parecer, al hecho de que el autor intercala largos episodios del pasado de Margaret u otros, algo más breves, de la estancia de Adam y Johan en el orfelinato. Si a eso se añaden los desvíos hacia elementos de intriga política y diplomática (que en nada se asemejan al impasse actual entre Canberra y Yakarta a cuenta del espionaje), los altibajos narrativos son llamativos y alargan los capítulos innecesariamente.
"La caza", de Raden Saleh. 1846
Uno de esas derivas argumentales gira en torno a la propuesta que un extraño operativo de la CIA, Bill Schneider, le hace a Margaret. Le pide que acuda al palacio presidencial y, haciendo uso de sus destrezas lingüísticas, trate de convencer a Sukarno para que acepte dos regalos, dos cuadros del pintor indonesio Raden Saleh, en un momento en que los estadounidenses han caído muy bajo en la estima de los dirigentes del país asiático. Aw parece decirnos que, pese al fracaso de su misión, Margaret consigue su objetivo personal, pues al poco tiempo Karl de Willigen es encontrado, y se produce su reunión con Adam.
Raden Saleh, "Autorretrato". 1845
La prosa elegante de Tash Aw salva en gran medida esta novela. Sin sus excelentes descripciones, Map of the Invisible World habría posiblemente naufragado. Con un final más o menos abierto, algunas de las interrogantes que Aw plantea al inicio no quedan resueltas en modo alguno, y por eso la novela padece algo de indefinición.

17 nov. 2013

Birdie


I should give you a name. But now it’s too late. I've been seeing you, happily jumping with the other three birds (your family!) across the lawn since the first few warmish mornings announced the end of winter, and then hurriedly flying low to hide beneath the box hedge. Even yesterday I spotted you partaking of one of my strawberries with your mum or dad; you seemed to enjoy the sunny afternoons and the comfortable carpet of green that I will soon need to mow once again.

It was too late, very early this morning, when I saw you under his paws and I cried out in vain and banged my knuckles on the window. I was horrified, and I instantly knew it was too late. I found you on the lawn, motionless, your wings an awkward shape, a smudge of brown on the otherwise lush surface you liked to strut on while I would be watching from my window.

I hated the cat for taking your life away, but that’s a fleeting feeling, really. I curse the cat’s owner for letting his pet roam their neighbours’ gardens at night, knowing only too well what sort of hideous acts the tabby gets up to during their periods of ‘freedom’.

What freedom? Their freedom to kill native fauna? Their freedom to shit in my garden and leave a stench that will last for days? That's no freedom.

But it’s not the cat’s fault, I have to keep telling myself. He’s just doing what his nature tells him to do: to hunt. Kitty’s not to blame, really. The stupid, selfish cat owner who allows the animal to roam and hunt at night time is the one who should be ashamed. Conservative figures supplied by Australian Wildlife Conservancy say that about 75 million native animals might be being killed by domestic and feral cats every day. The figures are simply staggering, absolutely appalling. We need to stop this madness. We need to do something to protect our defenceless native fauna from the brainless, self-interested cat owners who are sentencing so many animals to death because THEY CANNOT GIVE A STUFF about what their exotic pets do to birds like the one in the photograph.

I should give you a name, birdie. But it’s too late. Too late. I'll miss watching your little leaps across the lawn from my study window, an ever-welcome distraction whenever I did not want to think too hard.

14 nov. 2013

Reseña: The Luminaries, de Eleanor Catton

Eleanor Catton, The Luminaries (Londres: Granta, 2013). 832 páginas.

Un meritorio editor y traductor español lamentaba no hace mucho la desafortunada tendencia que predomina en la industria del libro de traducir ficción contemporánea en lengua inglesa a un castellano con una “sintaxis decimonónica”. Se trataría de una especie de traición, muy acomodaticia con las posiciones un tanto amilanadas de la inmensa mayoría de los editores españoles, los cuales, no nos engañemos, copan el mercado del libro en lengua española y en cierto modo deciden no solamente qué es lo que leen sino cómo lo leen, los lectores que no pueden acceder a los textos en la lengua original. Y no es noticia que hoy en día se traduce muchísima ficción en lengua inglesa solamente por el hecho de que fue escrita en lengua inglesa, no necesariamente porque sea de mayor calidad que otras literaturas. Ese flagrante desequilibrio obedece a imperativos económicos.

