29 jul. 2011

Reseña: La pista de hielo, de Roberto Bolaño


Roberto Bolaño, La pista de hielo (Barcelona: Anagrama, 2009). 200 páginas.

Resulta un tanto peculiar – por no decir increíble – que Roberto Bolaño ganara el premio de Narrativa Ciudad de Alcalá de Henares en 1993 con La pista de hielo, y que durante varios años más el escritor chileno afincado en Cataluña viera varias de sus obras rechazadas por las editoriales españolas.

La novela reúne algunas de las preocupaciones que Bolaño despliega con una energía imparable y magistral en 2666. No habiendo leído todavía Los detectives salvajes ni muchas de sus novelitas que solamente salieron a la luz tras su muerte y posterior (re)descubrimiento, no puedo establecer paralelismos ni comparaciones. Pero sí puedo decir que se palpa la magnificencia de 2666 en La pista de hielo.

Escrita a tres voces (tres hombres: un chileno, Remo Morán; un mexicano, Gaspar Heredia; y un catalán, Enric Rosquelles), La pista de hielo tiene elementos de novela negra, de reflexión literaria, de enamoramiento no correspondido, de sexo desapasionado, de las vicisitudes de la emigración hispanoamericana en España, de la mendicidad como grave asunto social, del significado de los sueños, y unas cuantas cosas más: una prosa muy cercana a lo natural, muy próxima al registro discursivo de la confesión en la comisaría.

Pero quizás lo más llamativo desde el punto de vista puramente de lector es cómo Bolaño te invita (o conduce, o por qué no, te obliga) a ir armando la trama mediante pistas no inmediatamente reconocibles. La alternancia de esas tres voces narrativas (no tan diferenciables entre sí como cabría esperar de tres hombres de procedencia tan dispar) te descoloca y te lleva a evaluar las diferentes versiones de los hechos. Los tres rememoran los sucesos acaecidos en el verano de la población costera que Bolaño bautiza como Z, mas los tres buscan en todo momento la aquiescencia del lector, no solamente Enric, quien es acusado del asesinato.

La pista de hielo que Enric Rosquelles hace construir en un dilapidado palacio en las afueras de Z es el escenario donde se percibe la característica amenaza indefinida pero inmanente (esa sensación de amenaza, en 2666, se hace omnipresente, obsesiva y sofocante). Cuando por fin se nos revela el crimen, la pista, con sus líneas rojas de la sangre de la víctima (la cantante mendiga Carmen) se convierte en símbolo del locus del género policial: la escena del crimen a la que todos los sospechosos retornan en su relato confesional, sea en primera persona o un discurso indirecto a través de las tres voces narrativas.

Por lo demás, no faltan algunos interesantes guiños bolañescos de dura pero sagaz crítica. En el episodio del levantamiento del cadáver, observa el narrador (en este caso Remo Morán, el alter ego de Bolaño): ‘Más tarde aparecieron el jefe de policía, que felicitó públicamente a sus hombres, una especie de forense seguido de tres muchachos de la Cruz Roja, y una chica de unos treinta años que dijo ser la juez comarcal. Ésta y Lola se conocían y tuvieron un pequeño altercado acerca de la ficha de la mendiga. La juez quería quedarse con la ficha, a lo que Lola se negó en redondo. Al verlas discutir, las dos jóvenes y enérgicas, pensé que ésa era la España que avanzaba a grandes zancadas hacia el futuro’ (p. 159). Genial: más que una conjetura, un vaticinio en toda regla. La escena, que sin duda Bolaño presenció en otra versión similar innumerables veces,  me recuerda por otra parte a otra similar, en la película de Álex de la Iglesia La comunidad, en las escaleras de la finca por donde un tropel de gente va bajando entre gritos, empujones, porros y amenazas, el cadáver de uno de los vecinos.

Bolaño siempre te deja algunas perlas, aforismos como dulces para que los saborees lentamente. Yo me quedé ayer, mientras terminaba la novela en el autobús, camino del trabajo, con esta: ‘los seres sumisos son traicioneros, y más vale no confiar en ellos’ (p. 176). Cuánta razón tenía.

26 jul. 2011

26 July 2011


For you crying as ever...

It’s always Tuesday.
But today the wattles have burst into gold,


and I can’t bring myself to say the words.
The skies have cleared, the neatest blue won,
there’s even a hint of warmth in the air
but I can’t bring myself to say the words.
Our hearts might keep beating,
but their beat will not hold
this void, the sorrow,
the unending hollow
that your life has become.
Blue wrens are chirping, magpies have announced
spring’s coming, and flowers
will soon be greeting
our Sunday outings on Gungahlin Drive.
Yet I can only bring myself to speak
the silence beshrouding our house.

