29 abr. 2015

Reseña: The Bone Clocks, de David Mitchell

David Mitchell, The Bone Clocks (Londres: Sceptre, 2014). 595 páginas.

- ¿Qué queremos?
- ¡Ficción bien escrita y que entretenga!
- ¿Cuándo la queremos?
- ¡Ya!

Esta es la primera novela de David Mitchell que leo. Cercana a las 600 páginas y con una trama enrevesada pero totalmente seductiva, The Bone Clocks no defrauda como lectura, a pesar del hecho de que posee patentes defectos. Quizás sea por el excelente sentido del humor de su autor, quizás por su cuidada prosa y un manejo exquisito de los tempos narrativos, quizás por su imaginación, desbordante y deslumbrante. Sea por lo que sea, la última novela de Mitchell entretiene, está muy bien escrita y deleita. Aunque, repito, no sea perfecta.

El comienzo es más bien engañoso: en 1984, Holly Sykes, una quinceañera en el seno de una familia irlandesa propietaria de un pub en Gravesend, en la terrible Inglaterra de la baronesa Thatcher, tiene una pelea con su madre, una de esas peleas que hacen época, y que termina con un soberbio sopapo en su mejilla propinado por su madre. ¿Nada nuevo bajo el sol? Treinta años después un guantazo de ese calibre puede terminar en los juzgados, si la (persona) abofeteada recibe el asesoramiento de un sagaz abogado… El caso es que Holly escapa de casa para darles una lección a sus padres. Al llegar al piso de su novio de buena mañana lo encuentra durmiendo (con la que, hasta ese preciso momento, era su mejor amiga) en vez de haberse ido al trabajo. A Holly no parece quedarle otra opción que darse a la fuga de verdad y buscar trabajo en una granja de fresas. En un principio lo hace con la ayuda de Ed Brubeck, compañero de clase, pero tras la primera noche sigue sola. En su vagabundeo conoce a una extraña mujer que está pescando junto al Támesis y que le solicita asilo. Holly, que unos años antes había recibido tratamiento porque oía voces, sufre un desvanecimiento después. Estos son los primeros indicios que apuntan a una trama paralela y paranormal Al día siguiente aparece de nuevo Ed Brubeck, quien la busca para avisarla de que su hermano Jacko (un muchacho extraño, que por las noches escucha emisoras de radio en otros idiomas) ha desaparecido.

Esa es solamente la primera de las seis partes de The Bone Clocks. Tratar de resumir el resto sería ocioso, y además supongo que solamente conseguiría que dejaras de leer esta reseña (si es que todavía la estás leyendo). Digamos pues que si la primera parte se desarrolla en la Gran Bretaña thatcheriana de los 80, la última nos lleva a un enclave irlandés llamado Sheep’s Head, en Cork, en la década de los 2040, en una distopía no tan improbable, en la que el cambio climático y peak oil han sumido a la humanidad en una nueva edad media, con una Europa gobernada (es un decir) por un abstracto ente de tintes orwellianos, llamado Estabilidad.

El faro de Rottnest Island, también conocida como Wadjemup en la lengua indígena Noongar. I did not have to dismount my bike, unlike Crispin!

Entre medio, Mitchell nos lleva a Cambridge y a una estación de esquí alpino en Suiza en la década de los 90, al Iraq post-2001, tras la ocupación en la segunda guerra del Golfo. Una década después acompañamos al enfant terrible de las letras inglesas, Crispin Hershey, a la Isla Rottnest enfrente de Perth (Australia Occidental), al Festival Hay en Cartagena de Indias y a los llanos volcánicos islandeses; en la quinta parte de la novela, unos años más adelante, ya en la década de los años 20 (que se siente ya tan próxima, ¿no?) la acción nos lleva a Manhattan y a una especie de dimensión metafísica en la que los “atemporales” campan a sus anchas.

Un perezoso quokka cerca del faro. La isla Rottnest recibió ese nombre (Nido de Ratas) porque los primeros exploradores europeos (holandeses) creyeron que este simpático animal era una rata de dimensiones extraordinarias.. Campan a sus anchas por toda la isla.