A este respecto, no sé qué diría el editor al que me refería más arriba sobre el caso de The Luminaries. Hace apenas un mes una joven neozelandesa que hasta ahora solamente había publicado un título en 2008 (The Rehearsal, traducido como El ensayo general por Tamara Gil Somoza y publicado este año por Siruela) va y gana el Man Booker de 2013 con una novela que desde la primera página destila un sabor innegable a Jane Austen o Wilkie Collins, y muestra una textura sintáctica que recuerda perfectamente a Charles Dickens.
Hokitika en la década de 1870. Fuente: Wikicommons.
Catton sitúa The Luminaries en una pequeña ciudad de la isla Sur de Nueva Zelanda, llamada Hokitika, en los años 1865 y 1866. Hokitika es, por aquel entonces, apenas un poblado, que atrae a miles de buscadores de oro de todo el mundo. A simple vista, The Luminaries es una historia de misterio, o mejor dicho, una historia en torno a varios misterios. Como no puede ser de otro modo, se inicia en una oscura noche de tormenta, con la azarosa llegada de un joven abogado escocés, Walter Moody, quien va huyendo de su pasado y buscando hacerse rico en los yacimientos de oro río arriba. Al entrar en el salón del hotel donde se ha alojado le da la impresión de que ha interrumpido una conspiración entre los doce hombres que a esa hora están allí. Como mandan las leyes de la cortesía y la urbanidad, entabla conversación con uno de ellos, Tom Balfour. Al revelar parte de su historia personal, Moody les ofrece a los doce hombres allí reunidos la posibilidad de contar con un oyente imparcial. La coincidencia (uno de los temas recurrentes en The Luminaries) hace que Moody haya llegado a Hokitika en el barco que forma parte de la intricada trama de misterios y delitos que los doce buscan resolver.
El puerto de Hokitika en 1867. Fuente: Wikicommons
La trama comprende varios hilos que, en principio, no parecen guardar relación entre sí: una prostituta, Anna Wetherell, a la que han encontrado inconsciente bajo los efectos del opio, y de quien se sospecha un intento de suicidio (un delito por aquel entonces), la desaparición de Emery Staines, un rico jovencito a quien la fortuna ha sonreído en los yacimientos de oro, la muerte (aparentemente por causas naturales) de un solitario ermitaño llamado Crosbie Wells en su cabaña del valle de Arahura, a unas cuantas millas de la ciudad, y el posterior hallazgo de una fortuna en pequeños lingotes de oro enterrados en la cabaña, pero procedentes de la explotación minera a nombre de Staines.

Con más de ochocientas páginas, The Luminaries fue sin duda una arriesgada apuesta para una autora que todavía no había establecido su carrera: la trama da vueltas y vueltas para abarcar muchos episodios y su justificación desde el pasado de los personajes. Hay venganzas personales, disparos sin balas, documentos legales con firmas falsificadas, traiciones y revelaciones de secretos, consumo de drogas, corrupción, engaños, naufragios y una sesión de espiritismo con dos chinos disfrazados para crear ‘ambiente’, etc. Y como colofón, un juicio en el que las revelaciones resultan dramáticas e inesperadas, y que termina con el asesinato de uno de los testigos, arrestado en el transcurso del juicio, por un desconocido.

Son muchos los buenos atributos que se le pueden observar a The Luminaries. El lector podrá disfrutar de una narración omnisciente que rinde tributo a la novela de la época victoriana al tiempo que la parodia. El lector podrá también observar, mientras va descubriendo las soluciones a los misterios, la ingeniosa estructura en torno a la cual Catton construye su obra. The Luminaries se compone de doce partes. La primera cuenta con más de 300 páginas – un número más que suficiente para lo que se entiende como novela hoy en día. Cada una de las partes es más o menos la mitad de extensa que la anterior, de modo que la última consta de apenas una página, si llega.

