30 oct. 2011

Marditoh roedoreh

Es una agradable tarde de finales de invierno, y estoy tranquilamente sentado en mi oficina. Por los anchos ventanales que tengo tanto enfrente de mí como a la derecha puedo vigilarlos. Hoy son tres, pero pueden llegar a ser hasta cinco o seis según el día; son una distracción que, según me vaya el día y según esté mi estado de ánimo, puede resultar casi hipnótica.
El conejo es una plaga

Hay dos de mayor tamaño que los otros: son papá y mamá, supongo, y cuatro pequeños. Es una tierna escena que me hace recordar a Bambi, si no fuera por la seriedad del problema, y porque no estamos en el corazón de un bosque europeo. No, esto es Australia, y estos lindos conejitos, que corretean al sol todavía tibio de mediados de agosto por los jardines que rodean nuestras oficinas, son una plaga.

Con frecuencia, siempre que el tiempo lo permite, salgo de la oficina a la hora del almuerzo y doy un pequeño paseo, más que otra cosa para descansar la vista. Desde hace unos meses, vaya por donde vaya en este campus universitario, los agujeros que hacen estos graciosos, encantadores roedores suponen un riesgo para nuestros tobillos. Están por todas partes.
Hay que mirar por dónde se pisa

Recordemos un poco la historia: parece ser que el conejo silvestre (Oryctolagus cuniculus) fue introducido en Australia por un colono inglés, Thomas Austin, en 1859, aunque ya la Primera Flota que estableció la colonia penal en Sydney en 1788 trajo consigo conejos domésticos, para comida. En mala hora, Austin se los hizo traer desde Europa simplemente para poder seguir practicando la caza. Junto con los conejos se introdujeron otras especies de uso cinegético, como la liebre y el zorro, también aclimatadas a las condiciones australianas y muy extendidas.

Durante la Gran Depresión de los años 30, muchas familias australianas pudieron hacerle frente a la crisis gracias a la caza de conejos silvestres, que suplementaban su dieta. Hoy en día, casi nadie come conejo: la carne de conejo silvestre es más bien dura y tiene un sabor que nuestros mimados paladares contemporáneos no encuentran muy agradable.

Curiosamente, Australia, el continente habitado más seco, exporta una buena parte de la lluvia que recibe en forma de carne de vacuno y ovino y otros productos agrícolas, de los que produce grandes volúmenes. Además, es un país exportador de arroz y algodón, entre otros productos que requieren irrigación intensiva. Otra gran paradoja australiana.

Esta es la capital de Australia, Canberra, una ciudad moderna, ideada y diseñada exclusivamente para albergar el gobierno federal, y que cumplirá sus primeros cien años en 2013. Situada en el lecho de un valle por el que discurre un triste río de llamativo nombre, el Molonglo, la ciudad se ha ido extendiendo de norte a sur y de este a oeste. La referencia geográfica por excelencia es Black Mountain, un cerro que, según dicen, esconde una extinta caldera volcánica, con la imponente Torre de Telecomunicaciones apuntando al espacio exterior, que parece buscar allí arriba respuestas a preguntas que ahora prácticamente nadie se hace.

Pero no fueron solamente animales lo que introdujeron los europeos: también hay plantas no autóctonas que se han extendido por el continente sin control alguno. Solamente en Canberra se cuentan más de setenta y siete especies invasivas. En otras partes del continente hay otras muchas especies no autóctonas incontroladas; el camello, por ejemplo, en los desiertos del Territorio del Norte; los caballos salvajes, en las zonas montañosas en el sur de Nueva Gales del Sur; el olivo asilvestrado en las colinas de las afueras de Adelaida; el sapo de caña, que desde Queensland se está extendiendo hacia el poniente y ha llegado ya al extremo nororiental de Australia Occidental.

Y mientras en el campus de la Universidad Nacional Australiana los conejos campan a sus anchas y se dedican a horadar tremendos agujeros en el terreno en los que algún incauto estudiante, posiblemente ebrio, meterá una noche el pie y se torcerá el tobillo, en las áreas más alejadas del centro urbano las especies autóctonas están viendo desaparecer su hábitat a un ritmo cada vez más acelerado.
Y no solamente sufren la desaparición de su entorno natural ante la imparable construcción de nuevos suburbios. Todos los años, las autoridades contratan a tiradores profesionales para reducir la población de canguros.
Uno de los muchos barrios nuevos. People breeding like rabbits? 