¿Cuál es el hilo conductor de todo este amasijo de escenarios reales e irreales, de momentos históricos y fantásticos? Podría decirse que es la quinceañera Holly Sykes, pero esa sería solamente una parte de la historia. Más bien, lo que maneja Mitchell es un argumento paralelo o secundario que pertenece al género de la ciencia-ficción: es la guerra a muerte (en el sentido absoluto del término) entre los Horólogos y los Anacoretas. Los primeros son los buenos de la película, y se han hecho acreedores al don de la inmortalidad; su espíritu, por razones desconocidas, puede renacer en un cuerpo diferente después de su muerte natural, y algunos de ellos llevan ‘viviendo’ varios cientos de años. Sus enemigos, los Anacoretas (que son más malos que la tiña) han conseguido posponer repetidamente su mortalidad trasegando en beneficio propio las almas de jovencísimas víctimas, propicias gracias a su total ingenuidad; son esos meros mortales como tú o como yo, a quienes los Anacoretas llaman ‘relojes de hueso’.

Sí, es verdad lo que dicen muchos críticos: The Bone Clocks tiene algunos defectos, pero ninguno de ellos resulta intolerable. Es verdad que los personajes – tanto los Anacoretas como los Horólogos – parecen todos expresarse de manera bastante similar. Las seis secciones están narradas en primera persona (Holly Sykes; Hugo Lamb; Ed Brubeck; Crispin Hershey; Marinus; y finalmente, una ya anciana Holly Sykes). El paso de una narración realista a un relato fantástico con visos de ciencia-ficción puede parecer incongruente; sin embargo, personalmente me ha resultado divertido. Es decir: ¿Por qué obsesionarse con torpezas relativas a un peculiar amasijo de los aspectos más canónicos de la novela cuando lo que tienes entre manos no solo te está entreteniendo sino que te resulta intrigante? ¿Qué tiene de malo esta idiosincrática mezcla de géneros cuando uno disfruta sobremanera, y se descubre enganchado a las vicisitudes de personajes como Brubeck o Hershey, o a las tribulaciones de la misma Holly Sykes en un inventivo escenario de futurismo distópico que, bien considerado, no parece tan improbable?

Léela, y si después de hacerlo te parece rematadamente mala, vienes y me lo dices sin rodeos. The Bone Clocks estuvo en la lista final de novelas candidatas al Premio Man Booker. Su presencia entre los finalistas me parece plenamente justificada.

Añadido el 12 de abril de 2016. La semana pasada se publicó en el sello Random House la versión en castellano, Relojes de Hueso, en traducción de Laura Salas Rodríguez.

15 abr. 2015

Wave Rock

La erosión, el paso de los siglos y el capricho propio de la naturaleza se han aliado pata formar esta curiosa muralla de granito que semeja una ola de esas cuyas dimensiones y especial curvatura muchos surfistas bien quisieran poder aprovechar.


Wave Rock, esta curiosa atracción turística, se halla en las afueras de un pequeño pueblo de Australia Occidental llamado Hyden (población 400 habitantes). Forma parte de una cadena de bajas colinas muy desgastadas por la erosión. Se calcula que comenzaron a formarse hace unos 60 millones de años. En los alrededores de Hyden se pueden visitar también lagunas saladas y la característica vegetación de la sabana australiana. Si no fuera por Wave Rock, Hyden ni estaría en los mapas.


Un dato curioso: a fines del siglo XIX, cuando la zona comenzó a ser colonizada y explotada por los europeos, abundaban los árboles de los que se extrae la madera de sándalo. Hoy en día apenas quedan unos pocos ejemplares. Los europeos cortaron la mayoría de ellos sin preocuparse de llevar a cabo una repoblación.

13 abr. 2015

Reseña: The Whole Story and other stories, de Ali Smith

Ali Smith, The Whole Story and other stories (Londres: Penguin, 2003). 178 páginas.

