28 jun. 2013

Reseña: Questions of Travel, de Michelle de Kretser

Michelle de Kretser, Questions of Travel (Crows Nest: Allen & Unwin, 2012). 515 páginas.

Nunca como ahora se ha viajado tanto; nunca como ahora han sido tantos los que viajan. La masificación del acto del viaje que comporta el turismo contemporáneo es una de las dos caras de este fenómeno: la otra es el fenómeno, también cada vez más extendido, que conocemos como emigración. Aunque ambos fenómenos sociales no están directamente relacionados, tienen muchos más aspectos en común de lo que pudiera pensarse en un primer momento.

Questions of Travel es la cuarta novela de Michelle de Kretser, autora australiana nacida en Sri Lanka en 1957, y que emigró en 1972 con su familia de un país convulso. De Kretser toma prestado el título de un poema homónimo de Elizabeth Bishop. Se trata de un libro inusual: se compone de dos líneas argumentales paralelas, que avanzan cronológicamente hacia un punto final común, y lo hacen a fuerza de breves retazos de narración, relatos cortos que forman parte de un conjunto más grande, en diversos escenarios geográficos distintos, desde la década de los 70 hasta el día 26 de diciembre de 2004.

Por una parte tenemos la historia de la australiana Laura Fraser, nacida en la década de los 60, cuya madre muere joven y cuyo padre lamenta el hecho de que haya heredado sus rasgos faciales: la describe como fea. Laura estudia arte, pero no se reconoce como artista y decide bien pronto, como muchos australianos jóvenes, dedicarse a viajar. Por un tiempo se radica en Londres, donde conoce a Theo Newman, hijo de una refugiada alemana. Laura es una mujer poco agraciada y muy solitaria, lo que la categoriza como figura viajera nada inusual, pero nada recatada a la hora de entablar relaciones con hombres desconocidos.

El segundo personaje principal es Ravi, quien de niño vive “en una callejuela rebosante de vida y comida” (p. 9). En el aula donde toma clases de primaria, Ravi puede observar un mapamundi que despliega el Hermano Ignatius, quien les predica que “La Historia no es más que una consecuencia de la geografía” (p. 20) o que “La Geografía es destino” (p. 21). Pasados los años, en medio de la violencia que afectó a Sri Lanka (la cual no remite) la mujer de Ravi, Malini, y su joven hijo, Hiran, son secuestrados. A Malini se la devuelven descuartizada, con los restos de su cuerpo montados en forma de vasija. A Hiran lo encuentran arrojado en un callejón no lejos de su casa.

Traumatizado y temeroso de ser el siguiente, Ravi logra escapar a Australia, donde solicita asilo político. Es allí donde su historia comienza a converger con la de Laura Fraser.

Es a través de esta desarraigada joven australiana que la novela nos lleva a distintos lugares del planeta: India, Londres, Lisboa, Nápoles, Francia. En cambio, Australia – en concreto la ciudad de Sydney – nos es mostrada a través de la mirada de Ravi, el refugiado esrilanqués alrededor de cuya vida se conforma el segundo eje argumental de Questions of Travel. Con más de quinientas páginas, podría argüirse que es una narración propensa a la parsimonia; pero tanto la alternancia entre ambas vidas como la observación sutil y aguda presente en la rica (a ratos muy poética) prosa de De Kretser no lastran la lectura de forma excesiva.

Los efectos en la persona que acarrea todo viaje (en términos de desplazamiento no solamente de nuestro entorno familiar sino también de nuestro ser cotidiano) son el objeto de estudio para De Kretser, quien describía en una reciente entrevista concedida a la vertiente australiana del diario The Guardian una característica de su propia personalidad que reproduce en muchos de sus personajes: “Soy una coleccionista empedernida de… objetos [que se han] despegado de sus orígenes de consumo masivo y [a los que se les] ha otorgado el poder de un talismán para evocar momentos históricos o del pasado propio.”

