29 abr. 2014

Reseña: Traitor, de Stephen Daisley

Stephen Daisley, Traitor (Melbourne: Text Publishing, 2010). 293 páginas.

Con cada año que pasa, la teatralización de la conmemoración de los soldados australianos y neozelandeses caídos en Gallipoli  al comienzo de la Gran Guerra adquiere tintes más extraños. Dejando de lado el servicio religioso que antecede al amanecer de ese día y el desfile de los pocos veteranos que quedan, el día de ANZAC parece estar poco a poco convirtiéndose en una celebración de carácter festivo: no son pocas las cadenas de grandes almacenes de electrodomésticos y mobiliario diverso que organizan grandes rebajas ese día. Confieso mi extrañeza y desconfianza ante una conmemoración que no debiera ser, en mi opinión, otra cosa que un día de reflexión, de silencio y de recogimiento. No estoy seguro de que la fascinación con el pasado militar (convenientemente alentada desde las más altas instancias políticas australianas) sea algo deseable como fin en sí mismo.

La trama de Traitor, el primer libro que publica el neozelandés Stephen Daisley, afincado actualmente en Australia Occidental, narra la vida de David Monroe desde su infancia hasta su muerte. Al comienzo de la novela (en 1965) Monroe es un viejo pastor que trabaja en una granja. Su vida es sencilla: cuida de las ovejas y los corderos, y recorre la granja con su caballo y un perro pastor. Su existencia se ve alterada un día cuando llegan un par de policías a buscarlo. Lo obligan a ir a la comisaría, donde tiene que someterse a un interrogatorio con el trasfondo del envío de tropas neozelandesas a Vietnam. Su expediente de la segunda década del siglo sigue coleando, pese a los años transcurridos.

Huérfano de madre y abandonado por su padre (quien también muere al poco tiempo), Monroe es reclutado para la campaña militar guiada por los generales británicos en tierras turcas. Es en Gallipoli donde conoce a un doctor turco, Mahmoud, quien cuando estaba tratando de detener la hemorragia que estaba matando a un soldado australiano resulta malherido junto a Monroe. Mientras que a Monroe le caen honores, Mahmoud, mutilado de un pie y en una mano, es hecho prisionero.
Lemnos
Ambos son llevados al mismo hospital en la isla de Lemnos, y durante la convalecencia a Monroe le asignan la vigilancia del tullido doctor enemigo. En esas semanas surge entre ellos una amistad imborrable e indestructible. Mahmoud, con sus estudios en Inglaterra y esgrimiendo la filosofía sufí como estandarte, captura el corazón del joven neozelandés. Monroe decide arriesgarlo todo para tratar de devolver a Mahmoud a su esposa Aisha. Paga a un pescador para que los lleve a Turquía, pero el griego los traiciona. Tras ser apresados, quedarán separados para siempre.

El largo calvario de Monroe comenzará con una condena a muerte que los soldados australianos se niegan a cumplir. Daisley narra de forma escueta pero franca las represalias contra él, las vejaciones y humillaciones a la que lo someten. Finalmente lo destinan como camillero al frente occidental europeo, donde logra sobrevivir hasta el final de la contienda.

Tras su regreso a Nueva Zelanda, su vida seguirá sellada con el recuerdo de Mahmoud, de cuya mujer recibe la noticia de su muerte, ajusticiado por el régimen de Atatürk. Su vida, no obstante, estará siempre marcada por la decisión que tomó de ayudar a un hombre que era, oficialmente, el enemigo.

Traitor adolece en algunos pasajes de cierta imprecisión técnica – Daisley decide prescindir de las comillas para introducir los diálogos, lo cual nos obliga a veces a la relectura. Su prosa es sin embargo nítida, elegante, sencilla, aunque dotada de una innegable belleza.

La novela progresa en un ir y venir a través del tiempo, lo que le permite a Daisley ir revelando poco a poco una trama secundaria conforme los sucesos posteriores al final de la guerra van adquiriendo relevancia para poder entender el desenlace. En la vida de Monroe irrumpe una mujer casada, Sarah, cuyo hijo había muerto en la guerra. Monroe fue testigo de su muerte, pero no quiere hablar de ello. En esa relación está la clave del misterio que el autor parece tratar de esconder en un principio.

