30 jul. 2012

Reseña: Vidas perpendiculares, de Álvaro Enrigue


Álvaro Enrigue, Vidas perpendiculares (Barcelona: Anagrama, 2008). 234 páginas.


Según Propp, la historia de la literatura es en realidad la historia de la constante recreación de ciertos temas (apenas una docena en total) en tramas cuya estructura profunda es muy similar. Por otra parte, un reciente estudio del CSIC ha hallado tras analizar casi medio millón de canciones que en realidad todas tienen mucho en común. Lo que esto viene a decirnos es que no hay apenas nada nuevo, que todo está dicho y repetido hasta la saciedad, y que solamente cambia la manera o la perspectiva para contar esas historias. En otras palabras: las experiencias que tenemos son universales, y pasamos por muchas de ellas tal como otros seres humanos pasaron por ellas a lo largo de la historia.

Si crees en la posibilidad de la reencarnación, debiera por lo tanto atraerte esta interesante novela del mexicano Álvaro Enrigue. Es 1936 y en Lagos de Moreno, estado de Jalisco, nace un muchacho de ojos saltones (bastardo, según averiguaremos más tarde) al que bautizan como Jerónimo. El padre, don Eusebio, es un emigrante español, un panadero asturiano partidario de la disciplina pura y dura; la madre, Mercedes, es una joven de la sociedad jalisciense, que pasa sus aburridos días “entre la misa y las vacas”. A Jerónimo – demasiado pronto – lo diagnostican como tonto (porque no habla mucho), pero lo que nadie de su familia sabe es que tiene el don de la memoria antigua, es decir, que puede rememorar sus vidas pasadas en reencarnaciones anteriores. Estas comprenden la de un pobre herrero en la Germania romana, o la de una esclava china en el imperio mongol, la del hijo del líder de un clan de homínidos en los albores de la civilización, la de un huérfano que deviene en cura en la Nápoles del siglo XVII, la de un hindú o la una joven griega en Palestina.

Son, evidentemente, muchas vidas para condensar en 234 páginas. Y puede que éste sea uno de los puntos flojos de Vidas perpendiculares. Dada la premisa fundamental de la novela, el problema es que su estructura lineal – la médula es Jerónimo, pero la vida de la joven griega adquiere gran protagonismo, mucho más que las otras – choca en ocasiones con los relatos intercalados. No se trata de un choque torpe (Enrigue realiza un loable experimento narrativo y los resultados son ciertamente óptimos), sino que exige mucha atención y dedicación por parte del lector. Enrigue hace confluir las vidas no solamente en un mismo capítulo sino también en un mismo párrafo, en el cual el ‘yo’ que iniciaba la narración puede estar en México, por ejemplo, y de repente ese mismo ‘yo’ nos habla desde Palestina, veinte siglos antes. Es algo que el lector debe tomar en cuenta si no quiere perder el hilo de la narración que propone Enrigue.

Para mí, lo mejor de Vidas perpendiculares es la visión del mundo de Jerónimo, estampada con un excelente sentido del humor por un niño que no es niño, puesto que ha ido adquiriendo, merced a su memoria, conocimientos antiquísimos de lo que es la condición humana: “toda la gama de los olores y formas que puede tener una vagina o el agarroso sabor del semen en la boca, el crujido de la espina dorsal cuando se arranca de tajo una cabeza, los límites precisos del dolor humano y lo que se necesita para infligirlo”.

Mientras que la ensambladura de la trama principal con los diferentes relatos de las otras ‘vidas’ que Jerónimo rememora no es siempre sólida (en mi opinión, la ‘vida’ de la joven griega y su relación con Saulo de Tarso se extiende mucho más de lo necesario y pertinente, y puede llegar a desinteresar al lector), pienso que el principal logro de Vidas perpendiculares estriba en el modo en que Enrigue supera la resistencia mutua que hay entre realismo y fantasía. Y es que la narración de Jerónimo no tiene desperdicio alguno.

Tiranizado por un padre autoritario, Jerónimo queda desterrado en su propio hogar, obligado a vivir con las criadas. Sus primeros años de vida están marcados por el miedo, y es ese miedo lo que establece la conexión primordial entre su vida y las otras vidas pasadas, como cuando es un miembro de la tribu prehistórica o cuando en el siglo XVII, en una Nápoles que conspira contra Venecia, está a punto de morir a manos de su propio padre (un diplomático español que también cultivó la poesía, y cuyo famoso soneto ‘A un hombre de gran nariz’ puedes leer traducido al inglés y comentado aquí).