Pero Questions of Travel también indaga en otro tipo de desplazamiento, el de la huida del terror y del trauma, el del desarraigo. Este es un tema muy actual y candente en la actualidad australiana, donde a los que llegan en barcos pesqueros cochambrosos (cuando consiguen llegar o son interceptados – muchos naufragan en mitad del océano) se les encierra en campos de internamiento localizados en el exterior de Australia (Papúa Nueva Guinea, Nauru). Una política adoptada por el ultraconservador John Howard, quien no sale muy bien parado en la novela: “Mirando algunas imágenes de los Juegos Olímpicos de Sydney, Laura vio a australianos que, reunidos en torno a una pantalla gigante, abucheaban de forma espontánea a su primer ministro, quien con su sonrisa de rata amenazaba a un nadador victorioso” (p. 234).

Una novela que abarca cuatro décadas tiene por fuerza que incluir observaciones sobre la transformación que la tecnología ha tenido en nuestras vidas. He aquí una cita curiosa, muy perspicaz, sobre el proceso de la escritura en ordenador a principios de los 90: “En Londres la noche se hacía más profunda, y Laura trabajaba en su historia para Meera Bryden. Todavía sentía entusiasmo ante la facilidad de escribir en una pantalla – los patinadores debían estar familiarizados con ese veloz descender y deslizarse. Pero a medida que su trabajo cobraba forma, su entusiasmo menguaba. El borrado de errores, de las primeras ideas, de alternativas, sin que quedara huella de ellas, enmascaraba ese trabajo falible que el papel preservaba. Para cuando terminó de escribir, ya no se fiaba de sus palabras procesadas. Inmaculadas pero sin frescura, le hicieron pensar en manzanas de supermercado” (p. 144-5).

Questions of Travel es una novela ambiciosa tanto por su estructura de narración fragmentaria (como parecen dictar ciertos cánones muy actuales) como por la temática de identidades rotas en un mundo globalizado e interconectado por el transporte y la tecnología. La semana pasada fue galardonada con el Premio Miles Franklin de 2013, el más prestigioso premio de narrativa de la literatura australiana. Es un libro absolutamente recomendable, pero me quedan muchas dudas de que vea la luz traducido al castellano en los próximos meses.

20 jun. 2013

Three versions of insomnia

Goya, Capricho #43
Воспоминание
А.С. Пушкин (Mосква 1799 - Санкт-Петербург, 1837)

Когда для смертного умолкнет шумный день,
         И на немые стогны града
Полупрозрачная наляжет ночи тень
         И сон, дневных трудов награда,
В то время для меня влачатся в тишине
         Часы томительного бденья:
В бесдействии ночном живей горят во мне
         Змеи сердечной угрызенья;
Мечты кипят, в уме подавленном тоской,
         Теснится тяжких дум избыток;
Воспоминание безмолвно предо мной
         Свой длинный развивает свиток;
И с отвращением читая жизнь мою,
         Я трепещу и проклинаю,
И горько жалуюсь, и горько слезы лью,
         Но строк печальных не смываю.

Remembrance
By A.S. Pushkin (Moscow, 1799 – Saint Petersburg, 1837)
Translated by A.Z. Foreman

When din of day for mortals softly ends
         And onto the mute city squares
The thin penumbra of the night descends
         With slumber, balm of daylong cares,
Then, in the still for me the hours wring
         Exhausting wakeful pains anew.
Searing in blank of night, the serpent's sting
         Venoms my heart with acid rue.
Black fancies seethe. An overflow of thought
         Aghast, builds in the angst-strained soul;
Remembrance wordlessly and out of naught
         Unwinds its long unholy scroll.
Then reading with disgust the writ of years
         I tremble, damn my every day,
Bawl bitter plaints, and bitterly shed tears
         But wipe not one sad line away.
(Thanks to Pat McGowan)

Insomnia, de Jorge Cadavid (Pamplona, 1962)
Published in Letras Libres.
El insomnio no tiene objeto ni sujeto, sino algo que tiene que ver con la conciencia que trabaja durante él. Es la angustia, la vigilancia. La mente se concentra y se reconoce en un punto eterno. Es la leche negra de la cabra nocturna de la que habla Rilke. El insomnio: conciencia de lo infinito que no termina jamás. Vigilia anónima. No soy yo quien vigila la noche; es la propia noche la que vela con los ojos abiertos.