El lector podría también paladear un lenguaje ya arcaico de mitad del siglo XIX que utiliza con mucho esmero una novelista de 28 años en 2013, y que añade pequeños detalles de época (la autocensura de palabras prohibidas, o el breve resumen en cursiva que precede a cada capítulo, al estilo decimonónico, como en este ejemplo, el primero:

Mercurio en Sagitario
En el cual arriba un extraño a Hokitika; se interrumpe un secreto conciliábulo; Walter Moody oculta sus más recientes recuerdos; y Thomas Balfour comienza a contar una historia.
En otra de las convenciones novelísticas victorianas, en los inicios de la novela el narrador omnisciente hace acto de presencia en el texto para comentar los hechos o alertar al lector de algún detalle que haya quedado poco claro, o para excusar la omisión de alguna conversación entre personajes que podría aburrir al lector. Es otro de los juegos de Catton, y podrá entretener o no al lector; es innegable, no obstante, que todos estos aspectos que he mencionado son parte de una estrategia deliberada por parte de la autora. Su escrupulosa adhesión al estilo y la lengua de la novela victoriana crea una superestructura totalmente premeditada, la cual, conforme la novela progresa, va cayendo hasta dejarle al lector poco más que lo que son en realidad restos, vestigios de una narración fragmentada, más en consonancia con las tendencias narrativas actuales. En cierto modo, lo que hace Catton es diseñar un escenario que tiene tanto de homenaje como de simulacro: obsérvese la alusión a lo teatral que ello supone.

En este sentido, resulta interesante que cuando Moody (espectador/oyente imparcial al inicio) abandona Hokitika tras haber triunfado como abogado defensor en el juicio, se encuentra en su caminata con un irlandés. Paddy Ryan se ofrece a hacerle compañía en el camino, y le propone que cuente una historia para ‘que nos olvidemos de los pies, y no nos demos cuenta de que estamos andando’. Conforme, Moody le confiesa al irlandés que se halla ante un dilema antes de comenzar su relato: ‘Estoy tratando de decidir entre toda la verdad o nada más que la verdad’…’Me temo que mi historia es tal que no puedo lograr ambas a un tiempo’.

Un último aspecto a mencionar sobre The Luminaries es otra estructura agregada por Catton. En tanto que es cardinal en la novela el tema del destino, Catton introduce cada una de las partes de la novela con una especie de carta astral, en la que los doce signos zodiacales se corresponden con los doce hombres del salón del hotel; hay asimismo una lista de personajes estelares y planetarios, con sus lugares correspondientes los primeros y su área de influencia pertinente en el caso de los segundos; solamente uno está en ‘terra firma’, Crosbie Wells, el difunto. Además, Catton prologa el libro con una nota dirigida al lector, en la que explica que ‘las posiciones estelares y planetarias del libro se han determinado de manera astronómica’. Dada mi indiferencia absoluta por todo lo relacionado con la astrología, confieso que apenas entendí nada de ello, ni puedo arrojar luz alguna sobre cómo se relaciona lo anterior con muchos de los títulos de los capítulos.
Vista del río y la playa de Hokitika. Fuente: Wikicommons

Un osado experimento literario, para el que Catton pasó un año completo leyendo textos de la época, The Luminaries marca una cota de complejidad que será difícil de superar, por no hablar de su traducción a un castellano decimonónico con el que sin duda alguna merecería ser recompensado. Parafraseando el título, es una novela tan brillante como las lumbreras que iluminan el firmamento austral de las noches neozelandesas.

10 nov. 2013

Reseña: Wave, de Sonali Deraniyagala

Sonali Deraniyagala, Wave (Nueva York: Alfred A. Knopf, 2013). 228 páginas.

La ficción permite que surja la coincidencia, mas en la vida real la coincidencia puede dar pie a preguntas a las que volvemos una y otra vez, y de las cuales el pluscuamperfecto de subjuntivo es su incontestable expresión sintáctica. Esas preguntas que comienzan por ‘¿Y si… ?’ adquieren su dimensión más conmovedora en los relatos personales, pero dentro de la ficción tales preguntas hipotéticas resultan bastante inservibles. Por poner un ejemplo, nadie se hará nunca esta pregunta: ¿y si los protagonistas de la brillante novela Questions of Travel, galardonada con el Premio Miles Franklin de 2012, de Michelle de Kretser, no se hubieran conocido?

Por otra parte, las memorias y los relatos objetivos de experiencias personales permiten a los lectores relacionarse con dichos textos de modos que la ficción nunca puede permitirnos. Hay una cierta crudeza en los textos autobiográficos, una afirmación franca y escueta de sentimientos no mediados, la cual no queda enmascarada por las palabras. Es esta poderosa declaración lo que les otorga un valor al que ninguna obra de ficción puede aproximarse. Su emoción, su veracidad, pueden extenderse mucho más allá de lo literario y tocar en nosotros un nervio muy diferente.

