30 oct. 2014

Reseña: Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie

Chimamanda Ngozi Adichie, Americanah (Londres: Fourth Estate, 2013). 477 páginas.
Vaya por delante que en mi opinión, Americanah es, ante todo, una novela de amor en cuya trama la autora ha insertado muchas interesantes ideas. Por muy bueno que sea lo restante, lo que acompaña a la historia de amor que la domina, no deja de ser una mera novela de amor. Aparte del hecho de que los idilios de juventud ya no me atraen ni me interesan, puede ser que la única otra pega que se le podría poner a la novela es su longitud – en la primera parte, la trama entra y sale de una peluquería para mujeres africanas y, a ratos, parece costarle arrancar.

Además, para mi gusto, me decepciona el hecho de que la autora haya decidido explicitar un desenlace (que para colmo, es feliz). Puede que Americanah me habría gustado todavía más si Adichie hubiera concluido la historia unas cincuenta páginas antes, dejando a Ifemelu comprobando que el hombre en el que cree haber reconocido a Obinze en Lagos no era su exnovio.

Ifemelu emigra siendo bastante joven a los Estados Unidos para poder terminar su educación, dado que las huelgas del profesorado y los interminables problemas que aquejan a su país no auguran un gran futuro. Son muchos los que lo intentan, y pocos a los que se les concede el visado. Naturalmente, su llegada a la gran potencia del capitalismo no es tan fácil como podría haber supuesto (a pesar de contar con la ayuda de su tía Uju y alguna que otra amiga – la adaptación a un nuevo entorno con diferentes costumbres y estructuras de poder nunca es fácil. Pero (y es en esto en donde radica el aspecto más atractivo de Americanah) Adichie dota a Ifemelu de grandes dotes de observación, y la protagonista se dedica a diseccionar la sociedad americana desde la perspectiva de una mujer de raza negra no americana.

Tras múltiples intentos de encontrar trabajo y pasar algo de hambre y muchas otras carencias – en una de esas propuestas de trabajo, que inicialmente rechaza, termina prostituyéndose, lo que, naturalmente, la deja traumatizada – consigue un puesto cuidando de los niños de una familia blanca muy acomodada. De ahí a ver cumplido su sueño americano solo hay un paso (o más bien un salto).

El caso es que abre un blog en el que escribe mordaces comentarios y observaciones, y lo que comienza como un pasatiempo, al cabo de semanas y meses se convierte en un gran éxito, lo cual le permite renunciar a su trabajo y ganar dinero. Este es un recurso novedoso y valiente: la autora abre las páginas del libro a la protagonista, y lo que leemos es la voz de ésta: sus experiencias, sus críticas, su cáustica mirada. Ifemelu escribe en el blog para enfrentarse a sus experiencias, reflexionar sobre ellas y poder extraer algo de sentido y dotarse de una coherencia personal o quizás lo que se suele denominar en inglés peace of mind (como hacen tantos otros blogueros, yo mismo entre ellos).

Si uno pasa por alto los capítulos dedicados exclusivamente a introducirnos al idilio adolescente de Ifemelu y Obinze en Nigeria, Americanah es un excelente envite literario. Mención aparte merece la sección del libro dedicada a contar las peripecias de Obinze en Inglaterra, de donde será deportado tras ser arrestado minutos antes de que fuera a contraer un matrimonio por dinero amañado por unos rufianes angoleños. Su historia como emigrante en Inglaterra y la de Ifemelu en los EE.UU., además del contraste de estas experiencias con las de la tía Uju y su hijo Dike, son las que otorgan vigor y sustancia a esta novela.

Aidiche se cuida mucho de idealizar Nigeria frente a la dureza que experimentan los emigrantes en los países del Primer Mundo. Lagos (y por extensión, Nigeria) queda caracterizada como un lugar no solamente corrupto sino abocado a que reine la hipocresía y la dejadez moral por sobre todas las cosas. No hay paraísos en el planeta Tierra.

Escrita con mucha ironía, los dardos de Adiche se clavan en la condescendencia, los dobles raseros morales y la falsedad que rige las relaciones sociales en todas partes. Es sin embargo una lástima que la autora decidiera evidenciar su más que válido mensaje con un sostén argumental tan romántico. Repito que ese aspecto a mí no me convence.