El canguro, el animal icónico australiano por excelencia, pero ampliamente desconocido por la mayoría de los ciudadanos, fue durante decenas de miles de años la base nutritiva de la población indígena australiana. Los aborígenes subsistían con un modo de vida nómada, basado en la caza y en la recolección.
Canguros (Eastern grey kangaroos) en Mulligans Flat

De algún modo, uno tiene la impresión de que esta obvia contradicción en nuestra conducta (sacrificamos un gran número de animales nativos todos los años mientras contemplamos con total desidia el daño que hacen los roedores y otras muchas especies foráneas) es síntoma de algo mucho más extenso, mucho más perverso. Quizás si se les hiciera la pregunta a algunas especies nativas, podrían sugerir que el hombre occidental es la peor especie foránea invasora.

Para fortuna nuestra, no tienen los medios (y dudo que tuvieran la maldad y la crueldad necesarias) para contratar a tiradores profesionales, año tras año.

24 oct. 2011

Reseña: Traiciones de la memoria, de Héctor Abad Faciolince

Héctor Abad Faciolince, Traiciones de la memoria (Madrid: Alfaguara, 2010). 265 páginas.

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Nos dice Abad Faciolince en el prólogo de este libro que “Cuando uno sufre de esa forma tan peculiar de la brutalidad que es la mala memoria, el pasado tiene una consistencia casi tan irreal como el futuro.” En una época en la que proliferan los libros que indagan y rebuscan en los límites entre la realidad y la ficción, que escudriñan los surcos abiertos en ese terreno resbaladizo e incierto del recuerdo y la memoria, cabría preguntarse si realmente la mala memoria es una “forma peculiar de la brutalidad”. Personalmente, “brutalidad” me parece una elección léxica un tanto peculiar (una pizca dramatizada) para referirse a la memoria, sea mala o buena.


Que la memoria nos traiciona es un hecho innegable. Cuántas veces hemos ido a buscar algo que creíamos (¡lo juraríamos!) saber dónde estaba, y luego lo habíamos extraviado, e incluso habremos buscado a quien culpar de nuestra mala memoria… Del mismo modo, creo que todos podríamos mencionar algún suceso que según nuestra memoria acaeció de cierto modo, pero que tal como lo narran otros testigos (nuestros familiares, por ejemplo), sucedió de otra manera bien distinta.


Traiciones de la memoria es un volumen muy desigual. Compuesto de tres relatos (‘Un poema en el bolsillo’, ‘Un camino equivocado’ y ‘Ex futuros’), da la sensación de que tanto el segundo como el tercero son añadidos quizá superfluos al primero, el único de los tres que realmente da la talla y captura desde el primer instante el interés del lector.


El padre de Abad fue asesinado en 1987 por un sicario en una calle de Medellín; en el bolsillo del cadáver de su padre, todavía caliente, su hijo encontró un poema, un soneto. Tomando este dato, Abad escribe una crónica, fascinante a ratos, del proceso de investigación de por qué su padre llevaba un soneto de Jorge Luis Borges en el bolsillo, y que le llevó a descubrir que un conjunto de cinco poemas atribuidos apócrifamente a Borges sí eran del gran autor argentino.


Se trata de una crónica en la que Abad disemina las pistas que fue encontrando (de forma gráfica, pues el libro incluye numerosas fotos, reproducciones de artículos y de otros documentos), pruebas, recuerdos y casualidades, siempre impulsado por la persistencia y la intuición de que los poemas de Borges eran auténticos. Pese a la aparentemente irrefutable conclusión a la que llegaron los mayores especialistas en Borges de que los poemas eran burdas imitaciones, Abad no desistió de su empeño hasta lograr los indicios y pruebas que demostraban que fue Borges el que compuso el poema que llevaba su padre en el bolsillo el día que lo asesinaron.


