31 ene. 2015

Reseña: Frog, de Mo Yan

Mo Yan, Frog (Melbourne: Penguin, 2014). 388 páginas. Traducido al inglés del mandarín por Howard Goldblatt.


Para alguien como yo, nacido en medio de la explosión natalicia de la década de los 1960 en la España desarrollista del régimen del dictador fascista, en una época en la que los periódicos reseñaban todos los años la concesión del Premio de Natalidad a alguna familia con ocho, nueve o incluso más retoños, la política de la China comunista de limitar las familias a un solo hijo resultaba no solo totalmente ajena, era algo también extraordinario.

La principal protagonista de la última novela del Premio Nobel (y la primera que he leído) es Gugu, la tía del narrador Wan Zu/Xiaopao (cuyo apodo es Renacuajo), quien en su juventud aprendió las artes y pericias del oficio de comadrona. Tras la adopción de la política de limitación del número de hijos por familia (por el bien de la patria, nos recuerda Gugu en numerosísimas ocasiones) se convierte en la principal ejecutora de esa política en la pequeña comunidad rural del noreste de China en la que vive. Y Gugu lleva a cabo su cometido de manera absolutamente implacable.

Mo Yan no escamotea los detalles brutales en algunos episodios en los que mujeres embarazadas son perseguidas y sacadas a la fuerza de sus casas o escondites y obligadas a someterse a abortos pese a su avanzado estado de gestación (como es el caso de la mujer del narrador, que muere desangrada en el quirófano del hospital) y al escarnio cruel y humillación pública.

Frog relata la vida de Renacuajo desde su infancia en los años 60 hasta los inicios del presente siglo, siempre con la presencia de la figura dominante de Gugu, tenaz miembro del Partido y defensora a ultranza de las políticas demográficas del gobierno.

Mo Yan emplea además una atractiva técnica narrativa. Frog está dividida en cinco partes, cada una precedida por una carta que Renacuajo, que no deja de ser un diletante literario, envía a un admirado profesor japonés. En un principio nos hace saber que está escribiendo una obra de teatro sobre la vida de su tía Gugu, pero la obra no aparece hasta el final de la novela. Cada una de las cartas va acompañada del extenso relato que hace Renacuajo de las diferentes épocas en su vida y de los eventos y sucesos que les afectaron a todos los miembros de su familia y de su comunidad.

Las hambrunas, las represiones políticas de la Revolución Cultural, los rápidos cambios experimentados por China tras la apertura comercial de finales de los años 90: todo forma de esta atractiva novela, que ha sido excelentemente traducida por Howard Goldblatt. En efecto, es una estupenda traducción que no merece el quebranto de algunos flagrantes errores de edición como estos dos: “There couldn’t have been more then ten wristwatches” (p. 32), y “a man who’s wife was pregnant with their fourth child” (p. 123). Una editorial tan prestigiosa como Penguin debe cuidar mejor no solo su imagen sino sus productos.


Vista de Jinan, una de las ciudades de Shandong. Fotografía de Qquchn. 
Mo Yan transmite sutilmente la enorme presión psicológica a la que el aparato político del régimen comunista somete a los ciudadanos a través de individuos totalmente entregados a su cometido, como es el caso de Gugu. El autor tampoco escatima en humor, creando variadas situaciones y episodios que rozan la farsa y el esperpento. En su mira están los oficiales corruptos y los avariciosos empresarios de la China más actual. Tras la asombrosa transformación económica de China (¿Acaso alguien duda de que será la primera potencia económica antes de 2050?) solamente los pobres siguen sujetos a las reglas, pues los ricos pueden permitirse pagar las multas, un dinero que le viene muy bien a la administración.

Goldblatt se esfuerza por verter al inglés los juegos de palabras del original. La palabra ‘rana’ en mandarín tiene una pronunciación muy similar al llanto de un niño, además de ser homófona con una antiquísima diosa de la fertilidad. Pero la fobia que Gugu siente por los batracios es una de las cuestiones que, en mi opinión, peor quedan plasmadas en la novela.

Una de las interrogantes que me quedan sin respuesta es en qué medida Mo Yan logra saltarse la férrea censura del régimen de Beijing. El subtexto es, ocasionalmente, tremendamente irónico, mas la impresión que queda tras la lectura de Frog es una de indefinición. En todo caso, su lectura merece la pena.