Americanah la ha publicado Random House Mondadori en castellano, en traducción de Carlos Milla Soler, quien por cierto tomó la extrañísima decisión de traducir la palabra “reify” (que aparece entre comillas en la página 5 en la edición en inglés de Fourth Estate) como “reificar”. ¿Por qué inventarse un palabro tan feo, cuando en castellano tenemos “cosificar”? Vaya usted a saber… No me espetará ahora alguien que es una traducción “bizarra”, ¿verdad? En fin, ya no nos debería sorprender nada, pero el caso es que no ganamos para sustos.

25 oct. 2014

Are musical preferences genetically influenced?

I honestly have no idea whether it is true or what it might mean, but here it is: there must be some genetic predisposition towards a certain type of melody. One of the little joys of driving on Turkish roads was the chance to listen on the radio to music you would never hear at home. Two catchy themes kind of grabbed our attention and remain in our minds even today, more than three weeks later.

My son O. and I like Işın Karaca’s (pronounced Ishin Karaja) ‘Az bi mesafe’. T. and O's twin brother J. say they like ‘Harika’ by Ozan Doğulu (featuring Ajda Pekkan & Kenan Doğulu) much better. Of course, we know not what the lyrics of either actually mean. ‘Harika’ means ‘wonderful’, while Işın Karaca’s song appears to mean something like ‘Less far’, ie, ‘A little closer’ (?). The choreography/design in both clips reminds me of many other European and American bands and/or soloists, and Işın’s in particular rings a bell, but I cannot recall which one it might be. Any help would be much appreciated!

 Az bi mesafe

video
 Harika
Which one do you like best (if any)?

23 oct. 2014

Reseña: Eyrie, de Tim Winton

Tim Winton, Eyrie (Melbourne: Hamish Hamilton, 2013). 424 páginas.

Mi tercera edición (ya caduca y superada) del diccionario Macquarie define eyrie como “the nest of a bird of prey, as an eagle or a hawk”, esto es, el nido de un ave rapaz, por ejemplo, un águila o un halcón. En esta última novela de Winton, se trata de una doble referencia, tanto a la torre de apartamentos (¡el Mirador!) donde vive el protagonista, Tom Keely, como al árbol donde se aloja el pájaro que divisan Keely, Gemma y Kai en su salida en bote por el estuario del río Swan.

El caso es que Keely dista mucho de ser águila o halcón; la impresión que le queda al lector es que, pese a la simpatía que despierta, la cruda realidad es que Keely va camino más bien de terminar en dodo.

Al inicio de la novela, Tom Keely está tratando de sobreponerse a una espantosa cogorza, una resaca histórica, mientras intenta averiguar, agachado y husmeando como un sabueso, por qué en la moqueta de su apartamento ha aparecido una enorme mancha húmeda. Este momento presenta un contraste casi brutal con otro, hacia el final de Eyrie, en el que Keely toma en sus manos una pistola de agua de juguete, la cual ha comprado por una cantidad irrisoria y ha repintado con espray, y se da cuenta de lo absurda y ridícula que ha sido su quijotesca lucha personal tratando de proteger a Gemma y Kai.

Divorciado, desempleado y desgraciado, su vida es un auténtico desastre. Hasta hacía poco trabajaba como activista medioambiental y ejercía una importante influencia, pero en un episodio acerca del cual el narrador omnisciente se muestra deliberadamente impreciso, Keely arruina su carrera y toma refugio en un alto apartamento de Fremantle, en un edificio dilapidado. Al alcohol, los antidepresivos y los tranquilizantes le sucede un doble expreso cada mañana, y los desvanecimientos que sufren apuntan a algún problema neurológico serio.

En una de sus salidas topa en el ascensor con Gemma Buck, a la que conoció en su niñez, y a quien Nev, el padre de Tom, salvó en más de una ocasión de la violencia doméstica que se vivía en su hogar. Gemma se convirtió en una atractiva adolescente, pero no es inmune al paso de los años. Resulta que malvive en un apartamento, casi contiguo al de Tom, con su nieto Kai, de seis años. La madre de Kai está en la cárcel, Gemma trabaja en un supermercado por las noches y deja solo a Kai.