Silent as a blank page

'The night sky seen through a telescope'
1886
From where I stand now, the universe appears to be a silent everything; it is as silent as a blank page. Unless luminous pollution prevents you from seeing it (an increasingly frequent curse), every night you can walk outside your home and contemplate the magnificent, deafening silence that surrounds us; that silence is us. Or rather, we are just a tiny, insignificantly minuscule part of that splendidly booming silence. Only by staring at it can you realise how still it actually is. How little we can actually say; what negligible substance our words are when compared to the imposing silence of the blank page we call universe. Yes, we are just a blank page, waiting to be filled with the Word.

However, you may choose to be sitting on your three-seater leather sofa while you’re holding the remote, and you might perchance feel like an Ancien Régime king; voilà! And you’ve become an almighty god who can erase images with the flick of a fingernail on a tiny plastic button. TV brings plenty of reality shows to your illusory life: some of them are highly political and may involve everyday matters such as weight loss, cooking or dancing, or they may even have some educational value; others are just hilarious, after the now classical pattern of the comedy or the farce, like Question Time in the Parliament of your democratic choice, which is all but a reality show purely designed to make you wonder or laugh at buffoons you might again vote for in three years’ time.

Fortunately, though, you can always switch the device off or change the channel in order to bring a more palatable reality into your dreary life. Technology may have at last brought true democracy into the amusing routine fictions you’ve been mistaking for your life. While the French people changed history by resorting to violence and guillotining their king, Louis XVI, you can easily depose a Prime Minister and the Leader of the Opposition from your domestic realm and at the same time by simply changing to some other channel; there, rare wisdom by the name of In the Night Garden or Boohbah will give you your necessary daily dose of sanity.

What’s more, these home-based deities we have all become entitled to be can exercise their fickle power while getting absolutely smashed on the poison of their choice on a Saturday night. Modern lazy almightiness has achieved new powers thanks to the digital interactions; you can send your manna-like drivel in less than 140 characters and see it a few seconds later being run across the newsreel and potentially read by millions of other sluggish gods at their homes – whether drunk or sober, who cares, really – mind you: it means far more instant readers than Aristotle, Descartes or Schopenhauer will ever get.

The blank page I’m staring at as I write these inconsequential words feels unusually silent tonight. Outside, the universe seemed to scream at me (and at you, too) for a hundredth of a second.

It was a false alarm, though. I’d better turn that TV on and bring some pacifying noise into my delusional life before the blank page of universal silence drives me (and you, too) insane.

22 jul. 2011

Planes de contingencia frente a los zombis, de Kelly Link

Hermano Cerdo publicó ayer una nueva colaboración mía en forma de traducción. En esta ocasión se trata de un cuento de la norteamericana Kelly Link, titulado ‘Planes de contingencia frente a los zombis’. Se trata de una narración muy peculiar: Link le imprime un ritmo firme pero no acelerado, y sin duda es el protagonista, El Jabones, el que tira del hilo narrativo.

El título resulta un tanto engañoso, pues realmente la historia no va de zombis. Y tampoco la primera oración ayuda mucho al lector a situarse en la verdadera trama del cuento: ‘Este es un cuento que trata de cuando uno se pierde en el bosque.’

Kelly Link ha recibido varios premios por sus cuentos, entre ellos el World Fantasy Award. Vive en Northampton (Massachusetts) con su familia, y junto a su marido, Gavin J. Grant, dirige la editorial Small Beer Press, además de jugar al ping-pong.

Link sitúa su historia en una casa de una familia acomodada, donde están dando una de esas fiestas de verano en las que la gente se mete en la piscina, o se tumba en el césped a disfrutar del frescor que trae la noche. Alguien que no ha sido invitado se cuela en la fiesta y hace amistad con la hija de los propietarios. Y no te cuento más: solamente te invito a leerla en la revista de los campeones, Hermano Cerdo. Por supuesto, puedes también leer o descargarte el texto del cuento original en inglés.

19 jul. 2011

Reseña: Black Glass, de Meg Mundell


Meg Mundell, Black Glass. Melbourne: Scribe, 2011. 281 páginas.