Hay libros que te dejan una enorme interrogante después de su lectura. Con unos, puede tratarse del consabido regusto amargo que te causa su patente mediocridad (“¿Quién tomó la decisión de publicar este bodrio?”). Con otros, la pregunta puede girar en torno a si un enfoque alternativo o someter al texto a una revisión severa mejoraría el libro de manera sustancial. Ninguno de los dos casos anteriores puede aplicarse a este volumen de relatos (el tercero de la novelista escocesa y el primero suyo que he leído).

La principal característica de los relatos de The Whole Story… es que no son cuentos en el sentido más tradicional y acostumbrado de la palabra. En todos ellos prima el artificio narrativo por encima del argumento, y el resultado es que su lectura pueda parecer a ratos una pizca cargante. Es decir, una vez establecida la idea generadora del relato, la autora parece preferir concentrarse en lo más abstracto y teórico de la creación ficcional en vez de desarrollar los personajes y crear una línea argumental plausible, que no implica necesariamente verosímil. El planteamiento es por tanto sumamente entretenido, incluso hilarante en ocasiones (por ejemplo, en el caso de ‘May’, una mujer se enamora perdidamente de un árbol, y lo hace hasta las últimas consecuencias, mientras que la reacción de su marido ante este inesperado enamoramiento es llevado también al extremo de lo insólito).

Teniendo en cuenta la fecha de publicación de este volumen (2003), cabría naturalmente apostillar que se trata de un conjunto harto original en las técnicas de construcción experimental del relato, riesgoso y aventurado en el tratamiento del aspecto argumental de una historia como algo si no accesorio, al menos secundario. Dudo que sean muchos los lectores que declaren sentirse plenamente satisfechos con la lectura de estos relatos de Smith. Doce años después, no resultan una lectura fácil, pese a que las ideas que los sostienen son en casi todos los casos originales, insólitas, brillantes.

Tomemos por ejemplo el primer relato, irónicamente titulado ‘The Universal Story’, en el que la intervención (casi me atrevería a denominarla una constante intromisión o intrusión) de la voz narradora es patente desde la primera oración:

Había una vez un hombre que moraba junto a un camposanto.
Bueno, vale, no era siempre un hombre, en este caso particular era una mujer. Había una mujer que moraba junto a un camposanto.
Aunque, a decir verdad, en realidad nadie usa esa palabra hoy en día. Todo el mundo dice cementerio. Y ya nadie dice moraba. En otras palabras:
Había una vez una mujer que vivía junto a un cementerio. Cada mañana al despertarse miraba por la ventana de detrás de la casa y veía…
De hecho, no es así. Había una vez una mujer que vivía junto – no, en – una librería de lance. Vivía en el piso de la primera planta y llevaba la librería que ocupaba todo la planta baja. (p. 1, mi traducción)  
El relato sigue progresando a fuerza de saltos, y pasa de la librera a una mosca que se posa en el lomo de un libro, un ejemplar de El gran Gatsby, para volver a la mosca y su historia vital y retomar luego la historia de ese ejemplar de la novela de Fitzgerald y cómo pasó de mano en mano hasta terminar en la librería, en la que un joven entraría una tarde y compraría no solamente ese ejemplar sino todos los ejemplares de la novela de que disponía la librera, para luego entregárselos a su hermana, artista experimental que construía barcos con materiales extraños que irremediablemente se hundían al poco de botarlos en el agua. El relato, pues, no tiene ni un auténtico principio ni un verdadero final, y diríase que ése es el elemento definitorio del ‘cuento’ (y por extensión, de todo el volumen) que parece querer resaltar Smith.

Que el viento le hinche las velas...