29 jul. 2012

Contra el fumador

Adriaen Brouwer, Los fumadores, óleo, circa 1637


Contra el fumador

Durante aproximadamente veinticinco años, yo fui fumador. En otras palabras: reconozco públicamente – y sin tapujos – que durante casi veinticinco años de mi vida fui un ser estúpido y egoísta, y en mi estupidez, en mi mezquino empecinamiento, lo que hacía era cagarme en el derecho inalienable de los demás a no tener que respirar el humo de mis cigarrillos.

Hace poco leí en la prensa australiana que alguien propone que se prohíba la venta de cigarrillos a las personas nacidas en el siglo XXI. Australia es uno de los lugares del mundo donde menos se fuma. Hubo muchas campañas de concienciación, muchas campañas de apoyo a quienes hacían el esfuerzo de dejar esa droga, y sobre todo, se implementó una medida muy efectiva: el incremento del componente tributario sobre el producto, es decir, los impuestos sobre el tabaco, fue una de las reglas más disuasorias.

Entre otras disposiciones gubernamentales, en Australia no existe publicidad del tabaco. Los productos que causan la enfermedad conocida como tabaquismo no se encuentran a la vista en ningún lugar público (en supermercados y gasolineras están por ley ocultos en armarios que deben cerrar los empleados tras vender alguna dosis a algún usuario que la adquiera). La última de las juiciosas medidas tomadas por los legisladores de la res publica es la abolición de la posibilidad de que los productores de estas drogas las envuelvan en vistosos diseños llenos de colorido y tentadoras imágenes.

Todos sabemos que los productores de la droga manejan enormes cantidades de capital y obtienen vastísimos beneficios a costa de la salud de muchos infelices. Tan largos son los tentáculos de su dinero y tan poderoso es el poder de sus amenazas, que ya han ‘convencido’ a varios gobiernos de estados diversos (Ucrania, Honduras y la República Dominicana) para que presenten acciones legales en contra de la última de las medidas antitabaquismo del gobierno federal australiano.

Conozco a muchas personas con un alto nivel de inteligencia, personas que – y esto es algo que no niego – son mucho más inteligentes que yo, y que sin embargo resultan ser personas lo suficientemente obtusas como para seguir enganchadas a una droga que les matará mucho antes de que les llegue el momento natural de morir – salvo accidente o catástrofe natural – pero que reducirá (y esto es mucho más importante) con toda probabilidad la esperanza de vida de las personas con las que conviven.

Resulta difícil comprender que personas con un alto nivel intelectual (gente con un PhD, brillantes traductores plurilingües, espléndidos escritores, arquitectos), conscientes de su nocividad y sabedores de la existencia de los aditivos químicos que los productores agregan a sus preparados, no solamente continúen adquiriendo y consumiendo un engañabobos sino que además defiendan su ‘derecho’ a que los engañen, los envenenen y los timen.

Mi padre fue un fumador empedernido. Fumaba Ducados en el interior del coche (primero fue un modelo ranchera de marca que ahora no recuerdo, luego un Renault 12, luego un Chrysler que heredé yo más tarde) por lo cual desde bien pequeño estuve aspirando el humo del tabaco.

En aquella época el fumador era una figura idolatrada por la industria cinematográfica de Hollywood, que tan propensa ha sido siempre para ayudar a vender los productos de otras industrias. No es que pretenda – ni quiero hacerlo – disculpar ni justificar a mi padre, pero sí es cierto que en la época en la que creció y se educó, en medio de la posguerra y sometido a los esquemas represivos propios del régimen franquista, la presión social ("los hombres de verdad fuman") era de seguro insoportable o bien difícil de llevar; si a la perniciosa educación recibida le añadimos el estrés que conllevaba su trabajo, no debiera extrañar a nadie que el tabaco formara parte de su vida (y también de la mía) y que fuera la causa primordial de su prematura muerte.

Haber estado al borde de la muerte me ha enseñado algunas cosas – en realidad muchas, y muy valiosas – con las cuales no todo el mundo tiene por qué estar de acuerdo. Sin embargo, puedo decir con total seguridad y convencimiento que la decisión que tomé días después del nacimiento de mi difunta hija Clea (dejar de ser el ser estúpido, ciego y egoísta que era, y especialmente dejar de contaminar el aire que ella, una bebé de apenas 2 kilos de peso, respiraba) está entre las pocas decisiones tomadas en mis casi 48 años de vida que realmente podría aducir como inteligentes.

