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7 oct 2022

Reseña: The Coconut Children, de Vivian Pham

Vivian Pham, The Coconut Children (Vintage Australia, 2020). 282 páginas.

La década de los 70 vio la llegada de miles de refugiados vietnamitas, mayoritariamente del sur de Vietnam, a Australia. En Sydney muchos de ellos se establecieron en el barrio del suroeste de la metrópolis que se conoce como Cabramatta. Adaptarse a un nuevo país y una nueva cultura nunca es fácil, algo que esta novela (que representa el debut de esta autora australiana de origen vietnamita) explicita en la narración que hace Sonny Vuong de su adolescencia en la década de los 90.

Ya en los años finales de la secundaria, Sonny vive con sus padres, su abuela y su hermano pequeño en una casa de Cabramatta. Desde muy joven se ha sentido atraída por su vecino Vince Tran, quien al comienzo de la novela está celebrando su salida de un centro de detención para menores. Significativamente, una de sus primeras acciones es la quema de la bandera australiana que ondea en el patio del instituto. A Vincent Tran los jóvenes vietnamitas de Cabramatta lo reciben como a un héroe. Todo lo contrario que su propia familia. Su padre lo desprecia. El sentimiento es recíproco porque el padre de Vince tiende a la violencia cuando bebe en exceso.

El centro comercial de Cabramatta (Sydney). Fotografía de Maksym Kozlenko. 
La imagen que quiere transmitir el título es ciertamente hermosa: las palmeras cocoteras dejan caer sus frutos, que con frecuencia cruzan el mar y llegan a lugares lejanos donde echan raíces y crecen. The Coconut Children es por lo tanto la idea de los jóvenes vietnamitas en Australia como el fruto de una importante y enriquecedora diáspora.

La novela tiene muchos altibajos en términos de fluidez narrativa. La forma en que presenta Pham el proceso del paso a la adultez y el despertar sexual de Sonny es más bien melindrosa. La historia habría ganado mucho más interés y valor si hubiera profundizado en las terribles consecuencias que la distribución de heroína tuvo en la zona en esa época. Pham pasa apenas de puntillas por el tema, blanqueando la realidad de la utilización de menores de origen vietnamita por parte de capos sin escrúpulos.

Go, Coconut, float across the waves and take roots elsewhere!
Fotografía de Sarathkumaran Ranganathan.

Sonny sueña con poder salir de Cabramatta algún día e imagina que será Vince quien lo haga. Pham revela un terrible episodio de niñez de la joven Sonny. Tanto ella como Vince han tenido que superar momentos muy duros en sus cortas vidas. Pero ello se debe a motivos diferentes de los que afectaron a las generaciones que huyeron de Vietnam: la madre de Sonny todavía recuerda la peligrosa travesía en barcos atiborrados de gente, que con frecuencia eran atacados por piratas en medio del océano.

La idea que genera The Coconut Children dista en principio de ser ordinaria. El principal problema que tiene la novela, en mi opinión, es el hecho de que Pham escoge adoptar el punto de vista narrativo de una Sonny adolescente, pero es en realidad una mujer adulta la que está contando su historia. El contraste entre los dos puntos de vista es evidente y estridente.

Pudiera ser una historia universal de migración y adaptación a un nuevo entorno sociocultural, pero el sentimentalismo dominante de la Sonny adolescente empaña bastante el efecto total. Pham podría haber invertido más esfuerzos en intentar acercarnos al laberinto identitario en el que vive la segunda generación emigrante y menos en las sensibleras divagaciones e ingenuidades de la niña que se está haciendo mujer. La novela funciona mucho mejor cuando Pham renuncia a esa voz inmadura y trabaja con sus bazas de buena escritora, que sin duda las tiene.

Te dejo la traducción del prólogo de The Coconut Children.

Prólogo: Le dijo la pequeña ola al tsunami...

La luna llena flota en el firmamento nocturno como una catarata. El cielo ha hecho la vista gorda e ignora a la gente de la patera. Pero vosotros lo veis todo, ¿no? Ahí va, una diminuta barca pesquera que lleva a doscientas almas, un exceso de cuerpos suspendidos por encima de apenas una brizna de agua. Es aquí donde se reúnen el mito y la memoria. Donde la Historia viene a soñar despierta, inmortalizada en tinta, pero con la muerte en las mentes.