Sin duda alguna, el lector recordará las imágenes del tsunami que afectó a las costas orientales de Japón en 2011. Recordará también esa lengua negruzca del agua, que a la carrera penetraba en la tierra y devoraba y lo destruía todo a su paso. No es tan difícil establecer una conexión entre esas imágenes y las numerosas, terribles historias de dolor y desesperación personal que causó esa catástrofe. En mi caso, habiendo visto surgir entre mis pies esa lengua negruzca, mientras corría tratando de escapar de ella, en la isla de Samoa el 29 de septiembre de 2009, las imágenes japonesas de marzo de 2011 fueron un recordatorio intensamente desagradable del evento que se llevó la vida de mi hija Clea. Como en el caso de Sonali Deraniyagala, a pesar de su horror (‘Por más que me horrorizan, quiero ver la maldad de esa agua negra a medida que desmorona ciudades enteras a su paso. De manera que fue esto lo que nos atrapó, pensé’ [p. 202]), las imágenes televisivas me tuvieron paralizado.

Sonali perdió a su marido Steve, a sus dos hijos, Vikram y Malli, y a sus padres la mañana del 26 de diciembre de 2004. Nacida y criada en Sri Lanka, Deraniyagala estudió economía en Cambridge y en Oxford, se casó con un londinense del East End de alto nivel educativo y de muy amplias miras, y dio a luz a dos preciosos niños. La pareja siempre había acordado que Sri Lanka debía ser un segundo hogar para la familia, de modo que cada vez que podían, allí se desplazaban, y pasaban tiempo en Colombo o, como preferían ellos, en el Parque Nacional de Yala. Esa mañana planeaban marcharse, unas horas más tarde, del hotel en el que estaban alojados, pero el océano Índico los atrapó, como a tantísimos otros, aquel aciago día.

Wave narra su historia, o mejor dicho, sus dos historias, tan poderosamente interconectadas que no es posible disociarlas. Después de que el tsunami golpeara y volcara el jeep en el que intentaron escapar, de algún modo Sonali pudo agarrarse a una rama de árbol en medio de ese caos, repleto de escombros y restos flotantes, en que se convirtió la laguna cercana a la playa. Fue rescatada, y la llevaron a un hospital. Había perecido toda su familia, además de su amiga Orlantha, que se había alojado en el mismo hotel. A medida que pasaban los días se desvaneció toda pequeña esperanza que había de encontrar a miembros de la familia entre los heridos y desplazados.

No hay sentimentalidad alguna en su comedido relato de las horas posteriores a la catástrofe y los días que siguieron. La conmoción, el terror, el infinito vacío que el tsunami había abierto en su vida, nos son relatados con una franqueza sencilla, extraordinaria pero terrible: ‘¿Era de verdad, lo que había sucedido, toda esa agua? En mi mente arrasada no sabía distinguirlo. Y lo que yo quería era seguir en la irrealidad, seguir sin saberlo’ (p. 16).

Tampoco hay autocompasión alguna en las páginas que narran los meses y años posteriores. De cómo se encontraron finalmente los restos de sus dos padres, de los dos niños y de Steve: ‘A Steve y Malli los identificaron cuatro meses después de la ola’ (p. 47). O de cómo ella se retiró del mundo y quedó bajo la vigilancia constante de parientes y amigos: ‘A veces me obligaba a entrar en la cocina – quizás me pueda cortar las venas – pero alguien se acercaba sigilosamente por detrás. Además, habían escondido todos los cuchillos’ (p. 43-4). O de cómo cedió finalmente al alcohol (y a las pastillas) después de rehusarlas en un principio:

Tenía miedo de que oscureciera la verdad de lo que había sucedido. Tenía que estar alerta. … Entonces, de repente, cada noche terminaba emborrachándome. Media botella de vodka había caído a las seis de la tarde, me daba igual que me quemara el estómago. Luego vino, whisky, lo que fuera, lo que pudiera encontrar en la casa. Bebía de las botellas, sin darme tiempo a tomar un vaso. (p. 53)
Cuando finalmente se vio capaz de salir de la casa de sus parientes en Colombo, Sonali regresó a la casa de sus padres, ese hogar lejos del hogar, ahora vacío, en la que sus hijos habían pasado muchos momentos felices. El vacío la rodea, y también la ha ocupado a ella, de modo que busca a su familia allí, tratando de obtener algún sentido de sí misma: ‘en esta quietud, tan estéril en medio del olor a barniz y pintura, iba a la caza de vestigios de nosotros’ (p. 66). Cuando su hermano decide alquilarla, comienza a acosar a la familia holandesa que ya se había mudado a la casa. El dolor, lógicamente, se había apoderado de su mente desesperada: ‘es la casa, lo que me aferra a mis hijos. Me dice que eran de verdad. Tengo que acurrucarme dentro, de vez en cuando. Pero mi hermano no podía comprender nada de eso’ (p. 77).