Otros relatos se configuran en torno al diálogo entre dos personajes (marido y mujer, preferentemente), que aportan sus puntos de vista en torno a un mismo argumento que no termina de desarrollarse ni alcanza un desenlace propiamente dicho. Es el caso del ya mencionado ‘May’; también ‘Being quick’, en el que una mujer cree tener un encuentro fortuito con la Muerte en una estación de trenes, y tras la parada forzosa del tren en el que regresaba a casa a causa de un accidente mortal en otra estación, decide regresar a casa siguiendo las vías del tren hasta que unos trabajadores la obligan a salir de la vía férrea. Y en 'Believe Me', este diálogo plantea la infidelidad confesada por un yo al que el interlocutor responde con una rocambolesca inversión de los términos que la primera confesión había establecido, explorando los límites de la confianza y la veracidad que se ponen a prueba en toda relación sentimental y forzando al lector a un posicionamiento frente a estos bosquejos de personaje: ¿es el yo hombre o mujer? ¿Y su interlocutor? ¿Qué tipo de relación percibe usted, lector, en esto que le propongo?

Otros relatos cuentan con tres voces (o personajes, si se prefiere) y sus correspondientes puntos de vista. ‘Paradise’ lo componen tres relatos de un mismo día contados por tres hermanas huérfanas en un pueblo cercano a Loch Ness. Kimberley McKinley es la gerente del turno de noche de la hamburguesería local cuando unos ingenuos chicos locales tapados con pasamontañas tratan de llevar a cabo un atraco. Gemma trabaja a bordo del barco que lleva a los turistas (“fuckers”, según la tripulación) por el loch, vendiendo paquetes de papas, refrescos y bebidas espirituosas cuando el bar está abierto. La más pequeña, Jasmine, se emborracha entre las tumbas del cementerio local. En un hogar sin padres, Kimberley es imperturbable y madura, Gemma esconde un carácter avinagrado detrás de una fachada servicial, mientras que Jasmine…es Jasmine. Es ciertamente un relato memorable.

Del resto de relatos de The Whole Story and other stories cabría destacar dos: ‘The Start of Things’, en el que Smith vuelve a adoptar el juego de las dos voces para contarnos una pelea conyugal que (aparentemente) termina en reconciliación cuando ambos se dan cuenta de que se han quedado fuera de la casa en medio de una fuerte nevada. Y 'The Heat of the Story', un curioso cuento de Navidad, en el que tres mujeres de distintas edades entran ebrias a la misa del gallo, arman un considerable escándalo y terminan en la calle contándose historias, expulsadas de la iglesia por el sacerdote.

Los demás relatos se titulan ‘Gothic’, ‘Erosive’, ‘The Book Club’, ‘Scottish Love Songs’ y ‘The Shortlist Season’, del que incluyo aquí un párrafo traducido.

Semilla de sicómoro Fotografía: Lofaesofa (Laurence Livermore)


Llevaba unas hojas enganchadas en la capucha del suéter. Se cayó algo. Cuando llegó al piso rebotó bastante alto e hizo un ruido sorprendentemente seco para ser algo tan pequeño, y lo recogí. Era una semilla de sicómoro, su única aleta estaba nervada como una especie de piel y le daba a la semilla un aspecto surrealista: una pequeña avellana voladora, un ala a la que le hubieran acoplado una cabeza encogida, un pez que era casi todo él aleta. Pero el dependiente de la galería detrás del mostrador de venta de postales me estaba observando con algo de interés, de modo que volví a poner la semilla en el interior del suéter junto con las hojas, lo doblé y me lo puse encima del brazo y escuché cortésmente cómo me decía que la entrada era gratuita, que los folletos sobre la exposición eran también gratuitos y que los catálogos ilustrados costaban £16,30. (p. 144-5)

5 abr. 2015

Reseña: Los acasos, de Javier Pascual

Javier Pascual, Los acasos (Barcelona: Random House Mondadori, 2010). 251 páginas.

Puede que se trate de una coincidencia de fechas o no, pero el trasfondo histórico de esta novela del madrileño Javier Pascual ciertamente tiene mucho en común con la ocupación del continente australiano a partir de 1788 tras la llegada de la Primera Flota a Port Jackson. En Los acasos, Pascual narra los eventos que rodearon la guerra de fronteras al norte de México contra la nación apache y otros pueblos que durante siglos habían vivido más o menos tranquilamente en las tierras al norte del desierto de Sonora. En ambos casos, la ocupación por parte de tropas y colonos venidos de diferentes partes de Europa supuso prácticamente la exterminación de los pueblos oriundos de esas tierras.

