30 mar. 2012

La Suite Iberia de Albéniz, en Canberra


Guillermo González
La noche del jueves tuvimos la fortuna de asistir a un formidable concierto de piano organizado por la Embajada de España en Australia. El maestro Guillermo González interpretó para una reducida audiencia (la entrada era por invitación) la suite Iberia de Isaac Albéniz íntegramente.
A beneficio del público, González se tomó la molestia de ir explicando a su manera (no siempre fácil de comprender para los que no conocen España) en qué elementos y aspectos de la cultura fundamentalmente andaluza basó su composición Albéniz. Especialmente iluminadoras fueron sus referencias al estado físico y emocional del compositor en sus últimos años de vida, que queda perfectamente reflejado en la música.
Desde siempre, cada vez que asisto a un concierto de buena música, de música clásica, recuerdo el entusiasmo con que mi abuelo materno, Venancio, hablaba de sus compositores favoritos, de la pasión con que describía la música. Con frecuencia, y puede que sea ley de vida que esto nos suceda solamente muchos años después – cuando ya no están con nosotros – uno redescubre en ciertos aspectos de la niñez al abuelo como una persona realmente única, y por quien se siente, si cabe más profunda todavía, una postergada admiración.


Además del gusto por la música, mi abuelo me descubrió el mundo de la literatura y el gusto por los idiomas. Nacido en un pueblecito cercano a La Mancha conquense, mi abuelo Venancio – el ‘abuelito’ – desafiando todas las presiones contrarias imperantes en el régimen fascista de Franco, aprendió, gracias a su profesión de viajante comercial, la lengua catalana y la habló con mucho orgullo.
Mis hijos mellizos han empezado a asistir a clases de piano durante el primer trimestre del curso. En casa hay ahora un viejo piano que, arrinconado durante muchos años en la casa de mis suegros, se limitó a acumular polvo y fue brutalmente aporreado por muchas manos de niños. De hecho, a muchas teclas blancas les faltan trozos de marfil; pero ahora está ya afinado, y sus notas llenan una casa triste de sonidos amables y comprensivos, sonidos tiernos que nos hablan y a veces hasta reconfortan, a falta de otros sonidos más directamente humanos.
Anoche me resultó muy curioso escuchar con claridad las tonadillas típicas de Madrid en el trasfondo de ‘Lavapiés’, sonidos de otra época, de otro mundo, que hoy en día apenas se escucharían en Madrid si no es en forma un tanto estereotipada, para el entretenimiento de turistas guiris despistados.
Particularmente entrañable y misteriosa me resultó también la parte de la suite titulada ‘Albaicín’, donde el piano de González hacía brillar y tintinear en mis oídos las aguas del Genil y las aguas que discurren por los jardines del Generalife, en un mágico contraste con las guitarras flamencas que sonaban al otro lado del río. Anoche, ‘Albaicín’ me llevó de vuelta a una ciudad de la que en otro tiempo siempre dije que tenía la vista más hermosa del mundo. Desde entonces, he visto algunas que presentan una dura y seria competencia. Por apenas unos instantes me volví a ver como aquel veinteañero en Granada, un chico mucho más joven e ingenuo, un hombre sin las secuelas de la tragedia y el trauma, en la estimulante compañía de una persona de la que no he sabido nada en más de veinte años.
La realidad, sin embargo, recupera su papel predominante y su crudeza en nuestras vidas, y lo hace a través de la ficción. A la mañana siguiente, tras el concierto, he leído esto que cito, procedente de The Leftovers, de Tom Perrotta: ‘Apparently even the most awful tragedies, and the people they’d ruined, got a little stale after a while’. Apparently.

28 mar. 2012

Reseña: The Chemistry of Tears, de Peter Carey


Peter Carey, The Chemistry of Tears (Camberwell: Hamish Hamilton, 2012). 269 páginas.

Catherine Gehrig, restauradora de relojes y autómatas en el ficticio Museo Swinburne en Londres y asimismo secreta amante de su compañero de trabajo Matthew Tindall, descubre de repente un día, al pasar por delante del despacho de Matthew, que éste ha fallecido:
Muerto, y nadie me lo ha dicho. He pasado por delante de su despacho y su ayudante estaba berreando. "¿Qué ocurre, Felicia?" "¿Pero que no se lo han dicho? El Sr. Tindall, se ha muerto."
Comienzan así el suplicio particular de Catherine y esta última novela del australiano Peter Carey. Habiéndose dedicado en cuerpo y alma a Matthew, Catherine no tiene a quien acudir; su naufragio en el vodka parece inminente, pero es el director del museo, Eric, quien le propone trabajar en la restauración de un ‘objeto’. En los baúles que contienen las partes a restaurar se encuentran unos cuadernos que absorberán la atención de Catherine.
La mayoría de las novelas de Peter Carey se entretejen en torno a personajes y motivos dispares, mientras que la narración va estableciendo vínculos y asociaciones que terminan por fusionarse y aglutinar el conjunto.
En The Chemistry of Tears (La química de las lágrimas) el motivo central inicial es el llamado canard digerateur (literalmente, el pato que digiere), un autómata del inventor francés del siglo XVIII Jacques de Vaucanson. La narrativa une a Gehrig con un caballero inglés llamado Henry Brandling por medio de los cuadernos del diario del viaje que Brandling realiza a Alemania a mediados del siglo XIX buscando un constructor para un pato similar para insuflar ánimo vital en su hijo Percy, muy enfermo.
Es así como, al igual que en su novela anterior, Parrot y Olivier en América, Carey hace uso de dos voces narradoras – pero si en la en ocasiones desternillante parodia del viaje del francés Tocqueville a la incipiente democracia del Nuevo Mundo los dos narradores (Parrot y Olivier) son coetáneos, en The Chemistry of Tears Catherine es una voz narradora situada en 2010, y en ocasiones es a través de su lectura que el lector lee los cuadernos de 1854 (sustraídos por la propia Catherine del museo) de Brandling.
En Karlsruhe, Brandling conoce a Herr Sumper, un gigantón con un pasado misterioso y extrañas ideas, al precoz genio inventor de Carl y su madre Frau Helga. El estereotípico inglés que es Brandling tiene sus más y sus menos con Sumper y otros personajes, lo que Carey aprovecha al máximo para exprimir una veta cómica.
No es ninguna novedad decir que Carey siente una enorme fascinación por los procesos de falsificación y que explota con maestría la tensión (la paradoja) entre lo racional y la imaginación (¿no es esta tensión lo que, al fin y al cabo, constituye la esencia misma de la novela moderna?). Cuando Catherine se enfrenta al mismo misterio que Brandling casi 150 años antes, Eric le espeta lo siguiente: “¿Por qué queremos siempre eliminar la ambigüedad?” En otras palabras, ¿por qué negarnos a la posibilidad de que la mimesis pueda llegar a ser más convincente que la realidad? El mensaje que Sumper le deja grabado en latín en el pico del cisne – sí, como en el cuento infantil, ¡el pato termina siendo un cisne! – a Brandling apela a las creencias más humanas (y vulnerables): illud aspicis non vides. No puedes ver lo que ves.
The Chemistry of Tears acentúa lo fácil que puede ser que una vida se quiebre y se arruine: Catherine es incapaz de aceptar la muerte del hombre que era todo su mundo y se sumerge en el alcohol. El dolor de la pérdida, la conciencia de la reducción del número: “Mi propio taller no revelaría nada de su anterior ocupante: en el tablero de corcho había una fotografía de un árbol tomada en Southwold y otra de una calle vacía en Beccles; el verdadero significado de ambas imágenes solamente lo sabíamos nosotros dos. Nosotros una.”
Por su parte, en 1854, Henry Brandling, quien perdió ya a su primera hija y vive apartado de su esposa, vive permanentemente angustiado por perder a Percy.
En el trasfondo de la novela surge insistente, una y otra vez, la insinuación, la pregunta de si con el imparable desarrollo de la tecnología (no en vano en el siglo XIX se inicia la revolución industrial) el ser humano puede haber plantado la simiente de su propia destrucción. El desastre petrolero en el golfo de México en 2010 resultó ser, en ese sentido, muy oportuno para Carey. Y sin ningún ánimo de revelar el desenlace, este tema queda perfectamente iluminado para el lector al final de The Chemistry of Tears.
A quien no esté algo familiarizado con la obra del australiano Peter Carey, yo no le recomendaría The Chemistry of Tears como primer plato, pues es más que probable que se le indigeste. Es más, cabría rogarle al lector que se deje llevar por el libro. Leer debería ser siempre una fuente de placer; interrumpir ese placer con insustanciales búsquedas en Google o para hacer comparaciones fútiles (el pato de Vaucanson hace también su aparición en la formidable Mason and Dixon de Thomas Pynchon) no harán sino retardar el goce que Carey le propone al lector, como puede esperar quien haya degustado exquisitos manjares como Óscar y Lucinda, Jack Maggs, La vida extraordinaria de Tristam Smith o la más reciente Parrot y Olivier en América.