¿En qué medida es Monroe el traidor al que se refiere el título? La novela cita en su epígrafe al novelista inglés E.M. Forster: “Si tuviera que escoger entre traicionar a mi país y traicionar a mi amigo, espero poder tener las agallas para traicionar a mi país.” En esta compleja historia una cosa me queda muy clara: la única traición que siente haber cometido Monroe es la de haber sobrevivido a tantos de sus amigos y compañeros. No se trata de una traición convencional sino de una decisión en contra de la guerra, tomada por amor a un amigo.

Traitor es una encomiable primera novela. Quizás el protagonista quede a veces desdibujado frente a la lírica que impregna la prosa de Daisley. Al fin y al cabo, Monroe no es un hombre que haya completado una educación y sus dotes expresivas son muy limitadas. Daisley exige un esfuerzo del lector por leer los silencios y sus significados. Sin haber aprendido mucho de los sufís y los derviches, David Monroe descubre lo suficiente como para saber apreciar las enseñanzas de Mahmoud de por vida.


Este es un libro que abre una llaga para que el lector se haga algunas profundas preguntas en torno a la guerra y a la amistad, en torno al amor y a la pérdida de los seres amados. La vida y la muerte, en un círculo interminable como el que crean los derviches en sus danzas inescrutables. Traitor recibió el Premio Literario de la Primera Ministra de Australia (era una mujer en aquella época, no el fantoche ultracatólico que sufrimos ahora) a una obra de ficción en 2011.

20 abr. 2014

Reseña: Unaccustomed Earth, de Jhumpa Lahiri

Jhumpa Lahiri, Unaccostumed Earth (Londres: Bloomsbury, 2009). 333 páginas.

Realmente no sé cuándo (o quizás debería decir si alguna vez) me cansaré de leer literatura en la que se destila el tema de la emigración, del trasplante de individuos desde un lugar en la Tierra, desde una cultura y una lengua a otra parte del planeta, en la que deberán desenvolverse en medio de otra cultura y emplear otra lengua (o incluso otras lenguas). Dada mi propia condición de emigrante en Australia, posiblemente nunca me aburra este tema.

Esto no quiere decir que para quien nunca haya salido de su tierra, la temática de la emigración no pueda resultar tan atractiva e interesante como cualquier otra. Pero dado que el fenómeno migratorio es una realidad extendida por todos los rincones del mundo y que el número de personas involucradas en él está alcanzando dimensiones nunca vistas, no debería extrañarnos que la emigración se esté convirtiendo en tema literario por antonomasia.

Jhumpa Lahiri nació en Londres, y es de origen bengalí. Es sin embargo una escritora estadounidense. Unaccustomed Earth se publicó en 2008 y recibió muchos elogios, hasta el punto de que The New York Times lo designó mejor libro del año. Es un volumen dividido en dos partes bien diferenciadas: por un lado, cinco cuentos de variada extensión con un tema común a todos ellos: historias de la comunidad bengalí emigrante en los EE.UU. La segunda parte, titulada ‘Hema and Kaushik’ se compone de tres relatos de una misma trama que en realidad (al menos en mi opinión) debieran haberse publicado por separado en forma de nouvelle. Porque esta segunda parte es un todo distintivo y autónomo, con un argumento bien diferenciado del resto de relatos de la primera parte, el conjunto del libro se resiente.

El primer cuento es el que le da título al volumen. Narra la visita de un viudo bengalí a su hija, casada con un norteamericano y con un hijo pequeño. La familia se ha mudado recientemente a la costa oeste desde el este. Embarazada de su segundo vástago, a Ruma le preocupa la posibilidad de que su padre quiera quedarse con ellos definitivamente. A él, en cambio, le preocupa cómo reaccionará su hija si le dice que ha conocido a una mujer, otra viuda, con la que va a viajar por Europa. Es un estupendo relato en el que lo deliberadamente silenciado por los personajes cobra mayor significación que todo lo dicho, y que Lahiri resuelve de manera extraordinaria: el nieto de tres años le quita la postal que el viejo Dadu había escrito a la Sra. Bagchi y la entierra en el jardín, donde la encuentra Ruma. La revelación de la nueva realidad vital de su padre sobreviene a través de una chiquillada.