Insomnia by Jorge Cadavid (Pamplona, 1962)
Translated by Jorge Salavert

Insomnia has neither an object nor a subject, but rather something that has to do with the awareness at work throughout. It is the agony, the watchfulness. Your mind focuses, acknowledging itself at an eternal point. It is the nocturnal goat’s black milk Rilke talked about. Insomnia: an awareness of the never-ending infinite. Anonymous wakefulness. It is not me who watches the night; it is night itself that stays awake, wide-eyed.

Sleepless, by Jorge Salavert (València, 1964)
First published in Hypallage.

Where will this insomnia take us tonight?
Will it show as lithe shadow, or as shade
of memories forgotten? As a tide
of seas uncharted, while city lights fade?

Even darkness does have something to hide.
Our fears, our dread, are always custom-made;
wakefulness unearths it all, the flight
and the vain search, the words we left unsaid.

Even if we had no sadness to behold,
there would be sufficient sleepless moments
to write, if not a book, at least an old

sonnet, or a song, lines for a poem,
words from pure grief, to treasure more than gold…
till the time we’re no more, when it all ends.

19 jun. 2013

Reseña: Burnt Shadows, de Kamila Shamsie

Kamila Shamsie, Burnt Shadows (Londres: Bloomsbury, 2009). 363 páginas.

Tras haberla visto por primera vez en algún documental de la 2 cuando era un jovenzuelo imberbe, me quedó firmemente grabada durante muchos años la imagen del primer ataque mediante la explosión de una bomba atómica en la ciudad de Hiroshima. Hubo un segundo ataque tres días después. Creo que es innegable que el empleo de la bomba atómica en un conflicto mundial ha marcado para siempre la imaginación de los que nacimos o crecimos durante la Guerra Fría. La destrucción del planeta fue (y sigue siendo, aunque nos pese) una amenaza real y terrible.

En Burnt Shadows, la autora paquistaní Kamila Shamsie narra las vidas de varias generaciones de dos familias a quienes las circunstancias históricas unen y separan a lo largo de casi sesenta años. La novela se inicia en la ciudad de Nagasaki el día 9 de agosto de 1945, cuando una joven llamada Hiroko Tanaka se despide de su novio alemán, un gentil y estudioso artista exiliado llamado Konrad, que acaba de pedirle que se case con él. Embelesada, abre el viejo arcón de su difunta madre y saca un hermoso quimono adornado con dibujos de pájaros que surcan el cielo. En ese instante, nos dice la narradora, “el mundo se vuelve blanco”. Shamsie describe conmovedora pero oportunamente la aniquilación total de la ciudad (véase la foto más abajo); pero son las marcas  que quedan grabadas para siempre en la piel de Hiroko – las sombras de los pájaros del quimono que llevaba puesto – las que más impresión nos causan.
Dividida en cuatro partes ordenadas de forma cronológica, Burnt Shadows lleva al lector desde Nagasaki a Delhi en el Indostán anterior a la Partición y momentáneamente a Estambul, desde donde el argumento nos sitúa en Karachi, Islamabad y la frontera de Paquistán con Afganistán, con el trasfondo de la ocupación soviética que fue prólogo de la desintegración de la URSS, en el decenio de 1980. En la última parte, la acción (y hay mucha acción en este tramo final de la novela) alterna entre Nueva York y Afganistán, con un inesperado desenlace en las afueras de la ciudad canadiense de Montreal.

