27 mar. 2014

Reseña: La vida y las muertes de Ethel Jurado, de Gregorio Casamayor

Gregorio Casamayor, La vida y las muertes de Ethel Jurado (Barcelona: Acantilado, 2011). 302 páginas.

La estructura narrativa de La vida y las muertes de Ethel Jurado gira en torno al concepto de fractal, el cual el autor define como “objeto irregular formado por partes también irregulares, las cuales, si son aumentadas de tamaño, se muestran prácticamente iguales a su todo, y a la vez están formadas por partes más pequeñas que cumplen la misma propiedad, y así sucesivamente.” Los cuatro fractales los representan cuatro narradores, cuatro puntos de vista que van desentrañando de forma paulatina el misterio que rodea a la auténtica protagonista de la novela, Ethel.

Cada uno de estos narradores escoge aportar a la narración desde su memoria ciertos recuerdos y datos que van formando ante el lector el mosaico de la personalidad de Ethel y el trauma que provoca su huida definitiva; pero Casamayor sabe muy bien marcar los tiempos para dar un competente golpe de efecto definitivo en las páginas finales.

El primer narrador es Quique, el hermano pequeño de Ethel, atormentado por la culpa por no haber sido capaz de reconocer lo que había estado ocurriendo en su casa delante de sus narices, y también por su silenciosa complicidad y la de su madre. El hogar de los Jurado lo retrata Quique como una especie de brutal prisión psicológica, en la que el padre, Esteban, ejerce de déspota mientras la salud se lo permite. Tras la huida de Ethel, la madre, Margo, se convierte en juez y verdugo. Ella asume esos papeles para llevar a cabo unas sentencias inmisericordes con su esposo y su hijo mayor, Santiago.

Los otros tres narradores son los compañeros de facultad de Ethel. Gerard Pruna aporta nuevos datos sobre Ethel: lo errático de su comportamiento, sus ausencias de las aulas universitarias motivadas por frecuentes crisis que los expertos han diagnosticado como un trastorno bipolar, la mirada curiosa de un amigo en el hogar de Ethel donde intuye las amenazas de Esteban y el insondable ambiente asfixiante al que someten a Ethel en ese piso lóbrego.

El tercer narrador es Marcos Recaj, quien asume que fue Ethel quien le escogió como compañero íntimo (el cuarto fractal le revela al lector una perspectiva totalmente distinta). Casamayor sigue aportando nuevos matices e insinuaciones, lo hace con cuentagotas, no hay duda, pero en una novela que apenas llega a las 300 páginas eso no constituye falta alguna. La perspectiva narrativa final la aporta la otra chica del grupo de estudios, Laura Morillo, que termina casándose con Gerard. Laura es la verdadera confidente de Ethel, la única que – solamente quizás – llega a saber la verdad sobre Ethel, y a través de la cual Casamayor proporciona el desenlace. Este no es realmente tan sorprendente; Casamayor conduce la historia hacia un punto idóneo para la resolución, y lo hace sin dejar de eliminar ese velo de misterio que rodea a Ethel desde la primera página. Oculta tras una especie de niebla persistente elaborada con la vaguedad de las palabras, el personaje de Ethel Jurado nunca se nos revela por completo.


Es inevitable que al hacer memoria sobre alguien con quien hemos convivido pasemos recuento a nuestra propia vida; en La vida y las muertes de Ethel Jurado los cuatro narradores hacen confesión de sus propias faltas y defectos. Esos episodios personales con los que envuelven sus referencias al tiempo vivido con Ethel añaden un punto de interés a la novela, que sin esas anécdotas personales tendría mucho menos valor.

26 mar. 2014

Gagudju Man


Pocas veces en la vida tiene uno la oportunidad de ser testigo presencial de algo tan auténtico, tan singular y emocionante como la presentación de esta ceremonia fúnebre del pueblo Bunitj, del norte de Kakadu, Territorio del Norte.

Era la primera vez que una ceremonia antiquísima, más antigua que las civilizaciones faraónica, griega o inca, se representaba en un lugar fuera de Kakadu.

El espectáculo presentado ayer en Canberra (‘lugar de reunión' en la lengua Ngunnawal propia de la zona) es un homenaje a Bill Neidjie, último hablante de la lengua Gagudju, autóctona del norte de Kakadu, y cuya contribución fue decisiva para el establecimiento del Parque Nacional en esa región tan única.