Desgraciadamente, no todo en Traiciones de la memoria resulta tan fascinante. El segundo relato, ‘Un camino equivocado’, una narración deslavazada y sin un claro tema que lo concrete, cuenta los primeros meses de su huida a Italia tras la muerte de su padre y las amenazas recibidas. No cabe ninguna duda de que el exilio es una experiencia dura: toda emigración lo es. No cabe ninguna duda de que los comienzos en una tierra extraña suelen ser ásperos: lo son. Las reflexiones que Abad hace en torno a sus vivencias en Turín traslucen en ocasiones una fina película de quejido: la anécdota de que por su acento colombiano no consiguiera trabajo como profesor de castellano es poco creíble, o ridícula.


De ser totalmente cierta (cabe también la posibilidad de que la memoria le haya traicionado, ¿no?), solamente me cabe decir que para su desgracia, Abad aterrizó en el esperpéntico inframundo de la enseñanza del castellano. Le doy el ejemplo de una de las más prestigiosas universidades australianas: ¿Y si le dijera yo a Abad Faciolince que por estos pagos es quizás - ¿otra traición de la memoria? - el acento de las zetas y las ces, que él tuvo que ‘adoptar’ para poder captar alumnos de clases particulares en Turín, contra el que se ejerce la discriminación que él denuncia? Claro que, al menos, a algunos nos queda el consuelo de que el haber aprendido el idioma con ese acento te asegura saber sin vacilación alguna cómo se escriben palabras como “piscina” o “conciso”, por poner solamente un par de ejemplos.


El tercer relato, ‘Ex futuros’, es el más corto de los tres, y busca ser una reflexión sobre el papel de la literatura tanto para el lector como el escritor. Defrauda un poco porque Abad no lo concibió como corolario al primero. Falta cierta conectividad entre los tres relatos del volumen: tras terminar ‘Un poema en el bolsillo’, el lector quizás se espere que los dos otros relatos tengan, si no una continuidad temática, al menos una conexión mejor definida. No es ese el caso.


Una cosa curiosa es la inclusión a doble página de un mapa eurocéntrico del mundo al final del primer relato; en él, el autor refleja por medio de flechas los numerosos viajes realizados en el transcurso de su búsqueda. En mi opinión, este mapa pudiera verse como un detalle un tanto pretencioso: en la página de la izquierda (y creo que no hace falta aclarar a qué parte del mundo me refiero) apenas aparecen flechas.

22 oct. 2011

Horizontales, 5: Un acertijo - Morris Lurie




La revista HermanoCerdo publicó hace unos días mi más reciente colaboración, la traducción de un cuento del australiano Morris Lurie titulado ‘Horizontales, 5: Un acertijo’.

Se trata de una historia que pudiera parecer algo inexplicable. El cuento gira en torno al tema de las obsesiones, las ideas fijas e inamovibles que nacen de ciertos hábitos personales – en realidad, algo que todos los seres humanos tenemos, por muy ínfimas o insignificantes que sean. ¿Puede la quiebra de unas expectativas creadas por uno de esos hábitos ocasionar a la larga un desenlace psicótico?

Con lenguaje sobrio, el narrador describe cómo su compañero de trabajo sufre un desengaño tan enorme y perturbador que le descoloca tanto que pierde el norte. La traducción del cuento planteaba por otra parte el interesante reto de hacer coincidir letras iniciales de palabras, como sucede con los crucigramas.

Puedes encontrar el cuento original en inglés de Morris Lurie en la revista The Griffith Review.

20 oct. 2011

Una mena de rutina


Self-portrait of sadness, (c) Etsy Ketsy, 2010
Una mena de rutina

I tornes a la teua llar a la fi del dia,
amb el cor en un puny
o la punyada d’una tristessa feixuga
dibuixada al rostre,
i potser et trobes que la casa
ja no és la casa,
que la dona
ja no és la dona,
o que la vida que al matí havies somniat
mentre distret et portaves a la boca les torrades
amb melmelada d'amarga taronja,
t'ha deixat,
t'ha abandonat al racó
d'una època oblidada,
i que l'ànima d’alta fidelitat de marca japonesa
que t'havies comprat pel teu aniversari
ha deixat de fer el seu tic-tac,
amb què et dormies, tranquil
de dilluns a divendres.


© J.Salavert, 2011

19 oct. 2011

Reseña: L'alquímia del mercat d'alquímies, de Maurici Pla



Maurici Pla, L’alquímia del mercat d’alquímies (Barcelona: Quaderns Crema, 2011). 146 páginas.