Precediendo a estas cuatro partes hay un brevísimo prólogo en el cual se nos describe la llegada de un prisionero al ya infame Gitmo en la base de Guantánamo. El personaje anónimo, a quien le han obligado a desnudarse una vez encerrado en su celda, se pregunta “¿Cómo pudieron las cosas llegar a este extremo?”.

Burnt Shadows es una sólida narración, a pesar de la enorme amplitud temporal y espacial que busca cubrir la autora con la novela. Puede argumentarse que muchos personajes (por muy secundarios que sean, es necesario que parezcan humanos y resulten creíbles) quedan un poco desdibujados debido a la celeridad con que Shamsie los hace pasar por la historia que cuenta. Y sin embargo, el efecto total de la narración de Shamsie es altamente eficaz, no obstante su complejidad, y la historia cuenta con el suficiente aliciente como para hacer progresar al lector hasta su conclusión.

Interesantes son asimismo los contrastes que Shamsie crea y realza, atando ciertos hilos históricos que en teoría podrían suponerse inconexos. Así, la endeble relación de los Burton en Delhi (símbolo añadido del declive del imperio británico) se contrapone a la de Hiroko y Sajjad, quienes en contra de todas las opiniones y pese a las vastas diferencias culturales, se casan, desafiando la presión colonial y las convenciones culturales imperantes. Los Burton les convencen para que vayan a Estambul en su viaje de luna de miel y eviten así la violencia que la Partición iba a causar en Delhi. Cuando meses después tratan de regresar a la India independiente, a Sajjad, musulmán, se le han cerrado las puertas de la que creía su patria. Karachi se convierte en la nueva morada para ellos, y al cabo de los años nacerá Raza, un muchacho que no podrá pasar desapercibido en Paquistán.

Uno de los principales temas subyacentes en Burnt Shadows es el del sentimiento o la percepción de la identidad propia por parte de las personas. Mientras Hiroko, traumatizada por la explosión nuclear que mata a su padre y a Konrad y casi la mata a ella también, mantiene una personalidad sólida a través de los años y en los múltiples lugares donde el destino la lleva a vivir, su hijo Raza, talentoso políglota, hace del disfraz un hábito. Si bien en un principio ese ávido apetito de vestir un disfraz le reporta una extraordinaria aventura de la que sale indemne, cuando lo adopta en su profesión las consecuencias pueden ser imprevisibles en un escenario bélico como Kandahar, adonde acude de la mano de Harry Burton, el hijo de James y Elizabeth Burton, que había crecido con Sajjad en la vieja Delhi de la época imperial.

La identidad, como muy bien sabe todo emigrante, es algo cambiante y variable: son los entes administrativos los que catalogan y categorizan a las personas; la ignorancia, la mala fe de los políticos y los prejuicios luego hacen el resto.

Una de las preguntas recurrentes en Burnt Shadows gira en torno a la necesidad real de la destrucción de Nagasaki. Habiendo visto las consecuencias de una explosión nuclear en una ciudad, el presidente Truman decidió lanzar un segundo ataque. ¿Por qué? ¿Repetir la barbarie indiscriminada, justificaba el final acelerado de la guerra? Shamsie teje unos lazos sutiles, hábilmente sugeridos pero no explicitados, entre la matanza de Nagasaki y la matanza del 11 de septiembre en Nueva York. Entre esos dos sucesos de crueldad y degradación de la humanidad, el número de guerras indirectas o directas en las que han tomado parte los EE.UU. supera fácilmente el medio centenar. Algo huele mal en todo esto.

Burnt Shadows ha sido ya publicada en castellano por Salamandra, con el título de Sombras quemadas, y traducida por Victoria Malet Perdigó.

