23 mar 2025

Christian Kracht's Imperium: A Review

Christian Kracht, Imperium: A Fiction of the South Seas (New York: Farrar, Straus and Giroux, 2015). 179 páginas. Trans. by Daniel Bowles.

The beginning is the end, and the end is the beginning. At least that is the case in Imperium, a half-fictitious, half-truthful narrative on the life and the death of one August Engelhardt, the German youth who in 1902 travelled to what today is Papua New Guinea, having decided that he was going to live his life as a nudist and an absolute vegetarian. His belief that sunlight and coconuts were sufficient to maintain his organism healthy, strong and in harmony with the universe had been enshrined in an 1898 manifesto titled Eine Sorgenfreie Zukunft (A Carefree Future).

Kracht rewrites his life an at times weird parody. While it echoes the turn-of-the-century imperial adventure novels by favourites of mine such as Conrad, Stevenson and Melville (whose works I must needs reread one day, I keep telling myself), Engelhardt the character is depicted in broad strokes, in episodic fractions with hardly any depth to them. Kracht indulges in the creation of a humorous tropical setting where mozzies, poverty, disease and white colonialist blokes are abundant. They may be clichés, only maybe – yet they are effective in leading towards the demise of the obsessive and pig-headed Engelhardt. The author delights in conveying the consequences of his resulting malnutrition and the many ailments that affect his body: loss of teeth, bleeding gums, ulcerous spots, unhealing wounds, parasitical infestations … you name it.

The real August Engelhardt in 1911. 

It is an apt allegory: Fanaticism corrodes reason and generates a rottenness not just in the body but also in the spirit. It is, after all, the Germany of the early 20th century and we all know what happened a hundred years ago. Nothing good came out of it.

The hapless Engelhardt buys an island and hires locals to develop a coconut plantation. His pretty much useless investment soon puts him in debt. He was probably already crazy in 1906, his body reduced to a skeleton, and by the second decade of the century he had become sort of a tourist curiosity. In Imperium, however, Engelhardt lives until the end of World War II, when US Navy officers find him on Kolombangara Island. His is “one heck of a story”; “Just wait ‘til Hollywood gets wind of this”. The officer who interviews him avers Engelhardt’s story will be in the pictures.

Hopefully someone in Hollywood will one day decide to film this story using Kracht’s acerbic lens, for it will be unmissable! Some of the episodes invented by Kracht in his narrative caused me to laugh out loud, even though they are actually gruesome and bloody. Like the deadly ending to the celebration of the wedding between Rabaul tycoon Queen Emma (who had sold the island to the nudist coconut eater) and Berliner musician Lützow.

Given its brevity and the fact that it is excellently researched, Imperium is a great read. Bowles’s translation is impeccable and reflects the author’s deliberately derisive attitude to the characters and the historical period. The ironies are delicious and generously scattered throughout its 179 pages; it is a comedy of imperialistic horrors in the South Pacific, not quite as frivolous as it could have been.

21 mar 2025

Reseña: America Last, de Jacob Heilbrunn

Jacob Heilbrunn, America Last - The Right's Century-Long Romance with Foreign Dictators (Nueva York: Liveright Publishing, 2024). 249 páginas.

En un supuesto giro de la política exterior de los Estados Unidos que, en realidad, no debiera sorprender a nadie, la nueva administración que ha tomado Washington al asalto (esta vez no de manera literal, como hace poco más de cuatro años) se abraza a un dictador en Moscú, desprecia sus más tradicionales alianzas con los países de Europa Occidental y embiste contra sus vecinos tanto al norte como al sur.

Publicado antes de las elecciones de noviembre de 2024, America Last: The Right’s Century-Long Romance with Foreign Dictators [América en último lugar: El centenario idilio de la derecha con los dictadores extranjeros] es un buen análisis de la estrecha relación que el partido Republicano ha tenido con los dictadores más sanguinarios y brutales del siglo XX, conexión que persiste en esta tercera década del XXI con personajes ultraconservadores actuales que, pese a haber sido elegidos en las urnas, hacen gala de modos antidemocráticos represivos con quienes expresan o muestran su diferencia.