20 ene. 2015

Reseña: The Narrow Road to the Deep North, de Richard Flanagan

Richard Flanagan, The Narrow Road to the Deep North (North Sydney: Vintage, 2013). 467 páginas.

Lest we forget. Para que no olvidemos. Tres palabras que uno puede encontrar en cualquier ciudad o pueblo australiano, en uno de los numerosos monumentos o recordatorios a los soldados caídos en las guerras en las que Australia ha tomado parte en su breve historia como estado independiente. Lo paradójico de esta inscripción es que, mientras que por un lado se exhorta a no olvidar a los muertos, a los supervivientes se les conminaba a olvidar, a no recordar sus traumáticas experiencias.

Monumento recordatorio del RSL de Mittagong, NSW. Fotografía de Peter Ellis.
The Narrow Road to the Deep North cuenta la vida de Alwyn Dorrigo Evans, un joven doctor nacido en la isla de Tasmania que, tras la captura de su unidad militar en la isla de Java por los japoneses en la segunda guerra mundial, termina como prisionero de guerra en Birmania. Se convierte así en uno de los miles de hombres explotados como esclavos por sus captores para la construcción del llamado Ferrocarril de la muerte, con el que imperio nipón buscaba unir Tailandia (por entonces Siam) con sus redes de distribución en el sudeste asiático y así poder conquistar India.

Vista del río Kwai desde el Ferrocarril de la Muerte, Kanchanaburi, Tailandia. Fotografia de Niels Mickers.
The Death Railway. Mapa creado por W. Wolny
El libro de Flanagan, premiado con el Booker de 2014, y ex-aequo en el Premio Literario del Primer Ministro de Australia del mismo año, se ha visto rodeado, al menos en Australia, de cierta polémica. Uno de los miembros del jurado del segundo premio, el poeta Les Murray, llegó a decir de The Narrow Road to the Deep North que es un libro "pretencioso y estúpido". Evidentemente, a Murray no le gustó ni la decisión de los asesores del Primer Ministro que cambió el veredicto del jurado ni el libro mismo.

Fragmento de 'Ulysses' de Tennyson
A Flanagan le interesa explorar el increíble potencial del ser humano para sobreponerse al sufrimiento y expresarse de una manera artística: la literatura es uno más de los temas centrales. Dice Dorrigo que las palabras “fueron la primera cosa hermosa que conocí en mi vida.” (p. 14) El poder inconmensurable de las palabras, de la literatura, es algo fundamental en la novela. Desde los libros que les sirven a los prisioneros de guerra para sobrevivir a una realidad devastadora o para enrollarse un cigarrillo de basto tabaco tailandés, pasando por el haiku que el coronel Kota no logra recordar en un momento crítico, mientras sujeta una espada a milímetros del cuello del prisionero Darkie Gardiner, a las referencias recurrentes de Dorrigo a Homero, Dante, y al poema ‘Ulysses’ de Tennyson, las palabras son la esencia que Flanagan contrapone al silencio forzado, al que Flanagan alude bien pronto en su historia:
“La noche que Tom [hermano mayor de Dorrigo, participante en la Gran Guerra] vino a casa quemaron al Káiser en una fogata. Tom no decía nada de la guerra, ni de los alemanes, ni del gas o de los tanques y las trincheras de las que habían oído hablar. No dijo nada en absoluto. Lo que un hombre siente no siempre equivale a todo lo que es la vida. A veces no equivale a nada en absoluto. Solamente se quedó mirando fijamente las llamas.” (p. 2, mi traducción)
Quizá uno de los principales méritos de Flanagan (que Murray soslaya por motivos que se me escapan, quizás más políticos que otra cosa – la novela es cualquier cosa excepto estúpida) es la amalgama del horror causado por los seres humanos con el afecto que podemos sentir por otros en medio de ese espanto. Flanagan maneja con soltura los ángulos y los puntos de vista narrativos, de tal suerte que hace posible que el lector pueda tratar de comprender la fascinación de un criminal de guerra japonés por la belleza de la poesía y luego asistir a las innombrables crueldades y salvajadas que ese amante de la belleza inflige a un ser humano al que considera no solamente inferior sino perfectamente prescindible.