El subgénero de la novela histórica entraña dificultades en cuanto a su ejecución exitosa. Por una parte, es necesario que el autor se sumerja durante largos periodos de tiempo en la documentación histórica que le vaya a permitir hacer verosímil e íntegra la versión de la historia que va a constituir el eje argumental de su narración. Por otro lado, debe dotar de vida a sus personajes para que no parezcan simples marionetas acartonadas sobre el papel. La buena noticia es que Pascual sale airoso respecto a ambos desafíos, especialmente en el primero, pero no siempre en el segundo.

La Sierra Madre en Arizpe. Fotografía de Edgar26c
Pascual escoge poner la veracidad de lo contado por el narrador principal (interpone otra voz narradora desde un principio, la cual nos avisa de la posible falta de veracidad de lo que cuenta Moisés Mújica en sus legajos). Esto constituye una pirueta ficcional con muchos riesgos, pero al autor le reporta muy buenos dividendos.

La introducción a la memorias de Moisés Mújica la realiza un narrador anónimo, escribano al servicio del ejército colonial, el cual nos informa de la muerte de aquél, “último hombre que pudo ver vivo al apache Chirlo” (p. 9), y de la obligación que tiene de preparar un documento que denomina “Escritura Funeral” con los legajos atribuidos a Mújica para enviárselos a su familia en Cádiz. Más adelante, surgen enormes sospechas en torno a la autenticidad de ese documento porque le es devuelto por la madre de la familia como “falso testimonio de un falso hijo” (p. 10).

Apaches en atuendo guerrero: Fotografía de Timothy O'Sullivan (1840-1882)
El tema de la historia narrada por Mújica es la guerra del imperio español (ya muy próximo su final al otro lado del Atlántico) contra los apaches que vivían en una vasta zona al norte de Chihuahua, en lo que hoy en día es Nuevo México y Arizona. La visión de Mújica es descarnada: sus confesiones (dirigidas a su supuesta hermana Flora, a la que añora muchísimo) retratan un cuerpo militar brutal y despiadado, cuyos integrantes son presa de una codicia inagotable y que ven a los apaches como meras alimañas a las que deben exterminar. Y a fe mía, que lo hicieron. Mújica da detalles de las muchas matanzas causadas en uno y otro bando en una guerra de frontera que con el paso de los meses y los años es poco más que simple rutina para él.

Presidio de San Agustin del Tucson, reconstruido en la actualidad. Fue edificado originalmente por los soldados españoles en 1775, y delimitaba la frontera septentrional del imperio. Fotografía de Darkwind.
Pero las cosas cambian cuando cae prisionero de los apaches, con quienes vive un largo periodo de tiempo. El alférez Mújica sobrevive con fortuna – y especialmente por la intervención del jenízaro Asén Bayé, apache criado con los españoles tras quedar huérfano. Mújica, que – según confiesa a su hermana – nunca ha sentido una verdadera vocación militar, aprende a vivir entre los apaches y sobrevive en gran parte gracias a una mujer repudiada por su marido por infidelidad (la marca del repudio es el corte del apéndice nasal). Tras un par de intentos de huida infructuosos, logra evadirse del yugo apache tras matar a un viejo guerrero que le había tomado algo de cariño.

El relato de Mújica trata de situarse en una difícil imparcialidad. Si el apache es descrito como un pueblo guerrero asentado en tradiciones que hoy en día no podríamos sino calificar de brutales y regresivas, los españoles no les van a la zaga: soldados de fortuna, hombres despiadados instruidos para llevar a cabo el expolio de tierras extranjeras con las malas artes de la barbarie, siempre justificadas por una falaz superioridad racial y el beneplácito de la consabida jerarquía religiosa que todo lo disculpa.