Un importante giro cultural se está produciendo. Las nuevas generaciones de los pueblos indígenas australianos comienzan a comprender lo importante que es grabar sus ceremonias y otras manifestaciones culturales propias para poder perpetuarlas y legarlas al futuro.

Para evitar que danzas tan antiguas desaparezcan de la faz de la Tierra, para evitar que sus lenguas, canciones, historias y ceremonias rituales sigan vivas, gente como Bill Neidjie está tomando la decisión de romper con la tradición que les dice que su imagen (su espíritu) no debe capturarse.


El privilegio de haber visto esta ceremonia, y de haber pisado la misma arena que ellos (invitaron al público a bailar con ellos la danza de despedida al sol) no se me olvidará nunca.

22 mar. 2014

Reseña: The Laughing Clowns, de William McInnes

William McInnes, The Laughing Clowns (Sydney: Hachette Australia, 2012). 296 páginas.

En cierto modo, mientras estamos todavía creciendo, en esos ahora ya lejanos años de nuestra infancia, hay un hombre algo desconocido que rige nuestras vidas, nuestro padre. El protagonista de esta sencilla y entrañable novela del australiano William McInnes, de quien hasta ahora únicamente conocía su faceta como actor (además de su excelente trabajo como policía corrupto en East West 101, recientemente vi Unfinished Sky – puedes ver el tráiler aquí – la cual recomiendo encarecidamente), es un arquitecto llamado Peter Kennedy. Acomodado en todos los sentidos de la palabra, Peter come en exceso e ignora las súplicas de su mujer para que preste más atención a su familia. Hace ya tiempo que dejó el aspecto creativo de su profesión para dedicarse a ejercer como consultor a sueldo de grandes compañías inmobiliarias ávidas por encontrar suelo edificable y convertible en muchos $$$$. No me cabe ninguna duda de que Peter podría haberse hecho literalmente de oro en esa España del señor del bigote que se hizo una foto en las Azores.

Cuando un cliente le pide que vaya a Pickersgill (un lugar ficticio cercano a Brisbane), donde Peter se crió y todavía viven sus padres y su hermana, a Peter le surgen algunas dudas en torno a su cometido. Es la semana del Show en Pickersgill, y la gran mayoría de los edificios del recinto donde se celebra el evento los diseñó su padre. Es precisamente ese recinto al que le han puesto el ojo los halcones inmobiliarios, y cuando acude al registro catastral descubre algo en los planos de su padre que no comprende, y que su padre le revelará. Desde ese instante, Peter verá a su padre con otros ojos.

El retorno al lugar donde se crió significa también encontrarse con viejos amigos de la infancia, con su primera novia. La novela transcurre entre los reencuentros y los recuerdos de sucesos, en un dinámico encaje narrativo sin paréntesis, adornos ni desviaciones. El subtexto es de una sutil ironía, una velada crítica a lo que Peter representa como profesional australiano de mediana edad, opulento e indiferente a lo que ocurre en su derredor: decididamente, no presta atención a nadie ni a nada de lo que le rodea. Su filosofía (si es que se puede aplicar ese término a Peter Kennedy) se reduce a dos principios: evita el conflicto y come.


Lo que en ningún momento puede anticipar es que el regreso a Pickersgill va a situarle cara a cara con algo de lo que hasta ese momento en su vida no ha querido saber nada. Intuyo que la influencia del séptimo arte en McInnes se hace muy evidente en el desenlace de la novela, que no por ser un final deja de ser agradable para el lector.

Esta primera edición de The Laughing Clowns hubiera merecido una más esmerada revisión, debido a las numerosas erratas que contiene. El volumen incluye además un cuento titulado ‘Cricket was the Winner’. La novela, pese a su simplicidad, o quizás debido a ella, es una lectura amena aunque no resulte deslumbrante. Contiene pasajes de un sutil humor que darán lugar a la carcajada, como este de la página 171, cuyas referencias muchos lectores en lengua castellana podrán reconocer:
“En la inauguración de la impresionante casa de cristales de Bull [O’Toole], el arquitecto, Bryce Halibut, había pronunciado un discurso breve y enérgico. ‘La gente vive en casas como esta en países como Colombia y Bolivia todo el tiempo, casas inspiradas por las grandes culturas aztecas del pasado. Los dioses del sol y los sacrificios, la belleza de la adoración pagana y esa misteriosa perspicacia y entendimiento de la cultura maya, todas son cosas que, de algún modo u otro, encuentran su hogar en este edificio’, indicó, mientras estornudaba y eliminaba restos imaginarios del producto procedente de Bolivia con el que hubiera podido estar en contacto un poco antes. ‘Además, he recibido las influencias españolas, la patria de los conquistadores, a la hora de diseñar los baños completos; representan la colonización de Sudamérica por parte del Viejo Mundo. Y ahora, quisiera pensar que aquí, en esta hermosa península nuestra ustedes van a disfrutar del estilo de vida de la cultura sudamericana, la cultura de este nuevo milenio.’
Tras esto, volvió a estornudar, estrechó la mano del alcalde Edwyn Hume y salió disparado hacia uno de los baños de influencia española para inhalar un poco más de ‘cultura’ sudamericana.” [p. 107, mi traducción].
The Laughing Clowns es ante todo una historia muy humana, puede que incluso lo sea demasiado para los tiempos que corren. Le resultará en cambio muy atractiva al tipo de lector poco exigente en cuanto a formalismos y técnicas narrativas. 

