22 dic. 2016

Reseña: The Server, de Tim Parks

Tim Parks, The Server (Londres: Harvill Secker, 2012). 278 páginas.
De todas las religiones a las que he estado expuesto en mayor o menor medida, o que me hayan picado la curiosidad en algún momento, quizás sea el budismo la que reúne más méritos. No son, en cualquier caso, suficientes para disuadirme de mi ateísmo militante. En todo caso, vaya por delante que la lectura de The Server no ha dado lugar a cambio alguno en la posición que mantengo.

Veamos. ¿Qué demonios hace durante más de ocho meses Beth Marriot en un retiro budista en la campiña inglesa? Beth es la cantante de un grupo de rock, Pocus, que mantenía dos rollos paralelos, uno con el guitarrista del grupo y otro con un pintor que la dobla en años; además, en ocasiones Beth experimentaba también con la bajista del grupo, cabe suponer que con el mero fin de pasar el tiempo de manera algo diferente. ¿Quién sabe?

Tras su primera estancia de diez días, Beth decidió seguir en el Dasgupta Institute como voluntaria. Han pasado ya casi nueve meses, nos dice, y continúa enfrascada en la rutina de preparación de las comidas vegetarianas, la limpieza de baños y la meditación que se inicia todas las mañanas a las 4. Pero empieza a estar un poco harta.

El sexo está prohibido en el Dasgupta Institute. No solo el sexo: todo contacto físico, la carne, el tabaco, el alcohol, el teléfono móvil (¡qué horror!, dice con sarcasmo un servidor, que ni siquiera es propietario de uno de esos cachivaches) e incluso las conversaciones con los meditadores. Hombres y mujeres están segregados a todas horas (excepto en el caso de los sirvientes, como la del título). Se come dos veces al día (desayuno y almuerzo), se medita mucho y se pasa mucho tiempo en solitario. Unas vacaciones ideales, vamos.

Sea lo que sea lo que ha llevado a Beth a esconderse en el Dasgupta, lo cierto es que uno no puede desembarazarse de su pasado, como si se tratase de un jersey viejo y maltrecho. No es tan fácil, ¿verdad?

Pero los que llevan las riendas del retiro budista están empezando a emitir señales de que ha llegado la hora de que Beth abandone su escondrijo. La propia Beth está quebrantando algunas pequeñas reglas y rebasando los límites del debido decoro en un lugar de recogimiento y entrega a la meditación.

El problema es que, en realidad, Beth no es más que una niñata que busca llamar la atención; una jovencita inglesa vacua y caprichosa, y los esfuerzos de Parks por dotarla de algo de personalidad no son suficientes para rescatar esta novela, la cual, en cualquier caso, es ambiciosa.

Lo es, porque Parks, un escritor muy capaz, como ya me demostró en Destiny, escoge la forma del monólogo para contar esta historia. Sus observaciones sobre los usos y costumbres que reinan en el Dasgupta son acertadamente irónicas. Pero como narradora, la voz de Beth se hace fatigosa con el paso de las páginas: la reiteración de la repetición como recurso estilístico, los predecibles juegos de palabras, las bromas facilonas, etc.

Si algo es eficiente, es sin duda el enorme embrollo mental que lleva esta atractiva (ojo, no se cansa de decírnoslo) muchacha en la cabeza. Hay además un juego narrativo añadido: Parks hace que Beth sustraiga el diario y una carta de uno de los meditadores; los comentarios que Beth hace sobre el hombre del diario y sus posteriores dimes y diretes añaden un poquito (poco, en verdad que no mucho) de aliciente a una trama que, por momentos, decae.

Hacia el final el diario que Beth está escribiendo (en realidad una escritura que ocurre casi dos años después, nos confiesa en el último capítulo) revela los detalles de los incidentes que la llevaron a ocultarse de familia y amigos tras un accidente playero que la llevó al hospital y que terminó con un joven francés muerto. Para entonces, el lector puede haber confeccionado ya un retrato y un juicio de esta malcriada, egoísta y presuntuosa heroína, y descartar la resolución que propone Parks como harto inverosímil e innecesaria.

18 dic. 2016

Reseña: Dragonfish, de Vu Tran

Vu Tran, Dragonfish (Nueva York: W.W. Norton, 2015). 298 páginas.
El oficial de policía de Oakland, Robert Ruen, está sentado en el interior de su coche, vigilando el exterior de su casa. Ha estado recibiendo llamadas al teléfono de su casa en las que nadie dice nada. Silencio absoluto.

Entonces vi a un flaco chico asiático – un adolescente; pasó por delante del coche, se giró y se acercó a la ventanilla. Me sonrió y me hizo un ademán para que la bajara. No parecía llevar nada en las manos. Llevaba puesta una gorra de los Dodgers y una chaqueta azul, también de los Dodgers, que le venía grande y que llevaba abrochada hasta la garganta. Por su sonrisa parecía como si estuviera haciendo una pose para una cámara, y cuando se agachó para mirarme, no pude ver otra cosa que no fueran dientes.
Bajé un poco la ventanilla.
Qué tal, agente me dijo. Hace una buena tarde, ¿eh? Me pasó entonces una nota plegada a través de la rendija, y antes de que yo pudiera decirle nada, ya se había marchado a buen paso y había dado la vuelta a la esquina del edificio.
Reconocí el papel amarillo, el logotipo del Departamento de Policía de Oakland, arrancado del bloc que estaba en la mesa de la cocina. Las palabras estaban escritas con esmero en tinta roja. Hemos venido de Las Vegas. Deje el arma en el coche y venga al apartamento. Solo queremos hablar. Siga nuestras instrucciones, y nadie terminará lastimado. (p. 11, mi traducción)
Habían pasado unos dos años desde que Ruen se divorció de su esposa vietnamita, Suzy. Cuando a través de la mejor amiga de Suzy, Happy, Ruen se entera de que el nuevo marido de su exmujer, un hampón vietnamita afincado en Las Vegas llamado Sonny, le ha propinado una paliza y la ha lanzado escaleras abajo en su casa, Robert acude a Las Vegas dispuesto a darle su merecido. Y en cierto modo, lo hace. ¿Han venido a ajustar cuentas con él?

Hay que dejar claro, sin embargo, que Dragonfish no es la típica novela de detectives. Ni siquiera se puede catalogar como tal. Tran recurre al género detectivesco para ayudarse a bosquejar un estudio de la emigración, particularmente la vietnamita, a los Estados Unidos tras esa guerra que los vietnamitas llaman la Guerra Americana, y que curiosamente el resto del mundo conoce como la Guerra de Vietnam.