Las reflexiones de Mújica son francamente interesantes por lo contemporáneas que resultan: “una mala paz siempre será preferible a una buena guerra” (p. 134). El profundo conocimiento de los apaches le permite adentrarse en su filosofía de la vida: “a nosotros [los españoles] nos toca escribir la Historia que nos conviene, y a ellos [los apaches] les corresponde sufrir la que en verdad les toca y nadie más que ellos conoce ni conocerá porque no saben ni quieren escribir y porque desconocen la existencia de esa fabricación del hombre que llamamos Historia.” (p. 146) Sustituye “españoles” por “ingleses” y “apaches” por “indígenas australianos” y el paralelismo es harto evidente.

La entrada a Arizona desde Nuevo México. Creo que el cartel no va dirigido a los emigrantes del sur de la frontera. Fotografía de Wing-Chi Poon.

La duda sobre la veracidad del relato de Mújica es una estrategia que busca relativizar y ficcionalizar aún más si cabe el ejercicio de balance histórico que lleva a cabo Pascual. El novelista madrileño hizo un ingente esfuerzo por ambientar el relato del alférez en su época de tal forma que sea creíble. Términos más bien oscuros como jenízaro, pujacante, onagro, tártago o mimbreño, entre otros, junto con una sintaxis decimonónica y arcaizante, contribuyen a crear una voz para Mújica. No me resultó tan verosímil, en cambio, el pliego atribuido al apache Asén Bayé como “Memoria de Méritos” (p. 187-230). Resulta asimismo un poco chocante que el relato del mismo Mújica pase del pretérito (predominante al comienzo del libro) a hacerse en presente cuando Mújica da cuenta de su desastrosa expedición en pos de unos desertores que termina en su cautiverio en poder de los apaches. Son pequeños detalles que no restan méritos a lo que es, en su conjunto, un buen libro.

3 abr. 2015

Copias - un cuento de Craig Cliff, en Hermano Cerdo


La revista Hermano Cerdo ha publicado esta semana mi traducción al castellano del relato 'Copias', del escritor neozelandés Craig Cliff. Se trata del segundo cuento que traduzco de este autor, pues hace ya varios años pude publicar en la misma revista 'Servicio de alta mar', un relato en torno a las aventuras de un joven neozelandés en el mundo fronterizo de los buques dedicados al transporte del carbón extraído de las minas de Queensland.

'Copias' tiene una temática bien diferente. Narrado en primera persona, trata de la obsesión por la reproducción de las imágenes del padre de un hombre joven, quien años después de la muerte de aquel contempla cómo esa obsesión puede habérsele transmitido a él. Es, al fin y al cabo, una reflexión sobre la vida, sobre quiénes somos y cuál es la misión (si la hubiere) que venimos a cumplir en este mundo, escrita en clave irónica.


El relato original en inglés, 'Copies', formaba parte de A Man Melting, primer volumen de relatos de Cliff, que reseñé en este blog en octubre de 2013. La única novela de Craig Cliff hasta la fecha, The Mannequin Makers, también cuenta con su pertinente reseña, en octubre del mismo año.

"La vida es una serie de repeticiones imperfectas.

Eso es lo que me dijo el terapeuta de mi madre – y yo lo repito aquí y ahora, de manera imperfecta – la única vez que hablamos. Eso fue antes de que yo conociera a Sarah, antes de que fuera a la universidad, antes, cuando los sueños eran todavía nuevos. Puede que le mencionara la palabra evocadores al terapeuta, no estoy seguro. Recuerdo que la sala de espera no tenía revistas, solamente una antología de las tiras cómicas de Calvin y Hobbes, y que él apenas habló. Cuando lo hizo, fue para decir algo oblicuo, que dejaba como colgando, dejando que el silencio me empujara otra vez a hablar. Pero cuando dijo «la vida es una serie de repeticiones imperfectas», en voz baja, como si supusiera que iba a tranquilizarme, me di cuenta de que la única persona con la que quería hablar era la única persona con la que ya no podía hablar.

Mi padre el artista."

Así comienza 'Copias'. Puedes leer el cuento completo en la revista, aquí. Mi más sincero agradecimiento a Craig Cliff y a Random House New Zealand por permitirme traducir y publicar este relato en castellano, en una traducción que, a fin de cuentas, no deja de ser una copia imperfecta de su original.

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