Él os está llamando: Ông bà tổ tiên. Los ancestros. Aquí está él, sentado bajo una maraña de piernas, brazos y destinos. Mi padre. Vuestro hijo. Le habéis visto crecer, desde que era un chiquillo que se chupaba el dedo pulgar hasta que se volvió un muchacho retador. Lo conocéis muy bien: No os molesta en tu lugar de descanso sin tener sobradas razones. Ha pronunciado vuestros nombres únicamente en sus oraciones, para ofrendar las primeras frutas de la nueva cosecha, pero ahora os convoca porque anoche murió un bebé, demasiado joven para poder entender a qué sabe la leche materna. Suavemente lo dejaron reposar en el mar desde el lado de la embarcación, mientras todos miraban en un aciago silencio, medio esperando que el océano envolviese al muerto recién nacido como si fuese una manta, o que el chiquillo aprendiese a nadar en el último instante.

El silencio es otra suerte de ahogamiento. También hubo piratas, con taimadas sonrisas que abarcan el horizonte entero y unos machetes oxidados por el agua del mar, que os robaron generaciones de oro y a todas las mujeres bonitas. Mirad a vuestro hijo, el heredero de vuestra piel bañada por el sol. Puede que el resto del mundo olvide vuestra muerte, pero él es la única prueba de que alguna vez vivierais.

Ancestros, he oído historias sobre vosotros. Vosotros y yo somos dos clases de espíritus. Mi padre ni siquiera ha imaginado mi llegada. Aún estoy a dos décadas de distancia. Soy una bruma por nacer, una concentración de gotitas de rocío, mil efectos ópticos que todavía no ha punzado la sangre. El vuestro es un cuerpo ligado a la tierra que desobedece a las lápidas. Vuestros desordenados huesos tienen sus propias ideas. Extrañáis los brazos y piernas que os faltan. Vuestra mano os escribe cartas de amor. Vuestro espíritu está impregnado de sufrimiento, bastante como para que os dure hasta la eternidad. Conocéis suficiente a la muerte como para ponerla a hacer otros recados.

¿Le daréis pues una bendición? Lo justo para hacer que la barca se mueva un poco más deprisa. Y quizás un poco de sobra, para que se lo guarde en el bolsillo para su próximo viaje.

Mi padre piensa en las bombas y en las florecillas que están cayendo en todo el mundo. Aquel viejo poema le viene a la cabeza. El que escribió un desgraciado leproso que quería amar a alguien, pero no soportaba que nadie lo mirase.

¿Quién quiere comprar la luna? Yo os la venderé.

Oh, quién fuera joven y muy pobre, y pensar que el mundo te pertenece. Y eso resulta ser casi verdad. 

25 feb 2013

Postcards from Vietnam: 5



Đà Lt’s ‘Crazy House‘



This extraordinary, unusual building rises just a few blocks away from the centre of Đà Lt. It is the dream-come-true of a Vietnamese architect, Dang Viet Nga, now an elderly lady, who is the daughter of a former President of Vietnam.

This bizarre project is still under construction....


When walking in and around the house, you realise its design has clearly been inspired by Gaudí’s works in Barcelona, although references to Dalí’s artwork should not be discarded either. It features hardly any straight lines or right angles. Corridors look more like caves; implausible bridges connect different areas and rooms, and visitors may feel dizzy when crossing its uppermost reaches, and possibly even claustrophobic in some of its concealed alcoves. Decorative motifs are quite fantastic and bizarre. Their exuberance can be quite overwhelming, too.




The house is also run as a guesthouse, with many different rooms hired to tourists in order to raise funds for its construction. Entry fees also apply. A very fanciful building, it appears to recreate childhood dreams and visions inspired by fairytales. Unfortunately, some visitors do not respect the place and have damaged parts of the house and gardens - the omnipresent graffiti! - or leave their filthy rubbish stuck in hidden niches and recesses of sculptures and structures, too.

The family altar
It really is an ideal place to take young children to. They can access very small corners that adults cannot; they will also be highly entertained of course, but their imagination naturally should do the rest.