El angosto camino al norte profundo. Desfiladero hecho prácticamente a mano por los prisioneros de guerra. Hellfire Pass, a unos 70 km de Kanchanaburi. Fotografía de calflier001.
En un párrafo que personalmente me resulta imborrable, Flanagan cuenta cómo Evans cree tomar conciencia de la naturaleza recurrente de la violencia en la humanidad, de cómo esa violencia ha traspasado nuestra esencia y ha alcanzado cotas de magnitud filosófica:
“Por un instante pensó que comprendía la verdad de un mundo espantoso, en el que no se podía escapar del horror, en el que la violencia era eterna, la gran y única verdad, más grande que las civilizaciones que creaba, más grande que cualquier dios al que el hombre adorara, puesto que era el único dios verdadero. Era como si el hombre solamente existiera para transmitir la violencia y asegurar que su dominio fuera eterno. Puesto que el mundo no cambiaba, esta violencia siempre había existido, y nunca sería erradicada, los hombres morirían bajo la opresión y la barbarie de otros hombres hasta el final de los tiempos, y toda la historia humana era la historia de la violencia.” (p. 307, mi traducción)
La estructura narrativa de The Narrow Road to the Deep North es algo compleja: Flanagan da saltos temporales entre pasado anterior a la guerra y un pasado mucho más cercano al presente, cuando Evans (que en buena parte parece ser una recreación ficcional de Weary Dunlop) se ha convertido en persona famosa y respetada. Además de esta complejidad estructural, la amalgama de puntos de vista fuerza al lector a hacer recuento de lo leído de forma constante. Flanagan te conquista con el lirismo de su prosa, incluso cuando describe cosas que pueden considerarse de lo más horrendas, como este párrafo sobre el estado de inanición de los prisioneros de guerra en el campo birmano:
“La inanición acechaba a los australianos. Se ocultaba en cada uno de los actos y pensamientos de cada uno de los hombres. Frente a ella solamente podían brindar su sabiduría australiana, que en realidad no consistía en otra cosa que opiniones más vacías que sus barrigas. Trataban de mantenerse unidos mediante su mordacidad y sus maldiciones australianas, sus recuerdos de Australia y su compañerismo australiano. Pero de pronto, la palabra ‘Australia’ significaba muy poco frente a los piojos, el hambre, el beriberi, contra los robos y las palizas y los cada vez mayores trabajos de esclavos. ‘Australia’ se estaba encogiendo y arrugando, un grano de arroz era ahora mucho más grande que un continente, y las únicas cosas que se hacían más grandes día tras día eran sus ajados y lánguidos sombreros caídos, que ahora asomaban, como si fueran sombreros mexicanos, por encima de sus rostros demacrados y sus apagados e inexpresivos ojos, ojos que parecían ya ser poco más que cuencas ennegrecidas por las sombras, esperando la llegada de las lombrices.” (p. 52, mi traducción)
A algunos no les gustará el desvío temático en la historia que supone el idilio de Evans con la mujer de su tío Keith, Amy. Ciertamente, la novela dedica muchas páginas a este romance y a la indecisión de Dorrigo Evans para elegir entre la aparentemente inexplicable pasión por Amy y una vida burguesa y acomodada con Ella, su prometida. Hay sin embargo tanto y tan disfrutable en esta novela que las posibles lacras o pequeños defectos (por poner un ejemplo, la siguiente subordinada especificativa, que debiera ser explicativa, separada por comas, en la página 83: “Her chatter that he had once found joyful now struck him as naïve and false”) no deberían importarnos tanto. Sin llegar a ser una obra maestra (¿Se escriben de verdad obras maestras hoy en día?), The Narrow Road to the Deep North debiera satisfacer a un lector exigente.
La rendición de los japoneses en Birmania en 1945. Fotografia del sargento W.A. Morris.
Lest we forget. La paradoja del dolor que conlleva el recuerdo necesario para que podamos sobrevivir. “Al intentar escapar de la fatalidad del recuerdo, descubrió, con inmensa tristeza, que perseguir el pasado inevitablemente conduce solo a una mayor pérdida.” (p. 417, mi traducción) No nos queda otro remedio que continuar nuestro viaje.