16 mar. 2014

Reseña: The Empty Chair, de Bruce Wagner

Bruce Wagner, The Empty Chair (Nueva York: Penguin, 2013). 285 páginas.

The Empty Chair, de Bruce Wagner, cita la primera estrofa de un soneto de César Vallejo, que en el original en castellano dice:

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París —y no me corro—
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

The Empty Chair, la silla vacía, es un libro que trata de dos muertes separadas en el tiempo y el espacio, pero los dos relatos que lo componen también versan de la búsqueda de la espiritualidad y la aspiración que casi todos los seres humanos tenemos de alcanzar una especie de logro que dé sentido a la vida vivida.

Un libro inusual en cuanto a su estructura, The Empty Chair se compone en realidad de dos nouvelles. Por motivos que no debo mencionar en una reseña, Wagner decide anteponer el relato más reciente de los dos. En el prefacio, Wagner se ficcionaliza como oyente de historias: “Me he pasado una gran parte de los últimos quince años viajando por el país, escuchando a la gente contar sus historias.” (p. 1). Esos relatos, ofrecidos “de forma voluntaria y sin compensación” los transcribe y edita mínimamente un Bruce ficticio, al que los dos narradores (Charley en ‘First Guru’ y Queenie en ‘Second Guru’) se dirigen con toda naturalidad mientras le cuentan sus historias. El efecto es, naturalmente, bastante acertado.

Charley viaja y vive en una furgoneta repleta de libros por la costa oeste. No tiene problemas económicos porque sus abogados le ganaron un caso de abusos sexuales contra la Iglesia Católica. Aunque es abiertamente homosexual, estuvo casado con Kelly, budista profesional a quien Charley dirige sus dardos críticos: “Con el budismo pasa como con todo en lo que el ser humano mete mano: un día te despiertas y todo se ha ido a la mierda. A la magia la han reemplazado  camarillas de capullos con sus políticas, eslóganes y memeces, e insulsos rituales.” Juntos tienen un hijo, Ryder, quien crece en un entorno de constante sermoneo sobre la impermanencia por parte de su madre. Un día Charley se encuentra a Ryder muerto, totalmente desnudo; se ha ahorcado en la sala de meditación de su madre. La cosmovisión religiosa que Kelly se había construido lógicamente se desmorona al instante.

El segundo relato se sitúa en su mayor parte en la India, pero en dos momentos separados por unos treinta años. Queenie es una mujer ya madura y propensa a la depresión en Nueva York; un día recibe la llamada de su antiguo amante Kura, extraficante de drogas y en la actualidad multimillonario, quien le salvó la vida a Queenie cuando ésta era una adolescente licenciosa. Juntos viajaron a Bombay, donde Kura quería encontrar a un gurú hindú. Al llegar a la tienda de tabacos que hace las funciones de templo del gurú descubren que éste ha muerto, y en su lugar un alto americano rubio ha asumido el papel de gurú. Queenie se marcha de India pero Kura se queda adorando y aprendiendo del extraño gurú gringo, hasta que un éste desaparece sin dejar rastro. La llamada de Kura atrae a Queenie de nuevo a la India, donde los sirvientes de Kura han localizado al americano en una cueva en un villorrio en las afueras de Delhi.

Hay sin embargo un elemento que es nexo incontestable entre los dos relatos, un sorprendente giro en la trama del segundo relato (anterior sin embargo al primero). Aviso para navegantes: en ambos relatos son muy abundantes las referencias al budismo, y quien, como yo, no sea muy entendido en el tema, encontrará algunos de los párrafos de The Empty Chair algo oscuros, por no decir impenetrables.