Đà Lt is a medium-sized city in the southern Vietnamese highlands; it boasts arguably the best coffee in Asia, but the fresh fruits and vegetables grown on the hillsides and valleys are just as good as the coffee. Thoroughly recommendable are the fruit shakes, which you can get for under two dollars each. The region also produces the best (and only) Vietnamese wine, which is…, how can I put it? Yes, I think the phrase “can considerably be improved upon” expresses what I mean to convey, and it does so quite accurately.


Chosen as the location for French colonial jaunts into the cooler highlands, Đà Lt has now acquired its own distinctive personality. These days it receives many visitors from stifling-hot Ho Chi Minh City, a.k.a. as Saigon. It is quite amusing to observe them around the city centre, dressed in their winter wear (scarves, gloves, beanies, leather boots, overcoats, etc.) as if they were in the Alps, while Western tourists take an after-dinner evening stroll in their shorts, T-shirts and sandals in a very nice temperature of about 18 degrees…

9 feb 2013

Postcards from Vietnam: 4


Nature is kind of fanciful. It is ultimately the whim that we cannot explain. It creates sublime, beautiful, attractive shapes that become unforgettable. And as time goes by – imperceptibly for us, who will at best enjoy seventy-odd years on the planet – inexpressible beauty emerges from the chaos. Halong Bay was formed that way.



I cannot really say in what sort of weather it is best to discover Halong Bay. It probably matters not. There is an overwhelming magic to this part of the world, but it is revealed to the visitor both through shades and though brightness. Absence of sunshine or glaring sunlight may render one location as something completely different one day to the next.



Halong Bay was listed as a World Heritage Site in 1994. This marvellous place faces many threats and challenges: among them, the pollution of the waters seems to be a matter that needs urgent attention. On Halong Bay waters are floating tonnes of plastic and polystyrene. It is fast becoming a floating rubbish dump.



La naturaleza es, por así decirlo, caprichosa. Es a fin de cuentas un capricho que nos resulta inexplicable. La naturaleza crea formas sublimes, hermosas y atractivas, y resultan ser inolvidables. Conforme pasa el tiempo – de manera imperceptible para nosotros, que en el mejor de los casos disfrutaremos de unos setenta y pico años en el planeta – del caos emerge una belleza inexpresable. Así se formó Halong Bay.




No me atrevo a decir en qué clase de tiempo es mejor descubrir Halong Bay. Probablemente no importe. Esta parte del mundo posee una magia irresistible, pero al visitante se le revela tanto por medio de sombras como de luz. La ausencia del sol o su presencia deslumbrante pueden hacer que un lugar sea completamente diferente de un día a otro.




Halong Bay fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1994. Este maravilloso lugar se enfrenta a muchas amenazas y retos: entre ellos, la contaminación de las aguas parece ser un asunto que requiere atención urgente. En las aguas de Halong Bay flotan toneladas de plástico y de poliestireno. Se está convirtiendo rápidamente en un vertedero flotante.

Las corrientes amontonan la basura

4 feb 2013

Postcards from Vietnam: 3

Phở: the quintessential Vietnamese dish

Nothing defines Vietnam better than phở. This humble noodle soup is one of the most satisfying yet simple dishes one can encounter. In the big cities of Vietnam, it is the young, busy people’s favourite lunch or dinner. The secret to phở is of course the stock. Made in big pots and using the freshest ingredients, the flavours of the herbs and the lime juice are enhanced by the sublime taste of the stock.

phở
One of the curiosities in Ho Chi Minh (the former Saigon) is the photographs of President Clinton happily enjoying his bowl of phở and posing with the staff. The photographs now decorate the Phở 2000 restaurant, across from the Bến Thành Market in downtown Saigon, a reminder of Clinton’s historic visit.


Due to the pressures 21st-century life puts on people, it is becoming increasingly difficult for families to make phở at home. Unsurprisingly, franchises have been sprouting in the cities, with Phở 24 one of the best I tried. Yet the best phở is the one the visitor will find where tourists rarely venture, where the locals sit down to eat and the English language becomes useless.


The culinary variety of Vietnam is astounding. Despite rice being the staple food one can find anywhere, each region has its own dishes and variations. Visitors to the former imperial capital, Huế, should give Bún bò Huế a try. This is a spicy, rich soup that incorporates the flavour of lemon grass and shrimp paste.