Regresó a la playa de Yala, a los restos del hotel, buscando de forma obsesiva algo que en el fondo sabía que nunca iba a encontrar, y sin embargo, sentía su atracción. ‘Polvo, escombros, vidrios rotos. Eso era el hotel. Había quedado apisonado. Ya no quedaba ninguna pared en pie, era como si las hubieran cercenado a ras de suelo’ (p. 70).

Deraniyagala volvió a Londres en 2006. Llevaba casi dos años fuera del país. Pero le costó casi dos años más volver a atravesar el umbral de la puerta de su casa, volver a entrar en su vida anterior, la que tenía sentido. Allí ve el trozo de pirita que Vikram había comprado en el Museo de Ciencias el fin de semana, antes de salir rumbo a Sri Lanka:

No puedo fijar la vista en ninguna de las cosas que hay en este cuarto de juegos, pero el oro de tontos, eso sí puedo verlo. Y sus dos mochilas rojas, del colegio, colgadas como siempre del pomo de la puerta. Tomo la roca y la aprieto con fuerza en el interior de la palma de mi mano. Pero las mochilas no puedo tocarlas, cada una de ellas es un escalpelo. (p. 95)
La vida que antes era la suya en esa casa, la vida que solía apuntalar su ser, se ha desvanecido. Pero el pasado sigue presente:

Cuando me echo en la cama, nuestra cama, la fuerza de su ausencia me asalta. No se han cambiado las sábanas desde que Steve y yo dormimos aquí por última vez. No he sido capaz de obligarme a cambiarlas, y por eso me paso la noche estornudando. […] En la almohada de Steve, esa almohada que su cabeza no ha tocado en casi cuatro años, hay una pestaña. (p. 105)
Hay algo de bueno y de tranquilizador en saber que sus amigos acudieron en su ayuda y le prestaron su apoyo, sin condiciones. Por conversaciones que he tenido con otros padres cuyos hijos han muerto, parece que no es inusual que esos padres en duelo se encuentren rodeados de un muro de silencio. El dolor en carne viva puede resultar algo extremadamente difícil de negociar.

Sería una injusticia para Sonali considerar que este relato asombrosamente sincero y directo sea algo con lo que busque incomodar al lector. Sonali no busca turbar, porque nadie podría estar más desquiciada que ella. Se necesita ser muy valiente para escribir lo que ella ha escrito, y de la manera tan directa que lo hace. Mas no olvidemos que también se necesita ser un lector valiente. Wave nos recuerda los horrores personales que hay detrás de las tragedias masivas, pero debería pasar a la historia como un valeroso tributo a su esposo, Steve, y a sus dos hijos, Vik y Malli.

Como lector, no puedo sino agradecer la forma en que Sonali logra darles vida a sus hijos y a su esposo a través de sus palabras. A pesar de su dolor, de su desesperación ineludible, Wave traza su viaje, un viaje increíblemente doloroso, desde un estado muy cercano a la locura a una especie de normalidad; ese es un viaje con el que los padres que sufren ese dolor podrán sin duda identificarse.

Como sociedad deberíamos saber aceptar a los que sufren una pérdida personal. Perpetuar el malentendido (¿quizás sea un mito?) de que ‘El dolor es un estado aterrador, y en su manifestación extrema es como el sol: es imposible mirarlo directamente’, tal como hace Teju Cole en su reseña de Wave, no supone un gran apoyo para los que sufren ese dolor. Puede que la imagen que emplea Cole suene apta, y hasta puede que sea hermosa; pero el duelo no deja de ser un sentimiento humano, y como tal es algo natural. ¿Por qué debiera aterrarle a nadie?


Esta reseña apareció inicialmente en lengua inglesa en el número 1, volumen 6 (noviembre 2013) de la revista Transnational Literature. Puedes encontrarla (en inglés, en PDF) aquí.