Haciendo un uso laborioso y perspicaz de un acontecimiento real, la cumbre de los ministros de economía y de los gobernadores de los países del G-20 en Melbourne en noviembre de 2006, Meg Mundell construye en su primera novela una utopía negativa; es decir, lo que en inglés se conoce como ‘dystopia’ (distopía, palabra que el DRAE, absurdamente, no recoge todavía). Mundell la ubica en una ciudad dividida en zonas con mayor o menor control y vigilancia por parte del gobierno. La sociedad de esta futura Melbourne, una ciudad que alberga partes totalmente dilapidadas, se divide entre los documentados (los ciudadanos de pro, con derecho al trabajo legítimo) y los ‘undocs’, los indocumentados, sin derechos y por tanto sospechosos mientras no puedan demostrar lo contrario. Los peores aspectos de la sociedad contemporánea parecen haberse adueñado de la vida en este mundo futuro.
En la lectura de Black Glass no hay que olvidar el curioso preámbulo, que cita el ficticio (por ahora) artículo 18(b) de un código o una ley, y que nos dice: ‘No existe ningún requisito legal que obligue a hacer entrega de un conjunto completo de datos personales a la Base de Datos Nacional para la Documentación de la Identidad. Sin embargo, toda persona cuyos datos completos no estén registrados en la Base de Datos y no hayan sido actualizados tal como se estipula por el presente, pueden perder el derecho a ciertos beneficios, privilegios y derechos señalados en las pertinentes leyes nacionales e internacionales’.
Las principales protagonistas de Black Glass son dos hermanas, Grace y Tally (Tallulah), menores de edad y huérfanas (cabe suponer) de madre. Tras la muerte de su padre Max en una explosión accidental (un tipo taciturno, que se dedicaba a la fabricación de drogas de diseño), las dos adolescentes huyen por separado, pero se dirigen a Melbourne, donde esperan encontrarse. Allí, cada una por su lado, tratan de sobrevivir en un mundo hostil.
La trama nos lleva desde los casinos lujosos y edificios de oficinas a los recovecos más lúgubres y tenebrosos de esta ciudad futurista. Es una trama un tanto deslavazada: la narración se va construyendo a partir de notas, correos electrónicos y apuntes narrativos en tercera persona. Aunque un tanto caótica, no deja de tener una chispa de vivacidad.
Una de las subtramas más interesantes es la de Milk, un tipo extraño y reservado, cuyo trabajo consiste en crear ambientes propicios a los intereses de quien le paga. En la jerga de la novela, a Milk se le conoce como un ‘moodie’. Mediante esencias, aromas, colores, luces y sonidos subsónicos, este alquimista contemporáneo crea ‘ambientes’: en el Casino donde trabaja, escondido tras un ventanal negro, propicia las apuestas arriesgadas de clientes, que lo pierden todo al ‘oler’ la suerte.
El paisaje urbano que propone Mundell es, por lo demás, realista: la publicidad es dominante en el mercado, lo rige todo; los productores de los programas informativos no quieren informar; la armonía social está quebrada por la desigualdad económica; el inicuo gobierno vigila a la población con cámaras, y trata de controlar a las masas con las técnicas de Milk, influyendo en ‘el modo en que se percibe un espacio, se siente o se recuerda’.
Sin embargo, la sensación de que la trama carece de un rumbo previsto es palpable. De hecho, la narración de las vicisitudes por las que atraviesan las dos hermanas parece una recopilación de anécdotas más que una historia propiamente dicha, y es ahí donde falla Black Glass. El formato un tanto experimental, que no innovador, sí permite indagar en cuestiones de cierto peso y mucha relevancia actual. Por mencionar dos ejemplos: ¿es la podredumbre claramente percibida en los medios de comunicación de masas (News Corp) y en la clase política (Generalitat Valenciana) el resultado del fracaso del estado democrático y su defensa de la libertad pública? Ni siquiera Milk con sus extraordinarias esencias atenuantes podría enmascarar el hedor que surge de ciertos entornos.
Como dijo alguien hace unos cuantos siglos, ‘something’s rotten in the state’, pero no necesariamente el de Dinamarca.
El texto que sigue es del primer capítulo de Black Glass, una primera novela cuya lectura es amena y en general fácil, pero difícil de encasillar en un género preciso: en mi opinión, no es ciencia ficción, puesto que las situaciones descritas son inquietantemente actuales. Que lo disfrutes.


Capítulo Primero
Muerte de un químico

[Tally: Anotación en diario]
Justo antes de que suceda lo malo, siempre hay un pequeño aviso, una solamente tiene que prestar atención. Yo ya los he visto: un guante negro que alguien ha perdido junto al río, un naipe solo, tirado boca abajo en mitad de la calle. Una vez vi un gatito negro que había perdido uno de sus ojos y que llevaba un pajarito blanco en la boca. El pájaro no se movía, y va y el gato tuerto se quedó mirándome – y luego resultó que hubo un funeral al que tuvimos que ir. Y además otras cosas, como las flores que alguien se deja en un jarrón, o vivir en una calle sin salida cuando el rótulo de la calle ha desaparecido y una ni siquiera sabe dónde está, así es, Grace y yo sabíamos las dos que ésa fue una muy mala idea, pero ¿nos escuchó Max? Nones. Una no puede dejar que cosas así le dirijan la vida pero una quiere quedarse al margen de todo eso, una quiere tocar madera o alejarse sin más muy rápido y sin mirar atrás.


[Tally | Grace | Max: Vehículo matrícula FHE693]
Tally sabía que algo iba a salir mal. Por un lado, había habido algunas pistas, su padre había escogido un punto negro en la esquina derecha del mapa, un punto que estaba lo más al norte que nunca habían estado, y que apenas estaba en el mapa: Belton, decía en letra diminuta. Una línea férrea se apartaba al acercarse y luego desaparecía de la página.
Y los vidrios rotos. Cada vez que se mudaban de casa, había siempre unas cajas determinadas que las chicas sabían que no debían tocar. Max las marcaba poniéndoles encima con un rotulador grueso negro un garabato que decía Taller. Pero aquella noche, a última hora, cuando las panzudas palomillas topaban contra en las ventanas y Tally y Grace estaban guardando cubiertos y envolviendo platos con papel de periódico, su padre había entrado en la cocina sujetando una de esas cajas, que alguien – alguien que no era él – había dejado caer sin cuidado en el remolque. La dejaba caer encima de la mesa con una fuerza calculada, para que todos pudieran oír que algo caro estaba roto en su interior. Desde aquel sonido tintineante, apenas había dicho palabra.
En tercer lugar, estaba el poli – no es que los polis fueran algo inusual, pero este había aparecido de la nada, igual que lo hace una araña, o una premonición.