The small dragonfish is an endangered species. Photograph by Hans Hillewaert.
Y lo cierto es que, en su trabajo como autor debutante (es su primera novela) su desempeño es más que notable. Con dos narradores diferentes, Vu Tran traza una historia repleta de interrogantes desde el principio.

Los hampones llegados desde Las Vegas han venido a buscar a Robert porque Suzy ha desaparecido. Para su exmarido, eso no supone ninguna noticia. Era algo que Suzy (Hong es su nombre vietnamita) ya había hecho en numerosas ocasiones mientras estuvieron casados. De manera que le ‘invitan’ a venirse con ellos a la ciudad de los casinos en mitad del desierto y le encomiendan la misión de encontrarla. Para ello, le reservan habitación en el Hotel Coronado (usando su propia tarjeta de crédito; pero qué amabilidad tienen estos matones), justo en una habitación contigua a la que Suzy ha estado reservando todos los miércoles en las últimas semanas; curiosamente, es un hotel al que Sonny y su hijo tienen vetado el acceso.

En esa habitación encontrará no a Suzy, sino a su hija Mai, de cuya existencia Robert no sabía absolutamente nada. Y una maleta llena de 100.000 dólares. ¿De verdad extraña tanto Sonny a su mujer, o es el dinero lo que echa en falta? ¿Sabe quizás Sonny que Mai está viva, no muerta como Hong le había dicho?

La parte detectivesca tiene como narrador a Robert, que actúa más como observador que como personaje desarrollado plenamente. La segunda narración, también en primera persona, es la historia de la emigración de Hong después de la guerra, y Tran la intercala en la trama de la novela de forma bastante experta, sin apenas fisuras.

Hong cuenta su pasado en una especie de diario (que Tran nos presenta en inglés): el porqué de su huida de Vietnam, la captura de su joven marido por el Vietcong y su posterior traslado a un campo de reeducación, en el que le someten durante varios años a maltratos y donde contraerá una enfermedad incurable; la escapada de madre e hija en un abarrotado barco pesquero (escenario recreado también hace unos años por Nam Le en ‘The Boat’), los episodios dramáticos que ambas vivirán en el barco, y finalmente su llegada a una isla malasia donde conocerá a Sonny en el campamento de refugiados. El diario cuenta también traslado de madre e hija a Los Ángeles, donde vivirán con los familiares de su marido ya difunto, y por último su huida, abandonando a Mai sin dar explicación alguna.

Mai dirigió otra vez la mirada hacia la aguja del Stratosphere, y siguió la sombra del cuerpo en su caída junto a los muros blancos de la torre. Estaba jugando con una ficha azul del casino, volteándola a ciegas sobre los nudillos de su mano derecha, de modo que pareciera que se movía sola. “Aquí hay más suicidios que en ninguna otra parte de América”, reflexionó en voz alta. “He oído que muchas camareras de hotel se encuentran huéspedes muertos en las habitaciones todo el tiempo. En la cama, en el baño, hasta sentados en el aseo.” (p. 182, mi traducción). Fotografía de Grombo.
El trauma de la emigración forzosa, el trauma de la pérdida de los seres amados, el trauma de la adaptación a una tierra extraña cuya lengua no dominaba. Son los elementos temáticos realmente esenciales en Dragonfish. Tran se asegura además de presentarnos a Sonny también como alguien damnificado por la diáspora. Del diario de Suzy transcrito en la novela resulta evidente que ella no busca utilizar a las personas; lo que le resulta imposible es conectar con los demás, ni siquiera con su propia hija.

Escrita en una prosa limpia y fluida, con sucintas descripciones, Dragonfish cumple con los requisitos de la novela de misterio, pero además aporta una visión muy realista de personas descolocadas, desplazadas de su mundo e incapaces de encontrar su pequeño nicho en otro país. Tran mantiene el nivel de misterio hasta el final (con varias muertes y otras sorpresas incluidas). Y, de hecho, no nos proporciona una resolución completa. Lo cual se agradece.

Eran las 7:45 y estábamos a pocas manzanas del Stratosphere, pero cuanto más nos acercábamos al bulevar, peor se ponía el tráfico. Un embotellamiento de cuatro carriles, las limusinas y los taxis impacientes cambiando de carril constantemente, y los carteles móviles de bailarinas casi desnudas que iban desfilando junto a nosotros como si se tratara de un peepshow ambulante. Uno de cada dos coches tenía matrícula de California, lo que me hacía preocuparme más todavía por poder mandar a Mai fuera de la ciudad lo antes posible.” (p. 246, mi traducción). Fotografía de Mike Russell.
¿Quién no te asegura que, en tu próxima visita a Las Vegas, te encuentres no solo al rey Elvis (como aseguraba uno de los personajes de Pynchon en Inherent Vice) sino también a Suzy/Hong?

14 dic. 2016

Reseña: Vive como puedas, de Joaquín Berges

Joaquín Berges, Vive como puedas (Barcelona: Tusquets, 2011). 296 páginas.
Luis es ingeniero, tiene 43 años y vive en una pequeña ciudad indeterminada de España. Su hobby secreto es la escritura de guiones para comedias situacionales. Un tiempo después de divorciarse de Carmen, la mujer que atrapó su corazón por primera vez, se casó con Sandra. Ahora tiene en total cuatro hijos: dos con Carmen (Cris y Álex) y dos con Sandra (Valle del Indo y Everest del Himalaya – la primera es la hija de Sandra con un hippie ya difunto, el segundo es de Luis y Sandra).

Berges comienza su divertida novela de enredos con el diario de Luis. ¿Por qué ha decidido éste iniciar un diario de pronto? Posiblemente porque es el tipo de artificio que necesita el autor para hilvanar la enrevesada trama. Este diario cuenta sin embargo con una segunda voz que ejerce de sarcástica comentarista, entre paréntesis, la cual, bien pronto queda claro, es su mujer Sandra. El diario nos sirve para desentrañar los pensamientos de Luis, quien en cuestión de meses parece abocado a arruinar su vida, y todo porque, en realidad, no se siente feliz.

Vive como puedas está escrita con dos voces narrativas. Por un lado, está el diario; por el otro, un narrador omnisciente que sigue a Luis y reproduce acertados diálogos, muy dinámicos y realistas. Sospecho que Berges ha escrito una historia que quedaría muy bien plasmada en un largometraje, en la típica comedia enrevesada que tanto éxito suele tener en España.