Bún bò Huế

28 ene 2013

Postales de Vietnam: 2

Los túneles de C Chi: escenario del horror


Uno de los tours más populares entre los turistas occidentales que pasan por Saigón es la visita a la zona en la que las guerrillas del Vietcong construyeron una laberíntica red de túneles desde la cual combatían a las tropas estadounidenses. El complejo está controlado por los gerifaltes locales del Partido Comunista vietnamita. El tour se inicia con la presentación de un vídeo, no exento de patrióticas soflamas, seguido del discurso de alguno de los cabecillas del complejo, que no dudan en emplear el humor y el sarcasmo al referirse a la guerra y a los eventos que tuvieron lugar en esa zona durante aquellos años. Al que yo escuché, nos explicó con orgullo que una de las mujeres que venden souvenirs en la tienda de recuerdos nació en los túneles, y “fíjense, qué guapa ha salido”.

El recorrido del complejo de C Chi te lleva a la entrada de un túnel, donde uno tiene la posibilidad de ver por sí mismo lo estrechas que eran las entradas y cuán perfectamente disimuladas las construyeron los guerrilleros.


El recorrido incluye la contemplación de diversas modalidades de trampas, que los guerrilleros colocaban en la selva o en los túneles. Las trampas son auténticos ingenios mortíferos, de una crueldad extrema. El soldado que cayera en una de ellas, o bien moría con enorme dolor y sufrimiento, o quedaba tullido o lisiado para el resto de sus días.




A lo largo del recorrido es posible ver también los cráteres que dejaron las bombas norteamericanas. El Vietcong, no obstante, era el epítome de la eficiencia militar: los restos de las bombas, explotadas o no, eran reconvertidos por los vietnamitas en granadas de mano o en obuses caseros.


Durante los varios años del conflicto bélico que los vietnamitas llaman 'la guerra americana', los guerrilleros vivieron la mayor parte del tiempo bajo tierra. Las condiciones eran naturalmente insalubres y extremadamente difíciles. Las enfermedades intestinales, una pobre nutrición y la malaria causaron estragos entre sus fuerzas – de hecho, en los túneles murieron más guerrilleros por causa de las enfermedades que por culpa de los ataques enemigos.

La red de túneles de C Chi se extiende por unos 120 kilómetros de longitud. Es posible recorrer alguno de los túneles, hoy en día ampliados para poder acoger a los turistas occidentales, mucho más altos (y mucho, mucho más anchos) que los vietnamitas. La sensación de claustrofobia y la falta de oxígeno en un recinto estrecho y oscuro hacen que ese recorrido sea una experiencia nada placentera.


A mi parecer, una de las “atracciones” del complejo de C Chi que debiera, si no eliminarse, al menos alejarse, es el campo de tiro, situado “estratégicamente” junto a la tienda de souvenirs y la cafetería. Por unos pocos dólares, los turistas pueden disparar un AK-47 o una ráfaga de ametralladora. El estruendo es aterrador. Es difícil comprender cómo esas personas soportan el terrorífico sonido de la guerra día tras día. El campo de tiro, para esos descerebrados que quieren disparar y sentirse Rambo por unos segundos, podrían alejarlo un poco del complejo. No hay ningún preaviso, y la entrada de menores (los niños también pagan, solo media entrada, no como en la mayoría de los museos de Vietnam) es muy bienvenida.

Como muchos otros recintos en otras partes del mundo, C Chi glorifica la guerra y escenifica el horror de la muerte violenta. Para mí, será la última visita. Una y no más.


The Củ Chi tunnels: a stage for horror

One of the most popular tours amongst Western tourists in Saigon is the visit to the area where the Vietcong guerrillas built a maze-like network of tunnels from where they fought the US troops. The place seems to be controlled by the local chiefs of the Vietnamese Communist Party. The tour always begins with a video presentation full of patriotic slogans, and is followed by the speech of one of the senior officers, who will not hesitate to use humour and sarcasm when talking about the war and the events that took place in the area during the war years. The one I listened to proudly explained that one of the ladies selling souvenirs in the shop was born in the tunnels, and “look how pretty she was born, and still is”.

The Củ Chi tour then takes you to one of the tunnel entrances, where you have the chance to see for yourself how narrow the entrance was and how well camouflaged they were made by the guerrillas.