Añadido el 26/02/2016: The Narrow Road to the Deep North ha aparecido recientemente traducido tanto al castellano (El camino estrecho al norte profundo, en traducción de Rita de Costa, Mondadori) como al catalán (L’estret camí cap al nord profund, amb traducció a càrrec de Josefina Caball, en Raig Verd Editorial).

12 ene. 2015

Reseña: Salt and Saffron, de Kamila Shamsie

Kamila Shamsie, Salt and Saffron (Londres: Bloomsbury, 2000). 244 páginas.

Yo no sé tú, pero en mi caso las preguntas que de vez en cuando me hacen mis hijos sobre quiénes eran nuestros antepasados me ponen en un aprieto. Lo realmente curioso es que pese a que la historia de la Australia colonial solamente puede remontarse unos doscientos años, hoy por hoy, les resulta más fácil saber acerca de la rama australiana de su familia (la cual incluye, por supuesto, a un convicto que a principios del siglo XIX cambió de nombre en cuanto le fue posible) que de la valenciana a la que yo pertenezco.

Lo anterior viene a cuento de esta simpática novela de la paquistaní Kamila Shamsie, de quien hasta ahora solamente conocía Burnt Shadows. En Salt and Saffron [Sal y azafrán], la cual hasta ahora, que yo sepa, no se ha traducido al castellano, Shamsie explora en clave humorística la mitología de una antiquísima familia de noble origen que estuvo muy cerca del poder durante la era del imperio mogol, en lo que hoy en día comprende India, Pakistán y buena parte de Afganistán.

El imperio mogol en su momento de máximo esplendor, circa 1707. Fotografía, Keeby101, en Wikipedia.
Aliya es una de las mujeres jóvenes de esta familia, los Dard-e-Dil, y al principio de la novela se halla regresando a Karachi tras haber completado sus estudios en una universidad americana. En el avión conoce a un atractivo joven paquistaní que, como ella, también está haciendo sus estudios en los EE.UU. Durante su escala en Londres Aliya conoce, gracias a una de sus primas, a parte de la familia que quedó en India tras la Partición de 1947, y algunos de los comentarios que allí escucha sobre la historia más reciente de su familia la llevan a investigar las causas por las que su prima Mariam Apa cayó en desgracia cuando Ayila era apenas una niña. Y para darle un poco de emoción y unas buenas dosis de romance, el joven, Khaleel, vuelve a encontrarse con ella en el metro y la busca hasta encontrarla en la casa de sus familiares. Después de salir a tomar juntos un café, y tras averiguar Aliya que Khaleel procede de uno de los barrios más humildes de Karachi, queda algo ambigua la idea de que vayan a verse en Karachi.

El trasfondo histórico de la Partición no solamente sirve para ilustrar la división entre hindúes y musulmanes. También sirve como telón de fondo que expone las aparentemente insoslayables divisiones sociales entre ricos y pobres, así como de la inevitable oposición entre las generaciones paquistaníes modernas de las clases pudientes, educadas en el canon occidental, y las de sus padres y abuelos, aferradas a las tradiciones; además, persiste la pugna entre imperio colonialista y colonia que tiene su reflejo en la contraposición de urdu e inglés.

En Karachi, Ayila tiene que abordar y resolver un conflicto que surgió unos años antes, cuando abofeteó a su abuela porque ésta llamó puta a su prima Mariam. ¿Qué sucedió en realidad con Mariam? ¿Por qué nunca hablaba de nada que no fuera de comida? ¿Ocultaba algo? ¿Por qué huyó con el cocinero, Masood? ¿Adónde fueron? ¿Será cierto que en ella y Mariam se encarna una de las maldiciones con que la leyenda parece haber castigado a los Dard-e-Dil? La novela gira en torno a estas preguntas, para algunas de las cuales habrá respuesta, mientras que en el caso de otras Shamsie prefiere no explicitarla.

Por otra parte, la Ayila que ha estado estudiando en América se debate en su ciudad natal entre los ideales democráticos e incluso radicales que ha adquirido en la universidad de la costa este y el acatamiento de las tradiciones inquebrantables de una sociedad patriarcal en la que cualquier aspiración feminista no tiene cabida alguna.