9 nov. 2013

Poetas, de Dan Disney


Fotografía: Chen Shang Te, 2008
Poetas

como si
lleváramos tierra de cementerio en las suelas, como si viviéramos
en casas con los espejos tapados, como si
cada día no hubiera a media mañana un lado derecho para levantarnos de la cama
tantos que murmuran sobre el silencio
voceando la deidad
insulsa como nuestras tareas laborales
y conmemorando lo inmemorial
tantos que piensan en el tiempo, el amor y adónde lleva eso, en nada
puede que algunos días se estremezcan los corazones

mientras nos inclinamos, gemimos y parpadeamos
bajo una audiencia de estrellas que han llegado temprano

Dan Disney, 'Poets', en and then when the (St Kilda: John Leonard Press, 2011). Traducción de Jorge Salavert, 2013.



Este poema cierra el volumen and then when the, del australiano Dan Disney, libro de poesía que he reseñado para la revista Transnational Literature, cuya número 1, volumen 6, acaba de aparecer. Puedes leer la reseña completa (en lengua inglesa, en PDF) aquí.

3 nov. 2013

Reseña: Tamarisk Row, de Gerald Murnane

Gerald Murnane, Tamarisk Row (Artarmon: Giramondo, 2008 [1974]). 285 páginas.

Uno de los pasatiempos favoritos de mi niñez consistía en organizar carreras ciclistas en el largo (así me lo parecía entonces) pasillo del piso en el que vivía. Con las chapas de botellas de refrescos y cerveza que recogía en restaurantes y bares y en la tienda de mi abuela materna, en mi imaginación se creaban los ciclistas más pundonorosos que tomaban parte en emocionantes carreras, disputadas en largas etapas en otras tierras en las que se hablaban otras lenguas europeas. En las baldosas del pasillo yo veía puertos de montaña que los ciclistas tenían que escalar. Algo similar ocurre en Tamarisk Row.

El protagonista de Tamarisk Row es Clement Killeaton. Publicada inicialmente en 1974, la editorial Giramondo la rescató del olvido y apareció en 2008 en una nueva edición que sigue más fielmente los deseos del autor, aunque un par de erratas (‘firsts’ en lugar de ‘fists’ y un ‘its’ que debiera ser ‘it’s’) no hayan desaparecido. Clement (‘Killer’ para muchos de sus compañeros de escuela) vive con sus padres en una casa de alquiler de una ciudad del estado de Victoria llamada Bassett (Bendigo) en la Australia de la posguerra. El jardín trasero es para él un universo en constante expansión y abierto al desarrollo creativo de su imaginación, la cual es exuberante.

La novela está estructurada en forma de diversos episodios no siempre en forma cronológica; en ellos se narran las vicisitudes de la vida del joven Clement en el contexto de una familia empobrecida por la adicción a las apuestas del padre en las carreras de caballos y la resignada devoción católica de su madre. Los temas abarcan la curiosidad infantil por el sexo opuesto, la violencia y la crueldad  que suelen sufrir en las escuelas los estudiantes más vulnerables y débiles, y la soledad de un hijo único cuya imaginación le permite escapar del tedio y de la miseria.

Pero hay otro tema de fondo, ubicuo, constante: el paisaje, o mejor dicho, los paisajes. Son paisajes reales tanto como paisajes imaginados. En ese hipódromo de miniatura llamado Tamarisk Row y que Clement construye en el jardín de su casa caben inmensas planicies donde ganaderos tostados por el sol podrían a media tarde entrar en sus casas y desnudar a sus esposas, y más allá de esas llanuras verdes habrá colinas tras las cuales estarán unas ciudades en las que Clement podrá descubrir secretos que ni siquiera los propios habitantes de la ciudad conocen. Esos paisajes imaginados propician momentos de revelación en los que se incorporan el mundo exterior y el mundo interior del niño.

