Gail Jones, Five Bells (North Sydney: Random House, 2011). 216 páginas.
¿Qué debe tener una novela para que el lector no solo la disfrute sino
que además le quede una certidumbre de su valor literario tras haberla leído, o
en otras palabras, que le convenza de que su lectura valía la pena leerla? Esta
pregunta me ha rondado la cabeza tras terminar la lectura de Five Bells, novela que, aunque reconozco
como buen libro, sin embargo no termina de convencerme, quedándome la sospecha de
que no ha realizado el vasto potencial que encerraba la idea que le dio origen.
El título de Five Bells viene
prestado de una primorosa elegía así titulada del poeta modernista australiano
Kenneth Slessor, y publicada en 1939. Como en el poema de Slessor, el escenario
es la maravillosa bahía de Sydney (por cierto, me niego rotundamente a escribir
el nombre de la ciudad con i latina: ahora que la RAE ha admitido friki y okupa, no veo razón alguna para hispanizar una grafía que coexiste
en inglés, en todo caso, con Sidney).
En un magnífico día de verano en Sydney, la narración sigue un poco a
trompicones a cuatro personajes diferentes. Dos de ellos, Ellie y James, son
ahora treintañeros que comparten un pasado secreto: fueron amigos y amantes en
la temprana adolescencia, pero los giros que da la vida los separaron hasta ese
sábado de enero de 2010, en que volverán a reunirse en un restaurante de
Circular Quay, con vistas a la Casa de la Ópera y el famoso puente que une las
dos orillas. Por su parte, Catherine es una periodista irlandesa que acaba de llegar
a Australia con la intención de empezar una nueva etapa de su vida aquí. Por
último, Pei Xing sobrevivió a las purgas de la Revolución Cultural maoísta, y
tras emigrar a Sydney el azar la reúne con la que fue su carcelera y
torturadora mientras estuvo en prisión.
Hay un breve y casi insignificante nexo argumental que parece unir a los
cuatro (el posible rapto de una niña en la estación de tren por la que han
pasado los cuatro). Pero es un hilo argumental intrascendente, que no conduce a
nada, y en cierto modo, superfluo.
Las historias de estos cuatro personajes podrían muy bien haber dado
lugar a cuatro narraciones independientes (como novelas, nouvelles o incluso cuentos autónomos). Las imperfecciones en que
incurre Five Bells no estriban, por
tanto, en una falta de materiales sino en su manejo. Se trata, más bien, de la
falta de ensambladura de unos y otros elementos narrativos. La voz omnisciente
de la narradora – y pienso yo que resulta innegable que se trata de una narradora
– fuerza al lector a dar saltos de un personaje a otro, del pasado al presente
y del presente al pasado, inspeccionando episodios en la memoria de uno y otro
personaje. El resultado total queda un tanto desmadejado.
Y no es que no haya hilos temáticos comunes a los cuatro personajes. Sí
los hay. Son temas muy recurrentes en la historia de la literatura: la pérdida
de seres queridos, el dolor, el duelo, su presencia a través del recuerdo.
Todos los personajes han sufrido una pérdida. Ellie perdió a su padre tras un
ataque al corazón; James perdió a su Mama,
la arquetípica italiana inmigrante que nunca se adaptó a su nuevo país y a
quien abandonó el esposo al poco tiempo de llegar a Australia. Catherine perdió
a su hermano en un accidente de tráfico, y le resultó imposible de digerir la
fe ridículamente ciega que su madre y sus hermanas depositaron en la veneración
de iconos católicos tras la tragedia. Pei Xing, por su parte, perdió a sus
padres y confeccionó una falsa confesión incriminatoria de los crímenes su
hermano contra la Revolución para poder seguir viva.
Esencialmente, pues, Five Bells trata de cómo diferentes personas
reaccionan al dolor de la pérdida. Para lograr que el lector acepte una
propuesta narrativa en torno a este tema, es necesario por tanto que la
construcción de los personajes sea no solamente creíble sino fructífera. La
estructuración del relato en saltos más o menos aleatorios no contribuye a
crear una impresión de consistencia en la construcción de los personajes, que
termina siendo muy desigual. No hay en Five
Bells la suficiente cohesión para articular una unidad narrativa persuasiva.
Así, James nos es presentado como un atractivo hombre de mediana edad,
emocional y sensible, que tiene finos gustos. Incapaz de superar su aversión a
la sangre y las vísceras, james deja la carrera de medicina antes de concluir
el primer año. Después vendrá la muerte de su madre, la cual tampoco puede
confrontar como sería necesario. Para colmo de males, James se hunde cuando una
niña que tenía a su cargo durante una excursión escolar perece en el mar. Pero
en realidad el retrato que confecciona Jones nunca termina de resultar del todo
plausible, al menos para mi gusto parece por momentos un tanto feminizado.
Que la novela tenga lugar en un mismo espacio (Circular Quay y la ciudad de Sydney en general) y en un periodo de
24 horas podría invitar a compararla con Ulysses.
Pero Jones parece reclamar que la atención del lector se centre en el pasado de
los personajes, y en el imperecedero tema del tiempo y la memoria, mientras
cada uno de los cuatro personajes discurre sobre esa carga personal que son los
recuerdos de las personas que ya se han ido, desde la perspectiva del aquí y
ahora. Vista así, podría argüirse que la novela no avanza en una dirección definitiva.
No siempre se produce una palpable distinción entre los puntos de vista de esos
cuatro personajes porque no hay apenas diferencias estilísticas y de lenguaje
entre ellos. Es una cuestión de gustos, claro está; pero existe el riesgo de perder
lectores por el camino.
Mas también es cierto que hay lectores que saborean con mayor
satisfacción los aspectos formales del lenguaje, y es a este tipo de lector al
que Five Bells debería resultarles
mucho más atractiva y absorbente. No me cabe duda de que Gail Jones busca explotar
y demostrar (si hiciera falta hacerlo) el inmenso poder de la palabra humana,
la necesidad de contar historias (o incluso nuestra propia historia), las
vivencias de otros o las nuestras, para aliviar y contrarrestar las
insoportables consecuencias de vivir el dolor. Five Bells hace honor a la inspiración poética del imponente poema
de Slessor, y contiene hermosos pasajes, muy elaborados, pero en mi caso la
narración de Jones no logró establecer una conexión con mi yo lector. Le falta algo
de fuerza interna y no reúne la cohesión que requiere toda novela.
Y una última observación. La plaga que afecta a las editoriales en
lengua castellana también parece extenderse a las de la lengua inglesa. Me
refiero a la aparición de erratas del todo imperdonables, como es este caso: “superceded” (p. 208).
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