Que Luis es un personaje excéntrico quizás no haga falta decirlo. Si en la segunda página de la novela nos confiesa que odia los espejos, no es nada difícil darse cuenta con el transcurrir de sus peripecias que lo que le pasa, al fin y al cabo, es que sufre una fuerte falta de autoestima.

Además de los diálogos, que ciertamente destacan por la chispa que ofrecen, lo mejor son los hilarantes episodios que cuenta Vive como puedas. Hay de todo: cuando Luis se bebe una taza de caldo para cenar y descubre por la mañana que era el mejunje tóxico que su hija Cris había preparado para ablandar una calavera para un trabajo académico en la Facultad de Medicina; cuando su madre se toma una pastilla de éxtasis creyendo que era una aspirina, que estaba en el bolsillo de la cazadora de Luis; los repetidos encuentros con un policía local a las puertas del colegio de Valle y Everest; un paseo por una playa nudista tras el que tanto él como sus dos hijos varones terminan con sus partes nobles torradas por el sol.

Para colmo (hay una corriente subterránea propensa a la hipérbole y la exageración en toda la novela), Luis se lía con la maestra de su hijo Everest, y tras una noche de pasión ella queda embarazada. Berges riza el rizo del enredo, y para cuando es necesario alcanzar un desenlace, éste resulta ser dramático. Nada había preparado al lector para una resolución que roza lo trágico.

El problema, al menos para mí, es que Berges persiste en darle un cariz histriónico a la historia incluso cuando ésta ha dado un brutal giro de 180 grados. La vida, como bien sabemos todos, es una tragicomedia, pero darle una dirección burlona al que era un desenlace infausto (al episodio de la persecución a los traficantes de éxtasis con la efectista aparición de las cenizas de la madre de Luis me refiero) desvirtúa el buen hacer anterior del autor.

Entretenida, divertida y muy exagerada en todos los aspectos. Pero dudo mucho que me apeteciera ver una versión llevada al celuloide.

10 dic. 2016

Reseña: Grant & I, de Robert Forster

Robert Forster, Grant & I. Inside and Outside The Go-Betweens (Australia: Penguin Random House, 2016). 339 páginas.
Hace la tira de años, un tema habitual de conversación entre amigos giraba en torno a cuál de los dos Beatles, Lennon o McCartney, era nuestro compositor favorito. Admito que, si en un principio las melodías de Paul me resultaron más pegadizas, a la hora de la verdad fue John el que ganó en esa competición inexistente.

La verdad es que lo mismo me podría haber ocurrido con The Go-Betweens, el grupo formado en Brisbane por Robert Forster y Grant McLennan a finales de la década de los años 70. Forster y McLennan fueron los dos compositores del grupo hasta la muerte del segundo en mayo de 2006. Dos tipos diferentes (uno alto, el otro bajo), dos personalidades bien distintas, dos formas de concebir la música, pero, tal como cuenta Forster en este libro, los dos compartieron una amistad a prueba de bomba.

Robert y Grant en Alemania. Fotografía de Barbara Mürdter.
Soy quizás (digo quizás porque las matemáticas nunca son perfectas en estos casos, pero las probabilidades son muy altas) la única persona que haya visto un concierto de The Go-Betweens en Valencia y en Canberra, con más de dos décadas de distancia entre ambos. Hubo otros dos conciertos (ambos acústicos) en Sydney antes de que se reformara el grupo como tal, y una hora de Grant McLennan en solitario con su guitarra, haciendo de telonero para una banda de ruido electrónico de finales de los 90 cuyo nombre no recuerdo, en un oscuro bar (un hotel, como los llamamos en Australia) del inner west de Sydney, en alguna parte de Parramatta Road.

Esta es, obviamente, la versión de Forster de la historia de The Go-Betweens. McLennan no podrá contar la suya, pero dudo que hubiera diferido mucho. Forster la narra con delectación, mucho humor y (es de asumir) grandes dosis de honestidad – puede que The Go-Betweens hayan sido el grupo de rock más infravalorado de la historia, y sin embargo, lo que queda muy claro con este libro es que sus dos fundadores supieron complementarse desde un principio.

Se conocieron en la universidad, en Brisbane. Estaban los dos matriculados en el mismo curso de literatura inglesa, y descubrieron que compartían gustos literarios y cinematográficos. Y todo lo que después sucedió bien podría no haber tenido lugar: “A principios de 1977 le pregunté a Grant si quería formar un grupo conmigo. ‘No’, fue su tajante respuesta.” (p. 86, mi traducción). Por fortuna, la siguiente vez que hablaron del tema, Grant aceptó. Ese mismo año formaron el grupo, y su primera actuación fue una pequeña revelación. Interpretaron ‘Karen’ ante una reducida audiencia que recibió el tema con entusiasmo.


“Un atento silencio se extendió por la sala cuando empezamos la canción, provocado por el ritmo hipnótico de su largo preámbulo; tuve la sensación de poseer una fuerza que no había conocido nunca en el momento de acercarme al micrófono para pronunciar las primeras frases: ‘I just want some affection/ I just want some affection/ I don’t want no hoochie-coochie mama/ No backdoor woman/ No Queen Street sex thing’.
Llevaba mucho tiempo esperando poder decir eso. Era esta la declaración de un veinteañero, un manifiesto antirockandroll en su rechazo a los clichés sexuales, con una referencia local, para más inri. Y seguía así: ‘Helps me find Hemingway/ Helps me find Genet/ Helps me find Brecht/ Helps me find Chandler/ Helps me find James Joyce/ She always makes the right choice’.” (p. 38, mi traducción)
Había nacido una pequeña leyenda, pero por aquel entonces ellos no lo sabían.

Naturalmente, el salto a Londres en la década de los 80 comprende una buena parte del libro. En una época en la que no existían las herramientas tecnológicas que hacen tan fácil la comunicación en 2016, marcharse a Londres a intentar abrirse camino en el dificilísimo mundo de la música joven de finales del siglo pasado fue toda una aventura. Los resultados fueron una de cal y otra de arena. Fue algo muy raro que no lograran ningún gran éxito que los encaramara a lo más alto de los superventas. La cuestión es: Sin dinero, ¿ya no hay rock and roll?