En ‘Hell-Heaven’ la voz narradora es la de Usha, una jovencita en Boston, hija de emigrantes bengalíes. La madre de Usha le impone las costumbres de su India natal. Recluida en su apartamento mientras el padre trabaja de sol a sol, las visitas de un joven bengalí, Pranab, se convierten en el mayor aliciente diario en su vida. Cuando Pranab decide casarse con una norteamericana, Deborah, la madre de Usha se siente traicionada por el compatriota del que estaba secretamente enamorada.

El tercer relato se titula ‘A Choice of Accommodation’. Amit y su mujer Megan acuden a la boda de una amiga del primero, Pam. En el transcurso de la boda Amit bebe demasiado y termina perdiéndose la fiesta tras quedarse dormido en la habitación del hotel. Es en mi opinión el más flojo del conjunto, con algunos huecos en la trama y un desenlace algo forzado o gratuito. ‘Only Goodness’, por el contrario, se desarrolla en la costa este de los EE.UU. y en Londres. Rahul, el hermano pequeño de Sudha, deja los estudios y abandona a su familia por causa del alcohol. Lahiri explora magistralmente los malentendidos y los conflictos culturales que se producen entre los emigrantes y la segunda generación, los hijos nacidos en la “tierra desacostumbrada”. Cuando Rahul, al parecer ya rehabilitado, visita en Londres a Sudha, a su marido inglés Roger y el hijo de ambos, sucumbe a la tentación del alcohol, con consecuencias que podrían haber sido trágicas.

El último de los relatos de la primera parte del libro, ‘Nobody’s Business’, cuenta la amistad que se va desarrollando entre una joven india, Sangeeta, y uno de sus compañeros de casa, Paul. Él se calla no solamente el interés romántico que siente por ella sino también las humillaciones y vejaciones a la que le somete su novio egipcio. Unas extrañas llamadas telefónicas serán el detonante del final de la relación de Sangeeta con su novio, pero también darán lugar a la indiferencia y casi menosprecio de ella por Paul.

‘Hema and Kaushik’, la segunda parte del volumen, está algo menos relacionada con el tema de la emigración. Los dos primeros relatos (escritos en primera persona, a diferencia del tercero, ‘Going Ashore’, en el que domina una voz narradora omnisciente) cuentan la infancia de cada uno de ellos y de cómo sus vidas se cruzaron en los primeros años de una adolescencia precoz y difícil para ambos por causas diferentes. Mientras que el tono confesional del primer y el segundo relato es generalmente adecuado, la tercera parte (el encuentro casual de Hema y Kaushik en Roma, muchos años después de aquellos meses en que convivieron en la casa de la primera) suena a veces a desencuentro romántico, incluso a novela del corazón. El trágico desenlace que escoge Lahiri (situándolo en una playa de Tailandia el 26 de diciembre de 2004) a mi parecer no termina de arreglarlo.

A Lahiri se le ha criticado que su universo literario está muy circunscrito a la comunidad india de los Estados Unidos, e incluso dentro de ella, a una clase social alta, bastante privilegiada. Aunque no me cabe duda alguna de que las preocupaciones e inquietudes que estudia y retrata a través de las experiencias de sus personajes sean perfectamente válidas y auténticas, el universo narrativo de Unaccustomed Earth resulta ser demasiado específico. El sari con que los padres bengalíes vestían a sus hijas cuando las llevaban a fiestas no termina de desprenderse y revelar qué pasaba con esas jóvenes cuando terminaban la educación secundaria y acudían a la universidad. Pese a la elegancia y simplicidad de su prosa (o quizás precisamente a causa de ellas), Lahiri pasa de puntillas sobre el conflicto intergeneracional e intercultural que tiene lugar en todas las comunidades emigrantes. A diferencia de libros como We Need New Names de NoViolet Bulawayo o Ghana Must Go de Taiye Selasi, estos cuentos de Jhumpa Lahiri no terminan de ahondar y buscar qué clase de raíces pueden encontrarse o romperse en la tierra ajena e impropia en que vive el emigrante, porque uno queda en un extraño limbo, y deja de ser de allí pero nunca es totalmente de aquí.

12 abr. 2014

Reseña: Bark, de Lorrie Moore

Lorrie Moore, Bark (Londres: Faber & Faber, 2014). 192 páginas.