13 jun. 2013

Bonito. Yo soy aquel. J. G. Cozzolino


Estos días andaba leyendo en los ratos muertos (¿por qué los ratos muertos se disfrutan tanto? ¿Será síntoma de algo?) este librito de mi amigo Javier Cozzolino. A Javier hace tiempo que lo sigo a través de su blog Sin Pastillas (el enlace está ahí a la derecha nomás). Es cierto que a Javier no lo conozco en persona, pero de tanto tiempo que llevo leyendo su blog, pienso que ya lo conozco mejor que a muchas otras personas a las que veo casi todos los días.

No siempre estoy de acuerdo con lo que escribe Javier en su blog. Por ejemplo, sus creencias religiosas. Y eso qué más da. En su blog ha escrito cosas estupendas, y solo por eso ya le estoy agradecido. Ya quisiera yo tener la mitad de la energía creativa que tiene Javier.

El caso es que estuve leyendo Bonito. Yo soy aquel. Y me gustó: me reí muchísimo con el viaje de Leonardo Höss a Hawai'i, en busca de una chica con la que estableció contacto a través de un chat desde Buenos Aires. Cuando llega a Honolulú (siempre me ha gustado más Lulú que Hono), la chica le cierra la puerta de su casa en las narices. Así que se va de vacaciones a un hotel, a masacrar la Amex de su hermano, Mái Bráder, cuyo miembro viril recibe el 'cariñoso' apelativo de Führer.
"Estaba bárbaro el hotel. Pasé ahí una semana metido, almorzando, cenando y practicando otros gerundios con tristeza superior".
En fin, pues lo dicho. Si te atrae, pasate por Sin Pastillas y compralo nomás. Es mejor que las Cincuenta sombras de Grey, de eso estoy total, completa, absolutamente seguro.

10 jun. 2013

Reseña: Behind the Beautiful Forevers, de Katherine Boo

Katherine Boo, Behind the Beautiful Forevers (Brunswick: Scribe, 2012). 256 páginas.

En la extensa nota de la autora que sigue a este impresionante libro, Katherine Boo hace la siguiente reflexión: “En lugares donde las prioridades gubernamentales y los imperativos de los mercados crean un mundo tan antojadizo que ayudar a un vecino significa poner en riesgo tu capacidad para alimentar a la familia, y a veces incluso tu propia libertad, la idea de la comunidad pobre que se proporciona apoyo de forma recíproca queda demolida. Los pobres se echan unos a otros la culpa por las decisiones que toman los gobiernos y los mercados, y nosotros, los que no somos pobres, estamos dispuestos a echarles la culpa a los pobres con la misma dureza.”

Behind the Beautiful Forevers, el primer libro de Katherine Boo, es un reportaje basado en las vivencias de la autora a lo largo de varios años en diferentes barrios bajos o colonias míseras de la gran ciudad india de Mumbai, y especialmente en un barrio (actualmente demolido) llamado Annawadi. No se trata pues de una obra de ficción, y en parte radica en esa característica su enorme impacto.

La crónica se inicia in medias res: “Se echaba la noche, la mujer con una sola pierna estaba gravemente quemada, y la policía de Mumbai venía en busca de Abdul y su familia. En la choza de la villa miseria adyacente al aeropuerto, los padres de Abdul alcanzaron una decisión con una poco acostumbrada economía de palabras. El padre, un hombre enfermo, esperaría en el exterior de la casucha de techo de lata llena de desperdicios desparramados en la que residía la familia. Se marcharía sin hacer ruido cuando lo arrestasen. Abdul, que era la fuente de ingresos de la familia, era el que tenía que huir.”

La historia se centra en ese barrio, Annawadi, y principalmente en tres familias distintas, dos musulmanas y una hindú. El joven Abdul (de quien nadie sabe a ciencia cierta su edad) se dedica a la compraventa de basura para reciclaje; la vecina, una mujer tullida llamada Fátima o La Coja, les tiene inquina porque han logrado cierta estabilidad económica, y malvive vendiendo su cuerpo, para deshonra del marido, un hombre enfermo y anciano.
Una vista de Mumbai
La tercera familia es la de Asha, una mujer madura y ambiciosa que constantemente busca hacer chanchullos con políticos menores, oficiales de policía y pequeños delincuentes. Su mayor ambición es entrar en política y convertirse en jefa oficiosa del barrio. Su hija Manju ejerce de maestra mientras trata de completar su educación y llegar a ser la primera residente del barrio en obtener un título universitario.