Un dibujo del pintor Paul Klee sirve de motivo argumental para esta curiosa novelita del barcelonés Maurici Pla. Alexander Kahn, administrador del museo de arte moderno de la ciudad que el narrador – el propio Kahn – denomina simplemente como K, se lanza a la búsqueda del original del dibujo de Klee (reproducido en la portada del libro).

Pla dota a la ciudad de una atmósfera inquietante y un tanto enigmática, habitada por personajes que dicen saber poco pero terminan por saber mucho – incluso demasiado. Conforme el lector avanza en la lectura de L’alquímia, la impresión de que las vivencias que narra Kahn en primera persona y en presente pueden ser de hecho un sueño se hace más fuerte. El ritmo narrativo que impone Pla con su elección de tiempo verbal no es nada desdeñable. La inmediatez de lo que nos cuenta Kahn es palpable: hay deseos eróticos, abundan las obsesiones aparentes de los personajes (el calzado en especial), la disponibilidad en el mercado negro de una droga (un somnífero) que el municipio ha declarado ilegal.

¿Se trata de una alucinación o de un sueño? Obviamente, no hay una respuesta clara, y es el lector quien debe trabajar el texto y disfrutarlo. Pla nos hace algunos guiños hacia temas de candente actualidad (la corrupción y la especulación urbanística o el resurgimiento del fascismo en Europa, entre otros) sin entrar en disquisiciones que estarían de más en una novela breve y que, además, no tiene falsas pretensiones de grandeza. Es una obra singular, en la que los personajes quedan desdibujados precisamente porque el autor lo ha querido.

Un relato un tanto excéntrico en ocasiones, esta es la búsqueda alucinada y desquiciada de una imagen, de un paisaje, de una perspectiva. Como arquitecto que es, Pla encuentra los equilibrios necesarios para que el caballo no se le desboque, y el resultado final no defrauda, con unas buenas dosis de valor literario.

17 oct. 2011

Cortesías en el ciberespacio: la libertad y el frenesí (a propósito de Libertad de Franzen)


Politeness
Source: Library of Congress Prints and Photographs Division, via Wikicommons
Creo que no exagero un ápice si digo que para muchos blogueros, el blog que mantienen es una zona mixta: a un tiempo espacio abierto al público lector y lugar íntimo (que no es lo  mismo que privado). Como lector, he querido que Notas Literarias sea una suerte de plataforma abierta desde la cual comparto mis opiniones sobre los libros que leo (erradas o acertadas, que de todo habrá) con cualquiera que visite el blog.

Pero algo realmente chocante sucede en el ciberespacio: tu blog puede de la noche a la mañana convertirse en casa Pepe. La gente entra y sale como Pedro por su casa. Esto es lo que ha estado ocurriendo con la reseña que hice a finales de junio de la novela Freedom (Libertad) de Jonathan Franzen.

En los últimos 30 días, la reseña ha recibido más de 1700 visitas, merced a la inclusión de enlaces a la reseña en un par de webs españolas. Un verdadero arrebato, considerando que antes, por lo general, el blog recibía apenas 300 visitas mensuales. La mayoría de los visitantes entran y salen en muy poco tiempo, decepcionados – imagino – al no encontrar el archivo de descarga gratuita (es decir, pirateada) que anhelaban encontrar. Como solemos decir en esas situaciones en Australia: Tough shit!

Durante un tiempo (apenas 24 horas) inserté una escueta invitación a los visitantes para que dejaran un comentario o hicieran una valoración rápida de la reseña. De los 1700+ visitantes, únicamente 4 personas (2 de ellas anónimamente) han dejado un comentario, mientras que solamente 6 han valorado la reseña como ‘Buena’. Finalmente, opté por borrarla.

Que los medios de comunicación han convertido esta obra de Franzen en un producto de consumo es un hecho innegable; a eso se dedican ciertos medios de comunicación. Los visitantes a este blog (a cualquier blog) tienen libertad de entrar y salir según les venga en gana. En el ciberespacio las pautas de cortesía son bien diferentes de las que se observan en un espacio físico: cuando uno visita la casa de otro, lo normal es saludar. Es habitual dejar comentarios en sitios como museos y casas-museo. De hecho, suele uno encontrarse libros a tal efecto. Pienso, no obstante, que no estaría de más dejar constancia de nuestra visita al espacio íntimo de los otros: unas pocas palabras bastarían. O  no.