Todo lo que fascina a Clement aparece en la narrativa a lo largo de prolongados pasajes, y en ocasiones los temas quedan ensamblados unos con otros en la muy idiosincrática prosa de Murnane. Las imágenes, sus colores, son elementos definitorios de la concepción que Murnane tiene del mundo y de la literatura:

‘The front blinds are pulled down against the hot afternoon sun. The front yard is deserted. In a little round window a magpie of royal blue and White stained glass emerges from a thicket of green and gold leaves and fronds. Clement hears a faint cry from inside the house, where the light must be in green or gold pools behind the glowing glass leaves. In a silent twilight, coloured like the innermost parts of a forest, people who know the secrets of the Australian bush instead of the mysteries of the Catholic religion are enyoing the true meaning of a poem’ (70-71)
‘Las persianas frontales están bajadas frente al ardiente sol vespertino. El jardín de delante de la casa está desierto. En una ventanita redonda con una vidriera aparece una urraca en azul Francia y blanco desde un matorral de hojas y frondas verdes y doradas. Clement oye un débil grito procedente del interior de la casa, en la que la luz debe estar en espacios verdes y dorados detrás de las relucientes hojas de vidrio. En un crepúsculo silencioso, del color de las partes más íntimas de un bosque, personas que conocen los secretos del bush australiano en lugar de los misterios de la religión católica están gozando del verdadero significado de un poema.’
Una escritura inusual, una prosa única y muy personal de un autor que ha hecho del estudio de la lengua húngara un hábito vital pese a que  nunca ha salido de su estado natal, Victoria. Murnane narra una historia que en realidad no cuenta con una trama concreta en el sentido más ortodoxo del término, y lo hace en tercera persona. Aunque en la mayor parte de la novela se adopta el punto de vista de Clement, hay en realidad un narrador omnisciente que no puede ser en ningún caso un niño, pero que desarrolla las percepciones de un mundo perdido en la memoria que un niño de ocho o nueve años podría haber tenido en una pequeña ciudad como Ballarat al final de la década de 1940.

De alguna manera, es el mismo paisaje el que insta a crear lindes, dibujar mapas, y situar marcas en el territorio que es materia y espacio en la imaginación de Clement. Semanas antes de que su santuario sea invadido por Barry Launder, el matón del colegio de San Bonifacio que le acobarda en el patio de recreo, Clement reorganiza Tamarisk Row:

‘Clement goes back to his own yard. He spends the next few weeks rearranging the whole pattern of his farming country. He decides that he was wrong to think that as his backyard extended further out of sight of the front gate it became more secluded and remote and safe from disturbance. he realises that the further back a road might lead towards the quietest, least-visited reaches of a territory that a people have decided is theirs alone to explore, the nearer it might approach to the edges of a territory that is so familiar to another people that they have not yet noticed the strange country just outside its borders, although one of them might stumble on it at any time. He supposes that the reason why he has always been strangely affected by the sight of plains and flat grasslands viewed from a distance is that the most mysterious parts of those lands lie in the very midst of them, seemingly unconcealed and there for all to see but in fact made so minute by the hazy bewildering flatness all around them that for years they might remain unnoticed by travellers, and so determines to make the central districts of his yard the site of his most prized farms and park-like grazing lands’. (179-80)       
‘Clement regresa a su propio jardín. Se pasa las siguientes semanas reorganizando el patrón entero  de su país agrario. Decide que estaba equivocado al pensar que a medida que el jardín trasero quedaba más escondido y alejado de la puerta de entrada de delante se volvía más apartado y remoto y a salvo de interrupciones. Se da cuenta de que cuanto más lejos pueda llevar un camino hacia los rincones más tranquilos y menos visitados de un territorio que una gente haya decidido que les corresponde a ellos solamente explorar, más cerca se podría acercar a los lindes de un territorio que le es tan familiar a otra gente que todavía no se han percatado del extraño país que está justo pasadas sus fronteras, aunque uno de ellos podría dar con él en cualquier momento. Supone que la razón por la cual siempre se ha visto extrañamente afectado por la visión de llanuras y praderas vistas desde una distancia es que las partes más misteriosas de esas tierras se hallan en medio mismo de ellas, aparentemente nada ocultas y a la vista de todos pero de hecho tan empequeñecidas por la borrosa desconcertante planicie que las rodea por todas partes que durante años podrían pasar inadvertidas a los viajeros, y de modo que resuelve hacer de los distritos centrales del jardín el emplazamiento para sus más preciadas granjas y tierras de pastoreo’.

En alguna parte he leído que puede que Tamarisk Row sea la más asequible de todas las novelas de Murnane. El ensayo que J.M. Coetzee publicó no hace mucho en The New York Review of Books ha renovado el interés por este idiosincrático autor australiano, cuya lectura no está destinada en modo alguno a lectores acomodaticios. Por mi parte, yo seguiré explorando en los paisajes que imagina Murnane.

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