Wagner, de quien ya reseñé The Chrysanthemum Palace hace unas cuantas semanas, confecciona una interesante narrativa a partir de dos monólogos en los que los personajes se autoevalúan y critican sin miramientos. Con ello no quiero decir que la travesía sea fácil: rara vez el ritmo narrativo del monólogo se acerca a una plena verosimilitud, y en ese sentido, The Empty Chair languidece a ratos. Sí es de agradecer, en cambio, la sutil pero mordaz crítica subyacente en ambos relatos de lo inmensamente vacuo en esa búsqueda de la espiritualidad en muchos adinerados habitantes del primer mundo. Los ecos y reflejos que se cruzan entre ambas nouvelles proporcionan un dinamismo y una razón de ser al conjunto, con la silla vacía como su poderoso símbolo central.

No me queda tan claro, no obstante, la hipótesis que Wagner plantea al final de su prefacio: “Si fuera posible mantener todas las historias de la gente de todo el tiempo en la cabeza, el corazón y las manos, no cabe duda alguna de al final que estaría cada una de ellas inexpugnablemente unidas  por un único detalle religioso.” Ese incognoscible Misterio con mayúsculas al que hace referencia Wagner unas líneas más abajo, y que él prefiere denominar “Dios”, no me sirve. Para nada. Mas puede que a usted, que se ha tomado la molestia de leer esta reseña, sí.

10 mar. 2014

The Big Hole

A unos cuarenta kilómetros al sur de Braidwood, en Nueva Gales del Sur, comienza un sendero que conduce a lo que se conoce como 'The Big Hole', una impresionante sima de unos 90 metros de profundidad. Desde el aparcamiento hasta el mirador de la sima hay apenas dos kilómetros en un suave ascenso que cruza bosque de eucaliptos y matorral bajo.

El sendero obliga a cruzar el río Shoalhaven, y será necesario quitarse el calzado antes de hacerlo. Si hace buen tiempo, al regreso es posible darse un pequeño chapuzón y refrescarse.


Braidwood es un simpático pueblo entre Canberra y la costa. La gran poeta australiana Judith Wright, una de las más importantes voces en defensa del medio ambiente y de los derechos de los indígenas australianos, vivió en Braidwood las tres últimas décadas de su vida. Wright falleció en junio de 2000.


"Wisdom can see the red, the rose,
the stained and sculptured curve of grey,
the charcoal scars of fire, and see
around that living tower of tree
the hermit tatters of old bark
split down and strip to end the season;
and can be quiet and not look
for reasons past the edge of reason."

Del poema 'Gum Trees Stripping' de Judith Wright  

8 mar. 2014

Reseña: The People in the Trees, de Hanya Yanagihara

Hanya Yanagihara, The People in the Trees (Londres: Atlantic Books, 2014). 368 páginas.

Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha buscado el elixir de la inmortalidad, la panacea universal que curara todas las enfermedades y le permitiera alcanzar el estatus de divinidad eterna, imperecedera. No es nada de extrañar pues que las religiones (de todo signo) sigan teniendo tantos adeptos. Son amplias tragaderas universales que nunca dejarán de funcionar entre las masas aterradas.

The People in the Trees es la única novela que hasta la fecha ha publicado su autora, quien se pasó cerca de 18 años escribiéndola, según confesó en una entrevista a Publishers Weekly. Más o menos basada en la historia real de un doctor estadounidense, Carleton Gajdusek, premiado con el Nobel en 1976, la novela es un complejo relato ejecutado de manera muy audaz por Yanagihara. Se inicia con dos escuetas notas de corte periodístico que dan cuenta de la detención y posterior ingreso en prisión de Norton Perina, prestigioso científico que ha sido acusado de estupro por uno de sus más de cincuenta hijos adoptados. Estas dos notas van seguidas del prefacio (unas diez páginas) que Ronald Kubodera, colega y admirador desmesurado de Perina, antepone al relato autobiográfico que éste ha escrito mientras ha estado en prisión. La autobiografía de Perina va seguida asimismo de otro artículo periodístico, un epílogo a cargo de Kubodera y un extracto de las memorias previamente censurado, además de un glosario y una cronología.