Uno de los primeros cuentos que recuerdo haber leído de Lorrie Moore es uno que tradujo Mauricio Salvador para Hermano Cerdo, que llevaba por título ‘También eres feo’; ya en el primer párrafo, ‘You’re Ugly, Too’ (1990) mostraba un juego de palabras digno del mismísimo Nabokov: “Normal Man Marries Oblong Woman”, en donde Normal y Oblong son dos pueblos del estado de Illinois. En este nuevo volumen de cuentos de Moore, los juegos de palabras se presentan desde el mismo título, Bark.

La corteza de un árbol y por extensión la piel o cualquier capa que recubra algo (o a alguien), el córtex cerebral, el ladrido de un perro o el grito iracundo de un hombre que da órdenes, la marihuana, una embarcación… todas las anteriores son posibles acepciones de “bark”. Moore revela las debilidades, las dudas e incertidumbres que asaltan a sus personajes, arrancando las capas con que se defienden a través de las palabras.

Sin embargo, Bark es en mi opinión un volumen algo desigual, no solo en cuanto a la calidad de los cuentos que incluye sino también por lo que respecta al enfoque estructural del cuento por parte de la autora. Se compone de un total de ocho narraciones, de las cuales dos son mucho más largas que el resto: ‘Debarking’ y ‘Wings’. Aunque Moore sitúa los cuentos en los EE.UU. post-11/9, a diferencia de, por ejemplo, George Saunders, la crítica de Moore no parece ir más allá de aludir a la desintegración personal de los protagonistas, sin llegar a constituir una sátira tan profunda o cortante como la del coetáneo Tenth of December de Saunders.

El protagonista de ‘Debarking’ es Ira, un desdichado judío recientemente divorciado que conoce a otra divorciada, Zora, en una fiesta de Cuaresma organizada por su amigo Mike, quien bromea: “En la Cuaresma se supone que uno tiene que renunciar a cosas. El año pasado nosotros renunciamos a la fe y a la razón; este año vamos a renunciar a nuestra voz democrática, a nuestra propia esperanza” (p. 5, mi traducción). De vuelta en casa, Ira ve las imágenes del bombardeo nocturno de Bagdad. Atraído por su belleza, Ira inicia una relación con Zora, pediatra que muestra tener una extraña dependencia de su hijo de quince años. Zora tiene su propia historia de inestabilidad emocional y mental, y cuando más parece sentirse unido a ella, Ira se da cuenta de la imposibilidad de su relación.

‘Wings’ cuenta cómo una chica, KC, entabla amistad con Milton, un viejo viudo del vecindario. KC y su novio, Dench, malviven en una casa subarrendada. Los dos formaban parte de un grupo musical que se ha despedazado, y son víctimas propiciatorias del declive económico. Poco a poco KC profundiza en su relación con Milton, hasta el punto de que éste acude a ver a su abogado para cambiar su testamento. En el técnicamente un poco forzado desenlace, una KC mucho más madura recuerda un detalle del día en que conoció a Dench, el cual explica la clase y la calidad de la relación que mantuvieron.

‘The Juniper Tree’ es el segundo de los relatos de Bark, un cuento moderno de fantasmas narrado en primera persona, en el que tres amigas (que no paran de lanzarse dardos verbales entre ellas) acuden a la casa de la difunta Robin la misma noche tras su muerte para reunirse con ella y despedirse. El final del relato cuenta el último encuentro de la narradora con Robin en vida, y la desconcertante reacción de ésta cuando la narradora terminó apresuradamente el encuentro.

No todos los relatos de Bark me han resultado interesantes o llamativos. ‘Subject to Search’ podría considerarse un relato superfluo en este volumen: no añade nada al conjunto, y como cuento apenas se sostiene. Narra el brevísimo encuentro en París entre un hombre y una mujer que se amaron en secreto durante muchos años, pese a haberse casado con otra persona. Es un relato un poco cojo, ambiguo y poco desarrollado.

Mucho más cautivador me resultó ‘Paper Losses’, la narración cruda y satírica del último intento por parte de una mujer por salvar su matrimonio de veinte años al organizar un viaje de toda la familia a un resort caribeño, y que acaba siendo una absoluta humillación para ella. Antes, cuenta cómo descubre los papeles del divorcio: “La citación del juzgado la cogió por sorpresa. Llegó por correo, dirigida a ella, y allí estaba, grapada con los papeles del divorcio. Le habían dado emplazamiento debido. Empapelada, había quedado la bruja. Al igual que una persona, un matrimonio resultaba irreconocible en la muerte, aunque la enterraran en un traje excelente. Encima de los papeles había una carta de Rafe [el marido] en la que sugería el aniversario de bodas en primavera como fecha definitiva del divorcio. «¿Por qué no rematar la simetría?», le había escrito.” (p. 68, mi traducción).