(Esta reseña apareció primero el 28 de marzo en Hermano Cerdo).

A continuación, las primeras páginas de The Chemistry of Tears, esperando que te animes a leer este interesante libro.

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Catherine
Muerto, y nadie me lo ha dicho. He pasado por delante de su despacho y su ayudante estaba berreando.
- ¿Qué ocurre, Felicia?
- ¿Pero que no se lo han dicho? El Sr. Tindall, se ha muerto.
Lo que yo oí fue: “Lo del Sr. Tindall no es cierto”. Y pensé, por lo que más quiera, serénese usted.
- ¿Dónde está, Felicia? – Esa fue una pregunta imprudente por mi parte. Matthew Tindall y yo llevábamos trece años de amantes, pero él era mi secreto y yo era el suyo. En la vida real yo evitaba a su ayudante.
Entonces la pintura de los labios se le había corrido y la boca se le doblaba como un calcetín. - ¿Dónde está? – dijo sollozando. – Menuda pregunta, ¡pero qué pregunta tan horrible!
No entendía nada. Volví a preguntarle.
- Catherine, está muerto – y empezó a berrear de nuevo.
 Entré con paso firme en su despacho, como para demostrar que se equivocaba. Esto no era el tipo de cosas que uno hacía. Mi querido secreto era alguien importante – Conservador Principal de Metales. Ahí estaba la foto de sus dos hijos en el escritorio. Su ridículo sombrero de tweed descansaba en la estantería. Lo robé. No sé por qué.
Por supuesto, ella me vio robarlo. Ya me daba igual. Bajé a la carrera las escaleras hasta el piso principal. Aquella tarde de abril en los salones georgianos del Museo Swinburne, entre los mil visitantes diarios, los ochenta empleados, no había absolutamente nadie que supiera lo que acababa de suceder.
Todo parecía igual que siempre. Era imposible que Matthew no estuviera allí, esperando a darme una sorpresa. Era inconfundible, mi amado. Cuando fruncía el gesto le aparecía una marca vertical a la izquierda de la nariz, grande y elevada. Pelo tupido, una boca grande y suave, siempre tierna. Por supuesto que estaba casado. Por supuesto, por supuestísimo. Tenía cuarenta años cuando lo observé por primera vez, y pasaron siete años hasta que nos hicimos amantes. Por entonces yo tenía menos de treinta y todavía era una especie de bicho raro, es decir, la primera restauradora de relojes que había tenido el museo.
Trece años. Mi vida entera. Fue un mundo hermoso en el que vivimos todo ese tiempo, Londres SW1, el Museo Swinburne, una de las gemas casi secretas de Londres. Contaba con un imponente departamento de relojería, una colección de relojes de todo tipo famosa en todo el mundo, autómatas y otros ingenios a cuerda. Si hubieras estado allí el 21 de abril de 2010, me podrías haber visto, esa mujer alta, singularmente elegante, con el sombrero de tweed estrujado entre sus manos. Puede que tuviera pinta de estar loca, pero quizás no era tan diferente de mis compañeros de trabajo – muy diversos restauradores y conservadores – atravesando a grandes zancadas las galerías públicas camino de alguna reunión o de un estudio o de un almacén donde pronto se dedicarían a interrogar un objeto antiguo: una espada, una colcha, o quizás un reloj de agua islámico. Éramos gente de museo, estudiosos, sacerdotes, reparadores, lijadores, científicos, fontaneros, mecánicos – unos excéntricos, en realidad – especializados en metales, vidrios, textiles, cerámica. Éramos de todos los tipos, insistíamos en decir, aunque en secreto teníamos la seguridad de que todos los estereotipos tenían algo de cierto. Por ejemplo, una mujer joven con piernas bonitas nunca podía ser restauradora de relojes, pero sí un hombre ligeramente estrambótico que midiera menos de un metro setenta – precavido, un tanto extraño, de pelo rubio y fino y al que le costase aguantarte la mirada. Podrías verlo corretear como un ratón por las galerías de la planta baja, con las inevitables llaves colgantes, con el aspecto de ser el guardián de los misterios. De hecho, no había nadie en el Swinburne que conociera mas que una parte del laberinto. Habíamos reducido nuestros territorios a calles secundarias – las rutas que conocíamos siempre nos llevaban a donde queríamos ir. Esto lo convertía en un lugar extraordinariamente fácil para llevar una vida secreta y disfrutar del perverso placer que una vida así puede dar.
En la muerte fue un horror total. es decir, lo mismo pero más radiante, más enfocado. Todo resultaba más tajante y distante a un tiempo. ¿Cómo había muerto? ¿Cómo podía haber muerto?
Regresé aprisa a mi estudio y busqué ‘Matthew Tindall’ en Google, pero no aparecía ninguna noticia de un accidente. Sin embargo, en mi bandeja de entrada había un mensaje que me subió la moral hasta que me di cuenta de que había sido enviado el día anterior a las 4 de la tarde. “Beso tus pies”. Lo marqué sin leer.