Naturalmente, Tom quiere ayudarla. (Creo que no supone ningún spoiler si menciono que el polvo que echan tiene cierta influencia en ese ofrecimiento). Gemma se resiste a dejar que Keely se inmiscuya, y lo que en un principio parecía un inusitado nerviosismo por parte de Gemma resulta ser terror. La amenaza se personaliza en Stewie, el padre de Kai (en realidad un delincuente de poca monta) y sus secuaces; pero Gemma les tiene pánico (normal, cuando alguien así te exige $5000 a cambio de no hacerle daño a tu nieto, el asunto no es para tomárselo a risa).

El caso es que Kai logra conectar con Tom Keely. Es un chico extraño, retraído por momentos y muy imaginativo en otras ocasiones. En una caracterización temible, Keely/Winton nos dan a entender que tiene la convicción de que no llegará a viejo. ¿Puede Kai ser para Keely el niño que nunca tuvo con su mujer? Para Keely, el apoyo de su madre, Doris, es fundamental, pero nunca podrá ser suficiente.

Eyrie se configura por tanto como un estupendo thriller, en el que la sensación de amenaza constante empuja a Keely a hacer cosas realmente absurdas o desesperadas, mientras la trama avanza hacia un desenlace que Winton (por fortuna, me atrevo a añadir) deja abierto, sin resolver.

Como en muchas de las novelas de Winton, el protagonista es un perdedor nato. El lector toma partido por el antihéroe, el underdog ya casi mitificado en la cultura popular australiana; uno quisiera pues que Keely gane la partida, que derrote al enemigo y ponga fin a la espiral de alcoholismo y abuso de sustancias, que logre de alguna manera ayudar a Gemma y a Kai a salir a flote.

Pero en los lacónicos diálogos de los protagonistas y en la sucinta, rica y poética prosa del autor no hay lugar para el triunfo de Keely. Eyrie es una novela absorbente, muy en la línea de lo que quizá podríamos ya llamar vintage Winton. No en vano es el autor de corte literario más popular entre el público lector australiano. Son muchos los temas que aparecen en novelas anteriores (Cloudstreet, The Riders, Dirt Music o Breath, por ejemplo) que afloran de nuevo en Eyrie. Decepción, pérdida, la belleza de lo natural, la asunción de responsabilidad por nuestras acciones, las relaciones familiares, la redención… temas presentes en otras obras que vuelven a hacer acto de presencia en esta última.

En el caso de Tom Keely, sin embargo, Winton ha puesto como trasfondo la creciente desigualdad económica de su Australia Occidental en la primera década del siglo XXI, en la que la extracción de minerales se ha antepuesto a toda consideración medioambiental, por no hablar de juicios de índole ética. ¿Lamentaremos en un futuro que haya sido así?

21 oct. 2014

Whitlam


Former Australian Prime Minister Whitlam has died at 98. I was kind of fortunate to meet him in person in Sydney, in the late 1990s. The occasion was an official reception at the Spanish Consul-General's residence in Potts Point. I was there not because of the passport I held but because of the job my wife had at the time. I certainly felt like fish out of water.

After being given drinks upon arrival, we were introduced to Whitlam, who turned out to be a chatty, warm, genial old man (he must have been around 82). Delicious Spanish canapés were being distributed while we talked. Whitlam showed some interest in us, a young couple who had recently married and decided to settle in Australia. He subtly inquired if we still spoke different languages at home (we were childless at the time), and I promptly confirmed we did.

Whitlam instantly showed his wit and affability by telling us that, as long as we used the same language for 'pillow-talk', mutual understanding would be a certainty. But then, at some point during the chat, a little morsel of food left his mouth and landed on my shirt, leaving a little stain. I did not take much notice. A day or so later, being the Labor hero he undoubtedly was, and held in a status of almost sainthood by my in-laws, I was urged not to wash the shirt.


The indelible mark Whitlam left on my memory has nothing to do with the shirt or the canapé stain. His was a peculiar, mythical presence, a larger-than-life figure, yet that day he came across as one of the most down-to-earth, straightforward politicians you could expect to meet.

98 years of living is a lot of years: a very long life, one to be celebrated , now that it has come to an end.