Es posible imaginar un mundo sin la lacra del tabaquismo. Por eso yo apoyo a rajatabla esa propuesta que establezca un mundo sin cigarrillos para los nacidos en el siglo XXI.

Fumador = Necio

23 jul. 2012

Reseña: Theft: A Love Story, de Peter Carey


Peter Carey, Theft: A Love Story (Milsons Point: Random House, 2006). 269 páginas.

¿Qué es la verdad? ¿Es la verdad de Fulano la misma verdad que sostiene Mengano? ¿Qué ocurre entonces con una tercera versión de la verdad, la de Zutano? No hay nadie que pueda sostener de manera rotunda que conoce toda la verdad, parece querer recordarnos una vez más Carey en esta novela de trama enrevesada (algo habitual en el escritor australiano). Además, cuando la noción de lo verdadero se aplica a la autoría artística, todo un juego de prismas y espejos con sus consiguientes distorsiones se puede abrir ante nosotros. ¿Es la reproducción escrupulosa y respetuosa de una obra de arte otra obra de arte? En definitiva, ¿con qué autenticidad debemos quedarnos? Como dice Carey al final de la novela, “¿Cómo sabe uno cuánto pagar si uno no sabe el valor que tiene [una obra de arte]?”

Michael ‘Butcher’ Boone, famoso pintor australiano que acaba de salir de la cárcel por robarle a su exmujer (la “Demandante” o la “Meretriz de la Pensión de Alimentos”, nos recuerda Butcher en repetidas ocasiones) sus cuadros, que pasaron a ser patrimonio de ella. Huido a una casa en Bellingen del mecenas Jean-Paul, Michael tiene que cuidar de su hermano Hugh, un genial mocetón, un no siempre tierno gigante con una extraña discapacidad intelectual, mientras pinta intentando revivir su carrera artística. De repente aparece una femme fatale, Marlene, calzando un par de Manolo Blahniks y a la búsqueda de un cuadro de un famosísimo cubista de origen estonio, Leibovitz, que está en posesión de un vecino en Bellingen. ¿Inverosímil? Por supuesto que sí: tan inverosímil como la verdad misma.

El Leibovitz desaparece, la policía acusa a Michael y decomisa su cuadro pensando que el lienzo robado está oculto bajo la pintura que Butcher Bones ha estado comprando con el dinero destinado a mantener la granja del mecenas.

Butcher regresa entonces a Sydney, donde vuelve a encontrarse con Marlene, quien le promete ayuda para recuperar sus cuadros. Michael sabe que Marlene es una fullera sin moral que vive de la falsificación de obras de arte, pero tiene buena mano con Hugh. Michael se enamora y se deja llevar (a Japón, y de allí a Nueva York), encantado por el origen plebeyo que ambos comparten y por la idea de ver cómo Marlene engaña a marchantes de arte, críticos y ricos compradores. ¿Acaso no merece una revancha por el modo en que el mundillo del arte le ha tratado?

Narrada bajo dos voces distintas, la trama de Theft progresa concienzudamente, pero es sin duda alguna el contraste de los dos puntos de vista (el de Michael frente al de su hermano Hugh) lo que nutre y acrecienta el interés del lector (como ha hecho más recientemente Carey en Parrot and Olivier in America). Michael, narrador exaltado, mezcla el lirismo y el exabrupto, lo delicado con lo vehemente. Por su parte, Hugh nos ofrece sus monólogos, pobremente puntuados y con extrañas ortografías, estructurados sin apenas signos de puntuación y en los que destaca ideas geniales dentro de sus desvaríos mediante las mayúsculas. La prosa cortante y desenvuelta de Michael y la palabrería disparatada de Hugh, con sus dardos sagaces y lúcidas digresiones, se complementan en la narración de la historia, mostrando sus puntos de contacto en coloquialismos australianos y en los ecos de las invectivas que la trastornada madre de ambos les infligió en su niñez, de índole bíblica, disciplinaria.

El lector agradece no obstante que la mezcla de registros no ‘cante’: al contrario, es una superposición igualitaria, reflejo perfecto de una sociedad australiana que se sacude las ataduras coloniales y que pide (exige) su lugar en el mundo sin servidumbres, sin complejos. Como ya hizo en The Unusual Life of Tristan Smith, My Life as a Fake o True History of the Kelly Gang, Carey explora la cuestión de la fraudulenta identidad australiana, pero en Theft Butcher Boone se enfrenta a esa supuesta inferioridad con orgullo y derriba mitos a golpes de palabra: Carey crea en esta novela una tesis con sabor muy australiano sobre el concepto del arte, derrochando, como es habitual en él, humor e ironía. El conjunto, que en un primer plano parece confuso, está sin embargo bien respaldado con una mirada crítica y penetrante, distante pero inteligente.