¿Y quién es, en sus propias palabras, Perina? Una infancia poco feliz, huérfano de madre a los pocos años, una sensibilidad muy mermada que deriva en una misoginia ridícula, prácticamente un sociópata (como tantos otros que hoy en día se agazapan tras extraños seudónimos en los foros online de los diarios). Tras completar sus estudios universitarios, a Perina le ofrecen la posibilidad de unirse a una expedición que va a explorar en 1950 una supuesta isla de la Micronesia, Ivu’ivu, en compañía de Tallent, un antropólogo del que Perina se enamora en el mismo instante de conocerlo, y de Esme Duff, por quien sentirá desprecio desde el primer momento por el hecho de ser mujer.

En Ivu’ivu descubren una remotísima comunidad indígena cuyos miembros llegan a superar los cien años de edad. Tienen una extraña ceremonia por la cual los que superan los 60 años de edad pueden comer la carne de una tortuga local (que solamente se encuentra en un lago de difícil acceso en las montañas). El problema es que, mientras que el cuerpo sigue vigoroso, sus mentes se deterioran rápidamente. A los que sufren este síndrome los expulsan del poblado, y tienen que vivir eternamente vagando por la jungla. Tallent, Perina y Duff encuentran a un grupo de estos “dreamers”; pasan varias semanas entre los indígenas, y son testigos de ceremonias iniciáticas que en otras partes del mundo darían pie a mucho más que una simple protesta.
¿Panacea universal? No, gracias.
Perina decide aprovechar su oportunidad, empeñado en descubrir cuál es el secreto de la inmortalidad de los habitantes de la isla, captura y descuartiza un ejemplar de la tortuga “opa’ivu’eke” para llevársela a su laboratorio en los EE.UU., y con la aprobación de Tallent se lleva también a tres de los “dreamers” de Ivu’ivu. El relato de sus pruebas de laboratorio con ratones es fascinante por momentos. ¿Habrá encontrado la fuente de la vida eterna? Con el paso de los años su fama como científico se extiende por todo el mundo, y culminará en el premio Nobel. Pero Ivu’ivu, naturalmente, está condenada.

Perina sigue viajando a Ivu’ivu, e incluso acompaña a Tallent y Esme en una segunda expedición. En uno de sus viajes decide adoptar a uno de los muchos niños que malviven en la isla, y al primero le seguirán muchos, muchos más. Posiblemente, demasiados.

The People in the Trees proporciona un desenlace que no defrauda, y que llevará al lector a reevaluar la apreciación que se había hecho del protagonista narrador. Yanagihara acierta de lleno con la inclusión de una segunda voz narradora, la de Kubodera, que edita la narración autobiográfica y decide suprimir un capítulo de la autobiografía de Perina para luego revelarlo a posteriori. Kubodera anuncia desde un principio su mano en la presentación del texto de las memorias de Perina, pero es esencialmente en las páginas finales donde la manipulación textual que lleva a cabo se revela en toda su dimensión y motivación.

Esta es una novela primorosamente escrita e ideada, sin duda los dieciocho años que invirtió su autora en ella valieron la pena. Yanagihara crea un mundo, un universo completamente verosímil, el de Ivu’ivu, con sus junglas asfixiantes donde no llega la luz del sol y montañas impenetrables. Pero también crea un personaje por el cual no es difícil sentir en un principio una cierta ambivalencia. En su época de ayudante de laboratorio cuando todavía era estudiante, Perina confiesa el disfrute que le produce matar a los ratones una vez han cumplido su cometido científico. Es un primer aviso inequívoco que el lector debe tomar en cuenta respecto a Perina. ¿Podría una mala persona, un individuo jactancioso, hiriente y cruel, ser un gran científico que busca alcanzar el secreto de la inmortalidad para todos los seres humanos?

La fuerte crítica al modelo occidental de colonización (Ivu’ivu, su cultura y su población, por supuesto) es el gran tema de fondo de esta novela: Perina reconoce su gran parte de culpa en la profanación, destrucción y rapiña de una suerte de jardín edénico en mitad del Pacífico que si alguna vez existió, hoy es (como en el caso de Samoa) un puesto remoto del capitalismo más salvaje del siglo XXI, donde la obesidad es rampante, el fundamentalismo cristiano ha borrado casi todos los vestigios que quedaban de una antiquísima cultura propia, y la corrupción se ha adueñado de las estructuras políticas traspasadas desde el imperfecto modelo occidental.

Visto lo visto, a uno solamente se le ocurre confesar que supone un alivio que la inmortalidad no sea, hoy por hoy, posible. Porque, ¿quién en su sano juicio querría padecer eternamente esto que llamamos vida?