18 oct. 2014

Turquía: algunas impresiones (2)

La antigua ciudad de Pergamon preside lo que hoy es la moderna Bergama.
Antes de visitar Turquía me pasó por la cabeza la idea de que quizás la famosa hospitalidad turca se tratara de un tópico tan ampliamente extendido que había terminado por convertirse en leyenda turística, en una especie de mito. Pero después de haber pasado cerca de cuatro semanas en el país, visitando una buena parte de su territorio como turista, puedo decir que lo mejor de Turquía es su gente. Y no creo que se trate de una aseveración gratuita.

El puerto de Babakale
Es una perogrullada decir que el sector turco del turismo vive de los ingresos que los visitantes aportan a la economía. No puede ser de otro modo, pero la sensación que me ha quedado es intensamente positiva. Allá donde vayas en Turquía vas a encontrar a personas que harán lo indecible por hacerte que te sientas cómodo, y eso es algo que (al menos en mi experiencia, y he viajado un poco) uno no experimenta en todos los rincones del planeta. Puede que esta impresión no sea absolutamente cierta en el caso de Estambul; al fin y al cabo, es una gran metrópolis y como gran ciudad que es, es posible que se apliquen reglas menos generosas en lo que concierne el servicio al cliente.

Testi kebap: ¡ábrete, sésamo!
En ese sentido, de Turquía me he venido y me he quedado con un excelente sabor de boca (y no lo digo solamente por la excelente y sabrosísima comida que te ofrecen en todas partes). A esa impresión ha contribuido el hecho de que en casi todos los sitios donde paramos la gente, tras observar mi aspecto físico, me tomaba por turco y se sorprendía de que no lo fuera. Las cuatro frases del idioma que logré memorizar ciertamente sirvieron para mucho en algunos lugares apartados del beaten track.

Cocido al horno en ánfora de barro. Delicious!
Y si bien no soy partidario ni acostumbro a hacer recomendaciones en sitios como TripAdvisor (por no hablar de otras redes sociales a las que nunca me he acercado, ni pienso hacerlo), voy a hacer uso del blog para mencionar a personas y establecimientos, que dejaron una estupenda huella en mi memoria.

Can't remember his name, but he cooked us the best, freshest fish platter ever! Teşekkür ederim!
Comenzaré por un pequeño restaurante-hostal en un pueblecito costero de pescadores, un lugar llamado Babakale (‘el castillo del padre’), donde el joven Nasim y su baba nos prepararon en un abrir y cerrar de ojos un sencillísimo pero exquisito almuerzo, y pese a las insalvables dificultades idiomáticas nos explicaron cómo llegar a la playa más cercana. A Babakale llegamos más o menos por casualidad, y después de visitar el castillo (el último que construyera el Imperio Otomano, según informan las guías) nos marchamos, cuando en realidad debiéramos habernos quedado un par de días. Inolvidable.

Sunday lunch at Babakale...Thanks, Nasim!
La maravillosa hospitalidad de los turcos ha quedado también grabada merced a personas como Asif, quien regenta el Hotel Anil en Bergama, o la de Hassan y su familia en Pamukkale, o la de Harry y sus ‘gatitos’ en la ANZ Guesthouse en Selçuk. Será también imborrable el buen humor de Isa (Suso) en Olüdeniz, quien a las dos horas de que hubiéramos llegado al pueblo ya me había hecho sentirme uno más, con solo un pequeño empujoncito.

Anything but...
Incluso en una gran ciudad como Estambul hay personas que, como Efes, se esfuerzan por ganarse unos cuantos clientes en un mercado muy competitivo con su gran sentido del humor, anunciando que en su establecimiento ofrece “cerveza caliente, comida atroz y pésimo servicio”.

Pamukkale (El castell de Pamuk)
Es pues cierto que la acogida al foráneo en Turquía es excelente. La sensación de bienvenida se acrecienta con unas comidas sabrosísimas, sanas y sencillas. A quien vaya a Bergama, le recomiendo acudir a un humilde restaurante llamado Meydan, sito en el número 17ª de M. Yazici Caddesi, donde preparan el mejor arroz con leche del mundo, y donde probé un exquisito postre llamado Kemal Pasha (en honor a Atatürk) que no volví a encontrar en ninguna otra parte de Turquía.