En la cama del hospital, del que saldrá en un ataúd, Fátima acusa a Abdul, a su padre y a su hermana mayor de haberle propinado una paliza y de haberle incitado a su autoinmolación. La narración sigue el proceso judicial – con elementos verdaderamente esperpénticos, ríete tú del caso Gürtel.

Boo nos hace acompañar a numerosos personajes del mísero poblado a la sombra del aeropuerto y de los lujosos hoteles de cinco estrellas cercanos. Behind the Beautiful Forevers tiene un planteamiento totalmente diferente de la ficción de Aravind Adiga en The White Tiger; el título de este turbador relato hace referencia a las vallas publicitarias que ocultan la miseria y las improvisadas viviendas a las miradas de los turistas que llegan a Mumbai. Son enormes vallas que anuncian baldosas de estilo italiano (podrían ser de Porcelanosa o de Pamesa, por ejemplo), y que vanidosamente prometen belleza permanente: BEAUTIFUL FOREVER.
Viviendas SIN protección oficial
Boo se ausenta de la historia, paradójicamente a través de una voz narradora omnisciente, lo que convierte esta crónica, al menos formalmente, en una novela. Y lo hace sin fisuras. La moraleja viene a ser que la pobreza reduce la posibilidad de alcanzar no solo una felicidad – mayormente basada en los estándares occidentales – sino también una cualidad moral, pues la miseria les obliga a moverse dentro de un sistema tan corrompido que para sobrevivir en él es necesario corromperse.

La única pega que le puedo poner a Katherine Boo es el uso equivocado de la palabra traductor. En la nota posterior al relato, la autora agradece la ayuda de tres traductores en sus entrevistas con los habitantes de los barrios bajos (que obviamente no dominan el inglés). Se debe tratar, obviamente, de intérpretes.


La autora de Behind the Beautiful Forevers recibió el Premio Pulitzer hace varios años. Es una periodista consumada, habitual en una de mis revistas favoritas, The New Yorker, y a lo largo de todo el relato demuestra tener un estupendo ojo para capturar detalles y extraer conclusiones sin explicitarlas. El mundo de la corrupción en la India queda expuesto con una naturalidad sorprendente. Quizá debería alguien invitarla a que se pasara unos meses en mi muy maltrecho País Valencià, a ver qué descubría.

7 jun. 2013

Yunupingu, un gran Yolngu


Dots on the Shell salió por primera vez en formato de CD sencillo en 1994. Un tema maravilloso que combina la lengua yolngu y el inglés, formó parte de los primeros meses de mi vida en Australia. Este videoclip solía aparecer en la cadena SBS como relleno entre programas.

M. Yunupingu murió hace unos días, a los 56 años. Murió de una enfermedad renal, un tipo de enfermedad que entre la población en general habría recibido tratamiento desde un principio, lo cual habría alargado su vida considerablemente.

Hay dos Australias. Todavía hay dos Australias. Todavía hay una enorme diferencia cualitativa y cuantitativa entre la atención sanitaria que reciben los australianos urbanos y la que reciben los indígenas australianos. Y esa diferencia se extiende a todos los ámbitos de la vida diaria: educación, infraestructuras, servicios…

Siempre nos quedará su sonrisa, cuando arroja la lanza en el mar de Arafura, en el norte, en la tierra de su gente, yolngu.

6 jun. 2013

Reseña: Madness, a Memoir, de Kate Richards

Kate Richards: Madness: A Memoir (Melbourne: Penguin, 2013). 276 páginas.