Es curioso, por otra parte, comprobar las conexiones autobiográficas de los hermanos Boone con Carey: el autor hace que los hermanos procedan de Bacchus Marsh (en la vida real Carey es natural de esta pequeña población del estado de Victoria); pero además, resulta que Carey vivió un tiempo en Bellingen y en Sydney, que visitó Japón y, por supuesto, reside en Nueva York. ¿Muchas coincidencias? No importan: Una vez más, lo ficticio y lo real van de la mano, creando una magnífica obra literaria que no defrauda.

16 jul. 2012

Australian Wildlife

Spotted by the road between Broken Hill and Menindee, this emu tried to hide, Trouble is, in the outback, you can run, but YOU CAN'T HIDE!

12 jul. 2012

Reseña: Company, de Max Barry


Max Barry, Company (Nueva York: Vintage Books, 2007). 328 páginas.


La lectura de esta novela, la tercera del australiano Max Barry tras Syrup y Jennifer Government, me dio qué pensar. En Company, Barry lleva la creación (la ficción) de una empresa hasta las consecuencias finales, y por ello más absurdas. Me pregunto cómo sería una ficción construida en torno a premisas narrativas semejantes a las de Company en la que el escenario no es una empresa sino un país completo. Y me pregunto si en cierto modo eso no está ya sucediendo, salvando las debidas distancias, en ciertos lugares de Europa donde los niveles o estratos superiores de la gestión administrativa (el Gobierno, para entendernos) obedecen órdenes y directivas que emanan de otros estratos o grupos que parecen tener altas dosis de secreto hermetismo.

En las anteriores novelas de Barry había un héroe, un chico joven, ingenioso, inteligente, atractivo y emprendedor. El de Company es un chico recién graduado y lleva por nombre Steve Jones, y en su primer día de trabajo, en una gran corporación estadounidense denominada Zephyr, le encomiendan la comprometida y delicada misión de averiguar quién de sus nuevos colegas se ha comido dos donuts, uno de ellos el que le correspondía a uno de los cargos superiores del Departamento de Ventas de programas de formación de la empresa. Por cierto, al cabo de unas páginas descubrimos que las ventas se realizan a otros departamentos de la empresa. Zephyr, en realidad, no tiene clientes externos.

Zephyr es por supuesto la arquetípica corporación capitalista: cuenta con una rígida jerarquía de parcelas de poder, en la cual florecen feroces rivalidades personales por minucias, y una estructura burocrática ilógica: las estrategias de crecimiento económico que aplican sus gestores parecen ser contraproducentes (todo parecido con Bankia o la CAM es pura coincidencia).

Pero Jones es también muy curioso, y esa curiosidad le lleva a descubrir el secreto de Zephyr. Si revelase ese secreto, buena parte del desenlace de Company quedaría descubierto, de modo que no lo voy a explicitar.

La trama de Company es a ratos un tanto alocada: se contorsiona y atraviesa ciertos meandros que pueden no resultarles demasiado entretenidos al lector, pero lo que importa es que Barry nos conduce al interior esperpéntico del absurdo mundo corporativo, y lo hace apuntando hacia los extremos más impensables e irracionales.

Como en Syrup y, sobre todo, en Jennifer Government, hay mucho humor, pero quizás no tanto ni tan logrado como en las dos obras anteriores de Barry. En mi opinión, lo mejor de Company puede ser la reflexión que debiera producir en el lector. Quien más quien menos habrá trabajado alguna vez en una gran empresa (u otro tipo de organización) y habrá sido testigo de bizantinas discusiones burocráticas o ridículas decisiones directivas. ¿Por qué permitimos que existan departamentos de ‘Recursos Humanos’? ¿Por qué cosificamos a las personas y las convertimos en recursos prescindibles?