The tour also features the many different types of traps guerrillas would create in the rainforest or at the entrance of tunnels. They are incredibly cruel, deadly devices. Any soldier that happened to fall in one of them either died suffering enormous pain or would have been maimed and disabled for life.


Along the way it is still possible to see the craters US bombs created. But the Vietcong was the epitome of military efficiency: the remains of bombs, exploded or not, were recovered and converted into hand grenades or other type of homemade weaponry by the Vietnamese.


Guerrillas lived most of the time underground, for the several years the conflict, known in Vietnam as 'the American war', lasted. The living conditions were of course extremely difficult and unhealthy. Intestinal diseases, undernourishment and malaria decimated their numbers – in fact, many more people died from disease in the tunnels than due to enemy attacks.


The Củ Chi tunnel network is about 120 kilometres long. It is possible to walk through some of the tunnels, which have nowadays been slightly widened to accommodate Western tourists, much taller (and much, much wider) than ordinary Vietnamese people. Claustrophobia and the lack of fresh air in such a dark, narrow place make the underground walk a rather unpleasant experience.


In my view, one of the “attractions” of the Củ Chi complex that should be, if not eliminated, at least moved away, is the shooting range, “strategically” located next to the souvenir shop and the café.  For just a few dollars, tourists may fire an AK-47 or a machine gun. The din is of course terrifying. I find it hard to understand how those people can put up with the terrorising noise of war day after day.  The shooting range, for those brainless idiots who wish to fire a gun and feel like a Rambo for a few seconds, should be moved away. There is no warning at the entrance, and children are of course very welcome (they pay for half a ticket, unlike in most museums in Vietnam).


Like so many other places in other parts of the world, Củ Chi glorifies war and has become an arena where the horrors of violent death are displayed. As far as I’m concerned, it will be the last time I visit anything like it. Once is more than enough.

17 ene 2013

Postales de Vietnam: 1


Para el recién llegado a Vietnam, sea al aeropuerto de Saigón, el gran centro económico del país, o al de la capital, Hanói, los primeros minutos en un taxi son de una angustia y un pánico irremediables. Los vietnamitas parecen no tener un reglamento de circulación, se dice el viajero recién llegado. El taxista está loco. Todos los demás que ocupan las carreteras están locos. Piensas que en cualquier momento el taxista va a llevarse a una moto por delante y el motorista va a aterrizar en el parabrisas, o peor, va a atravesarlo y te va da a dar a ti.

Y uno se imagina ensangrentado por la sangre y las vísceras de un pobre motorista vietnamita, destripado e incrustado en el parabrisas del taxi que  le lleva por la carretera de acceso a Hanói, o en la espaciosa avenida que une el centro de Ho Chi Minh con su aeropuerto.

Y sin embargo, eso no sucede. Salvo alguna contadísima excepción, claro está.

Este video, cuya duración no llega al minuto, está grabado desde la terraza de una cafetería en el centro de Hanói. Las cinco calles que confluyen en esta especie de plaza no tienen semáforos. De hecho, apenas hay semáforos en Hanói (ni tampoco abundan en Saigón), y los pocos que hay la mayoría de los motoristas no los respetan. Los pasos de cebra, señalizados como están, no significan nada (a un extranjero que se paró en un paso de cebra para dejarnos pasar lo hincharon y vituperaron ¡a claxonazos!)

Observa:

Quien no conozca Vietnam es muy probable que no dé crédito a sus ojos. ¿Cómo es posible que no haya ningún accidente? El cruce en cuestión tiene una altísima intensidad de tránsito a todas horas. El minuto que puedes ver en el video es una mínima muestra de lo que sucede prácticamente las 24 horas del día. Los peatones también cruzan a su aire, por cierto. Una asombrosa concentración de líneas en un mismo plano que sin embargo, no entran en colisión.

Estuve pensando un poco sobre este fenómeno. Algo así nunca ocurriría en Europa, ni en Australia, ni en los EE.UU. Ni siquiera en la ciudad de México, famosa por el caos circulatorio de sus calles, el caos llega a tanto.

Mi conclusión fue que, pese a las pocas reglas que rigen el tráfico en Vietnam (no es necesaria licencia de conducción para ir en motocicleta), hay una que está por encima de todas las demás: No hagas daño a los que comparten la vía contigo. Puedes colarte, recortar ángulos, saltarte los semáforos o incluso ir en dirección contraria, pero no les hagas daño a los demás usuarios de la calle. Esa parece ser la regla no escrita que permite que todos (una inmensa mayoría, en todo caso) vuelvan a casa cada noche.