Los perdedores protagonistas de estos cuentos de Moore (porque eso es lo que, incuestionablemente, son: perdedores) parecen resignados a admitir sus imperfecciones y a vivir el resto de sus días con ellas. Hay mucho humor en estas narraciones breves, pero no es un humor mordaz y cortante. Moore apela a nuestra simpatía y a nuestra bondad al colocar a estos fracasados en un paisaje desguarnecido y demoledor, el del midwest de los EE.UU., tan azotado por la crisis socioeconómica.


Añadido el 23 de julio de 2015:
Bark lo acaba de publicar Seix Barral en castellano, en traducción de Daniel Gascón.

10 abr. 2014

Azuria #3


Hoy he recibido con alegría el número 3 de Azuria, la modesta revista literaria que publica el grupo Geelong Writers, de la ciudad de Geelong, en el estado de Victoria. En este número tres figuran tres poemas míos de 2013, escritos en inglés: ‘Drivers’, ‘Grief’ y ‘Swallows, show me the way’. Además, el número 3 de Azuria incluye dos poemas en lengua catalana de Juli Capilla cuyas traducciones al inglés tuve tanto honor como gusto de realizar: ‘Silenci’ y ‘Cendra’.

El proyecto Azuria sigue creciendo y enriqueciéndose. Bajo la batuta de Ted Reilly, Azuria cuenta ahora con un equipo editorial que integran cinco personas. Es motivo de alegría ver cómo prospera un proyecto de orígenes tan humildes, y comprobar que, pese a su expansión, continúa haciendo gala de tanta modestia como al principio.

Este número 3 incluye cuentos de Biruté Jonuskaité, R. Martínez Mendoza, Natasha Sampson, Jean Thornton y Johnathan TG Tiong; poemas de Juli Capilla, Kristiina Ehin, Anna Habryn, Aidas Marcénas, Lidija Simkuté, Ouyang Yu, Yu Cong, Janet Baird, Brian Edwards, Rory Hudson, Richard Kakol, Kerry Shawn Keys, Loh Guang Liang, Rose Lucas, Elizabeth Murawski, Christopher Ringrose, Ian C Smith, Vicky Tsaconas y un servidor; ensayos a cargo de Dzavid Haverié, Richard Benesevich y Yasmin L. Wallace; y la reseña del libro A Wolf at Our Door de Jura Reilly, a cargo de Martin Hooper.


Uno de los tres poemas que figuran en Azuria 3 lo he compartido en mi otro blog, Timeless Swoon. Se trata del soneto ‘Swallows, show me the way’, del que solamente me atrevo a decir que es de temática engañosamente amorosa. Confío en que te guste.

8 abr. 2014

Reseña: Ghana Must Go, de Taiye Selasi

Taiye Selasi, Ghana Must Go (Londres: Viking, 2013). 318 páginas.

Hace unos días me sorprendí a mí mismo observando con mucha curiosidad las imágenes de decenas de personas encaramadas a una valla que trata de evitar su entrada en lo que es (todavía) territorio de la Unión Europea en África. La emigración, en tanto que fenómeno sociológico, y obedezca los motivos que sean, continúa incrementando su intensidad y frecuencia, y despertando recelos cuando no un agresivo e irracional antagonismo. Lo que parecen olvidar muchos que critican estas olas migratorias es que el acto mismo de la emigración es (casi) siempre una huida; es un acto traumático y para nada fácil, y es un hecho que ha venido sucediendo durante siglos.

“Ghana must go” fue el eslogan empleado por el gobierno de Nigeria durante la expulsión de ghaneses en la década de los 80. La creación de los estados africanos en el periodo posterior a la II Guerra Mundial propició muchos fenómenos de este tipo, pero puede ser sin duda mucho más llamativa desde un punto de vista histórico la emigración de ciudadanos africanos a los países desarrollados (la denominada fuga de cerebros).