Hay, por lo demás, toda una colección de personajes bien trazados y que son fáciles de reconocer en cualquier empresa: Roger, el ejecutivo ambicioso, un trepa de mucho cuidado; Freddy, un oficinista holgazán y tímido; Sydney, la directiva de nivel intermedio con aires de femme fatale. Toda una caterva de caricaturas que dotan a Company de divertidas situaciones y que Barry trata siempre con una buena dosis de humor. El único personaje que en mi opinión queda algo plano es el de la heroína (con ribetes de antagonista), Eve, que Barry no desarrolla en todo su potencial como ‘cerebro’ de la malvada superestructura que domina la empresa y a todos los personajes.

Si has llegado hasta aquí, te has ganado una bola extra: el primer capítulo de Company. Aunque si lo prefieres en inglés, lo encontrarás aquí.

Agosto
Lunes por la mañana y hay un donut menos de los que debiera haber.

Los observadores más perspicaces notan el volumen reducido inmediatamente, pero guardan silencio, porque si uno dice, “Oye, ¿ahí hay solamente siete donuts?”, deja entrever su experiencia con los donuts, y eso no sería bueno para su carrera, que le conozcan a uno como la persona que puede advertir la diferencia entre siete y ocho donuts de un vistazo. Todos evitan de forma consciente mencionar el donut que falta hasta que aparece Roger y ve que el plato está vacío.
Roger dice, “¿Dónde está mi donut?”
Elizabeth se limpia la boca con una toallita de papel. “Yo solamente he cogido uno.” Roger la mira. “¿Qué pasa?”
“Esa es una respuesta defensiva. Yo he preguntado dónde estaba mi donut. Tú me dices cuántos has cogido. ¿Qué te dice eso?”
“Me dice que he cogido un donut,” dice Elizabeth, nerviosa.
“Pero yo no he preguntado cuántos donuts has cogido. Naturalmente, yo asumo que has cogido uno. Pero al tomarte la molestia de articular dicha asunción, implicas que, sea de forma deliberada o no, es algo debatible.”
Elizabeth se lleva las manos a las caderas. Elizabeth tiene el pelo castaño, que le llega a la altura de los hombros, y que parece que lo hayan cortado con una navaja, y su boca bien podría haber hecho el corte. Elizabeth es inteligente, implacable, y ha sufrido un daño emocional; es decir, es representante de ventas. Si el cerebro de Elizabeth fuese una persona, tendría cicatrices y tatuajes, y le faltaría un ojo. Si lo vieras venir de frente, te pasarías al otro lado de la calle. “¿Quieres hacerme una pregunta, Roger? ¿Quieres preguntar si yo he cogido tu donut?”
Roger se encoge de hombros y empieza a llenarse una taza de café. “No me importa nada que falte un donut. Solamente me pregunto por qué alguien sintió la necesidad de coger dos.”
“No creo que nada cogiera dos. Holly y yo fuimos las primeras en llegar. Los del Departamento de catering deben habernos servido de menos.”
“Es verdad,” dice Holly.
Roger la mira. Holly es asistente de ventas, de modo que no tiene derecho a hablar todavía. Freddy, también asistente de ventas, mantiene sagaz la boca cerrada. Pero la cuestión es que Freddy está a mitad de camino de comerse su donut, y en ese momento le ha dado un bocado. Está posponiendo el tragarlo porque tiene miedo de hacer algún ruido embarazoso al engullirlo.
Holly se marchita bajo la mirada fija de Roger. Elizabeth dice, “Roger, nosotras vimos a los de Catering cuando los sirvieron. Estábamos aquí mismito.”
“Oh,” dice Roger. “Oh, perdona. No me di cuenta de que estabais controlando los donuts.”
“No estábamos controlándolos. Lo que pasa es que, simplemente estábamos aquí.”
“Mira, no me importa, sea lo que sea.” Roger coge una bolsita de azúcar y lo agita como si le hiciera falta una buena dosis de disciplina: wap-wap-wap-wap. “Es que me resulta curioso que los donuts sean tan importantes para alguna gente, tanto que se preparen a esperarlos. No sabía que los donuts fueran la razón por la que venimos aquí día tras día. Perdona, pero yo pensaba que la idea era mejorar el valor de las acciones.”
Elizabeth le dice, “Roger, ¿y si hablases con los de Catering antes de ponerte a acusar a los demás? ¿Vale?” Se aleja. Holly la sigue como si fuera un pez rémora.
Roger la observa alejarse, divertido. “Puedes estar seguro de que Elizabeth es capaz de molestarse por un donut.”
Por fin, Freddy traga. “Sí,” dice.

11 jul. 2012

Brave





“Some say fate is beyond our command, but I know better. Our destiny is within us. You just have to be brave enough to see it.”