Salt and Saffron es una historia en mi opinión bien narrada, con algunos altibajos y enrevesamientos innecesarios que la autora podría haber tratado de alisar adoptando una variedad de modalidades narrativas. Pero es sin duda un acierto que sea la propia Aliya la que cuente la historia en primera persona, mezclando las habladurías familiares con diálogos chispeantes y repletos de ironía y dobles sentidos que mantienen ella y sus primos y primas.

El desenlace se acerca una pizca al melodrama y tiene tintes demasiado románticos para mi gusto; quizás deje indiferente a más de un lector. Salt and Saffron entretiene, aunque no llegue a entusiasmar.

8 ene. 2015

Isabel Olesti's La pell de l'aigua. A Review.


Isabel Olesti, La pell de l'aigua (Barcelona: Proa, 2012). 285 pages.

The protagonist of Isabel Olesti’s La pell de l’aigua [The skin of water] is a nameless middle-aged unhappily married woman who wakes up from a dream (more like a nightmare, I daresay) in which a slimy slug is crawling up her thigh. “It was wet and cold and it was making her shudder. It was creeping up slowly, crawling on her skin in a zigzag. It left behind a film of spittle, like sticky mucus, a rather clear trail, a path; as if it were saying: this is mine.” (p. 9, my translation)

The highly symbolic dream of the slug gives way to the woman’s grim reality when she’s awake and aware of what’s being done to her by her husband, who exclaims: “Why don’t you just open your legs? I can’t do anything this way!” (p. 10). Once he’s done with his business, she just lies down and pretends to sleep, ignoring her husband’s comments about wallpaper being démodé.

The novel is set in the city of Barcelona in 1982. The narrator makes mention of the politician who would go on to win an election. Yet it is the visit of Pope Wojtyla that will lead to a dangerous adventure that will change (let us assume so) her life forever.

Everything seems to be ready for a successful papal visit. But the weather is not going to help. On the days John Paul II is to give his blessing to the faithful (her husband appears to be one of the most zealous believers any religious leader would wish to have) the heavens open and rain comes down mercilessly. Near the Montserrat monastery several young girls are killed as a result of a landslide, while the crowds gathered in the centre of Barcelona are left wondering, and wandering, in the rain.

The protagonist gets lost (wanders off, rather) and loses sight of her three daughters and her husband while they are battling other thousands of people to get a close view of the Pontiff. Soaked to the bone, confused and not knowing too well what she wants to do, she quickly jumps into a taxi and flees to the Ramblas, where she will meet Pura, a chatty transvestite from northern Castelló. For reasons that are difficult to ascertain, Pura decides to look after her and takes her to his flat.

Later she accompanies Pura on the streets for a while; at a bar she meets a much older man and goes with him. Another taxi, another rambling commentary from a taxi driver, and they finally go to the port and have sex on one of the huge cement blocks. Had La pell de l’aigua been published in English, it might have been long- or even shortlisted for the Literary Review Bad Sex in Fiction award. But wait, because after that there is yet another taxi, and a visit to a shabby, putrid hotel room where they are told to hurry up with whatever it is they need to do…

Unfortunately, it is not a lot that can be said in favour of this hit-and-miss narrative. If the intention was to produce a psychological study of the protagonist, it fails miserably. Not a single character in the novel gets to be portrayed beyond the merest, sketchiest outline. There is no depth to the husband or the older man (who happens to be a taxidermist). The protagonist appears to be contented to nod or shake her head to almost every one of Pura’s questions or jokes.

The narrative is interspersed with brief pseudoscientific description of the copulation habits of different animal species: chimpanzees, spiders, worms, mantis, birds, iguanas, bedbugs, etc. Although the reason for their inclusion will ultimately be illuminated by what happens in the taxidermist’s house in an outer hilly barrio of Barcelona, in my opinion these odd passages interfere rather than add value to the story. The thread is lost too often.

The idea behind La pell de l’aigua would seem good in principle, but it has been poorly developed. The female protagonist psychological issues are never fully fleshed out. It hints at a childhood sexual trauma (the narrator repeats the different admonitions or pieces of advice that, as a child, she received from her father, mother and grandmother ad nauseam), yet the issue is never directly tackled or resolved. Despite the denouement, which includes a murder, the novel leaves a strange aftertaste. Perhaps the main problem in this novel lies in the fact that the omniscient narrator has adopted the point of view of the protagonist: it is a story told in both a confusing and confused way, and would have benefitted heaps from a more strict editorial intervention.