12 oct. 2011

Reseña: Syrup, de Max Barry



Max Barry, Syrup (Carlton North: Scribe, 2008) 294 páginas.
La primera novela de Max Barry, Syrup, se publicó en 1999 en los Estados Unidos. Resulta un tanto extraño que tuviera que transcurrir prácticamente una década antes de que una editorial australiana se animara a publicarla en Australia. Syrup (palabra etimológicamente relacionada con sirope en castellano, y en última instancia del árabe sarap, nos dice el DRAE) es una divertidísima sátira del mundo del marketing. Barry escoge la mayor compañía del mundo, Coca-Cola (o para abreviar, Coke) para situar su a ratos rocambolesca historia.
El protagonista de Syrup es un joven licenciado en marketing, quien para triunfar decide cambiarse el nombre y llamarse Scat; su único objetivo declarado en esta vida es hacerse famoso. Y puesto que no sirve para actuar, ni sabe cantar ni tocar instrumento musical alguno, para alcanzar su objetivo (la fama) tiene que hacerse rico.
Lo suyo son las ideas, nos dice. Dicho y hecho: una mañana tiene una brillante idea de marketing que decide venderle a Coca-Cola. Una bebida gaseosa para gente joven y muy cool, que llevará por nombre Fukk. A los ejecutivos de Coca-Cola les entusiasma la idea, y le ofrecen tres millones de dólares. Scat no da crédito a sus oídos: parece haber logrado su sueño. Nada más salir de la presentación de su proyecto, se dirige al Registro de Patentes y Marcas Comerciales. Pero allí descubre que su compañero de piso, Sneaky Pete (es decir, Pete el taimado), ha registrado la marca a su nombre unas horas antes.
Syrup es una narración de un ritmo a veces vertiginoso, que incluye numerosos giros inesperados en la trama. El lector sigue las desventuras de Scat y de su compañera de lucha, 6 (sí, has leído bien: el número 6 – prefiero no desvelar el porqué de su inusual nombre) en el mundo feroz e inmisericorde de la publicidad y el marketing, en el que la competencia corporativa interna alcanza cotas inusitadas.
La narración, estructurada en episodios precedidos de un subtítulo y que pueden ser tan breves como una sola palabra, es a veces atropellada; Barry no le da respiro al lector. Cuando la novela se adentra en la parte más enrevesada del argumento (Scat y 6 consiguen que Coca-Cola les confíe la producción del anuncio más caro de la historia: un largometraje, que cuenta con Tom Cruise, Gwyneth Paltrow y Winona Ryder. ¿Conseguirán superar los obstáculos y sortear las trampas que les tiende Sneaky Pete?
Barry presenta una visión cruda del mundo del marketing, a base de pinceladas algo bastas pero llenas de sarcasmo. Syrup nunca deja de arrancarte una sonrisa, cuando no una carcajada.
Puedes leer el primer capítulo de Syrup (en inglés) en el web de Max Barry (un sitio más que interesante, por cierto). Lo que sigue son un par de páginas de ese primer capítulo traducidas al castellano.



Yo, Yo, Yo Ω Capítulo 1

tengo un sueño

Quiero ser famoso. Pero famoso de verdad.Quiero ser tan famoso que las estrellas del cine salgan conmigo y me cuenten que sus vidas son un latazo. Quiero darles una paliza a los fotógrafos que me pillen en compañía de Winona Ryder en los vestíbulos de los hoteles. Quiero que me impliquen en rumores malintencionados acerca de las bacanales en casa de Drew Barrymore. Y por último, quiero que digan “ingresó cadáver” en un hospital de mala muerte de Los Ángeles después de haberme metido unos chutes de speedball con Matt Damon.
Lo quiero todo. Quiero el sueño americano. 