It's school holidays time, so I took my twin boys to the movies, and they finally picked – to my delight, I secretly add – this entertaining princess-and-witch tale with a certain Scottish twist over the likely brain-numbing Ice Age 4. I don’t believe in fate, but I do know thanks to first-hand experience that while you’re breathing, you are still the owner of your own destiny.

“Dicen que el destino está más allá de nuestra voluntad, pero yo he aprendido la lección. El destino está en nosotros mismos. Solamente hace falta ser lo bastante valiente como para verlo.”

Es época de vacaciones escolares, de modo que he llevado a los mellizos al cine, y han elegido – para deleite mío, añado en secreto – este entretenido cuento de princesas y brujas con un cierto sabor escocés antes que la probablemente tediosa Ice Age 4. Yo no creo en el destino, pero sí sé, con conocimiento de causa, que mientras uno pueda respirar, seguirá siendo dueño de su sino.

5 jul. 2012

Reseña: El amanecer de un marido, de Héctor Abad Faciolince


Héctor Abad Faciolince, El amanecer de un marido (Barcelona: Seix Barral, 2010). 221 páginas.

El cuento parece haber sido durante mucho tiempo un género denostado, se le han impuesto etiquetas como ‘género menor’, y hay quien barrunta que solo escriben cuentos quienes son incapaces de escribir una novela. Estas disquisiciones personalmente no me parecen importantes, puesto que como lector puede satisfacerme tanto un buen cuento como una buena novela; pero la decepción que causa una novela mala o mediocre es mayor, desde un punto de vista meramente cuantitativo, que la que pueda provocar un cuento aburrido o poco ameno. Supongo que es la ventaja de la brevedad del cuento.

No es infrecuente que los volúmenes en los que se recogen cuentos de un mismo autor sobre material. Los criterios editoriales se rigen cada vez más por el potencial de ventas que por lo redondo y acabado que sea el producto, es decir, el libro. Algunas excepciones que me vienen a la memoria serían el reciente Contes russos de Francesc Serés, amén de los ya clásicos Doce cuentos peregrinos de García Márquez o los cuentos de Peter Carey en The Fat Man in History, por citar algunos ejemplos.

Esta colección, titulada El amanecer de un marido, de Héctor Abad Faciolince, es un volumen de cuentos muy desiguales. Algunos son cuentos bien estructurados, mientras que otros semejan más un cajón de sastre. Hay cuentos en los que prima la ficción por encima de la realidad o las vivencias del autor, y otros que son en realidad monólogos interiores de un narrador demasiado transparente, tan autorreferencial que deja de ser cuento para convertirse casi en crónica autobiográfica.

Los primeros cuentos de El amanecer de un marido ofrecen diferentes perspectivas acerca de un tema muy frecuente en la literatura de fines del siglo pasado y la primera década del XXI: el fracaso y obsolescencia del matrimonio como institución social. ‘La fiebre en Tolú’ cuenta las visiones (quizás alucinadas por la fiebre) de un hombre cuya mujer disfruta de unas vacaciones en la playa mientras él, postrado por la fiebre, se obsesiona con su posible infidelidad. En ‘En medio del camino de la vida’, es en cambio una mujer de mediana edad la que nos confiesa su decisión de abandonar a su marido, para permitirle a él “quemar sus últimos cartuchos”. El siguiente cuento, ‘Memorial de agravios’, es uno de los más ambiciosos en esta colección: un hombre, marido infiel y desafecto encuentra al llegar a casa a su mujer muerta, suicidada, y una larga carta de despedida, llena de recriminaciones y acusaciones. La carta, literariamente hablando, no es todo lo efectiva que cabría desear – puede ser que Abad Faciolince busque reflejar tanto la realidad en la ficción que ésta quede un poquito coja.

‘Alguien oculta algo’ insiste en el tema de la infidelidad conyugal: un profesor de periodismo descubre que su esposa le está engañando, y ofuscado por ello, casi pierde los papeles durante la conferencia que debía dar durante su visita a una universidad venezolana. ‘Balada del viejo pendejo’ es otro monólogo en el que un hombre mayor, tras descubrir por casualidad que su mujer lo aborrece hasta la médula, decide desaparecer:

“Estoy en mi derecho. Tengo toda una vida por delante, puedo vivir ochenta, como mi propio padre. Nadie es tan viejo que no pueda vivir un año y nadie es tan joven que no se pueda morir mañana mismo, eso leí hace tiempos. Y si me muero antes no me importa. No importa, nada importa. Que nadie me conozca para que nadie me odie. Voy a ser invisible a ver cómo me joden. Se acabó. No me van a joder, nadie me va a joder. Ya veremos qué pasa, ya veremos, este viejo pendejo se va para la porra y allá nadie lo encuentra.”