De los capítulos sobre sus años en Londres, se evidencia la insalvable dificultad de abrirse un camino fácil en el mundo del disco. Como tantísimos otros grupos, The Go-Between se pudieron ganar la vida con su música, y poco más. En algún momento llegaron a vivir en un squat londinense porque no podían pagarse un alquiler. La seguridad económica les fue esquiva, pero no creo que fuera por falta de grandes canciones. Desde ‘Cattle and Cane’ a ‘Streets of Your Town’, pasando por ‘Your Turn, My Turn’ o ‘Spring Rain', había calidad de sobra.
Cattle and Cane
Un momento particularmente significativo (obviamente memorable para Forster) se produjo cuando oyeron en el squat de Londres por primera vez su tema ‘Cattle and Cane’ en la radio de la BBC: “En nuestro improvisado dormitorio en una habitación detrás de la de las lesbianas, una mañana nos despertaron unos gritos: ‘¡Estáis en la radio! ¡Estáis en la radio!’ Acudimos a trompicones a la habitación frontal de la casa, donde pudimos oír cómo sonaba la parte final de ‘Cattle and Cane’ en el programa matinal de la BBC 1. ‘Hemos escuchado Cattle and Cane’, anunció una voz alborozada que yo no había oído nunca antes en relación con nuestra música, ‘de un grupo llamado The Go-Betweens. No sabemos nada en absoluto sobre ellos, pero nos parece que es un disco sencillamente ma-ra-vi-llo-so.’” (p. 120, mi traducción)

En la historia de The Go-Betweens que cuenta Forster son varios los hilos temáticos, entre ellos lo dificultoso que podía ser el génesis de una banda de rock como esta, la maduración de los jóvenes músicos hasta hacerse adultos y el peaje vital que pagaron en el camino (Forster descubrió que padecía hepatitis C, mientras que McLennan se dio al alcohol en exceso). Figura también el tema de lo que difícil que resulta para jóvenes sin experiencia en el showbusiness lograr el entendimiento con las casas de discos mientras aspiran a lograr el éxito que los llevará a la fama y el dinero.

The Go-Between Bridge en Brisbane rinde homenaje al grupo de Robert y Grant. Fotografía: Brisbane City Council.
Tratándose de una biografía, la narración es esencialmente linear, con muy pocos flashbacks o miradas anticipadas a los episodios que le ocupan en su historia. La autobiografía arroja mucha luz sobre las circunstancias que los llevaron a disgregarse a finales de 1989, y sobre los últimos meses de McLennan antes de su muerte por causas naturales.

Es un libro completamente imprescindible para quienes hayan disfrutado de su música y de sus letras. Lo que queda muy claro es que en el caso de Forster y McLennan, la combinación de sus talentos dio un resultado mucho mejor (y mayor) que la suma de sus logros individuales.

‘Streets of Your Town’ tenía realmente que ser un éxito. Todo el mundo nos lo decía. Habíamos firmado con Mushroom Records, el sello independiente más grande del país, y Kylie Minogue era otro de sus recientes fichajes. Hicimos no uno sino dos videoclips; el primero, el más extravagante de los dos, era el mejor, y atrapaba el carácter de la canción y del grupo. Lo hizo Kriv Stenders, quien mucho después haría el largometraje Red Dog [basado en la novelita homónima de Louis de Bernières]. El segundo fue un clip de alto presupuesto de una actuación en MTV para Capitol. Todo parecía encajar otra vez. Aunque puede que ‘Spring Rain’ sonara una pizca indie, y ‘Right Here’ demasiado artificiosa y con un exceso de percusión, ‘Streets’ era un tema infalible para todos los gustos – una melodía ridículamente pegajosa consagrada en una producción enormemente atractiva y cristalina. (p. 196, mi traducción)

30 nov. 2016

Reseña: Inexperience and Other Stories, de Anthony Macris

Anthony Macris, Inexperience and Other Stories (Crawley: UWA, 2016). 195 páginas.
Pienso que no debiera ser nada ilógico pensar que un libro titulado Inexperiencia debería dar mucho juego. Pero las apariencias, ya se sabe, engañan las más de las veces.

Inexperience and Other Stories es un breve compendio de experimentos narrativos del australiano Anthony Macris, de cuya obra no había leído nada hasta el momento. El libro lo componen una nouvelle, Inexperience, y tres breves relatos de factura y temática bastante similar.

En ‘Inexperience’ un narrador anónimo cuenta en primera persona el primer viaje de una pareja de jóvenes australianos a Europa. Tras ahorrar el dinero suficiente el narrador y su novia Carol viajan primero a Madrid hacia finales de la década de los 80. Les interesa el arte, la arquitectura y la cultura en general. Visitan Toledo, donde se dejan influir por una guía turística repleta de clichés y lugares comunes. Bien pronto surgen las diferencias entre los dos, escenificadas en una de las sucursales del madrileño Museo del Jamón. Las observaciones del narrador ciertamente rayan en lo ridículo, y supongo que la inexperiencia del título se refiere en parte a esto. Para tratar de reanimar la relación los dos jóvenes australianos deciden irse a París e imbuirse de más arte y grandiosidad. Una mañana el narrador se despierta solo en la habitación del hotel: Carol se ha largado (francamente, ¡quién podría reprochárselo! El tipo es un tostón insoportable). El narrador tendrá una breve aventura con una chica inglesa a la que conoce delante del tablón de anuncios del British Council de París, y finalmente concluirá su ‘experiencia’ europea regresando a Australia vía Bangkok. No me preguntes por qué le dejaron entrar otra vez en Australia: quizás hubiera muchos otros solicitantes de visado mucho más merecedores que él.

El entierro del Conde de Orgaz se halla en la Iglesia de Santo Tomé de Toledo. Es un santo varón, señores, no Santa Tomé.
De las tres restantes historias que componen el volumen, quizás se salve únicamente la última, ‘The Quiet Achiever’, en la que el narrador (otra vez en primera persona) visita a su primo en una clínica psiquiátrica, en la que le han internado tras una fuerte crisis nerviosa. La situación es sumamente embarazosa para el narrador, que no sabe qué preguntar ni qué responder, hasta que su primo le enseña una vela que ha creado en el taller de la clínica, un regalo para su madre.

La madre del protagonista de ‘The Quiet Achiever’ se convierte en secundario personaje antagonista en el segundo relato, ‘Triumph of the Will’. En este, el primo de la clínica se pasa la noche en vela, desquiciado por los pobres resultados de su negocio y la asiduidad con que su madre le daba de comer.