No había nadie a quien me atreviera a acudir. Pensé: trabajaré. Era lo que siempre había hecho en una crisis. Es para lo que los relojes están hechos, eso es lo que los hace intricados, sus peculiares acertijos. Me senté en el banco del taller a intentar resolver un ‘reloj’ francés del siglo XVIII extremadamente caprichoso. Había dejado las herramientas sobre una suave gamuza gris. Veinte minutos antes me había gustado este reloj francés pero ahora me pareció vanidoso y ostentoso. Enterré la cara en el interior del sombrero de Matthew. “Olisquear” es la palabra que habríamos usado nosotros. “Te olisqueo”. “Olisqueo tu cuello”.
Podría haber acudido a Sandra, la encargada. Siempre era una mujer muy amable, pero yo no podía soportar que nadie, ni siquiera Sandra, manejara mis asuntos privados, sacándolos a relucir sobre la mesa y sacudiéndolos de un lado a otro igual que si fueran cuentas de un collar roto.
Hola Sandra, ¿qué le ha pasado al señor Tindall, lo sabes?
Mi abuelo alemán y mi muy inglés padre fueron relojeros, aunque nada espectacular – primero en Clerkenwell, luego en el centro de la ciudad, y después de nuevo en Clerkenwell – sobre todo esos buenos relojes ingleses, sólidos, de cinco ruedecillas – pero para mí era un artículo de fe, incluso cuando era una niña pequeña, que esta era una ocupación muy grata y tranquila. Durante años pensé que hacer relojes debía acallar cualquier agitación en el seno de una. Estaba tan segura de mi opinión, tan completamente equivocada.
La señora del carrito del té trajo su deprimente oferta. Observé el motivo contrario a las agujas del reloj de la leche ligeramente cuajada, sencillamente esperándole a él, supongo. de modo que cuando una mano me tocó, fue el cuerpo entero el que se descosió. Parecía Matthew, pero Matthew estaba muerto, y en su lugar estaba Eric Croft, Conservador Principal del Departamento de Relojería. Empecé a gimotear y ya no pude parar.
Era el peor testigo posible.
Por decirlo de manera más bien desabrida, Crofty el astuto era el dueño de todo lo que allí hacía tic-toc y se movía. Era un erudito, un historiador, un experto. Yo, en comparación con él, no era más que una mecánica con una buena educación. Crofty era famoso por su trabajo de erudición sobre ‘Tonadillas’, con lo cual normalmente se quiere decir esos perfectos malentendidos imperiales de la cultura oriental que exportamos con tantísimo éxito a China durante el siglo XVIII, cajas de música extremadamente elaboradas revestidas con las más extravagantes composiciones de animales y edificios exóticos, con frecuencia colocadas sobre esmeradas bases. Así eran las cosas para los miembros de nuestra casta. Construíamos nuestras inestables vidas en torno a este tipo de cosas. Los animales movían ojos, orejas y rabos. Las pagodas se alzaban y caían. Las estrellas cubiertas de piedras preciosas giraban y las varillas giratorias de vidrio producían una efecto de agua muy creíble.
Gimoteé y berreé, y ahora era a mí a la que la boca se le había quedado como una marioneta de calcetín.
Igual que un presidente de un club de rugby que tuviera un chihuahua por mascota, Eric no se parecía en nada a sus tonadillas, que, podría una suponer, serían la pasión de un homosexual esbelto y maniático. Tenía esa especie de fanatismo hetero que se espera de la gente de ‘metales’.
- No, no, - gritó. ‘Sshhh’.
¿Sshhh? No fue brusco conmigo, sino que me puso su brazo fuerte y grande alrededor de los hombros y me obligó a meterme en un campana de gases que tenía un extractor, y entonces puso en marcha el extractor de humos que empezó a rugir como veinte secadores de pelo al mismo tiempo. Pensé: ya he descubierto el pastel.
“No,” me dijo. “No lo hagas”.
La campana era terriblemente pequeña, construida precisamente para que un restaurador pudiera limpiar un objeto antiguo con disolvente tóxico. Me estaba acariciando el hombro igual que a un caballo.
“Cuidaremos de ti,” dijo.
En medio de mis berreos, por fin comprendí que Croft sabía mi secreto.
“Ahora vete a casa”, me dijo en voz baja.
Yo pensé: nos he traicionado. Pensé: Matthew se cabreará.
“Quedemos en el café de la esquina”, me dijo. “¿Mañana a las diez? Enfrente del Anexo. ¿Crees que puedes hacer eso? ¿Te molestaría?”
“Sí”, le dije, mientras pensaba, ya está – me van a echar del museo principal. Me van a encerrar en el Anexo. Había levantado la liebre.
“Bien”, sonrió y las arrugas alrededor de la boca le dieron un aspecto más bien felino. Apagó el extractor de gases y de repente pude oler su loción de afeitado. “Lo primero, te conseguiremos una baja por enfermedad. Esto lo superaremos juntos. Tengo algo para ti, para que lo arregles”, me dijo. “Un objeto bonito de verdad”. La gente del Swinburne habla así. Dicen objeto en vez de reloj.
Yo pensé: va a exiliarme, a enterrarme. El Anexo estaba situado detrás de Olympia, donde mi dolor podía ser tan privado como mi amor.
De modo que estaba siendo amable conmigo, Crofty, el extraño macho. Le besé en la mejilla, áspera y con olor a sándalo. Los dos nos miramos con asombro, y entonces yo huí, salí a la calle húmeda y me dirigí a grandes zancadas en dirección al Albert Hall, con el ridículo sombrero de Matthew estrujado por mi mano.