Tras la muerte de su padre en una matanza en Nigeria una joven nigeriana, Fola, consigue llegar a los Estados Unidos para estudiar. Allí conoce a otro joven africano, Kweku Sai (de Ghana), que está estudiando para ser cirujano. Fola renuncia a sus estudios de derecho y se convierte en madre de familia, mientras Kweku adquiere una excelente reputación como cirujano. Parece que el gran sueño americano se ha hecho realidad para los Sai.

El hospital donde trabaja responsabiliza a Kweku de la muerte de una paciente en la mesa de operaciones. Es una familia adinerada y muy influyente, y el ghanés parece haber escogido todos los números de esta irónica rifa en la que alguien tiene que pagar el pato. Tras una larga lucha legal con el hospital de la que no consigue nada, el cirujano abandona a su familia (Fola y él han tenido ya cuatro hijos).

Ghana Must Go se inicia con la muerte de Kweku en su casa de Accra: “Kweku muere descalzo un domingo antes del amanecer, sus alpargatas junto a la entrada de su dormitorio, tiradas como perros. En ese momento se encuentra en el umbral que separa la solana del jardín, pensándose si debería volver para cogerlas. No lo hará.” (p. 3, mi traducción). Dividida en tres secciones, la novela es un vaivén continuo entre el presente y el pasado, entre Boston en los Estados Unidos y Accra y Lagos en África. Selasi hace avanzar la historia a un ritmo en ocasiones una pizca lento. La escritora adopta un estilo bastante ornamentado, muy profuso en las descripciones de elementos secundarios, de telones de fondo como puedan ser los reflejos del sol en las hojas de los árboles a la hora de la caída del sol. Hay asimismo algo muy cinematográfico en su técnica, que no esconde, en tanto que la voz narradora de hecho encuadra en ocasiones al personaje al que sigue.

En todo caso, Selasi es ambiciosa en su gusto por lo poético y en la exploración psicológica de los cuatro hijos (Olu, Kehinde, Taiwo y Sadie, dos varones y dos mujeres, los dos del medio mellizos). Hay una pizca de melodrama y muchas lágrimas (por ejemplo, desde su primera mención, uno puede presentir algo extremadamente ominoso en la larga estancia de los mellizos Kehinde y Taiwo en Lagos, en la casa del hermanastro de Fola, traficante de drogas); pero si lo hay, está bien tratado.

Por mucho que el desenlace de la trama se sitúe en Ghana, ésta es una novela escrita desde un ángulo esencialmente occidental. Los cuatro hijos de los Sai encarnan, cada uno a su manera, el éxito que logran muchos representantes de una segunda generación de emigrantes en el país de acogida, que se convierte en propio por naturaleza. La misma Selasi (de padres ghanés y nigeriana, como los de la novela) ejemplifica ese modelo: nació en Londres pero se educó en los EE.UU. y en Inglaterra, y vive en Roma. Ghana Must Go (Lejos de Ghana en la traducción de Rita da Costa que publica este mismo año Salamandra) es un gran debut.

No cabe ninguna duda de que su autora es una importante adición al elenco de autoras de origen africano que están destacando en el panorama actual de la novela, como es el caso de NoViolet Bulawayo (We Need New Names) o Chimamanda Ngozi Adichie. El punto de vista que predomina en Ghana Must Go es no obstante muy diferente del de la novela de Bulawayo, por no hablar de su técnica y estilo. Si me pidieran elegir entre una y otra, aconsejaría leer primero a Bulawayo, por el profundo impacto que me causó su historia, y sin ánimo de desmerecer la obra de Salesi. Se trata, sencillamente, de una preferencia personal, puesto que últimamente trato de huir de novelas que parecen estar en parte elaboradas para que las lleven a la pantalla: y éste es, en mi opinión, el caso de Ghana Must Go.

3 abr. 2014

Reseña: Something Like Happy, de John Burnside

John Burnside, Something Like Happy (Londres: Jonathan Cape, 2013). 244 páginas.

La felicidad, o algo que se le aproxima sin llegar a serlo nunca: el final de un túnel que quizás resulta ser circular. Casi la totalidad de los protagonistas principales de estos cuentos del escocés John Burnside hace mención de ese concepto tan elusivo como inalcanzable, y que se resume de un modo casi perfecto en el título del relato que abre el volumen y que le da título. ‘Something Like Happy’. Algo similar, pero nunca la cosa misma.