No soy muy dado a abandonar la lectura de un libro, pero en el caso del primer relato complementario, ‘The Nest Egg’, hice una excepción: lo dejé de leer después de unas cinco o seis páginas. Es el relato obsesivo de alguien que quiere ahorrar dinero, llevado hasta sus últimas consecuencias y detalles. Quizás lo que Macris debiera considerar es que sus lectores pueden escoger no seguir el camino ni la técnica que él propone. Infumable.

Lo más curioso de este libro es que, en realidad, se trata en buena medida de material ya publicado en diversas revistas y antologías, entre 1988 y 1994. ¿Por qué aparece ahora en 2016 en forma de libro?

Señala Andrew Riemer en su reseña para el SMH que “all of it [el material] seems to have been thoroughly revised.” Puede que el material haya sido revisado concienzudamente, pero las abundantes erratas que contiene no han sido corregidas. Una pena.

26 nov. 2016

Reseña: The Sweet Smell of Psychosis, de Will Self

Will Self, The Sweet Smell of Psychosis (Londres: Bloomsbury, 1996). 89 páginas.

Las primeras páginas de este libro de Will Self de 1996 nos muestran a un par de jóvenes que escudriñan desde la ventana de la cuarta planta del edificio de un club, el Sealink, las idas y venidas de un hombre a las puertas de un prostíbulo. Los jóvenes son periodistas, y hacen una apuesta sobre si el hombre se decidirá a entrar en el burdel o no. Uno de ellos es Richard Hermes, que se ha venido desde el norte de Inglaterra a Londres para ganarse la vida en una mediocre publicación de eventos, Rendezvous.

Richard se une al grupo de habituales del Sealink Club liderado por Bell, un siniestro columnista y presentador de radio y TV que es tremendamente popular (no tengo ni idea de quién pudo servirle de inspiración a Self). Todos los miembros de este club de desalmados son meros "transmisores de trivialidades, locutores de la banalidad y diseminadores de bazofia. Escribían artículos acerca de otros artículos, hacían programas de televisión sobre otros programas de televisión, y comentaban lo que otros habían comentado."

Pero Richard no se siente realmente cómodo con Bell. En realidad, se siente intimidado, detesta sus modos y le tiene miedo. Lo único que le mantiene conectado al grupo es la divina Ursula Bentley, muy aficionada a un polvo blanco de origen andino y a regalarle ciertos innombrables favores a Bell. Su encaprichamiento por la chica es la mayor debilidad de Hermes, quien con suma facilidad se sumerge en la noche londinense y el disipado estilo de vida del grupo, cuya consigna más frecuente es "vámonos a cenar con Pablo [Escobar]", poniendo así su salud en juego y su cuenta corriente en enormes números rojos.

Con sus menos de cien páginas, este relato de Self prometía mucho en sus inicios como sátira del mundo periodístico londinense de finales del siglo XX. Quizás el problema es que la resolución es fácilmente predecible desde el momento que queda claro que las visiones o alucinaciones que experimenta Richard tienen como único sujeto el denostado Bell.

Por fortuna, el libro está brillantemente ilustrado por Martin Rowson. Un divertido entretenimiento en el que Self vuelve a desplegar su ingenio, su gusto por los juegos de palabras y el dardo certero de la sátira más mordaz.

La puerta se abrió de golpe forzando las bisagras, y a la vista quedó una pequeña mesa de alas abatibles colocada en el centro de la sala: alrededor de ella había un grupo de cuatro figuras, jugando a los naipes. Por sus ropas y la posición de sus cuerpos, Richard reconoció a los miembros de la camarilla: Reiser, Slatter, Kelburn y Mearns, el chantajista. Pero cuando sus rostros se giraron hacia quien era la causa de la interrupción, Richard vio cuatro juegos de rasgos faciales casi idénticos. Cada uno de ellos tenía el mismo cuello rechoncho, la misma mandíbula prominente, la misma frente alta y blanca, los mismos labios rojos y la misma nariz de ancho caballete. Eran un grupo de Bells ─ una verdadera Bellaquería. Cuatro pares de ojos tenebrosos examinaron a Richard durante un larga, larguísima fracción de segundo. Lo taladraron, como si se tratara de un hígado enfermo al que estuvieran deseando hacerle una biopsia. (p. 46, mi traducción). Ilustración de Martin Rowson.

22 nov. 2016

Reseña: Public Library and Other Stories, de Ali Smith


Ali Smith, Public Library and Other Stories (Londres: Penguin Books, 2015). 220 páginas.

De Canberra, la ciudad en la que vivo, se suele decir que es aburrida, que le falta vida y que carece de carácter. Quizás haya algo de cierto en todo ello. Es sin embargo una ciudad con un elevadísimo nivel educativo y cultural, y para fortuna de muchos de sus residentes, cuenta con una red de bibliotecas públicas simplemente fabulosa. Tan buena, tan magnífica es, que los usuarios pueden sugerir la adquisición de libros, DVD, audiolibros, CD, novelas gráficas, etc., y la mayoría de las veces, la red de bibliotecas del Territorio de la Capital Australiana los comprará. Es una amplia red que cuenta con 9 sucursales, distribuidas en los distintos barrios y centros urbanos que integran esta singular ciudad, cuya población ronda ya los 400.000 habitantes. Es posible encontrar libros en muchas lenguas diferentes, amén de películas, documentales, guías turísticas, casi cualquier cosa.

¿Cuáles son las virtudes de una biblioteca pública? Esa es una de las muchas preguntas que trata de contestar esta colección de cuentos de Ali Smith, quien compagina sus relatos de ficción con textos basados en comentarios de o suministrados por amistades y conocidos de la autora, que son todos ellos usuarios de las bibliotecas públicas del Reino Unido.

La Biblioteca Nacional de Australia, que también ha padecido drásticos recortes en los últimos años. Fotografía de fir0002
El mismo gobierno que conducirá al Reino Unido fuera de la Unión Europea emprendió desde 2010 una brutal campaña de austeridad que cerró cerca de 1000 bibliotecas públicas y que, hasta la fecha – es solamente un cálculo – ha eliminado unos 14 millones de libros de sus estanterías. ¿Para qué leer, teniendo al alcance de la mano fútbol, cerveza y las portadas de The Sun? Claro que la situación en otras partes del mundo no es mucho mejor: hay un Presidente de Gobierno que alegremente admite que solo lee un periódico deportivo. Así va el mundo.

Public Library and Other Stories es por lo tanto una apasionada defensa de algo tan decididamente comunal como es la biblioteca pública. Pero Smith no dedica sus historias a las bibliotecas como edificios o lugares de encuentro con los libros, sino a los libros mismos, a la literatura. Y lo hace desde la libertad de la creación literaria, desde el ingenio y la diversión que la caracterizan como autora. Los juegos de palabras, los extraños y remotos vínculos que surgen en sus historias, son impagables.