24 mar. 2012

A la fi de l’estiu: la collita



Avui he fet collita. Ahir el vent del sud-oest ja portava els seus aromes d’autumne i la gelor de l'Antàrtic: a les muntanyes de Tasmània va caure una mica de neu. L’estiu s’ha acabat.

Enguany les pluges han estat (potser massa) generoses, i hem arreplegat (i menjat, és clar) de panotxes de dacsa, mongetes tendres (batxoqueta molt fina), safanòries, tomàquets petits i també autèntiques tomaques valencianes (ma mare em va enviar llavors fa un parell d’anys), pèsols xinesos i remolatxa. L’horta que tinc aquí a casa no és massa gran i no em dóna per a molt, però és el sabor de les verduretes i dels tomaques el que s’aprecia: és autèntic! I et dóna un plaer força especial menjar a la nit el que has arreplegat de la teua horta...

No tinc massa clar per què, però quan estic treballant a la meua horta sent una connexió especial amb la meua terra. Recorde els matins quan anava amb mon pare al Mercat d’abastos, i compràvem caixes senceres de taronges, de maduixes. Érem quatre boquetes a casa, i els preus eren més baixos al mercat. També recorde els colors i les olors del Mercat Central, la gran varietat de productes de la terra, el peix, la carn, els embotits, eixes sardines salades tan bé col·locades dins dels barrilets de fusta, les fruites seques, les veus de les dependentes, l’entonació tan característicament valenciana de les seues paraules. “Quant et pose, rei? Vols un kilo només?”

Aquesta remolatxa l'hem batejat 'Messi': el més gran!

Prop de l’horta vaig plantar ara fa gairebé dos anys una figuera. Per a molta gent, la idea de plantar un arbre per recordar la meua filla Clea semblava prou natural, i ens donaren uns quants vals per comprar-ne. Potser siga una bona idea, però el cas és que Clea i jo ja havíem plantat  prop de casa un arbre (un kurrajong, un arbre natiu) un parell de mesos abans de la seua mort. L’etiqueta que portava l’arbre deia que les figues que em done en el futur serien turques.

Enguany la figuera m’ha donat una figa només, la primera. Me la vaig menjar jo, va estar molt tendra i molt dolça, però la veritat és que no em va semblar gens estrangera. Pense que, malgrat tot, aquestes seran figues de Ngunnawal.

22 mar. 2012

Reseña: Els embolics dels Hoover, de Joaquim Biendicho


Joaquim Biendicho, Els embolics dels Hoover (Alzira: Bromera, 2011). 171 páginas.


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Cuando a Andreu Farré, recién horneado como doctor en filosofía, le proponen trabajar a bordo de un crucero por el Mediterráneo haciendo de guía cultural para las hijas del magnate norteamericano propietario del buque, la tentación de ganar una buena suma de dinero en pocos días de trabajo es muy fuerte. Acepta el trabajo y sube a bordo del Imperator of the Seas. Su anfitrión y empleador es el Sr. Hoover; sus hijas, Carol y Sarah, al parecer poco agraciadas en casi todos los sentidos, nos son descritas en un principio como un par de bobaliconas, más pendientes de los músculos masculinos que de las atracciones culturales de los puertos italianos donde el crucero hace escala.
Pero cuando una de las hijas de Hoover, Carol, desembarca en Mónaco en compañía del mago malabarista y ambos ponen tierra de por medio, se inicia una rocambolesca persecución. Hoover no está dispuesto a permitir que su hija se vaya con cualquiera, y en particular quiere impedir a toda costa que la huida de Carol llegue a oídos de su madre, la primera esposa de Hoover.
El relato nos lleva de Mónaco a Venecia, y de la ciudad de los canales a Marrakech en Marruecos. El estrafalario equipo de persecución lo integran unos personajes desdibujados, elaborados con trazos escuetos pero por lo general acertados. Hay un barman salvadoreño que se llama Salvador Salvador, un antiguo espía francés alcohólico, el propio Hoover y Farré.
Si Els embolics dels Hoover buscaba ser un relato esencialmente humorístico, no termina de conseguirlo porque está escrito en clave de entretenimiento más bien light. Más mérito tienen, por la ironía sutilmente desplegada en el subtexto, las observaciones sobre los comportamientos y las pequeñas miserias humanas que son pan nuestro de cada día.
Por lo demás, hay una especie de trama paralela que la novela sitúa en Barcelona, donde la madre de Sarah descubre tras asistir a una conferencia las malas artes del conferenciante, un hipnotizador llamado Santos, para terminar siendo ella la hipnotizada. Es por aquí donde cojea Els embolics dels Hoover: de una posible trama detectivesca se pasa a un sainete un tanto deslucido, y en el que únicamente la escena en que todo Marrakech parece estar buscando a Carol y su acompañante alcanza ciertas dosis de hilaridad.
Biendicho recurre a la polifonía narradora sin que parezca estar especialmente versado en la técnica. La novelita (tiene 171 páginas solamente) avanza a trancas y barrancas, con más voluntad de entretener que otra cosa, y no contiene grandes pretensiones literarias.
Els embolics dels Hoover resultó premiada con el XXII Premi Ciutat d'Alzira, un hecho que ciertamente dice en principio muy poco a favor del resto de novelas candidatas.

21 mar. 2012

Día Mundial de la Poesía-World Poetry Day



En el Día Mundial de la Poesía, la primera estrofa de un poema titulado ‘Whisper her name in the wind’

Although born in a big city, she had always loved the farm.
She trod softly in the old house, ever filled with dust and charm.
Even as a baby she felt the distinctive warmth was there:
her own mum’s family’s place, all people who loved her and cared.

20 mar. 2012

En el SPOKE Word Festival de Adelaida



El pasado fin de semana tuve la suerte de formar parte de un panel de oradores en el contexto del Día Multicultural del SPOKE Word Festival en Adelaida. En el panel figuraban escritores de muy diversa índole y origen: Juan Garrido Salgado, Lionel Fogarty, Dylan Coleman, y Ranjit Ratnaike.

Juan Garrido Salgado y Lionel Fogarty leyeron algunos de sus poemas. Garrido es un poeta mapuche chileno que reside en Australia desde 1990, tras huir del régimen pinochetista, mientras que Fogarty es un autor aborigen, nacido en la tierra Wakka Wakka, que trata los temas de los derechos de los pueblos indígenas a conservar sus tierras y sobre la injusticia que sufren los aborígenes en su propia tierra.