Se fueron en silencio antes del amanecer y habían estado conduciendo todo el día, la lona impermeable iba batiendo un ritmo caliente y aleatorio contra el remolque. Cada cierto tiempo, una de ellas miraba hacia atrás para comprobar que nada se hubiera soltado y caído en la carretera.
Atravesaron largos tramos de un vacío pardo roto por breves destellos de color apagado: un restaurante de carretera rosáceo, un grupo de casas de color pastel, un perro solitario que movía el rabo mientras sonreía cara al viento. Todo el paisaje estaba como apabullado por el calor, el aire arrastraba una fina calima de polvo. De vez en cuando pasaban por delante de una línea de cepas ennegrecidas, los restos de otro incendio forestal.
Max y Grace apenas hablaban aquel día. Los dos llevaban puestas sus nuevas y baratas gafas de sol, compradas en silencio del mismo estante en una estación de servicio: Las de Grace eran unos elegantes hexágonos (Paparazzi, decía la etiqueta que colgaba de ellas); Max escogió unas grandes y con patillas anchas que no dejaban pasar la luz por los lados.
Su padre conducía a un ritmo constante, con una lata de vodka con frambuesa metida entre los muslos, llevándose pequeños sorbos a la boca. Grace se había estirado en el asiento trasero, y su largo pelo rojo ondeaba junto a la ventana abierta, y de vez en cuando tatareaba alguna melodía acompañando a la radio.
Asomada a la ventana del copiloto, Tally tenía el brazo extendido contra el aire caliente. Llevaba una pequeña cámara plateada en el regazo. De vez en cuando la levantaba y enmarcaba contra el cielo algún árbol muerto, o la forma baja de algún granero, una mujer que hacía trotar a un caballo en pequeños círculos.
Había sido cuestión de pura suerte. La noche anterior, mientras llevaba a casa un paquete de patatas fritas calientes para la cena, el hombre viejo que vivía cerca de la tienda de comida para llevar se había asomado en el porche y le había hecho un ademán urgente para que se acercara. ‘Jovencita, ven, acércate, tengo una cosita para ti.’ En sus manos centelleaba una forma plateada. Tenía pinta de ser una chica lista, le había dicho él. ¿Había usado alguna vez una cámara? Hacía calor. Tenía unas Pepsis en la nevera. También tenía un libro de fotografía dentro de casa. ¿O a lo mejor le gustaría tomar prestada la cámara? Solo prestada.
El viejo esperó, con el aliento entrecortado y la mirada pálida y vacía. Tally se quedó clavada en los escalones del porche, pero se puso el paquete debajo de un brazo y le dejó que pusiera la cámara en la palma de la mano extendida. Pesaba menos de lo que parecía. Se la llevó a la altura de los ojos, se dio la vuelta para enfocar la escuela, el campo de fútbol, la seca hierba dorada por el sol y las bruscas sombras que había entre los edificios.
‘Papá tiene hambre, se me van a enfriar’, le dijo ella abruptamente. La cámara le encajaba perfectamente dentro de la mano; cerró el puño sin ofrecerse a devolverla. ‘¿Puedo jugar un poco con esto? Se lo traeré después de la cena'.
‘Tu papá, eh’, dijo el viejo con frialdad. ¿Y a qué se dedica tu papá?’