Asklepion, Bergama
A todo esto se añaden pequeños (pero importantes) detalles que refuerzan una impresión general de excelencia en lo relativo a la hospitalidad turca. Es el caso de un desconocido, que condujo varios kilómetros por las calles de Aksaray hasta indicarnos la salida a la carretera rumbo a Nevşehir. A los pocos kilómetros llegamos a una joya histórica, un majestuoso caravasar en la antigua Ruta de la Seda, magníficamente conservado y poco conocido, libre de las muchedumbres que todo lo invaden y ensucian (y no es que los propios turcos se preocupen por no dejar basura - por desgracia, en la mayoría de los sitios no es así). Una verdadera gozada y un privilegio.

El caravasar en las afueras de Aksaray

14 oct. 2014

Turquía: algunas impresiones (1)

En direcció nord, l'Àsia a la dreta i l'Europa queda a l'esquerra. El pont Fatih Sultan Mehmet sobre el Bòsfor (la Gola).
Conducir por las carreteras turcas conlleva extrañas situaciones, algunas cuanto menos curiosas, otras sencillamente espeluznantes. Uno puede encontrarse con tractores y camiones que circulan en dirección contraria, ocupando el carril izquierdo (el de adelantamiento) de la autovía, o bien toparse de pronto con un camión que está adelantando, a más o menos 50 km/h., en una cuesta, a un tractor, que a su vez adelanta a un carro tirado por un burro que ocupa el arcén, y tener que apretar los frenos a fondo mientras asciendes un puerto de montaña… Son momentos emocionantes, sin duda, pero en mi opinión sigue siendo preferible evitárselos. Ya se sabe: el viajar es un placer…
Bergama: A newly-wed couple get some help when moving into their new home..
Al alzar la mirada, mientras uno recorre Turquía, ciertas formas y objetos se repiten y se prodigan, aparecen, desaparecen y reaparecen cuales ojos del Guadiana, quedando fijos en la memoria visual del viajero. La bandera turca está omnipresente en todo el país: un estado relativamente joven pero de una firme tendencia nacionalista eleva al aire su símbolo patrio en cualquier parte. La bandera y las astas que la sostienen parecieran en ocasiones competir con otro importante símbolo omnipresente en Turquía: el minarete, esa torre religiosa, homólogo musulmán del campanario católico, desde la cual la voz del muecín, hoy en día pregrabada, recuerda cinco veces al día a los creyentes la obligación insoslayable del rezo al Ser Omnipotente e Invisible. Gracias a los megáfonos y altavoces, la llamada del muecín alcanza ahora tan alto volumen que ni en las mejores discotecas de la Ruta del Bakalao, mire usted. En algunos lugares, la confluencia de muecines traía como resultado una insoportable cacofonía, un guirigay un tanto grotesco e innecesario cuyo último fin sospecho aunque no me quede clara su ventaja.
Minaretes en Edirne.
También se alzan hacia el cielo los orgullosos cipreses, tan abundantes en los paisajes turcos como chopos o plátanos, las higueras y los olivos. Pero hoy en día la presencia de esos enhiestos surtidores de sombra y sueño que jalonan los cementerios musulmanes en Turquía no puede competir en modo alguno con la de las torres de transmisión eléctrica, que testimonian el brioso desarrollo económico de este país, que a principios de este año aspiraba a organizar los Juegos Olímpicos en Estambul, ciudad que posiblemente diste mucho de estar preparada para poder organizar un acontecimiento de tan enorme calado. Sin duda lo estará algún día, pero no ahora.
Atatürk
Los árboles tampoco pueden rivalizar por hacerse notar frente a los gigantescos paneles publicitarios que han sido erigidos a la entrada de todas las ciudades. Son prueba tan fea como fehaciente de que Turquía opta por el capitalismo para acercarse a la Unión Europea, cuya moneda única actúa como moneda oficial en las transacciones de muchas pequeñas y medianas empresas turísticas. Sin duda algo medianamente próximo a lo que ambicionaba Mustafá Kemal Atatürk, cuyo retrato es otro elemento omnipresente en la iconografía que queda grabada en la retina del visitante.

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