Fiona, la protagonista de este primer relato, termina la historia contando se come las tostadas que había preparado para su hermana, “porque todavía tenía hambre, y porque de verdad me sentía feliz, sentada allí [en la cocina] en silencio, observando la nieve” (p. 28-29, mi traducción). En su relato narra cómo se va forjando el enfrentamiento de dos hermanos, Arthur y Stan, el segundo novio de la hermana de Fiona, y que deviene en prisión para Stan y huida definitiva de Arthur.

En ‘Slut’s Hair’ (que debe tratarse de una derivación de la expresión slut’s wool, referida a esos montoncitos de polvo, pelusa e hilillos que se acumulan en los rincones o debajo de las camas – la palabra slut antiguamente se usaba para referirse a una criada que no limpiaba la casa como debía) una mujer sufre en silencio la violencia doméstica de un marido alcoholizado y sádico. Un dolor de muelas lleva a un acto brutal: el ciclo habitual en estas situaciones se interrumpe simbólicamente cuando Janice descubre un pequeño ratoncito en la cocina, al cual decide salvar de la barbarie de Rob. Salvarle la vida al ratoncito – si es que esa masa amorfa que se esconde tras el frigorífico es un diminuto roedor – sería una modesta victoria para ella.

La nieve es el telón de fondo paisajístico de muchos de estos cuentos. De hecho, en el relato que cierra el volumen, ‘The Future of Snow’, la nieve es protagonista directa de la historia, en la que pocos días antes de Navidad un policía recoge a Frank, un viudo del pueblo cuya mujer murió congelada un año antes, y que se pasea sin destino aparente bajo una fuerte nevada en mangas de camisa y babuchas. El policía desvela un secreto que, de saberlo Frank, mucho habría cambiado su estado mental actual. En ‘The Bell-Ringer’, una mujer que se estaba haciendo ilusiones de entablar amistad con un estadounidense de visita en la ciudad asiste bajo una intensa nevada a una escena que la deja sin habla y que rompe en mil pedazos esas ilusiones que se había hecho.

Pero en mi opinión es ‘Peach Melba’ el cuento que destaca entre todos de este impresionante y envidiable conjunto de relatos de Burnside. El narrador de ‘Peach Melba’ nos dice al principio de su relato: “He olvidado la mayor parte de mi vida hasta este momento. Eso me sorprende, a veces, pues la he disfrutado tanto” (p. 51, mi traducción). Una búsqueda del pasado, una evocación del enorme poder que puede albergar un momento definitorio de nuestras vidas. El protagonista de “Peach Melba” (un postre que homenajea a una gran soprano australiana) es un hombre adulto que trata de rememorar el sabor de este postre helado y que asocia con un episodio dramático (y traumático) de su niñez, y que concluye diciendo: “Me gustaría decir que la Copa Melba – el sabor del helado, o el modo en que la frambuesa se desangra en el helado y lo tiñe de un oscuro carmesí – me gustaría decir que hay algo que me lo devuelve todo, pero no puedo. Lo que saboreo es helado y melocotones, lo que veo es el color carmesí, lo que oigo es el gorjeo de las golondrinas por encima y, después de todos estos años, todavía no sé dónde termina mi ser y comienza el mundo, mientras todo – ser y mundo, alma y materia – se deshace en la nada, con hermosura, con elegancia, y tal como debe ser, me deja atónito y despojado, y solo en mi casa, perdido, o quizás simplemente suspendido, en la persistente y ligeramente exagerada perfección de la Copa Melba” (p. 70-71, mi traducción).

Otro de los aspectos a destacar en estos cuentos de Burnside es una violencia latente, que solamente aflora en ellos con una placidez sorprendente, como en el caso de ‘Roccolo’, ‘Godwit’ o ‘The Cold Outside’.

He dicho antes que ésta es una envidiable colección de cuentos. Lo es porque cualquiera que, como es mi caso, haya tratado de escribir cuentos sin haber logrado despertar el interés de nadie más allá de un puñado de amiguetes, sentirá una sana envidia de un autor cuya obra inspira admiración y ganas de seguir leyéndole. Something Like Happy, de momento, no se ha publicado en castellano ni en catalán. Quizás sea hora de hacerlo.

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