Como es de esperar en una colección de cuentos, unos son mucho más atractivos que otros. Un motivo recurrente en casi todos ellos es el texto como elemento de la comunicación humana y la degradación que sufre de forma constante. Por ejemplo, este fragmento de ‘The Definite Article’: “…estaba de camino a una reunión urgente sobre financiación. Era posible en el clima actual que se retiraran los fondos, de modo que teníamos que tener urgentemente una reunión urgente para escoger el tipo correcto de retórica. Ello aseguraría la estrategia correcta de desarrollo que a su vez aseguraría que la financiación no concluiría de esta manera en este momento. Había hecho el viaje entero en metro, diciéndome una y otra vez: urgente, asegurar, factibilidad, margen, evaluación, gestión, racionalización, estrategia de desarrollo, desarrollo estratégico, el clima actual, el estímulo de proyectos, valores esenciales, no debiera concluir, de esta manera, en este momento. Pero también tenía que ser no amenazador, el lenguaje que teníamos que usar para asegurar que, etc., de modo que subí las escaleras machacándome la frase ‘sin problemas sin problemas sin problemas’, y luego me paré un instante en la salida del Metro porque (¡ay!) me dolía mucho el ojo, algo se me había metido en el ojo sin saber cómo ni por qué.” (‘The Definite Article’, p. 155-6, mi traducción).

Del resto destacaré tres: en primer lugar, ‘The Beholder’, una narración cuya narradora, enferma, se va desintegrando lentamente. También ‘Say I Won’t Be There’, que cuenta con Dusty Springfield como médium en un relato sobre un cementerio para el que las autoridades tienen planes de transformación urbanística, y ‘After Life’, en la que un hombre tiene que desmentir su muerte por segunda vez, diez años después de haber tenido que desmentir su propia muerte en un accidente mientras hacía turismo en España. Un detalle curioso: el título del libro no corresponde a ningún relato. No hay ninguna historia que lleve por título ‘Public Library’.

Cuando desde las instituciones parece orquestarse una campaña dirigida a restringir (cuando no suprimir o eliminar) el acceso a la cultura y los instrumentos de educación y formación del pensamiento crítico entre la juventud, este libro es un pequeño grito en lo que parece ser un desierto. Habrá que continuar demostrando que las bibliotecas son un bien indispensable. Por mi parte, tras la pérdida de nuestra hija Clea, de seis años y nueve meses en 2009, traté de marcar la diferencia para la comunidad educativa de un pequeño pueblo samoano, Lalomanu. Seis años después de su inauguración, la BibliotecaClea Salavert sigue en pie, quizás sin haber logrado buena parte de los objetivos que nos habíamos marcado con su construcción. ¿Ha valido la pena la enorme generosidad de familiares, amigos y extraños? ¿Ha valido la pena el esfuerzo? Quizás sea pronto para decirlo, pero si alguno de esos niños de Lalomanu han descubierto que hay otros mundos posibles al alcance de su imaginación, algo bueno habremos hecho.
The Clea Salavert Library, Lalomanu, Samoa

19 nov. 2016

Reseña: Tough, Tough Toys for Tough, Tough Boys, de Will Self

Will Self, Tough, Tough Toys for Tough, Tough Boys (Londres: Bloomsbury, 1998). 244 páginas.
Bienvenido al provocativo mundo narrativo de Will Self. Bienvenido a sus ambientaciones surrealistas, a una perspicaz desproporción que te obliga como lector a enfrentarte a los límites de lo que normalmente considerarías como aceptable o admisible. Porque el éxito de la sátira, no lo olvidemos, depende de los límites que uno mismo de imponga en el ámbito de las normas sociales. Si la sátira de Swift continúa siendo válida y efectiva, es porque los límites que traspasaba estaban basados en pautas medianamente uniformes. Nunca admitiremos la noción de comer niños para combatir la pobreza.

Este volumen de narraciones breves de Self comienza con una historia cuyo título se inspira en una nouvelle de Francis Scott Fitzgerald de 1922 (puedes acceder al texto íntegro en inglés aquí, por ejemplo) titulada ‘The Diamond as Big as the Ritz’. En el caso de Self, en lugar de un diamante lo que tenemos es ‘The Rock of Crack as Big as the Ritz’. Los protagonistas son dos hermanos de origen jamaicano en Londres; uno de ellos, Danny, encuentra una veta de cocaína pura en los cimientos de la casa en la que viven. En lugar de consumirla, Danny pone a su hermano Tembe a trabajar en el negocio de la distribución. Tembe es adicto al crack y a lo que le echen, mientras que Danny prefiere ni tocarla. La codicia y la inmundicia van de la mano. El cuento puede todavía leerse de manera gratuita en internet, tal como lo publicó The New York Times.

De las siete narraciones que integran este libro, ‘Flytopia’, la segunda, es posiblemente la más lograda. Una historia de horror pura y dura, en la que un hombre alcanza una especie de pacto con los insectos que se han adueñado de su casa, con quienes mantiene curiosísimas conversaciones. La llegada de su novia a la casa al día siguiente despierta repentinamente en él unos irrefrenables deseos de deshacerse de ella. ¿Puedes imaginarte el desenlace?

La narración que da título al libro es un relato de viajes, con un divertido guiño al psicoanálisis. Bill Bywater, psicoanalista mujeriego y alcohólico, tan enamorado de su automóvil como de la marihuana que fuma compulsivamente, inicia un viaje desde el norte de Escocia hasta Londres.

"Siguieron en silencio mientras Bill guiaba el coche por las afueras de Aviemore. Seguía siendo un lugar cutre, pese al dineral que habían invertido recientemente. La mayoría de las casas eran estilo chalet, con techos muy altos a dos aguas que prácticamente llegaban al suelo. Pero los materiales eran sintéticos: hormigón y aluminio; amianto y plexiglás. Todas las superficies parecían combadas, y los bordes arrugados. ─ Qué mierda de sitio ─, dijo Bill." (p. 135, mi traducción) Aviemore - fotografía de  Dave Fergusson.