Las estadísticas indican que en Australia hay una altísima incidencia de jóvenes que intentan suicidarse. A grandes rasgos, son más los varones que las mujeres, y el perfil generalizado del joven suicida sería el de un chico entre 20 y 25 años, residente en una zona rural. Otros datos señalan que el suicidio es la segunda causa de muerte más frecuente de los jóvenes, por detrás de los accidentes automovilísticos.

Las enfermedades mentales llevan asociadas un estigma social muy difícil de superar o de ignorar. Por eso resulta extraordinario poder apreciar el testimonio vital, franco, honesto y desgarrador de una persona que ha sobrevivido a la pavorosa experiencia de padecer una gravísima enfermedad mental y que, sacando fuerzas de donde probablemente no las había, se ha enfrentado a ese pasado oscuro y amenazador, y lo ha puesto por escrito, en primera persona, sin escatimar detalles ni subvertir la verdad.

Madness: A Memoir es el relato de la depresión y psicosis de una mujer australiana, Kate Richards. El relato abarca quince años, desde la adolescencia, cuando Richards comenzó a desarrollar los primeros síntomas de los trastornos e inestabilidades que la conducirían a lo que comúnmente se denomina locura.

Las enfermedades mentales tienen su origen en desequilibrios químicos en el cerebro, que causan alteraciones en la percepción y en el comportamiento de las personas. Uno de los aspectos más valiosos de este relato es el hecho de que Richards es licenciada en medicina, y sabe por lo tanto de qué está hablando cuando describe los efectos de ciertos tratamientos o las consecuencias que la abrupta privación de una sustancia puede tener sobre la persona que padece una enfermedad mental.

El libro de Richards comienza con un espeluznante episodio psicótico de autolesiones: Richards acude al hospital tras haberse intentado cortar el brazo, tal como le ordenaban las voces en su cerebro que le conminaban a matarse. Es un inicio brutal, con lo cual el lector sabe que las siguientes doscientas cincuenta páginas no van a ser fáciles de digerir. Quince años de lucha contra una enfermedad no pueden resumirse en dos párrafos, y más cuando los diferentes episodios psicóticos conllevan diferentes consecuencias. La descripción del tratamiento de terapia electroconvulsiva que recibe es tremenda.

No hay en la narración ningún atisbo de exageración ni de eufemismo: es algo que se agradece. Ya son excesivamente abundantes los eufemismos y las versiones light de la vida que nos ofrece Hollywood. Otro apunte que, en mi opinión, otorga un grado extra de autenticidad al libro es la inclusión de notas manuscritas que Richards tomó en diferentes momentos, y que por alguna razón conservó.

Richards no es solamente experta en medicina; es también ávida lectora de poesía y novela, además de aficionada a la música, tanto clásica como contemporánea. El libro está salpicado de referencias a poemas, obras literarias, pinturas, obras musicales, conciertos. De todas ellas, me quedo con esta breve descripción de una de las novelas que más profundamente me han marcado como persona, Beloved de Toni Morrison, que algún día no muy lejano debo volver a leer. En el transcurso de una conversación con uno de los muchos psiquiatras que la trataron, dice Richards de Beloved: “Es uno de los mejores estudios psicológicos de las relaciones familiares jamás escritos, independientemente de su contexto cultural. Todas las almas del mundo están aquí dentro” (p. 242), dice mientras le muestra el libro al psiquiatra.

Un libro como pocos, Madness: A Memoir deja, a pesar de las espeluznantes experiencias por las que pasó su autora, muy buenas sensaciones: Richards consiguió por fin dominar la parte de su mente que estaba enferma, logró vencer la tiranía de la otra parte que quería destruirla. Que haya tenido las agallas de ponerlo por escrito y compartirlo con los demás merece encomio y crédito. Un libro totalmente recomendable, en mi caso ha sido un viraje de la ficción lleno de sentido; todo lector medianamente exigente podrá sacarle mucho a este libro.