Heilbrunn sitúa el inicio de esa afinidad ideológica en los albores del siglo XX y el Kaiser Wilhelm II. El imperialismo alemán de esa época (esencialmente no tan disimilar del que está argumentando el nuevo inquilino de la Casa Blanca) contó con muchos apoyos entre escritores de origen teutón como H. L. Mencken.

H. L. Mencken. Fotografía de Mrmencken.
Una década después, el golpe militar que terminó dándole el poder durante 40 años a un ridículo pero brutal militar tras rebelarse contra el gobierno democrático de la II República española fue aplaudido entusiásticamente por sectores de la derecha estadounidense. Además de Mencken, siniestros personajes como Merwin K. Hart o William Frank Buckley Jr. declararon públicamente su admiración por Franco y jalearon el importante papel que el dictador otorgó a la Iglesia Católica en la represión de la población que sobrevivió a la Guerra Civil. También Salazar, Mussolini y Adolf Hitler contaron con defensores y admiradores en los EE.UU.

La razón que frecuentemente argüían los ideólogos para justificar sus indefensibles apoyos a toda esta lista de dictadores era que plantaban cara al comunismo. El mismo argumento siguió utilizándose para justificar la mayoría de las guerras de la segunda mitad del siglo y el establecimiento de las dictaduras militares en Latino América. El ejemplo más pestilente podría ser el de Pinochet, si no fuera porque en casi todas las repúblicas centroamericanas la política exterior de Washington en las décadas de los 50, 60 y 70 se puso como objetivo apuntalar regímenes atroces que no respetaron los derechos humanos en ningún momento. El dominicano Rafael Leónidas Trujillo, alias El Jefe, constituye un ejemplo infame. La descarada intrusión en los asuntos políticos de otros lejanos países incluyó también países de África y Asia, por supuesto.

Asegura Heilbrunn que la corriente aislacionista y proteccionista que se ha vuelto imponer reutiliza los mantras de esos mismos ideólogos, comentaristas y teorizadores políticos del siglo XX. Sus objetivos comienzan a apreciarse con meridiana claridad, igual que la blanca patita enharinada del lobo en el cuento de los siete cabritillos. Según el autor, el eslogan ‘America First’, como buen ejemplo del Doublespeak, en realidad significa ‘America Last’ cuando los republicanos demuestran su apoyo a dictadores de cualquier signo. Es un botón de muestra de la deleznable impostura que debiera ser escudo de armas del partido. Todo imperialismo es por definición un fascismo; el mayor riesgo para la libertad en todo el mundo es que la coalición de oscuros intereses entre lo que alguien ya ha bautizado como ‘élite cognitiva’ de Silicon Valley y el aparato político de Washington utilice las herramientas de la IA y el aterrador poder militar del país para imponer sus tesis por la fuerza.

«Aun con toda la emoción que Mussolini y Hitler generaron en la derecha, había otro dictador en Europa a quien muchos conservadores admiraban. El 17 de junio [sic] de 1936, unos nacionalistas españoles llevaron a cabo un golpe de estado contra la Segunda República, elegida democráticamente, desencadenando una guerra civil. La guerra entre los leales a la República y los nacionalistas se convirtió en cause célebre para la izquierda y la derecha estadounidense. El conflicto, que de alguna manera hizo las funciones de ensayo general para la Segunda Guerra Mundial, atrajo tanto a la Alemania nazi como a la Unión Soviética. Hitler y Mussolini ayudaron al lider nacionalista, Francisco Franco, igual que hizo el Papa Pío XI. El Papa, implacable enemigo del liberalismo, describió a Franco como un luchador por la libertad contra el comunismo impío, incitando a muchos católicos norteamericanos a seguir su ejemplo. El objetivo primordial de los partidarios estadounidenses de Franco era presionar a Roosevelt para que mantuviera las Leyes de Neutralidad que había firmado en 1935 y 1936, asegurando con ello que las fuerzas leales a la República no pudieran recibir armas de los EE.UU. ni siquiera cuando voluntarios de izquierdas se alistaron en la que popularmente fue conocida como la Brigada Abraham Lincoln para luchar junto a los republicanos.» (p.84-5, mi traducción)  

3 mar 2025

Reseña: A Thousand Moons, de Sebastian Barry


Sebastian Barry, A Thousand Moons (Londres: Faber & Faber, 2020). 251 páginas.