Tras hacerse unos cuantos güisquis (siempre he querido tener la oportunidad de escribir así la palabra, de modo que aprovecho esta ocasión) recoge a un autoestopista, a quien somete a un taimado interrogatorio para arrancarle los detalles más sórdidos de su vida, una existencia más bien desdichada, con una salvedad: al autoestopista le gusta jugar con los camiones y tractores Tonka, una marca que quizás recuerdo vagamente en las tiendas de juguetes de mi niñez. El chico le sirve a Bill como blanco de su aborrecimiento por los demás en general. ¿Es un claro caso de proyección? ¿Terminará bien el viaje, que en el mejor de los casos llevaría un día entero?

Un anuncio de los juguetes Tonka de la década de los 80.

Bill Bywater reaparece en otra historia, situada en Londres, ‘Design Faults in the Volvo 760 Turbo: A Manual’. El título es engañoso, por supuesto: Bill se presenta como psicoanalista adúltero obsesionado con su Volvo 760 Turbo (sí, el mismo que había estado conduciendo desde Thurso en ‘Tough, Tough Toys for Tough, Tough Boys’). La moraleja del cuento quizás pudiera ser que no siempre ha de fiarse uno de su mecánico.

Esta colección de cuentos incluye además ‘Dave Too’, una historia absurda en torno a la identidad en un mundo que habitan únicamente personas llamadas Dave, y ‘A Story for Europe’. Este último son dos historias paralelas: por un lado, la de un banquero teutón que padece una embolia; por otro, la ansiedad de los padres de un niño inglés de dos años que solamente sabe comunicarse en alemán comercial. ‘Caring, Sharing’, en mi opinión el relato que resulta menos atractivo, nos lleva a un Manhattan en un futuro indeterminado en el que las personas se hacen acompañar por ‘emotos’, una suerte de niños gigantes que cuidan de sus necesidades afectivas.

‘The Nonce Prize’ [El premio al pedófilo] cierra el libro, y reintroduce a los hermanos Danny y Tembe del primer relato. En este, sin embargo, es Danny quien ha caído en la adicción y Tembe quien maneja el negocio. Un capo del narco jamaicano, Skank, llega a Londres para vengarse de Danny. Skank paga para que un par de criminales droguen a Danny y le preparen una trampa brutal. La policía encuentra a Danny en una nave industrial junto al cadáver de un niño asesinado y mutilado, al cual le han inyectado el semen de Danny (los sicarios se lo han sacado por medio de una jeringuilla. Danny no tiene ninguna posibilidad en el juicio, e ingresa en la cárcel, en concreto en el ala dedicada a pedófilos y violadores. Como buen narcotraficante que es, que le encasillen de esa manera le resulta repulsivo. El alcaide le sugiere que se inscriba en cursos, y Danny se apunta a uno de escritura creativa.

Llegado el día de la concesión del premio, Danny está en la lista de candidatos, pero tiene que competir con dos pedófilos. El cuento adquiere entonces un ingenioso aspecto metaliterario. Danny ha escrito un relato ficticio en torno a las actividades del narcotráfico de su hermano (¿quizás algo similar al relato que abre el libro?), mientras que el cuento ganador es el de uno de los más depravados pedófilos en la cárcel, una historia absurda sobre el profundo cariño de un hombre por el gato de su difunta esposa. ‘The Nonce Prize’ ofrece en un principio una visión descarnada del sistema penitenciario, pero Self lo transforma en una inteligente sátira en torno al mundo editorial y los premios literarios.

Tough, Tough Toys for Tough, Tough Boys sigue muy de cerca la línea que Self había creado unos años antes en Grey Area: son espacios ficcionales definidos con precisión y gusto por el detalle útil, con unas tramas que van más allá de lo absurdo. Más que un simple entretenimiento.

12 nov. 2016

Reseña: The Lowland, de Jhumpa Lahiri

Jhumpa Lahiri, The Lowland (Londres: Bloomsbury, 2013). 340 páginas.

Como en el caso de The Lives of Others, de Neel Mukherjee, la trama de la última novela de Jhumpa Lahiri, The Lowland, se relaciona con la revuelta naxalita en Bengala. Una de las más importantes diferencias entre ambas radica en que, en la segunda, la historia se traslada bien pronto a la costa este de los Estados Unidos, en concreto a Rhode Island; mientras que en The LIves of Others los protagonistas nunca salen de la India. Hay otras sustanciales diferencias, por supuesto: Lahiri escribe con impresionante aplomo, sin concesiones a la galería, mientras que Mukherjee tendía a rizar el rizo del argumento y abusaba tanto de una sintaxis a ratos arcaizante como de un oscurantismo léxico francamente innecesario.

Casitas playeras en Matunuck, Rhode Island. Fotografía de Swampyank.
Dos hermanos, Subhash y Udayan, un año y pico más joven, crecen durante los años posteriores a la independencia en un barrio de Calcuta alejado del centro de la ciudad y cercano a una hondonada que las lluvias monzónicas llenan todos los veranos y en la que juegan los niños de la zona. Los dos son inteligentes y en la escuela les dan alegrías a sus padres, una pareja bastante tradicional de las clases humildes de Bengala. Pero son, como suele ser el caso entre hermanos, bastante diferentes entre sí. Mientras que Subhash es más bien ponderado y poco dado a impulsos no razonados, Udayan suele ser precipitado en sus decisiones. Ambos lograrán, no obstante, destacar en lo que estudian. Subhash decide marcharse a Rhode Island a completar su tesis doctoral en oceanografía, mientras que Udayan se queda en Calcuta, introduciéndose cada vez más en los círculos universitarios en apoyo de la guerrilla maoísta de Naxalbari.

Donde Udayan y Gauri se conocen, el lugar en donde el maoísmo sembraba sus semillas. Fotografía procedente de ndtv.com
Pasan los meses y los años, y la distancia entre los hermanos se hace mayor, el contacto se reduce a unas pocas cartas esporádicas. En una de ellas Udayan le comunica a su hermano que se ha casado con una joven, Gauri. Apenas un año después llega a Rhode Island el telegrama que le anuncia la muerte de Udayan, justo cuando Subhash ha visto terminado un idilio amoroso con una mujer que estaba separada de su marido. De inmediato regresa a Calcuta.

Lo que allí encuentra es una casa en duelo. Sus padres no reconocen a Gauri como miembro de la familia. ¿En qué circunstancias murió Udayan? ¿En qué medida tuvo Gauri relación con su muerte? Lahiri irá dando respuestas a estas preguntas poco a poco. Pero para complicar todavía más la situación, Gauri dará a luz un bebé que será de Udayan, y al que sus abuelos tratarán de separar de su madre.