Cabe también mencionar el diseño de la portada, hecho con muy buen gusto por Allison Colpoys. Fíjate en los colmillos…

2 jun. 2013

Reseña: Portnoy's Complaint, de Philip Roth

Philip Roth, Portnoy's Complaint (Londres: Vintage, 2005 [1969]). 274 páginas.

Quizás uno de los factores que mejor pueda describir la grandeza de una obra literaria es su perdurabilidad; si, transcurridos unos treinta años o más, persisten el reclamo y el interés inicial que despertó en el  momento de su publicación, si la obra aguanta el paso de los años no solamente con entereza sino con brillantez. Es de estas obras que se forma el elenco de los clásicos, y son pocos los llamados a formar parte de él. Además, y para nuestro pesar o nuestro alivio, según corresponda, no estaremos aquí cuando el paso del tiempo sepulte a muchas creaciones contemporáneas en el olvido.

Cuando se publicó Portnoy’s Complaint, de Philip Roth, yo estaba aprendiendo a leer. La leo ahora en 2013 por vez primera. Es un libro raro, ciertamente mordaz, aunque en ocasiones resulte también un poco monótono. Me ha parecido mucho más atractiva y relevante la fórmula que emplea Roth para dar voz a su personaje (a través de las varias sesiones de psicoanálisis en las que Alex Portnoy le habla al Doctor Spielvogel) que el tema de sus divagaciones. Encuentro por tanto más sustancia en la forma que en el contenido.

¿Por qué escogí leer ahora esta novela de Roth? La razón podría resultarte al menos curiosa: por casualidad descubrí que Portnoy’s Complaint estuvo oficialmente prohibida en Australia durante un tiempo, concretamente desde su publicación en 1969, cuando la National Literature Board of Review declaró ilícita su importación, hasta 1971. La editorial Penguin hizo frente a la censura oficial al hacer una edición propia en Australia al año siguiente. Mediante una hábil maniobra, los editores consiguieron eludir a la policía. El caso fue llevado a los tribunales, que finalmente desestimaron la denuncia contra la librería Angus & Robertson, a la que habían requisado cerca de 800 ejemplares. Un año después, el gobierno federal levantó su prohibición.
Documento que recomienda la prohibición de Portnoy’s Complaint. National Literary Board of Review, 3 de mayo de 1969. NAA: A425, 72/4378.
El señor Chipman aducía en el último párrafo que “El libro es obsceno y su mérito literario no es suficiente como para justificar su publicación. Va más allá de lo que resulta aceptable en esta comunidad, y recomiendo que se prohíba en tanto que es inapropiado para su distribución en Australia.” Me pregunto qué diría el Sr. Chipman si lo encontrase en la Biblioteca Pública de Gungahlin, de la cual he sacado la copia que he leído.

Al igual que evolucionan los criterios morales de los que se atribuyen la potestad de juzgar la idoneidad o la aparente insolencia que puede expresar un libro, los gustos literarios se transforman, reflejando las mores de cada época y sociedad. Portnoy’s Complaint fue sin duda un libro que hizo añicos algunos tabúes en su época. Es una excelente sátira, en la que predomina un tono de amargura, en una narración-confesión que igual pasa de lo cáustico a lo nostálgico, de la grotesca anécdota doméstica a explícitas fantasías sexuales del joven Portnoy.


Aunque la sátira sea abundante y provoque la risa del lector, Roth sin embargo no hace de la ironía una herramienta patente en el libro – le corresponde al lector leer entre líneas. Quizás sea en este detalle sobre el que se pueda aventurar con más fundamento que Portnoy’s Complaint continúe siendo una obra actual. No tanto, en cambio, su tema: dudo que las obsesiones sexuales y las inseguridades durante la infancia y adolescencia de un joven judío en la posguerra en un entorno familiar asfixiante y represivo en la costa este de los EE.UU. sigan siendo tema de tan fuerte interés.

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