“I'm entitled to this. I’ve got all my life ahead of me, I may live up to 80, like my father. No one’s too old to live a year longer, and no one’s too young to die even tomorrow, I read that a while ago. And if I die before, I don’t care. It doesn’t matter, nothing matters. Where no one knows me, so no one can hate me. I’ll become invisible, and we’ll see how anyone can fuck me up. It’s over, red rover. They’re not gunna fuck me up, no one’s gunna fuck me up. We’ll see what happens, we’ll see, this old bugger’s gunna get lost, and no one will find him there.”

En algunos de los relatos de El amanecer de un marido falla una de las principales características de un buen cuento: la tensión narrativa que se necesita para atrapar al lector y conducirlo hacia el desenlace. Así, ‘El verbo divino’ me pareció un cuento tremendamente flojo, tanto en su concepción (a un profesor universitario homosexual le da un berrinche con diarrea incluida cuando descubre que un antiguo amor, compañero de facultad, va a casarse con una mujer) como en su estructura y desenlace. En ‘Mantis religiosa’ un turista que vuelve a una ciudad italiana donde vivió hace muchos años (otra referencia autobiográfica de Abad Faciolince) persigue a una mujer sin saber que ha quedado atrapado por los encantos de una prostituta que se exhibe en las iglesias para atraer a sus clientes; sospecho que este relato habría ganado mucho con un punto de vista narrativo diferente, pero el autor optó por hacer que el narrador hable en primera persona.

En otros relatos, sin embargo, es el telón de fondo de la violencia en Colombia el rasgo más llamativo: ‘La guaca’ cuenta el hallazgo de un enorme botín en oro y dólares por parte de un hombre que adquiere la mansión de un narcotraficante acribillado allí junto con sus invitados a la fiesta de fin de año. ‘Novena’ trata de la desesperación de un hombre secuestrado por la guerrilla, con el trasfondo de los recuerdos de su niñez por Navidad. ‘Mientras tanto’ es un conmovedor y elocuente monólogo del periodista que se sabe objetivo de los asesinos, sicarios, paramilitares, narcos, estamentos militares y religiosos, y que espera el momento de su muerte: “Tarde o temprano vendrán a por mí.” Pese a su indudable valor como testimonio del miedo, dudo que ‘Mientras tanto’ debiera haberse incluido en este volumen, pues no encaja de ninguna manera con el resto.

De Abad Faciolince solamente había leído Traiciones de la memoria. Ya mencioné en esa reseña que uno se quedaba con la sensación de que los dos últimos relatos de ese volumen eran un pegote que no encajaba en el todo, y por ello el libro en su conjunto no terminó de convencerme. Tampoco El amanecer de un marido me ha convencido, y los elogios que recibió en su día (especialmente en Babelia) me parecen exagerados y gratuitos.

4 jul. 2012

¿Han okupado los frikis la Academia?



La Real Academia Española hizo públicas recientemente algunas nuevas modificaciones a su Diccionario. En varios medios he visto ya comentarios que señalan un grave desconocimiento por parte de los académicos de lo que es el manga japonés  (manga 3. [Adición de artículo]. I. M. 1. Género de cómic de origen japonés, de dibujos sencillos, en el  que predominan los argumentos eróticos, violentos y fantásticos. ‖ II. ADJ. 2. Perteneciente o relativo al manga. Videos, estética manga), o la excesiva simplificación de otro concepto de origen japonés, el sushi: (sushi. [Adición de artículo].  M. Comida típica japonesa que se hace con pescado crudo y arroz envueltos en hojas de algas).

A mí, sin embargo, lo que más me ha llamado la atención es la inclusión de ‘friki’, ‘okupa’, ‘okupar’. Respecto a friki (friki. [Adición de artículo]. I. ADJ. 1. coloq. Extravagante, raro o excéntrico. ‖ II. COM. 2. coloq. Persona pintoresca y extravagante. ‖ 3. coloq. Persona que practica desmesurada y obsesivamente una afición.), pienso que se trata de una poco feliz adopción. La lengua tiene ya palabras para las dos primeras acepciones (esperpéntico o estrafalario son dos que vienen a la cabeza a botepronto). Además, abrirles las puertas a vocablos sajones simplemente porque se pongan de moda (siempre pasajera) entre los jóvenes no augura nada bueno para la calidad léxica, y por ende semántica, del castellano.