Subhash no lo duda: le ofrece a Gauri la posibilidad de irse a los Estados Unidos y dejar atrás Calcuta. Se casa con ella, y adopta a la niña que nace, Bela, como hija suya. En Rhode Island podría continuar con su carrera profesional y cumplir el sueño americano. Casa, familia, trabajo, dinero. Pero Gauri no está por la labor. Querrá su independencia a toda costa (independencia que se cifra en el estudio de la filosofía europea), y el precio de esa emancipación lo pagará sobre todo Bela. Cuando regresan de una visita a Calcuta, Subhash y Bela se encuentran la casa vacía. Gauri se ha marchado a California. Desde ese momento, Subhash tendrá que criar a Bela él solo.

En la segunda parte de la novela, Lahiri concentra la atención del lector en Bela, su proceso de madurez y posterior independización. Las relaciones entre padres e hijos y el concepto de identidad de los emigrantes son los temas explorados en una narración marcada por una prosa sobria, que dibuja a personajes muy humanos en sus imperfecciones, especialmente a Gauri, cuya vida se debate entre la pérdida de Udayan, su deseo de libertad y la carga que le representa Bela.

También la muerte de Udayan supone un fuerte punto de inflexión en la vida de Subhash: a su regreso a Calcuta, el contraste entre la cultura a la que ya se ha aclimatado y las rígidas (y ciertamente crueles) tradiciones de Bengala representan un dilema de índole personal que deberá acometer con serenidad y sapiencia.

Aunque no se trate de una narración todo lo lograda que pudiera haber sido, con The Lowland Lahiri ejecuta un ambicioso ejercicio narrativo en torno a la identidad del emigrante, concentrándose en las pequeñas vicisitudes personales antes que en los grandes asuntos históricos del cambio de siglo. Los cambios constantes en los puntos de vista narrativos ayudan a sostener un intenso ritmo narrativo que solamente decae en las últimas quince o veinte páginas. Al igual que el imparable progreso y desarrollo urbano hace desaparecer la hondonada en la que jugaban de niños los dos hermanos, la trama se pierde y zozobra hasta el melodrama en los dos últimos capítulos, en mi opinión completamente innecesarios.

The Lowland la publicó en castellano Salamandra en 2014 (La hondonada) en traducción de Gemma Rovira.

2 nov. 2016

Josep Bertomeu Moll's Capvespre: A Review


Josep Bertomeu Moll, Capvespre (Gandia: Lletra Impresa, 2016). 224 pages.

I was a rather naïve 11-year-old boy when Fascist dictator Franco died, yet I do have a few memories of the difficult years before his death, and particularly the profound changes that occurred in the years that followed. It could very well be argued that more than 40 years later, those political changes have turned out to be rather cosmetic in their nature. Spain has basically retained the political status quo resulting from the military coup in 1936, the ensuing Civil War and forty years of a dictatorial regime. It is a country where conservative elites and economic oligarchies exercise their unfettered power, where corruption unashamedly spreads to the top echelons of government. Unsurprisingly, though, a clear majority of voters continue to elect politicians whose decency is, to say the least, questionable. Go figure.

In those years, my home town, Valencia, was not the markedly touristic destination it seems to be today. Valencian life in the 1970s was rather different from the easy-going, festive city it is in 2016. Then there was fear in the streets, and news of the political repression elsewhere in the Spanish State would have been very discreetly commented on by people in the streets. One of my first memories associated with anything remotely political is of my paternal grandmother telling me not to speak our local language instead of Spanish when in public. I must have been about 5 or 6 years old.

This is the Valencia Capvespre (The Evening) is set in. Written in 1977, the author kept it hidden in a drawer for decades until Lletra Impresa, an enthusiastic publisher from Gandia, rescued the manuscript and took a gamble by printing it as their first volume in their fresh fiction collection. Unless there are more uncovered manuscripts of his, this might unfortunately turn out to be Bertomeu’s only published book, since he unexpectedly passed away just a couple of weeks ago.

A fragmentary narrative, Capvespre follows the lives of Lluís and Pilar, the two main characters, whose complicated, twisted, on-and-off relationship makes up the main plot of the novel. They are part of a wider circle of friends, university students who fight the regime hoping to achieve freedom, hoping to reach for their future, for their dreams at a time when Francoist repression had intensified its brutal force. Moreover, Bertomeu employs different narrative points of view, providing noteworthy contrasts between the various characters about the same events.

The terrible mishaps associated with mandatory military service, the patently injurious conditions for young females within what was a creepily Catholic society, the lively nights of jazz music and cheap booze in well-known bars of the different barrios of Valencia, the ground-breaking literature that was landing at Spanish bookshops in those years (Neruda, César Vallejo, Cortázar, Arguedas, García Márquez, Cabrera Infante, among others), the first sexual experiences of very young men and women, the extremely risky business of joining the then illegal Communist Party … these are some of the situations and circumstances narrated by Lluís, or explained through letters by Pilar, Jordi, Sergi. Bertomeu succeeds in contriving a 1977 narrative that feels way before his time, and is at times more ‘contemporary’ than some novels written in recent years, both in its circular structure and its utterly compelling style.

Non-conformism was an essential part of the philosophy of the young people at the time. They would not abide by a State that repressed and coerced them. Gathering in the streets and plazas of Valencia (which Bertomeu cleverly identifies by using the Francoist names they had until the late 1970s) to distribute radical pamphlets or marching in protest, the students regularly had to run away from riot police, or occasionally clashed with Fascist gangs at the Faculty.

For anyone arriving in Valencia by train, Plaza del Caudillo (wash your mouth, boy!) was an unavoidable passageway towards the bars in the older parts of the city. Today it is known as Plaça de l"Ajuntament.
In Capvespre, some of Lluís’s friends are arrested by Franco’s Secret Police and sent to jail, where they languish for months or even years, found guilty in trials run by ludicrous judges. Their crime? Wishing freedom for their peers and themselves.

Capvespre is a welcome and necessary reminder of the struggle for dignity a whole generation of Valencians engaged in. It should also help us to focus on the fact that 40 years later, younger generations of Valencians, let alone Spaniards, time and again see how their hopes and their dreams are smashed by inept governments that continue to underpin a decrepit, dishonest, fraudulent political system.

Apart from a few well-accomplished historical recreations such as Silvestre Vilaplana’s L’estany de foc, the city of Valencia had never really been the protagonist of a book. It is a pleasant surprise to see how the city comes alive in Bertomeu’s words, in his sharp-eyed descriptions. How unfortunate it is that Bertomeu is no longer alive to write a sequel to Capvespre.

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