4 mar. 2014

Reseña: Liquid Nitrogen, de Jennifer Maiden

Jennifer Maiden, Liquid Nitrogen (Artarmon: Giramondo, 2012). 86 páginas.

¿En qué medida puede el poder político ser tema de la poesía (y no me refiero a la juiciosa disquisición en torno a la filosofía política) sin caer en la frivolidad? Quien desee aventurarse por esos derroteros tendrá que saber dominar muy bien el tema o los temas que trate, y dotar además a su poesía de algo especial que le otorgue no solamente interés temático sino cierto atractivo literario en tanto que creación lírica.

En el largo poema que abre Liquid Nitrogen, ‘The Year of the Ox’ [El año del buey], la autora australiana Jennifer Maiden nos dice que la poesía

is disparate concepts combined in binary
structures: stress/unstress, iamb/trochee,
alternating syllables, stanzas, letters, space…. (p. 13)

[son conceptos dispares combinados en
estructuras binarias: tónica/átona, yambo/troqueo,
sílabas alternantes, estrofas, letras, espacio….]

En unos versos inmediatamente anteriores a estos Maiden ha iniciado esta curiosa analogía de la poesía con la tecnología digital, en tanto que la analógica “fluye y es prosa”.

Mientras que la mayoría de los poemas de Liquid Nitrogen tienen un sesgo predominantemente político; dado que trata en gran parte de la política australiana contemporánea será necesariamente poco atractiva para lectores no familiarizados con la escena política australiana de los últimos años. Son estos poemas configurados en torno a conversaciones entre personajes reales contemporáneos o históricos ficcionalizados (Barack Obama, Hillary Clinton, Eleanor Roosevelt, los exprimeros ministros australianos Kevin Rudd y Julia Gillard, Dietrich Boenhoffer, Florence Nightingale, Henry James, Julian Assange, entre otros) y personajes más cercanos a la propia autora y procedentes de obras suyas anteriores.

El tono de muchos de los poemas de la colección se aproxima más al ensayo contemplativo que a la sátira que quizás podría esperarse de una obra poética que se inmiscuye con tanta intensidad en la política diaria dominada por el ciclo informativo de 24 horas de duración. El resultado es en ocasiones un tanto plano y, en mi opinión, monótono.

No faltan sin embargo buenos ejemplos de una acertada ironía,
“…Chemical Ali had been hangedin Iraq for gassing Kurds and that Skyby coincidence was featuring birthdefects caused by chemicals the U.S. usedin Fallujah….” (p. 5)
[…que habían ahorcado a Alí el Químicoen Iraq por gasear a los kurdos, y que Skyen una coincidencia estaba mostrando los defectoscongénitos causados por las sustancias químicas usadaspor los EE.UU. en Faluya….]
 o juegos de palabras de imposible traducción:
“…As an ox, I amLying on Straw and watching Straw Lying.” (p. 2)
en lo que constituye una ingeniosa referencia al Ministro de Asuntos Exteriores en la época de Tony Blair.

Los largos poemas narrativos que en gran parte integran Liquid Nitrogen no se aproximan a un tipo de poesía que encuentre mucho eco en mí como lector. De entre todos, me quedo con ‘My heart has an Embassy’ [Mi corazón tiene una embajada], a mi parecer el mejor poema del libro, en el que Maiden se aleja del tono coloquial de los diálogos y de la narración en verso libre para adoptar un estilo más lírico, más rico y expresivo,  también más íntimo.

Te ofrezco ahora mi versión en castellano:
Mi corazón tiene una embajada
Mi corazón tiene una embajada
para Ecuador, donde pediré
asilo. Seísmos
y réplicas socavan
mi esperanza y mis medios de trabajo,
y los estadounidenses
se han infiltrado en mi psique
con su negro don para el miedo.
Mi corazón tiene una embajada
para Ecuador de aire tan raro
y tan suntuosa como los Andes,
tan clara como el ecuador. En ella
habrá cascadas
y junglas como salvación.
Habrá amigos
a los que nada deba, ni
fianza afamada, ni espinosas
sexualidades cómplices. Mi corazón
tiene una embajada para Ecuador
donde no habrá secretos
y la verdad se derrama como el agua
desde una inmensa, pétrea desesperanza.
Liquid Nitrogen recibió hace unos semanas el galardón mejor remunerado de las letras australianas, el Victorian Prize for Literature. Es en mi opinión un poemario con mucha e innegable calidad, pero no me queda claro que mereciera un premio que lo señala como la mejor obra literaria publicada en Australia en 2013.

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