fama

Hace ya mucho tiempo que me di cuenta de que el mejor modo de hacerse famoso en este país es convertirse en actor. Por desgracia, como actor soy terrible. Ni siquiera soy mediocre, lo cual excluye otra posible vía atractiva: casarme con una actriz (practican la endogamia: no es posible casarse con una a menos que seas actor). Por un tiempo pensé en convertirme en estrella del rock, pero para eso uno tiene que tener un inmenso talento o echarse un polvo con algún ejecutivo o ejecutiva de algún estudio de grabación, y de algún modo no me era posible vaticinar ninguno de esos curiosos escenarios en mi futuro inmediato.Lo cual me deja, realmente, solamente una opción: ser muy joven, muy cool y muy, muy rico. Lo mejor de esta vía tan particular hacia la fama, hacia el programa de Oprah y hacia el poder saltarse las colas para entrar en las discotecas de moda, es que está abierta a todo el mundo. Dicen que en este país cualquiera puede triunfar, y es cierto: uno puede trepar y llegar hasta la cima y sentarse a un almuerzo desaborido, aunque embriagador, con Madonna. Todo lo que uno tiene que hacer es encontrar algo en lo que uno sea lo bastante bueno como hacerse con un millón de dólares, y encontrarlo antes de cumplir los veinticinco.Cuando pienso en lo sencillo que es todo, la verdad es que no comprendo por qué los jóvenes de mi edad son tan pesimistas. 

razones para ser millonario

He leído en alguna parte que a un adulto normalito le vienen a la cabeza cada año tres ideas que valen un millón de dólares. Tres ideas al año que podrían convertirle a uno en millonario. Supongo que algunos tienen más esas ideas y otros tienen menos, pero debe ser razonablemente seguro asumir que hasta el más idiota de nosotros tiene que tener al menos una gran idea en nuestras vidas.De modo que todo el mundo tiene ideas. Las ideas no cuestan nada. Lo que es inaudito es poseer la convicción para llevarlas a cabo: trabajar en ella hasta que dé resultados. Eso es lo que separa a la persona que piensa ¿me pregunto por qué no fabrican el champú y el acondicionador en un solo producto?, de la que piensa ¿me compro el Mercedes, o me agencio otro BMW?
Tres ideas al año que valen un millón de dólares. Durante mucho tiempo no podía sacarme eso de la cabeza. Y siempre existía la posibilidad de que tuviera una idea por encima de lo normal, porque haberlas, tiene que haberlas. Ideas que valgan diez millones de dólares. Ideas que valgan cincuenta millones de dólares.Esas ideas que valen mil millones de dólares. 

la idea

La parte interesante de mi vida comienza a las dos y diez de la mañana del 7 de enero. A las dos y diez minutos del 7 de enero, yo tengo veintitrés años y seis minutos de edad. Me hallo contemplando lo parecido que es esta sensación a la de tener, por ejemplo, 22 años y seis minutos de edad, cuando va y ocurre. Tengo una idea.“Hostia,” digo. “La hostia.” Me levanto y busco un papel y un bolígrafo por el dormitorio, no encuentro ninguna de las dos cosas, y finalmente hago una incursión en el dormitorio del tipo con el que comparto el apartamento. Hago unos garabatos en el papel y saco una birra de la nevera, y para cuando ya tengo veintitrés años y cuatro horas de edad, ya me he figurado cómo voy a lograr un millón de dólares.

 para el carro, listillo

Vale. ¿Que cómo sé yo que esta idea es tan buena?

6 oct. 2011

The Slap, de Christos Tsiolkas, en la pequeña pantalla esta semana

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La adaptación televisiva de esta novela de Tsiolkas, que ha sido un gran éxito en Australia, empezará a emitirse por el canal ABC1, de la televisión pública australiana, este jueves.


Hace ya dos años, en 2009, publiqué una reseña que hice de la novela en la revista Espéculo, y que llevaba por título ‘Una sonora bofetada a la conciencia’. Si te interesa, esa reseña la puedes leer aquí. Al año siguiente, y en otro artículo que publicó la revista Caràcters, de la Universitat de València, mencionaba que The Slap se había colado casi por sorpresa en la lista de las 20 novelas australianas preferidas por los lectores australianos, lo que demostraba el impacto que estaba teniendo aquí.


Tsiolkas crea un relato de ritmo rápido y lenguaje directo, lleno de exabruptos; es el lenguaje de las calles de Melbourne, para el que Tsiolkas demuestra tener un oído excelente. Con su tema central, Tsiolkas rasca por debajo de los miedos y prejuicios de la clase media australiana, planteando un estudio sin demasiada empatía por los personajes; lo que encuentra es mucha hipocresía y una enorme bajeza moral.