A la mañana siguiente se habían marchado de la casa alquilada, y con el coche se habían adentrado en la semi-penumbra, acompañados por los chirridos que el peso del remolque le causaba al coche. El pueblo estaba en silencio, el porche del viejo estaba vacío. Ni Max ni Grace se molestaron en preguntarle de dónde había sacado la cámara. En cuanto se hizo de día se dio la vuelta, encuadró a Grace que miraba fijamente por la ventana y apretó el botón: la piel pálida, el pelo rojo, unas gafas oscuras que ocultaban sus ojos, un perfil difuminado por el movimiento y el ocre quemado de la hierba seca que se extendía hasta el horizonte.
Tally estaba mirando la pantalla de la cámara cuando apareció la tercera señal. Se habían detenido ante un paso a nivel: el estruendo de las campanas, un tren que pasaba rugiendo por delante del rectángulo de luz, mientras el polvo brillaba con los rayos que brotaban a cada fracción de segundo entre los vagones.
Enseguida el tren desapareció, y allí delante, enfrente de ellos y al otro lado de la barrera, había un coche de la policía. Las campanas enmudecieron, la barrera se levantó con una sacudida, y los dos vehículos cruzaron arrastrando cada uno su carrocería por encima del montículo de las vías férreas, pasando al unísono como dos delfines que saltaran a través de un aro. Fue una maniobra fácil, pero pareció durar una eternidad.
Pasaron muy cerca. El poli llevaba puestas unas gafas de espejo, y las lentes desprendieron un destello sobre ellos al pasar, inexpresivamente. Reflejada en su superficie, Tally vio una imagen que se deslizaba: su viejo coche, el remolque, el perfil rígido de Max, el revoloteo rojizo del pelo de Grace y una forma pálida que posiblemente fuera su propia cara. Se dio la vuelta y se quedó mirando hasta que el coche del policía se fundió con las líneas evanescentes de la distancia.
[Tally: Anotación en diario]
Yo y Grace fuimos a dar un paseo. Pensé, vaya sitio, es tan pequeño. El aire parece espeso, la mayoría de las tiendas ha cerrado, las ventanas de las casas cerradas a cal y canto para que no entre el calor. Una señora vieja que desde su porche nos miraba cerrando los ojos, un chico muy flaco lanzando escupitajos dentro de una papelera en el exterior de la tienda de comidas para llevar, esto era todo lo que pasaba aquí. Grace levantó la vista y se quedó mirando un avión que pasaba por encima, dejando una de esas líneas blancas en el cielo, y dijo, estupendo, joder, es sencillamente estupendo.
Así que fuimos a ver el colegio, y vaya tela, incluso tiene peor pinta que el último, un montón de esos edificios prefabricados que tienen el color del pan mohoso, hay una cesta de baloncesto toda doblada, y la pista está toda agrietada. Pues eso, estuvimos allí un rato, de pie junto a la valla, imaginándonos el primer día de clases, cómo una entra en el aula con pinta de chica dura, se busca un asiento en la parte de atrás mientras todos los demás te miran de refilón, a ver si realmente das la talla. Nos quedamos un buen rato mirando ese sitio, yo y Grace. Es mejor no dejar que se te suba a las barbas.
Encontramos un buen mirador desde donde se ve el pueblo entero, subiendo un terraplén todo cubierto de plantas, cerca de las vías del tren, por donde cruza la carretera principal. Debajo está la terminal de carga de los ferrocarriles, un gran lío de líneas que se entrecruzan, se pueden ver los mercancías que cruzan el pueblo. Incluso se puede ver nuestra casa desde allí arriba, una casa que parece una cara vieja, con el porche deteriorado que le da un aspecto malhumorado. Se ven los graneros, la calle principal, la gasolinera, todas las casas viejas y luego los campos resecos con algunas vacas flacas en la distancia. En realidad no hay nada que ver. Como dice Grace, es otro caso de pueblo perdido en mitad de ninguna parte.

14 jul. 2011

Literatura y traducción - Conferencia en Monash University



Hace un par de días asistí a una conferencia en la Universidad de Monash, en Melbourne, que bajo el muy ambicioso título de ‘Literature and Translation’ reunió a un numeroso grupo de traductores, estudiosos de la traducción y de la literatura. Dado el abigarrado programa, que comprendía cinco paneles simultáneos en seis sesiones distintas a lo largo de dos días, se hizo necesario escoger de antemano las ponencias a las que asistir, cosa bastante difícil puesto que prácticamente todas suscitaban interés.

Pude escuchar la interesante ponencia de María T. Sánchez, una simpática colega canaria que lleva afincada ya muchos años en la Universidad de Salford, en el Reino Unido. María nos hizo reflexionar sobre el proceso de traducción, y sobre cómo la metáfora de la traducción como imagen reflejada del original (la traducción como espejo) puede invertirse, y el texto original puede pasar a considerarse imagen reflejada en el texto de llegada, el cual, mediante el proceso de explicitación puede llegar a mostrar muchos aspectos que en el texto de partida estaban únicamente implícitos.

María es la autora de un libro que he leído no hace mucho, publicado por la prestigiosa editorial Lang, y que se titula The Problems of Literary Translation; es un texto altamente recomendable, tanto por sus muy acertadas observaciones en torno a la traducción literaria como por la claridad y la lucidez con que está escrito.

Otras ponencias que me resultaron interesantes e instructivas fueron las de Rita Wilson y Denise Formica, ambas profesoras en la Universidad de Monash, sobre la imagen de Australia y el lugar que ocupa la literatura australiana en el mundo, en el ámbito de las traducciones de novelas australianas al italiano. Una de las conclusiones que, en mi opinión, pueden extraerse de lo dicho por Wilson y Formica, y teniendo en cuenta mis propias observaciones respecto al caso de algunas traducciones al español de novelas australianas, es esta: la política del gobierno de Canberra de promoción de la cultura y la literatura australianas a través de subvenciones a editoriales extranjeras – para que estas publiquen y traduzcan literatura australiana – no incluye en la actualidad un proceso de control de calidad. La pregunta es: ¿se está despilfarrando el dinero? ¿Están contribuyendo a actualizar la imagen estereotipada que se tiene de Australia en muchos países europeos?