Coleman publicará en octubre su primer libro, ‘Mazing Grace, y el sábado habló de la búsqueda y recopilación de datos y testimonios que le van a permitir contar la historia de su padre, emigrante griego que vivió terribles experiencias que le dejaron una profunda e indeleble huella, y de su madre, que creció en la misión de Kooniba, en el desierto de Australia Meridional. Dylan es de linaje indígena y griego, y ganó el Premio David Unaipon para manuscritos inéditos de los Premios Literarios del Gobierno de Queensland.

Ratnaike es originario de Sri Lanka, y ha publicado un libro titulado Saradasi: The Prophecy, una obra de ciencia ficción.

Por mi parte, mi intención fue hablar un poco de la experiencia de escribir en una tierra extraña desde una triple perspectiva como emigrante, como traductor y como autor. La idea principal en la que centré mi breve alocución fue la de cruzar fronteras, en oposición a los manidos eslóganes políticos que tratan de explotar el miedo y la ignorancia.

Cada vez que nos desplazamos, cada vez que traducimos, cada vez que escribimos, estamos superando líneas divisorias – unas son invisibles, otras son físicas, muy visibles. El caso es que, en un mundo donde la tecnología sigue avivando los procesos tanto de comunicación como de desplazamiento (físico y virtual), ese constante atravesar las fronteras ha de terminar por borrarlas, por eliminarlas y quitarles el sentido, la razón de ser.

Jude Aquilina, del SA Writers Centre, presenta a los miembros del panel 
Esta es una versión editada de lo que dije el sábado, seguida de su traducción al castellano.


It is both challenging and exciting to engage in these conversations. I’d like to speak about my experience of writing, about how I see what academics like to call the writerly self, or what I would rather name my identity as a Spanish-Australian individual who crosses borders on a daily basis in writing, and one who ultimately will always be a migrant writer. I like to think of writing as border-crossing. 
We live in a world where we are still constrained (and contained) by physical, linguistic and abstract lines, by borders, and in that sense only we could argue we’re all migrants. There are those who commend such lines and think of themselves realists, always appealing to our fears by stressing that the border is there to be protected, a line not to be transgressed, while at the same time making a vainglorious display of pride in the multicultural fabric of Australia’s migrant background. We should remind them that migrants need to cross borders, that the origins of this country are based and always will be based on a transgression. 
In the film The Three Burials of Melquiades Estrada, Tommy Lee Jones takes us on a superbly ironic journey across the border back into Mexico. They reach a derelict house where a lonely blind old man, who seems to be just waiting for his death, spends his time listening to a Mexican radio station in a language he does not understand. Why, the character played by Jones asks him. “I like the sound of it”, the old man replies. 
Like the old man, I like the sound of what’s over the border, and my writing aims to reach out and bring others over the border, so that eventually the line becomes blurry and meaningless. I believe I write from a place that has many characteristics of a border zone: it is neither here, nor there. I can write in a language that is not my native tongue, yet I feel comfortable enough to produce beautiful poetry in that language and share it. 
A few days ago, my cousin Juli Capilla, an established poet who has published a few prize-winning books, while writing in his blog about an exhibition of modern Australian indigenous painting he had been able to visit with his two children, suggested that I could provide some information about the many cultures of the Aboriginal peoples. My response was that I should feel ashamed: I still know very little about these cultures after fifteen years. How can we cross those invisible lines that still separate us within your/my country? 
I believe we need to come to terms with the fact that the border, la frontera, is spreading everywhere. And it is precisely that process (embodied by the unstoppable spread of English as a world language) that will render all borders blank, inconsequential. We should not reinforce the infectious, malicious idea that physical, political and economic borders have been made in order to separate at a time when borderline zones are pioneering new forms of plurality in the wider community. Let us allow the blurring of frontier-based dynamic cultures to put an end to the ignorant contagion of intolerance that the border protection mindset encourages. 
I have successfully crossed one invisible, personal border. It has taken fifteen years for me to do so; it has taken such a very long time for me to feel entitled to say that the land of the Ngunnawal in the Canberra area is a land I belong to. The price was too dear, too personal, and too cruel. This realisation only came to me after I buried my daughter Clea. 
Clea was born, bred and buried in Ngunnawal land. After she died, it occurred to me that my child, who was a proud Year 1 student at the local public school, Amaroo School, did belong in Ngunnawal, and because she’s buried there, so do I now.

Participar en estas conversaciones es un reto emocionante. Quisiera hablar de mi experiencia como escritor, de cómo veo lo que a los académicos les gusta denominar el ser escritor, o lo que yo prefiero llamar mi identidad como un individuo hispano-australiano que cruza fronteras todos los días al escribir, uno que en última instancia siempre será un escritor migrante. Me gusta pensar en la escritura como un cruce de fronteras. 
Vivimos en un mundo donde seguimos constreñidos (y contenidos) por líneas físicas, lingüísticas y abstractas, por fronteras, y únicamente en ese sentido se podría decir que todos somos migrantes. Hay quienes ensalzan esas líneas y se dicen realistas, siempre apelando a nuestros miedos al acentuar que la frontera está para ser protegida, una línea que no debe ser transgredida, mientras que al mismo tiempo hacen una exhibición vanagloriosa de orgullo por el tejido multicultural del origen migrante de Australia. Debemos recordarles que los migrantes tienen que cruzar fronteras; que los orígenes de este país se basan y siempre se basarán en una transgresión. 
En la película Los tres entierros de  Melquíades Estrada, Tommy Lee Jones nos lleva en un viaje maravillosamente irónico de regreso a México cruzando la frontera en sentido contrario. Durante el viaje llegan a una casa en ruinas donde vive un viejo solitario y ciego, quien simplemente parece estar esperando la muerte y quien pasa el tiempo escuchando una estación de radio mexicana en un idioma que no entiende. ¿Por qué, le pregunta el personaje que interpreta Jones? “Me gusta cómo suena”, le responde el viejo. 
Como a ese viejo, a mí me gusta cómo suena lo que está al otro lado de la frontera, y al escribir aspiro a alcanzar y a traer a otros al otro lado de esa línea fronteriza, de manera que a la larga la línea se vuelva borrosa y sin sentido. Creo escribir desde un lugar que tiene muchas de las características de una zona fronteriza: no está ni aquí ni allí. Sé escribir en una lengua que no es mi lengua materna, pero me siento lo bastante cómodo para producir hermosa poesía en esa lengua y compartirla. 
Hace unos días, mi primo Juli Capilla, poeta ya establecido que ha publicado varios libros galardonados, escribía en su blog sobre una exposición de pintura aborigen moderna que había podido visitar con sus dos hijos, y sugería que yo podría dar más información sobre las muchas culturas de los pueblos aborígenes. Mi respuesta era que debería sentir vergüenza: sé muy poco todavía de estas culturas tras quince años. ¿Cómo cruzar estas líneas invisibles que aún nos separan dentro de vuestro/mi país? 
Creo que debemos asumir el hecho de que la frontera, the border, se está extendiendo a todas partes. Es precisamente ese proceso (plasmado por la propagación imparable del inglés como lengua mundial) que hará de todas las fronteras algo vacío e incoherente. No debemos reforzar esa idea contagiosa y maliciosa de que las fronteras físicas, políticas y económicas se han hecho para separar, justo cuando las zonas fronterizas son pioneras en la creación de nuevas formas de pluralidad en la comunidad global. Permitamos que la imprecisión de las dinámicas culturas que surgen en las líneas fronterizas termine con el ignorante contagio de la intolerancia que alienta la mentalidad de la protección de fronteras. 
Yo he conseguido cruzar una frontera invisible y personal. Me ha llevado quince años hacerlo; me ha llevado todo ese larguísimo tiempo sentirme con derecho a decir que la tierra de los Ngunnawal en la región de Canberra es una tierra a la que pertenezco. El precio fue demasiado caro, demasiado personal, demasiado cruel. Me di cuenta de ello solamente tras enterrar a mi hija Clea. 
Clea nació, se crió y fue enterrada en la tierra de los Ngunnawal. Después de su muerte, me vino la idea de que mi hija, una estudiante del año 1, orgullosa de su escuela pública, la Escuela de Amaroo, sí pertenecía a la tierra Ngunnawal; y porque está enterrada allí, también yo pertenezco ahora.