Podría sugerirse que lo que Tsiolkas presenta al lector es un dilema ético; y, como la mayoría de dichos dilemas, no parece que tenga una fácil respuesta. En la trama, de hecho, tienen lugar dos bofetadas, que recibe un mismo niño, una al inicio de la novela y otra justo al final. Lo que Tsiolkas ofrece al lector entre la una y la otra es la posibilidad de indagar, con una mirada bastante profunda, en la intimidad de ocho personajes. Ninguno de los ocho sale bien parado, por cierto.


Puedes ver el video promocional de la serie arriba. Dado que la novela ya ha sido traducida y publicada en castellano, es de suponer que muy pronto llegue a las televisiones del resto del mundo. Las primeras reseñas de la adaptación televisiva (para los que tienen la suerte de ver el ‘sneak preview’) son bastante elogiosas: por ejemplo, la del editor de la sección literaria de The Australian, Stephen Romei, que puedes leer y/o ver aquí (en inglés).

4 oct. 2011

Reseña: El material humano, de Rodrigo Rey Rosa


Rodrigo Rey Rosa, El material humano (Barcelona: Anagrama, 2009). 181 páginas.

La trama de El material humano gira en torno a las peripecias de un investigador que cuenta con la autorización de las autoridades pero que se sabe vigilado precisamente por aquellos a los que investiga. Narrada en su mayor parte en clave de diario personal, El material humano incide en la paranoia lógica que se produce en nuestro pequeño universo cuando de pronto nos topamos de lleno con esa inquietante incertidumbre que se desprende de no saber exactamente cuál es la realidad de los demás.

El tema de la investigación es los crímenes contra la humanidad cometidos en Guatemala durante los más de treinta años de guerra, abierta o encubierta, y de represión gubernamental. Rey Rosa nos advierte en una escueta nota que sirve de prólogo que “Aunque no lo parezca, aunque no quiera parecerlo, ésta es una obra de ficción”. Nada más lejos de la realidad, podría ingenuamente objetarle tras unas cuantas páginas un lector que esté más o menos versado en la historia de las dictaduras centroamericanas del siglo XX. Y el hecho de que el libro se cierre con otra escueta nota, a modo de epílogo, que dice que “Algunos personajes pidieron ser rebautizados”, refuerza esa impresión. Se presenta pues como la enésima versión del juego entre ficción y realidad, que tanto se prodiga en la narrativa contemporánea.

Y a todo esto contribuye sin duda el hecho de que éste sea un texto que navega entre dos aguas: se estructura como compendio de los diarios y las notas del autor-narrador y a un tiempo esconde una propuesta sobre la metaliteratura: por decirlo de otra manera, es la novela no quiere ser novela; el autor-narrador elabora una ficción con lo que a todas luces no es ficción.

Gran parte de la narración sigue a un personaje curioso: Benedicto Tun, fundador y director del Gabinete de Identificación desde 1922 hasta 1970. Mediante la lectura de las fichas elaboradas por Tun en el Gabinete (el listado de fichas un tanto extravagantes que adjunta el narrador-autor al inicio del libro es una más que interesante curiosidad), y a través de las entrevistas que el narrador mantiene con el hijo (también llamado Benedicto) se va formando un retrato detallado de quién era este hombre y cuál fue su cometido a lo largo de casi cinco décadas.

A medida que el narrador-autor avanza en su investigación acerca de la suerte de los represaliados políticos, va dándose cuenta que él mismo se puede ir convirtiendo en blanco. Recibe muchas llamadas telefónicas a horas intempestivas, y una oferta inmejorable de una funeraria que luego resulta ser inexistente. La ficción que busca elaborar Rey Rosa resulta verosímil únicamente porque el narrador se ve apartado de los archivos sin que se le dé una razón oficial: a su alrededor se crean silencios y aparecen sombras, y se percibe la constante presencia indeterminada de algo o alguien que no desea que conozca la verdad.

Con todo, cabe preguntarse si todo el material literario que Rey Rosa tenía a su disposición podría haber dado lugar a un relato totalmente diferente, renunciando al formato del diario; un texto en el que los numerosos episodios de los sueños del protagonista encontrarían un lugar más natural, y en el que posiblemente la inclusión del viaje a Europa, con sus cenas y borracheras, no estaría justificada.

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