La pell de l’aigua was awarded the 2011 Mallorca Prize. Go figure why.

3 ene. 2015

Reseña: Land's Edge, de Tim Winton

Tim Winton, Land's Edge: A Coastal Memoir (Camberwell: Hamish Hamilton, 2010 [1993]). 109 páginas.

Land’s Edge: a coastal memoir se publicó por primera vez en 1993, en una edición que, por lo visto y leído, era de gran tamaño y muy poco asequible para el público en general. Penguin Books a través de su sello Hamish Hamilton lo reeditó en 2010 en formato también de tapa dura pero mucho más asequible. Como indica el subtítulo, se trata de un relato autobiográfico, pero para quienes conocemos en cierta profundidad la obra de Winton, resulta ser un librito de mucho interés. Land’s Edge recoge las inquietudes, los temas, las obsesiones vitales y literarias de Winton, y el gran telón de fondo que aparece y en cierto modo protagoniza prácticamente todas sus novelas: el Océano Índico.

Quizás resulte significativo (al menos para mí lo es) que Winton escribiera Land’s Edge unos cuantos años antes del tsunami que cambió hace diez años las vidas de los moradores de las costas de ese océano para siempre. Al menos para mí lo es. Ese amor que le profesa Winton, esa misteriosa contemplación e introspección a la que parece invitarnos (cuando no forzarnos) el océano, el discurrir de la vida de tantos australianos junto al margen de la tierra, están todos ahora en 2015 permanentemente a la sombra de una catástrofe que lamentablemente se repetirá algún día. La cuestión no es si se repetirá, sino cuándo, y si contaremos con la tecnología punta necesaria para evitar tantas muertes como en 2004.

Formalmente el libro se compone de siete capítulos, y cada uno de ellos viene introducido por un episodio personal e íntimo del autor, impreso en tinta azul. Además, cada capítulo viene precedido de una fotografía de Narelle Autio. Son fotos absolutamente espectaculares de escenas marinas y playeras que no hacen sino realzar lo que ya es de por sí una esmeradísima edición.

Winton combina los recuerdos de la niñez con episodios autobiográficos de tiempos más recientes. Escrito en una prosa exquisita, el relato de Land’s Edge está sin embargo dotado de una cadencia rítmica que lo aproxima mucho a la poesía. En el transcurso de esta absorbente narración autobiográfica el autor plantea algunas preguntas para las que en ocasiones esboza algo que podría parecer una respuesta, aunque en su mayor parte sus conclusiones son naturalmente ambivalentes.

Australia es un continente cuyo corazón es un desierto, y ello tiene una profunda influencia en la psique de los australianos. Dice Winton: “En ninguna otra parte del continente hay una mayor sensación de estar atrapado entre océano y desierto que en Australia Occidental. En muchos lugares a lo largo de este vasto y solitario litoral la playa es el único margen entre ellos. Desde el mar uno contempla directamente el desierto rojo, y desde el desierto se ve el brillo acerado del Océano Índico. En las playas hay canguros, y conchas marinas en las planicies.” (p. 35, mi traducción)

Atrapados o no, los australianos viven en la playa de una manera que no he observado en ninguna otra parte del mundo. Nos atrae el océano, pero entramos en él con miedo. En ese sentido, se podría establecer una especie de paralelismo entre la renuencia al cambio tan presente en la vida sociopolítica de Australia y el muy extendido miedo al océano y lo que éste alberga. Escribe Winton: “El océano es la metáfora suprema del cambio. Espero lo inesperado, pero nunca estoy completamente preparado.” (p. 83, mi traducción)

Naturalmente, también se hace presente en Land’s Edge otra de las cuestiones que han (pre)ocupado la vertiente pública de Winton desde hace décadas: la conservación de los ecosistemas marinos y litorales y la protección de la biodiversidad en los océanos. Ojalá la lectura de Land’s Edge consiga ganar más adeptos a la causa medioambientalista. Es un libro sencillo pero ciertamente inolvidable.

2 ene. 2015

Reseña: The Surrendered, de Chang-rae Lee

Chang-rae Lee, The Surrendered (Londres: Little, Brown, 2010). 469 páginas.