11 mar. 2012

Un año después: 11 de marzo

Racecourse Beach (borrowed from Surf-Sisters.com)

Lo creas o no, Canberra celebra su día de fiesta siempre el segundo lunes del mes de marzo, sea cual sea la fecha. El año pasado ese festivo día cayó en el 14 de marzo, por lo que aprovechando el final del verano austral nos fuimos toda la familia a la costa, a una preciosa playa llamada Racecourse Beach.
Llegamos allí poco después de la hora de la cena (en Australia se cena sobre las 7 en el horario de verano), dejamos todos nuestros bártulos playeros, guardamos comida y bebida, preparamos las camas y fuimos a echar un vistazo rápido a la playa antes de que se hiciera de noche.
Sobre las 8 de la noche ya estábamos de regreso en el bungalow alquilado por tres noches, dispuestos a relajarnos, y con el ánimo de propiciar que los mellizos pudieran disfrutar de un largo fin de semana. Encendí entonces el televisor, dispuesto a ver alguna de esas películas que han repetido mil veces, o simplemente para entretener a los chicos un rato antes de meterlos en la cama.
Esto es lo que vimos:

Dirás: Todo el mundo ha visto esas imágenes; no son nada nuevo. Cierto, las han pasado por TV una y otra vez hasta la saciedad. Pero estoy seguro de que tú, quien en estos momentos lees estas palabras que ahora escribo, no las puedes ver ni las has visto de la misma manera que mi familia y yo las vimos. Ojalá nunca tengas que verlas.


No, tú no has visto esa larga lengua negra (que en las imágenes avanza por las tierras del norte de la isla de Honshu a gran velocidad, ¿verdad que sí?) aparecer de repente entre tus pies, mientras corrías agarrando de la mano a tu hijo de cinco años y gritabas 'Corred, corred' a tus hijos y tu esposa.
Tú no has sido alzado en vilo por la fuerza brutal del océano y engullido décimas de segundo después por una montaña de agua, un océano que de pronto se ha salido de su sitio. No, tampoco lo has visto venir como lo veo venir yo, así, aquí, ahora o en cualquier momento, porque, oh shit, la línea del horizonte está arqueada y aunque no parece que tenga sentido, aunque parece absurdo e increíble, el instinto te dice que tienes que correr.
Tú no has corrido descalzo con el pánico metido en el cuerpo, mientras vas gritándoles a todos los que te vas encontrando en tu huida desesperada que corran, que corran, que viene el océano.

Tú no has sentido los golpes de innumerables trozos de coral, de maderos, de troncos de árbol en la espalda, las piernas, los pies, la cabeza mientras te estás hundiendo, no puedes hacer nada por evitarlo, no puedes nadar en esta masa de agua que juguetea contigo y con ese niño de 5 años, tu hijo, que tienes bien agarrado con un brazo porque si lo sueltas, ¿qué va a sucederle?

¿Qué os va suceder? Después de la primera, y unos segundos de lo que parece una calma que tira de vosotros hacia atrás, viene una segunda, que es mucho peor, que arrastra todavía mucha más mierda, que lleva esos tejados de calamina que podrían cortarte la cabeza, como le sucedió a algunos...

Y no se termina, porque luego viene una tercera, y estás tragando agua, y como puedes, sin saber cómo, consigues levantar en vilo por encima del agua a ese niño de cinco años, a tu hijo, para que por lo menos él sí, oh fuck, oh fuck, por lo menos él sí, joder, por lo menos él sí, que respire, que se salve…

Y tus fuerzas empiezan a abandonarte cuando todavía llega una cuarta, y tú ya no piensas en nada, no puedes ya pensar en nada porque todo se oscurece, ya no puedes luchar más contra esos diez metros de altura de un océano que de pronto ha engullido la playa por la que apenas treinta segundos antes estabas paseando con tu familia: tus tres hijos, tu esposa y tú, de vacaciones en lo que apenas un minuto antes era el paraíso.

Y de algún modo, cuando aquello termina, sigues flotando con tu hijo en brazos, estás inmovilizado por los escombros que se han acumulado, y cuando por fin logras salir de allí, no encuentras a tu hija, la hermana mayor, la niña de tus ojos.

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Hace ahora un año, esos dos niños que la mañana samoana de la que hablo tenían cinco años y una hermana mayor que ya no tienen, vieron esas imágenes en la tele y les dijeron a sus padres, llorando: “I don’t want to die”. Por suerte, tú no has vivido eso, ese terror televisado directamente al inconsciente de sus recuerdos, a los miedos que creías haber dejado atrás. Y yo te digo que ojalá nunca tengas que vivir algo así.