Una de las ponencias más notables y fascinantes fue la del poeta Ian Campbell, un australiano que ahora escribe poesía en indonesio. Campbell comenzó por traducir uno de sus poemas al indonesio, y ese enorme desafío le resultó tan cautivador que ahora escribe su poesía en indonesio. Actualmente está desarrollando un proyecto de investigación que comprende la poesía latinoamericana, en especial la de Pablo Neruda, la australiana e indonesia. Campbell lleva cierto tiempo investigando los años que Neruda pasó en Batavia, en la isla de Java, como diplomático chileno.

11 jul. 2011

Reseña: L'últim dia abans de demà, de Eduard Márquez


Eduard Márquez, L'últim dia abans de demà (Barcelona: Empúries, 2011). 146 págs.

En una entrevista que le hizo José A. Muñoz para La Vanguardia, Eduard Márquez decía, a propósito de L’últim dia abans de demà, que los escritores deben ‘ser capaces de que el lector huela la realidad. Y eso es posible cuando el escritor también la huele y es capaz de transmitirlo.’

Comencé a leer L’últim dia abans de demà con una mezcla de expectación y aprensión. Las reseñas que había leído mencionaban un argumento que tiene un interés personal para mí: el del duelo causado por la pérdida de la hija del protagonista. La decepción ha sido mayúscula. La novela apenas pasa de puntillas y bordeando este asunto, y en mi opinión, dada la estructura narrativa adoptada deliberadamente por Márquez, ningún tema de los muchos que aparecen en sus 146 páginas los trata con mucha trascendencia.

L’últim dia abans de demà está construida más bien como un puzle, o un rompecabezas, en una línea narrativa un poco caótica. Es un ovillo desmadejado, con saltos temporales hacia adelante y detrás, una técnica que no siempre resulta ser tan efectiva como efectista. Puede ser cierto que la memoria no nos presente los recuerdos en una línea recta y perfecta; no es menos cierto que la exégesis ficcional otorga suficientes recursos como para darle al lector una visión menos alterada de esos recuerdos. Márquez opta por un mosaico, en el que se nos aparecen multitud de piezas, unas menos desdibujadas y borrosas que otras, y al menos una tan repetida que termina por hastiar (las hostias con sabor a pastillas Juanola que uno de los hermanos reparte a troche y moche).

Pero donde realmente pienso que Márquez me perdió es en la poca profundización que lleva a cabo en los sentimientos del dolor y la pérdida. En casi ningún momento se nos revela el narrador protagonista como alguien que esté atravesando un proceso de duelo. La fijación con el peso (623 gramos, cifra que repite unas cuantas veces) de las cenizas de la hija muerta resulta un tanto extraña, aunque no inverosímil. En su afán de producir una narración tan contenida, y con una prosa escueta, rápida, Márquez apenas explora el mundo interior del protagonista. Da la impresión de que el autor haya escogido que la muerte de Jana sea la excusa que se necesitaba para hacer un recuento desordenado de los recuerdos de una vida, recuerdos que la trama deslavazada revelará como determinantes para el desenlace trágico.

Un interesante aspecto de L’últim dia abans de demà estriba en la contraposición a lo largo de la narración y en los diálogos, de dos idiomas, el catalán y el castellano. Que el discurso represivo, beatón y caduco de los educadores religiosos (los hermanos) se exprese siempre en castellano dentro de una narración en catalán y en la cual los diálogos entre los protagonistas se expresen en catalán recrea magistralmente la sensación de antagonismo y enfrentamiento; su perniciosa influencia queda, en mi opinión, correctamente insinuada. Al fin y al cabo, a los que somos de la generación de Márquez no se nos han olvidado esos ‘sabios’ consejos que se impartían en los colegios religiosos en los últimos años de la larga época franquista.

No quisiera restarle méritos a Eduard Márquez (de quien no he leído ninguna otra obra), pero he de rebatir la idea de que el lector de L’últim dia abans de demà huela la realidad. En mi caso, la realidad no apareció por ninguna parte. Claro está, que mi realidad puede que resulte demasiado exigente con la que propone L’últim dia abans de demà.

8 jul. 2011

Periodismo y ética



El escándalo de las escuchas y el acceso ilegal por parte de periodistas al servicio del magnate Rupert Murdoch (nacido en Australia pero nacionalizado estadounidense) al buzón de mensajes de varias personas, entre ellas una joven que había sido secuestrada y asesinada, ha venido a demostrar que la ausencia de los más mínimos principios éticos y morales en la profesión periodística ha alcanzado cotas impredecibles.

Muchas son las opiniones sobre este tema, y apunto aquí algunas que he visto por la red: por ejemplo, este editorial de The New York Times o un artículo de Tim Dick en el Sydney Morning Herald, por citar dos en inglés, o en español, este de Walter Oppenheimer para El País.