“El viaje había casi terminado”, dice la primera frase de esta ambiciosa novela del estadounidense Chang-Rae Lee. Pero en realidad, el viaje vital no ha hecho más que comenzar para June, una jovencita coreana que en 1950 pierde en la guerra a toda su familia (padre y madre y cuatro hermanos). Logra sobrevivir gracias a una férrea determinación y su carácter duro e esquivo.

En los caminos y campos desolados por la guerra, rumbo a Seúl, June conoce a un exsoldado norteamericano, Hector Brennan, quien la llevará a un orfelinato y finalmente la ayudará a emigrar a los Estados Unidos. En un arriesgado salto temporal hacia adelante, Lee nos transporta en el segundo capítulo a la década de los 80: June, convertida en rica propietaria de una tienda de antigüedades, ha perdido recientemente a su esposo y está enferma. Un cáncer de estómago va a terminar pronto con su vida, y antes de morir quiere encontrar a su díscolo hijo Nicholas, que se marchó a Europa ocho años antes y cuyo esporádico contacto ha perdido hace unos meses.

Para ello ha contratado a un investigador privado, a quien le encarga también que busque a Brennan para convencerle de que viaje con ella a Italia a buscar a su hijo (el hijo de ambos: pues Hector es el padre de Nicholas, el fruto de un coito casual entre June y el exsoldado bebedor al poco tiempo de llegar a Nueva York tras la guerra).

La trama es compleja y enrevesada: los distintos episodios que conforman el grueso de The Surrendered aparecen localizados en la Manchuria de la década de 1930 en plena invasión japonesa, en la península de Corea durante la guerra e inmediatamente después de ésta, en la Nueva York de 1986, y unas semanas después, en Italia. Sería muy fácil interpretar el viaje de June como un gran gesto de grandilocuencia fictiva, algo que resultaría harto improbable en la vida real. Y de hecho, el desplazamiento de Hector y June por Roma, Siena y Solferino es no solamente inverosímil (June consigue aguantar la tortura de su enfermedad gracias a inyecciones regulares de morfina) sino algo tortuoso desde el punto de vista narrativo.

El reencuentro de June y Hector viene propiciado por un excesivamente melodramático accidente en el que fallecen el detective privado y Dora, la mujer con la que Hector casi había ideado un cambio positivo para su desdichada vida. Es así como se nos revela la historia que unió a June y Hector con Sylvie Binet en el orfanato Nueva Esperanza. Ambos se sintieron intensamente atraídos hacia esta hermosa mujer, hija de misioneros y adicta a la heroína; varios de los capítulos centrales construyen una narración sin aristas, sobria y elegante en su lenguaje y desarrollan las interrogantes que se plantean en torno a la relación de ambos con ella y su marido en el orfanato, y finalmente, cómo perdió la vida Sylvie en un devastador incendio.

La idea de la guerra está omnipresente en The Surrendered. Para June, la guerra supone desde bien joven el reto de sobrevivir y los costes que acarrea. Para Hector es una escapatoria del fuerte recuerdo de su padre, un borrachín. Hay otro tipo de guerra que June tiene que librar, cuando por mucho que quiera sobrevivir (como había sido siempre su designio) la enfermedad va a acabar con ella.

Quizás lo más decepcionante de The Surrendered sea la resolución de la trama secundaria de Nicholas. No termina de quedar claro si June reconoce el engaño al que la somete un conocido de su hijo que se hace pasar por él tras su muerte a causa de una caída de un caballo. Ciertamente, son muchas las víctimas que transitan por las páginas de la novela. Lee no escatima esfuerzos ni recursos a la hora de describir los horrores de la guerra, las brutalidades de los soldados de todos los bandos o las crueldades de unos niños huérfanos con otros.

Hay también una recurrente referencia metaliteraria, al libro del instigador de la creación de la Cruz Roja, Jean Henri Dunant, titulado Un Souvenir de Solferino, y que Sylvie llevaba consigo desde la salvaje ejecución de sus padres en Manchuria a manos de una escuadrilla japonesa. El libro pasó a manos de June, a quien a su vez se lo quitó Nicholas.