¿Qué otra explicación puede haber?




For the traveller who has just arrived in Vietnam, whether at the airport of Saigon, the country’s great financial engine, or that of the capital, Hanoi, the first few minutes in a taxi can be of unavoidable agony and panic. Vietnamese people do not appear to have a set of traffic rules, the traveller might tell themselves. The taxi driver is crazy. All the other people on the road are absolutely crazy. At any moment now, the taxi driver is going to run into a motorbike, and the motorcyclist is going to land on our windscreen, or even worse, the guy’s going to crash through it and hit me, the traveller thinks.

And you easily picture yourself covered in blood and with the guts of a poor Vietnamese victim of a traffic accident, gutted and inserted through the windscreen of the taxi on the road to Hanoi or the great avenue that joins downtown Ho Chi Minh with its airport.

However, the above does not happen. There is always the odd exception, of course.

The video that follows, hardly a minute long, was recorded from a café at the top floor of a building in the very heart of Hanoi. The five streets that come together in this sort of square or place do not have traffic lights. In fact, there are not many traffic lights in Hanoi (they are not abundant in Saigon, either), and the few there are most motorists do not obey. Pedestrian crossings, though clearly signed, do not mean anything to them (yet a foreigner who stopped at one to let us cross the street was taken to task and hooted down!)

You've watched the video?

If you don’t know Vietnam, you can hardly believe your eyes. How is it possible that no accident actually takes place? The intersection has very high traffic intensity at all times. This one-minute footage is but a minimal sample of what happens there almost 24 hours a day. Pedestrians too cross the road as they wish, by the way. It is an amazing encounter of lines on one same plane, yet they never collide.

I thought about this for a while. Something like this would never take place in Europe, in Australia or in the USA. Not even in Mexico City, notorious for the traffic chaos that rules over its streets, reaches this kind of bedlam.

The conclusion I came to was that, despite the few rules that seem to regulate traffic in Vietnam (a driving licence is not required for driving a motorcycle), there is one that overrides all others: Do not hurt those who share the road with you. You may get out in front, cut corners, run a red traffic light or drive against the oncoming traffic, but do not hurt others on the streets. That seems to be the unwritten rule that allows them (most of them in any case) to get home every night.

Any other explanation, anyone?

27 feb 2012

Reseña: The Happiest Refugee, de Anh Do


Anh Do, The Happiest Refugee (Crows Nest: Allen & Unwin, 2010). 232 páginas.



La autobiografía no es un género que se haya prodigado mucho entre mis lecturas en los últimos años, y pienso que la razón estriba en que las vidas de los demás raramente me atraen tanto que quiera descubrir más sobre ellos. Sin embargo, hace poco dos personas distintas y en contextos muy diferentes me mencionaron y recomendaron este libro, The Happiest Refugee, del australiano nacido en Vietnam Anh Do, y por esa razón decidí hacer una inmersión en el género de las memorias.

Anh Do es muy conocido en Australia por sus frecuentes apariciones en TV, donde ha hecho de casi todo. Confieso no obstante que apenas lo he visto en acción en TV, puesto que suele trabajar en los canales comerciales, a los que casi nunca me asomo, y en todo caso no creo que fuera justo valorar este libro en virtud de su perfil público como comediante o presentador en TV.

Lo interesante de este libro es sin duda el origen de la familia Do en Australia. Cuando hizo el viaje en un cochambroso barco pesquero con sus padres y hermano pequeño Khoa, Anh Do era muy pequeño. La narración de la atroz travesía desde el delta del Mekong hasta que son rescatados y finalmente trasladados a un campo de refugiados constituye un relato sobrecogedor y electrizante por lo genuino que es, aunque esté basado fundamentalmente en el testimonio de sus padres y otros familiares que los acompañaban.

De la enorme multitud de refugiados que salieron de Vietnam tras el final de la guerra, muchos terminaron acogidos en Australia. En muchos de los pueblos australianos del interior no es raro que el consabido restaurante chino que existe ya en más de medio mundo lo regente una familia vietnamita. En un caso del que me llegaron ecos muy tardíos, las habladurías, maliciosas e infundadas, apuntaban a la ‘misteriosa’ desaparición de perros y gatos callejeros cuando los ‘asiáticos’ abrieron el restaurante.