Por mi parte, solamente puedo apuntar el comportamiento de una periodista llamada Alison Rehn, al servicio de Murdoch (en el periódico The Daily Telegraph) aquí en Australia, quien en octubre de 2009 tuvo la desfachatez de dejar la nota que reproduzco arriba en la puerta de la casa de mis suegros.

Decía la nota:
‘To the family of Clea Salavert Wykes,
I am so, so sorry for your tragic loss. I understand completely it is difficult dealing with the media at this terrible time, and I apologise for that. My employer, News Ltd., is only keen on publishing an elegant, glowing tribute to little Clea. We already have Jorge and Trudie’s loving words, but what would make the tribute complete is a photograph. The best tributes are always those that can be illustrated. If you change your mind you can call me, Alison Rehn, on XXXXXXXXX. Call anytime. 
Kindest regards, Alison’
Es decir:
‘A la familia de Clea Salavert Wykes:
Siento tanto, tanto vuestra trágica pérdida. Comprendo perfectamente que es difícil tratar con los medios de comunicación en este terrible momento, y pido disculpas por ello. Mi empresa, News Ltd., solamente tiene interés en publicar un tributo elegante y elogioso a Clea. Ya contamos con las cariñosas palabras de Jorge y Trudie, pero lo que haría el tributo completo es una fotografía. Los mejores tributos son los que pueden ilustrarse. Si cambiáis de opinión, podéis llamarme, a Alison Rehn, al XXXXXXXXX. Llamad a cualquier hora.
Muy cordialmente, Alison’
La nota habla por sí sola. Tras sus palabras lisonjeras se esconde la desesperación por obtener una foto de mi hija a toda costa, por tener la primicia, la exclusiva. Es lo único que quería de nosotros.

Por lo menos, yo he tenido el decoro de no incluir su número de teléfono, no vaya a ser que a alguno de mis lectores se le ocurra dejarle un recadito a Alison en su teléfono móvil. Realmente, no vale la pena. Agua pasada no mueve molino.

Muchos periodistas nunca se paran a considerar si sus actos tiene una base moral sobre la que sostenerse. Carecen de principios éticos porque únicamente se rigen por un objetivo que dista mucho de ser el meramente informativo. Cuando murió mi hija, los medios de comunicación españoles no dudaron en utilizar mi fotografía, sin obtener previamente ni mi permiso ni el de la institución para la que trabajo. Sencillamente la copiaron.

Para los que así actuaron (no sé quiénes fueron, y poco me importa ya a estas alturas) solamente tengo dos palabras: SOIS BASURA.

Reseña: Blanco nocturno, de Ricardo Piglia


Ricardo Piglia. Blanco nocturno (Barcelona: Anagrama, 2010). 299 páginas.

Con frecuencia, conforme avanzo en la lectura de un libro, no es nada extraño que me tope con frases, oraciones, incluso párrafos enteros, que por momentos cautivan y me obligan a releerlos. Hay autores cuya maestría literaria, tanto narrativa como estética, se extiende a lo largo de toda su obra; hay otros, en cambio, que solamente parecen destilar la excelencia en pequeñas dosis, las cuales esparcen en medio de tramas de narraciones más o menos logradas. Pese a la indudable brillantez de esas gotas de talento, a veces no son suficientes para iluminar el resto de la obra.

Blanco nocturno es la primera novela que leo de Ricardo Piglia, y por lo tanto no puedo compararla con obras suyas anteriores. Francamente, la novela cuenta con algunos pasajes en los cuales su prosa desprende cierto esplendor, pero la trama, al menos en la segunda parte, adolece de cierta prolijidad, y por momentos se hace latosa.

(Por cierto, permítaseme un pequeño inciso: ¿quién o quiénes le cambiaron el sentido a la palabra ‘prolijo’, y por qué? ¿Quién les dio venia para hacerlo? ¿Por qué se está empleando ‘prolijo’ – aquí en Australia se oye bastante, especialmente entre peruanos y colombianos – para decir justamente lo contrario de lo que significa la palabra? Para que no quepan dudas: ‘prolijo’, del DRAE: 1. adj. Largo, dilatado con exceso; 2. adj. Cuidadoso o esmerado; 3. adj. Impertinente, pesado, molesto. Yo la empleo aquí en los sentidos impares.)

La novela parte del asesinato de un portorriqueño,  Tony Durán, con pasaporte norteamericano, en un pueblo de La Pampa argentina, un lugar cerrado, donde los rumores vuelan de boca en boca y la mala intención parece crecer como los hongos. El encargado del caso es el ya mayor comisario Croce. A estas alturas, Blanco nocturno tiene todos los visos de ser una novela policiaca. El narrador trata de enlazar los datos que Croce va recogiendo, ofreciendo sus paralelismos, intuiciones y deducciones. En un primer momento, Yoshio Dazai, el conserje japonés del turno de noche del hotel donde se alojaba Durán, es acusado del asesinato: un crimen pasional, dicen. Mas Croce no está convencido y prosigue con sus pesquisas. Algo huele a podrido en mitad de La Pampa, y el fiscal Cueto parece empecinado en que nadie descubra de dónde proceden esos malos olores, al precio que sea. Mientras tanto, al pueblo ha llegado Renzi, profesional del periodismo (‘confidencias personales y noticias falsas, ese era el género’) procedente de la capital, para cubrir la noticia; a Renzi inmediatamente le fascinan el ambiente lóbrego del pueblo y sus trifulcas intestinas.