Es con ‘okupa’ y ‘okupar’ donde la adopción de la letra ‘k’ plantea un precedente de consecuencias que bien pudieran ser irreversibles.  Los sesudos académicos parecen argüir que es aceptable la adición de este artículo, (acortamiento de ocupante, con k, letra que refleja una voluntad de transgresión de las normas ortográficas).

Por un lado, al dar esta calurosa bienvenida a la voluntad de transgresión de los ‘okupas’ (y no nos equivoquemos: a los ‘okupas’, en general, las normas ortográficas les traen sin cuidado; son otras las normas que buscan transgredir), la RAE emplea una arriesgada estrategia; trata de contrarrestar un discurso subversivo mediante su normalización, considerando aceptable lo que ella misma define como transgresión de sus normas. Alguien podría cínicamente sugerir que esta estrategia corresponde más bien a una actitud un tanto extravagante, rara o excéntrica, y sus consecuencias resultarán, cuanto menos, pintorescas.

Porotrolao, tampoko pareze tan impensable ni kimerico ke a + largo plazo, una konsiderable pression de la soziedad, o de un grupo de usuarios kon zierta voluntad de kebrantar las arkaikas nor+ ortografikas, ponga un dia a los akademicos en un kompromiso…

2 jul. 2012

Bilingual education: all advantages, no disadvantages

Un gràfic del diari Avui


A few years ago I was taken aback by the ‘advice’ from an Australian primary school teacher, who in no uncertain terms told me that I should stop using my two native language(s) at home in favour of English only, because it would cause confusion. Naturally, being a language teacher for over twenty years, I disregarded the ‘advice’, based on the ignorance frequent in the monolingual mindset unfortunately prevalent in the Australian education system.

A study conducted by Catalan scholars and academics has again found (as if were necessary to prove it once more) that bilingualism is highly beneficial for young learners. Bilingual education “prepares students for learning a third language, as the bilingual person, having a dual phonetic system, has more flexibility for producing sounds in new languages.”

“Bilingual persons are better positioned for distinguishing between correct and incorrect structures in other languages, for comprehending the arbitrary relation between words and objects in different languages and, ultimately, for reflecting on language in general.”

The study has shown that students in a bilingual system outperform those within a monolingual one. Yet the PP-Government continues to attack the other languages spoken in the in the Spanish State. Could it be because they might prefer a situation where the citizens have a lower IQ? Why not propitiate a state of affairs where bilingualism becomes the norm, and not the exception? As a teacher of English in Spain for many years, I can confidently say a lot more people would have learned the language of Shakespeare well if they had had a bilingual education in their early years.

As mio caro amico Professor Lo Bianco says, not knowing English is already a disadvantage in this globalised world; but knowing only English is also fast becoming a disadvantage.

Some food for thought.

1 jul. 2012

Julio: The Huon River



El río Huon es uno de los más espectaculares y pintorescos que recorren la isla de Tasmania. Desde el lago Pedder desciende a través de frondosos bosques para recorrer el valle de Huon. Es en medio de estos bosques donde se encuentra una de las atracciones más visitadas en esa parte de la isla, Tahune Airwalk, una impresionante construcción metálica que permite a los visitantes ver el bosque desde arriba, entre las copas. Cerca de Tahune, al Huon se le une un afluente, el río Picton, y desde allí sigue su curso hacia el sur hasta el pueblo de Glen Huon, desde donde se une al mar en un impresionante estuario.

El paseo de Tahune vale la pena no solamente por lo espectacular de las vistas sino por lo mucho que se puede aprender de los guías y guardabosques tasmanos. El complemento ideal a una excursión a Tahune, incluso si el tiempo es malo y hace frío (nada inusual en esa parte del mundo), es un largo chapuzón en la piscina de aguas termales de Hastings Cave, que queda a unos 75 kilómetros. El día de nuestra visita, en pleno verano austral, la temperatura exterior apenas llegaba a los 12 grados, y nos cayó un fino granizo mientras estábamos en la piscina. Nadie quería salir del agua.

Tasmania cuenta con algunos de los enclaves naturales más limpios de Australia. Pese a la gran distancia a la que se encuentra, atrae a cientos de miles de visitantes año tras año. Nunca he conocido a nadie que hable mal de la isla: por algo debe ser. 

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