Cuando esto salga publicado [lo he dejado programado para las 00:00 horas del 11 de marzo de 2012], estaremos los cuatro otra vez en Racecourse Beach. Nosotros, los padres de esos dos chicos, estaremos intentando normalizar sus vidas, estaremos haciendo un esfuerzo por que esos niños, los mellizos que le tenían tantísimo miedo a lo que veían en televisión y que estaba sucediendo a miles de kilómetros de distancia, disfruten de la playa y que jueguen con las olas del océano, como cualquier otro niño.
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Uno puede interiorizar una pesadilla así; de hecho, uno no tiene otra opción que hacer que pase a formar parte de su ser y apartarlo de la vida diaria, del trabajo, de lo cotidiano. O uno hace eso, o se vuelve loco. Seguro que este fin de semana los canales de televisión 'celebran' el primer aniversario. Durante muchas horas, la alerta se había extendido a las costas orientales de Australia - iba a tardar ocho horas en llegar, habían calculado.

Nunca llegó. Pero uno nunca se acostumbra a revivir la peor de sus pesadillas.
Hay algo que me despierta casi todas las noches, y no es ni el perro del vecino, ni la preocupación por pagar los plazos de la hipoteca, ni la posibilidad de que comience una guerra nuclear porque EE.UU. (o quien sea) ataque a Irán.

8 mar. 2012

Reseña: El arte de la resurrección, de Hernán Rivera Letelier


Hernán Rivera Letelier, El arte de la resurrección (Madrid: Alfaguara, 2010). 254 páginas.

A principios de abril de 1993, cargando a mis espaldas con una voluminosa mochila en la que llevaba al menos un par de kilos de madera petrificada de la Patagonia argentina llegué poco después del mediodía a San Pedro de Atacama, un pueblecito que por aquella época comenzaba a ser parada obligatoria para mochileros y otros turistas, y donde a las once de la noche los carabineros (de buenas maneras) cerraban el único bar que abría hasta tarde, en el cual siempre había alguien dispuesto a tocar alguna canción de Serrat para entretener al personal a la luz de unas velas (la luz desaparecía de sopetón a eso de las diez).


El desierto de Atacama, en 1993. (c) Jorge Salavert

Atacama es una región extraña: un desierto donde nunca llueve; el agua que baja de las cumbres nevadas de los Andes lleva altísimas concentraciones de minerales que le dan un sabor terrible. Es asimismo un lugar que ha tenido fuertes altibajos económicos a lo largo de su historia, dependiendo de la explotación de sus muchos recursos mineros.

Es en esta parte del mundo donde Rivera Letelier sitúa su novela, en la década de los 40 del siglo pasado. El protagonista está basado en un personaje real, un locuelo de nombre Domingo Zárate Vega, que se hizo llamar el Cristo de Elqui, y que recorrió Chile de arriba abajo (la única manera posible de recorrer Chile) predicando y exhortando a sus feligreses al arrepentimiento.

Rivera Letelier toma a este personaje e introduce a la prostituta beata Magalena Mercado, meretriz principal de la oficina salitrera ‘La Piojo’. El Cristo de Elqui acude hasta allí obsesionado con la idea de hacerla su compañera de peregrinaje. Lejos de ser el azote de los pecadores, este Cristo es fornicador compulsivo, defensor de los derechos de los obreros, charlatán profesional y recetador de curas herbales para todo tipo de males y enfermedades.

Rivera Letelier trata al protagonista con una mezcla de socarronería y ternura. En el primer capítulo nos cuenta cómo un grupo de mineros le gastan una cruel broma al hombre santo cuando se presentan ante él con un compañero que, le dicen, ha caído fulminado de un ataque después del almuerzo. Personaje quijotesco y entrañable, el Cristo de Elqui mide la realidad desfavorable que le rodea con destellos de locura, y el autor sabe rodearlo de personajes extravagantes (el viejecito don Anónimo, el de la escoba con la que barre el desierto, es todo un hallazgo).

El punto de vista narrativo en El arte de la resurrección cambia según los capítulos, adoptando ángulos que hacen del relato una experiencia amena, fluida y llena de humor. El empleo de localismos puede suponer algún problema para el lector no familiarizado (recomiendo esta página web para hacer tus consultas, que te verás obligado a hacer si no eres chileno).

En esta exquisita narración siempre está presente el paisaje atacameño: una tierra seca, dura e impracticable, en la que solamente la línea del ferrocarril es un referente fiable. Hoy en día automóviles, camiones y motocicletas recorren el desierto en otro peregrinaje todavía más absurdo que el del Cristo de Elqui, un peregrinaje anual absurdamente llamado Dakar.



Una vivienda imposible en mitad del desierto (c) Jorge Salavert, 1993

No es una novela impecable. No todos los capítulos resultan igual de atractivos, y alguna que otra vez Rivera Letelier le endiña al lector un ripio estilístico tan reseco como las calicheras del desierto que describe: “el sol apareció por el lado de los cerros radiante y redondo, exacto como un Longines de oro” (p. 116). No creo que recibiera pago alguno por el símil anterior, ni que el ínclito Zaplana haya leído el libro.

Una última anotación, un sonoro cachetazo para Alfaguara, por permitir que cosas como ésta se impriman y pasen el control de calidad exigible a una industria que cobra caros sus productos (los libros): “para darle un soplo de aliento a esos seres humanos que, desesperados, al borde del suicidio, no hayan dónde aferrar su poquito de vida.” (pp. 239-40). La cita anterior, señores de Alfaguara, es impresentable. You gotta lift your game.

7 mar. 2012

Goodbye Blue Monday: un relato de Benjamin Smith

Dos citas de Kurt Vonnegut (montaje de Justin Anthony Knapp)

Mi traducción de un cuento del estadounidense Benjamin Smith ha aparecido esta semana en Hermano Cerdo. El título del cuento es ‘Goodbye Blue Monday’, a su vez subtítulo de la novela Breakfast of Champions del autor Kurt Vonnegut, fallecido en 2007, y que fue llevada al cine en 1999 (El desayuno de los campeones).
El narrador llega al apartamento de su hermano y se encuentra que la puerta no está cerrada. Enfadado porque van a llegar tarde a la comida con la familia, cuando va a despertarlo descubre que está muerto. Junto al cadáver encuentra una nota que simplemente dice: ‘Goodbye Blue Monday’. En dos o tres breves escenas, diferentes personajes dan su versión del finado, Karl. El hermano busca infructuosamente darle sentido a la nota.
Se trata de un relato muy breve, con diálogos cortos pero corrosivos, y que nos muestra la degradación que los seres humanos somos capaces de alcanzar cuando ni siquiera se les tiene respeto a los muertos. Lo leí por casualidad en una revista online y me propuse traducirlo para la revista de los campeones.
‘Goodbye Blue Monday’ empieza así:
“Joder. La puerta no está cerrada. La abro de un empujón. Está inmóvil, tirado encima de un pequeño colchón que está justo en el centro del apartamento estudio. Digo su nombre en voz alta antes de entrar, temeroso de despertar a la bestia beoda. ‘¡Ya está bien!’, digo entonces con un grito.”
Puedes terminar de leerlo aquí. Y también puedes leer el original inglés de Benjamin Smith aquí.
En todo caso, espero que lo disfrutes, como siempre.