La narración de esa horrenda travesía en barco en busca de una vida mejor huyendo del régimen comunista de la posguerra no tendría nada de singular. Como la que narra Anh Do hubo muchas. Un relato ficcional – naturalmente, basado en testimonios de personas reales – lo hizo ya en su momento otro autor australiano de origen vietnamita, Nam Le, en la colección de cuentos titulada The Boat, y que ya reseñé hace casi dos años (aquí). The Boat ya ha sido traducida al castellano, por cierto, pero parece haber pasado desapercibido para los lectores en lengua castellana.

Los cerca de cuarenta adultos y niños que se apiñaban como podían en el reducido espacio del pesquero podrían muy fácilmente haber perecido en su travesía. Como suele acontecer en la vida de cualquier persona, es la casualidad (el azar, o si alguien prefiere llamarlo así, el destino) la que rige los acontecimientos y nos cambia la vida para bien o para mal. En el caso de Do, el azar quiso que, en el transcurso de los dos ataques por parte de piratas que sufrieron en su singladura por el océano Índico no fueran asesinados ni los echaran por la borda, ni que por causa de la tempestad que les sorprendió no se hundiera el barco, ni que murieran deshidratados o de inanición cuando las reservas de agua y de víveres se les habían prácticamente agotado. Los rescató un buque alemán in extremis.

Tras su posterior llegada a Australia, la historia de la familia Do es la de muchísimas otras familias de emigrantes – un relato de enormes (pero no siempre insalvables) dificultades, de mucho esfuerzo, de privaciones, de afán de mejora, de tentativas que triunfan y de inversiones que fracasan, de desencantos y de alegrías. En el caso de Do, cuando su padre abandona la casa familiar y desaparece de sus vidas (Anh tiene un hermano y una hermana, ambos más jóvenes que él), la curva del grado de estrechez se acercó peligrosamente a la desgracia.

Conforme avanza en el tiempo y se acerca al presente, el libro se va transformando no obstante en una colección algo deslavazada de anécdotas, que nos cuentan cómo tomó la decisión de no hacerse abogado y convertirse en comediante, decisión que le llevó a triunfar en el mundo del espectáculo, y cómo consiguió convencer a la chica de quien siempre estuvo enamorado de que se casase con él. Esta es en mi opinión la parte menos interesante: pasa de puntillas por cuestiones que pueden ser de mucho más interés para el lector. Vuelve a establecer el contacto con su padre, pero de las largas conversaciones que mantuvieron muchas noches a lo largo de los años apenas se nos ofrece un resumen.

Do quiere centrar más la atención del lector en la “felicidad” que tiene, y que conste que tiene todo el derecho a hacerlo: dados los terribles inicios de su vida, el que haya llegado adonde ha llegado en Australia no puede ser solamente fruto del azar o la casualidad, tiene que haber mucho mérito por su parte.

Lo que se echa en falta (y pienso que con toda probabilidad habría enriquecido el libro un 200%) son algunas reflexiones sobre la vida en la Australia actual o sobre la situación – similar a la que provocó la huida de los Do de Vietnam – de los miles de refugiados (afganos en su mayoría, pero también iraquíes e iraníes) en los campos de detención gestionados por empresas privadas que ganan las subcontratas del gobierno. Son personas y niños a quienes los gobiernos australianos de ambos signos (conservador y laborista) han estigmatizado con la anuencia de los principales medios de comunicación (en vez de comunicación, ‘mindless entertainment’ es una descripción mucho más rigurosa). No puedo creer que Anh Do no haya siquiera considerado la situación – seguro que lo ha hecho. ¿Por qué no hacer que pase a formar parte de su relato?

Adoptando la perspectiva del momento actual de su vida, Do desborda un optimismo que, personalmente, me resulta casi insufrible. No oculta que es un devoto cristiano, pero tampoco hace aspavientos de su fe – cosa que se agradece – ni achaca a un supuesto ser superior la fortuna de seguir vivo, haber triunfado en la vida a los 33 años o haber hallado “la felicidad” (sea eso lo que sea). Puede que la suya sea una historia notable, pero a mí no me cautivó.

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