Traicionado por su ayudante Saldías, Croce toma refugio en un manicomio.  Allí acude Renzi, quien le promete convertirse en sus ojos y oídos en el exterior. Y ahí termina la primera parte (en mi opinión, mucho mejor que la segunda) de Blanco nocturno.

Mientras Piglia centra la trama en proponer un posicionamiento para que el lector reflexione sobre qué es verdad y qué es falso en el caso Durán, la novela puede cautivar. Abundan aquí párrafos de excelente prosa y fina ironía sobre la sociedad argentina de los años 70, sobre su literatura.

Me resultó mucho más aburrida la segunda parte, en ocasiones tediosa, e irrefutablemente repetitiva, como si Piglia no se hubiera tomado el tiempo de revisarla. La narración (el narrador) se obsesiona con un obseso, Luca Belladona, hijo de uno de los terratenientes del lugar, enfrentado a Cueto. Encerrado en su fábrica, Luca es un demente, un soñador, un inventor, un visionario ensimismado que trata por todos los medios de defender su propiedad de los ataques de los buitres especuladores inmobiliarios. La inclusión de extractos de las conversaciones de Renzi con Sofía, una de las dos hermanas gemelas de Luca, no siempre resulta efectiva, del mismo modo que el recurso a las notas a pie de página (que se atribuyen a muy distintas fuentes en una extraña polifonía que no termina de cuajar) llega a resultar un poco cansino.

La edición de Anagrama contiene algún que otro error tipográfico, pero resultan particularmente imperdonables los errores ortográficos de algunos vocablos ingleses que aparecen pésimamente transcritos: ‘clerigman’ (p. 226) o ‘Bleack House’ (p. 270, cita de la novela de Dickens). Es lamentable que el rigor editorial de antaño se esté perdiendo a marchas forzadas. La buena y sana costumbre de saber escribir se está perdiendo, parece que irremediablemente a juzgar por las cosas que uno puede encontrarse en muchos foros literarios y culturales de internet, y este es un mal que no afecta solamente al castellano.

Blanco nocturno ha sido galardonada con dos premios: el de la Crítica (que otorga la Asociación Española de Críticos Literarios) y el Rómulo Gallegos (que otorga el Gobierno de la República Bolivariana de Venezuela), ambos en 2011. Es evidente que a los miembros de ambos jurados les debió entusiasmar.

5 jul. 2011

‘Huellas’ de Jane Goodall, el Premio Calibre de ensayo de 2009, en Hermano Cerdo

Acaba de aparecer mi última colaboración con la revista Hermano Cerdo. Se trata de la traducción de un ensayo, titulado ‘Huellas’, cuya autora es Jane Goodall, de la Universidad de Western Sydney. Goodall explora el tema de la creciente presión del ser humano sobre el planeta, y plantea preguntas que cada uno de nosotros debe hacerse, en tanto que todos somos socios de esa inmensa corporación socio-financiera y altamente consumista llamada humanidad. Las respuestas no son fáciles, y en muchos casos puede que resulten algo penosas. O quizás no: allá cada cual con su sistema de principios éticos (si es que contamos con uno).

Un breve extracto de ‘Huellas’:

“La pregunta crudamente sencilla que subyace en el candente asunto de la sostenibilidad es: ¿podemos parar? No es: ¿podemos hacer que dure esto o aquello en nuestros sistemas de abastecimiento de energía y materias primas? sino ¿podemos parar, nosotros la raza humana, con todas nuestras necesidades y deseos y ansiedades y problemas?”

El dilema está servido: ¿tenemos el deber moral de detener el progreso, tal y como lo conocemos?

En mi opinión, y tras haberlo traducido, ‘Huellas’ es un escrito tremendamente revelador, sin provocaciones gratuitas ni estridentes. Está magistralmente estructurado. Es una de esas piezas que lees y te hace pensar, y además te entran deseos de haberla escrito. ‘Huellas’ es una exposición de ideas muy lúcidas, que alcanza unas conclusiones tan valientes como preocupantes. La versión original del ensayo, en inglés, puedes descargártela en formato PDF desde la web de la revista Australian Book Review.

Aprovecho asimismo este post para celebrar que la nueva web de Hermano Cerdo ya está en marcha: la nueva y ambiciosa etapa de la revista promete mucha buena literatura, muchos análisis y comentarios de interés para el lector. No dejes de visitarla: el enlace está también en la sección de sugerencias, a la derecha de la página.

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