5 mar. 2012

Handwritten: Una exposición en la Biblioteca Nacional

El cartel de la exposición


Aprovechando el diluvio que cayó en Canberra durante el fin de semana, llevé a mis mellizos a visitar la exposición Handwritten: Ten Centuries of Manuscript Treasures from Staatsbibliothek zu Berlin, que en castellano viene a ser Escrito a mano: diez siglos de tesoros manuscritos de la Biblioteca Estatal de Berlín.
La exposición reúne cerca de cien piezas únicas entre libros, pergaminos y hojas de papel, cuya característica común es que fueron escritas a mano. Desde una fastuosa copia del siglo XIV de La divina comedia de Dante a una carta de disculpa de Franz Kafka a un editor amigo suyo, Blei, pidiéndole perdón por haber publicado una reseña en una revista de la competencia, los documentos que reúne esta exposición proporcionan una visión muy completa de cómo ha evolucionado la escritura a lo largo de los siglos. Estos son algunos de los nombres de personajes históricos cuyos escritos forman parte de la exposición: Voltaire, Descartes, Dickens, Goethe, Hegel, Schopenhauer, Kant, Martín Lutero, Miguel Ángel Buonarotti, Copérnico, Galileo Galilei, Napoleón, Newton, Erasmo de Rotterdam, Maquiavelo, Kepler, Charles Dickens, Heinrich Böll, Herman Hesse, Albert Einstein, Diesel, Bosch, Benz, Planck, Marie Curie, el capitán Cook, Simón Bolívar, Florence Nightingale, Alfred Nobel, Dostoievski, Nietzsche, Pasteur…
La exposición se complementa además con diversas muestras de partituras escritas a mano por músicos de renombre universal: Bach, Brahms, Haydn, Handel, Schumann, Beethoven, Wagner, Mendelssohn, etc.
Ambas listas, creo yo, dan buena cuenta de lo exhaustivo que es el planteamiento de la exposición, la cual ha contado también con su propio blog (en inglés).
Karl Hartwig Gregor von Meusebach invita a champagne a Ernestine von Witzleben el 24 de abril de 1804 de una forma muy original.
Por otra parte, Handwritten nos lleva también a plantearnos algunos interrogantes. Por ejemplo, la cuestión de qué sucederá con el arte de la escritura, la caligrafía, ahora que prácticamente todo puede hacerse por medio de herramientas tecnológicas. La digitalización de muchos textos antiguos asegura su ‘supervivencia’ (y el acceso más fácil y asequible por parte millones de lectores, al menos en potencia), pero no la continuidad del arte de los calígrafos y los amanuenses.
También cabe preguntarse cuál será la calidad de la escritura de los ciudadanos que completen una educación ‘normal’; respecto a esto, cuento con la experiencia de haber enseñado en un instituto de enseñanza secundaria aquí en Australia, y he visto de primera mano las desastrosas consecuencias de una pobre formación en la destreza de escribir. Sé además de muchos personas que solamente saben escribir en letra mayúscula.
Veo también cómo escriben mis dos mellizos, quienes pronto cumplirán ocho años, y constato con alguna preocupación que todavía no saben escribir (al menos en mi opinión) correctamente. Sí saben, y muy bien, manejar iconos en la pantalla de un iPad, y también saben ya teclear párrafos enteros en un ordenador, por ejemplo.
Teniendo en cuenta que muy pronto mejorarán (y mucho) las aplicaciones que permiten ya ‘escribir’ directamente )es decir, sin tener que usar las manos) en PCs, tabletas, iPads y utensilios similares que sin duda harán su aparición en las próximas décadas, el panorama no es nada alentador para el arte de la escritura. De hecho, cada vez son menos las personas que escriben cartas a mano.
Pero mejor rectifico lo anterior: cada vez son menos las personas que escriben cartas. Pero ese es otro cantar.

1 mar. 2012

Marzo - Acantilados de Maria Island

'Painted cliffs', Maria Island (Tasmania)

Maria Island (Isla de María) se halla en la costa oriental de Tasmania. Por alguna extraña razón que desconozco, los locales pronuncian el nombre “Maraia”. El nombre lo recibió del explorador neerlandés Abel Tasman en honor a la mujer del gobernador de Batavia (una fortificación construida junto a la actual Yakarta), Maria van Diemen. Según parece, los habitantes originarios la llamaban Toarra-marra-mona (hay otros lugares australianos de nombre similar: Turramurra en Sydney, o Mona Vale).
La colonización europea de la isla se inició, como en el resto de Tasmania (la tierra de Van Diemen) en forma de asentamiento penal inglés, aunque ya los franceses habían explorado la isla con la expedición de Baudin en 1802. Durante el siglo XIX se fundó Darlington, el principal núcleo de población de una isla que llegó a albergar distintas industrias, aunque todas ellas terminaron por fracasar. Convertida en Parque Nacional, la isla es hoy en día un atractivo destino turístico en los meses de verano – en invierno, Tasmania es un lugar muy frío. Es posible la acampada (hay que obtener permiso), y en los edificios de Darlington hay opciones de alojamiento modesto, sin lujos.
Otro de los atractivos de la isla es su fauna: debido a su aislamiento del resto de Tasmania, el Parque Nacional ha acogido a algunas especies en peligro, que han proliferado y han hecho de Maria Island su nuevo hábitat.

A Cape Barren goose
Al norte de Maria Island se encuentra un pequeño islote que ha conservado el topónimo francés (Isle du Nord) que sirvió como “celda de aislamiento” (sobreañadido) para los convictos que infringían las reglas.

Isle du Nord, desde el ferry, camino de Maria Island. Más de un convicto moriría intentando escapar a nado.

La foto del mes de marzo de Notas Literarias muestra los acantilados de la costa occidental, donde la piedra arenisca adopta formas y colores de fantasía gracias a la acción de filtración del agua de lluvia.
Maria Island podría ser escenario ideal para una novela. Sus casas (algunas derruidas, en mitad de ninguna parte) guardan secretos inconfesables, perdidos en el tiempo. La isla posee un magnetismo que resulta difícil de explicar; no cabe duda que vale la pena hacer la visita y emprender algunas de las caminatas que propone el Parks and Wildlife Service de Tasmania.

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