Osario de SolferinoLicensed under CC BY-SA 3.0 via Wikimedia Commons.
La insistencia de June de acudir al osario de Solferino es la extraña guinda que colma la trama de The Surrendered. La elección del nombre del soldado alcoholizado no es casual: Lee le hace oriundo de un pequeño pueblo del estado de Nueva York llamado Ilion. En lugar de ser un héroe épico, a lo largo de su vida es testigo de la muerte violenta de todas las personas por las que siente algo. No es de extrañar que se sienta víctima de una maldición.

A diferencia de A Gesture Life, que reseñé aquí hace unos meses, The Surrendered no me terminó de convencer. Es una larga obra, de tan gran ambición que no queda redonda. Son demasiadas las afectaciones inverosímiles en una trama un poquito sobrecargada. Chang-Rae Lee escribe primorosamente, pero eso no es suficiente para hacer de esta novela algo memorable.

The Surrendered la publicó en 2013 en castellano Anagrama, en traducción de Benito Gómez Ibáñez, bajo el título de Rendidos.

1 ene. 2015

Nochevieja en Kosciuszko: 2014


Dado el coste del pase del telesquí en verano, me queda claro que los caminantes subvencionamos en parte a los aficionados a la bicicleta de montaña.
Dado el elevado número de personas que decidieron hacer lo mismo que nosotros y lo recorrieron el último día del año, es muy posible que la ascensión al Monte Kosciuszko se esté convirtiendo en una especie de peregrinaje estival de “obligado” cumplimiento. Y eso que es más que probable que resulte ser una de las caminatas más costosas del mundo. Además de la entrada al Parque Nacional de Snowy Mountains (A$16 por coche y día), quien quiera comenzar el recorrido cercano a las 4 horas (ida y vuelta) desde la estación meteorológica de Thredbo, al final del telesilla que sube desde el valle, tendrá que apoquinar otros A$68 (pase familiar de un día).

Inicio del paseo
Kosciuszko es el punto más alto del continente australiano, a pesar de sus modestos (si no ridículos) 2.228 metros sobre el nivel del mar. La ascensión es por lo tanto más simbólica que otra cosa: una vez eliminada la durísima subida desde el valle gracias al telesquí, el camino apenas reviste dificultad. El sendero es muy amplio y la mayoría del recorrido se hace sobre rejillas de acero (para proteger el terreno de la terrible erosión que de otro modo causarían los miles de botas y zapatillas que pasan por allí a diario). Los desniveles son mínimos, comparados con otros senderos locales o extranjeros.

Lake Cootapatamba
A pesar de las más que visibles indicaciones en sentido contrario, no obstante los avisos tan prodigados a lo largo de todo el camino, todavía hay que personas que se salen del sendero marcado y deambulan por un ecosistema que es increíblemente frágil. Por desgracia, también pululan esos auténticos “nazis” del ejercicio físico que, pese a la expresa prohibición que se exhibe al principio del camino, completan el sendero a la carrera, en sus estridentes uniformes de licra. Envoltorios de chocolatinas, pañuelitos de papel y otros desechos también quedaron allí arriba en lugar de volver con sus dueños a la “civilización” para que pudieran terminar en una papelera, donde corresponde.

Flora alpina
Lo anterior forma todo parte de un trastorno social contemporáneo (¿una enfermedad, quizás?), un comportamiento psicopático que desprecia el bien común, el bienestar de todos, en favor de la gratificación de deseos personales, y cuyos pacientes probablemente justifiquen interiormente con tres palabras: because I’m special.

El tramo final
El 31 de diciembre de 2014 la temperatura en Thredbo Top Station no llegó a superar los 15 grados. La sensación térmica no llegó en ningún momento a los 10 grados centígrados, más que nada por el viento de poniente (ojo al dato: el día anterior la sensación térmica no superó los cero grados en ningún momento). Aun así, por la cima de Kosciuszko pasaron ayer, día de Nochevieja, centenares de personas, incluidas muchas familias con niños pequeños. Cerca de la cumbre, los cuervos se hacían ver entre los pocos restos de nieve que quedaba del invierno (significativamente mucha menos que hace cinco años, la última vez que había estado en esa parte del mundo).

A mis pies, Australia

Tras 18 años de vida en Australia, sin duda alguna ya era hora de realizar mi primer ascenso a Kosciuszko. No será el último, espero, pero este tipo de peregrinajes no me interesa.

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