Si todavía no has leído la novela de Barry Days without End, que precedió a esta en tres años, es mejor que dejes de leer esta reseña. A Thousand Moons continúa la historia de los protagonistas de Days without End, el irlandés Thomas McNulty y el mestizo John Cole, que al final de la historia narrada en la primera novela se han asentado en una plantación de tabaco de Tennessee propiedad de Elijah Magan. En la casa conviven los dos exsoldados (con su hija sioux, Winona), el propietario Magan y dos exesclavos, la cocinera Rosalee Bouguereau y su hermano Tennyson, además de otros peones.

Son tiempos difíciles. Si bien es cierto que la Guerra de Secesión ha terminado, no lo es menos que para los Confederados no lo ha hecho (y, dada la situación sociopolítica actual en los EE.UU., podría decirse que la conflagración del siglo XIX mantiene vivos ciertos rescoldos bajo una apariencia de normalidad democrática). En A Thousand Moons, sin embargo, la protagonista principal y la voz narradora es Winona, cuyo nombre en lakota, su lengua materna, era una flor, ‘Ojinjintka’, la rosa.

Han pasado varios años y Winona se ha hecho mujer. John le dio a su hija una excelente educación. Sabe leer, escribir y llevar las cuentas, por lo que pronto consigue trabajo en las oficinas de un abogado del pueblo, el Sr. Briscoe. La vida en la granja y en Paris, en la parte occidental de Tennessee, no está libre de peligros. El principal para Winona, Cole, Rosalee y Tennyson es el racismo. Nos dice Winona que, en la mente de muchos de los sureños derrotados, asesinar a una persona india no es un delito porque esa persona, para ellos, no es persona. Es nada.

Hay un jovencito de origen polaco en Paris, Jas Joski, que corteja a Winona. Una noche ella es víctima de una brutal violación. No sabe quién ha sido. Sus padres adoptivos quieren justicia, pero sin pruebas es difícil conseguirla. Días después, es Tennyson quien sufre un violento ataque que casi lo lleva a la tumba.

Una vez recuperadas las fuerzas, Winona decide investigar por su cuenta. Se corta el pelo y se viste con ropas de hombre. Montada en una mula, sigue a las tropas federales que buscan acabar con los rebeldes sureños. Es así como conoce a otra joven india, Peg, a quien está a punto de dejar morir después de que Winona reciba un disparo de ella. Pero ese encuentro fortuito se convierte en el comienzo de una gran historia de amor.

¿Hay justicia para todos? El edificio del Juzgado del condado de Henry en Paris, Tennessee.

Cuando Joski aparece muerto a cuchilladas, todos los indicios apuntan a Winona, que es arrestada y sentenciada a muerte. Siendo de raza india, Winona no tiene ni un atisbo de esperanza de que la justicia blanca no la vaya a ejecutar.

Como ya me sucedió con Days without End, Barry me ha hecho disfrutar de la historia y de cómo está contada. Es una novela en la que el lector va a deleitarse por un lado con su lirismo y lo coloquial de la expresión de Winona, pero no esquiva para nada la brutalidad y la crueldad de los episodios violentos que sufren los protagonistas. Tiene un enorme mérito que la creación de una voz como la de Winona sea plenamente convincente.

A Thousand Moons (una expresión de la mitología nativa americana para referirse a un largo tiempo) la publicó en castellano la editorial AdN (Mil lunas) en 2021, con traducción a cargo de Susana de la Higuera Glynne-Jones.

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