El 22 de septiembre del año pasado, la administración estadounidense declaró a Antifa organización
terrorista, lo cual tiene su gracia. Digo yo que solamente alguien que se
identifique políticamente con los fascistas buscaría arremeter de ese modo (mediante
decreto presidencial) contra un movimiento cuyo principal propósito es plantar
cara al racismo y al fascismo supremacista. Además, tal como Mark Bray claramente
expone en su libro, Antifa como entidad organizada no existe.
Quizás sea cierto que se trata de una red
informal de ámbito internacional de afinidades, compartidas por más o menos
pequeños grupos y movimientos comunitarios con implantación local (mayoritariamente
en ciudades), y apenas en un ámbito nacional. Como movimiento social
internacional, Antifa no parece existir más que en las mentes calenturientas de
quienes preconizan el fascismo.
Si a lo anterior se añade el hecho de que Mark
Bray, profesor de historia en la Universidad de Rutgers, tuviera que salir con
toda su familia a toda prisa de los Estados Unidos el 8 de octubre tras recibir
amenazas de muerte y ver la dirección de su casa divulgada en internet a modo
de invitación para todo aquel que quisiera acercarse a él (¿Seguro que para
darle un abrazo y pedirle un autógrafo, no?), queda muy claro que el libro sobre
el antifascismo tiene infinidad de enemigos. Puedes escuchar la entrevista que le
hicieron en la Radio Nacional australiana a Mark Bray (en Madrid) aquí (en inglés).
El manual sobre antifascismo de Bray dista mucho
de ser un manifiesto. Es sobre todo un estudio académico, aunque su alcance no sea
exhaustivo. Me resulta sumamente significativa la primera frase de su
introducción: «Ojalá no hiciera falta este libro». Un deseo, visto lo visto
desde enero de 2025, ilusorio. Por cierto, Antifa está disponible (en
inglés) de forma totalmente gratuita aquí.
Compuesto de seis capítulos, una introducción y una breve conclusión más dos apéndices, Antifa constituye
una valiosa aportación al importantísimo debate en torno a la más que necesaria
respuesta que el fascismo merece. El primer capítulo explica las causas de la aparición
del antifascismo como movimiento político en el periodo de entreguerras y su
evolución. Menciona los grupos que surgieron en el Reino Unido, Alemania,
Italia y España. Todos sabemos lo que ocurrió en los años 30 y 40 en Europa.
En el segundo capítulo, Bray trata el antifascismo en la segunda mitad del
siglo XX. Es esta parte la que sin duda merece una ampliación en profundidad;
el libro no menciona ninguna otra respuesta popular organizada aparte de las que
tuvieron lugar en EE.UU. y algunos países de Europa. Bray puntualiza la
separación entre la cultura punk y los nazis skinheads que se apropiaron de esa
imagen díscola, algo de lo que fui testigo accidental en mi juventud.
En el capítulo siguiente,
Bray explica los movimientos contemporáneos (los casos de Noruega, Suecia,
Grecia y Holanda aportan interesante información sobre el fenómeno a escala
internacional). En su investigación académica, el profesor Bray entrevistó a muchos integrantes de grupos locales
antifascistas. Los otros tres capítulos se titulan “Cinco lecciones de la
Historia para los antifascistas”, “Para que luego hablen de la izquierda
tolerante” y “Boicots y la libertad de expresión”. Bray presenta argumentos muy
relevantes. He aquí algunos de ellos que he traducido.
«La trágica ironía del antifascismo moderno es
que cuanto más éxito tiene, más se cuestiona su razón de ser. Sus mayores
éxitos yacen en un limbo hipotético: ¿Cuántos movimientos fascistas asesinos
han cortado de raíz los grupos antifascistas durante los últimos setenta años
antes de que se pudieran extender? Nunca lo sabremos; y eso es algo ciertamente
bueno». (p. 141)
«Si tu principal objeción al nazismo es el hecho
de que anula los mítines de la oposición, entonces eso expresa más sobre el
tipo de política que sostienes que sobre la gente a la que criticas. Los
antifascistas no se oponen al fascismo porque sea intolerante de una manera
abstracta, sino porque promueve la supremacía blanca, el heteropatriarcado, el
ultranacionalismo, el autoritarismo y el genocidio». (p. 162)
Bray se pregunta la causa de que tantos
ciudadanos de los EE.UU. muestren no solamente su aversión al enfrentamiento
contra fascistas y supremacistas, sino incluso a la interrupción de sus
discursos en los que llaman al establecimiento de un IV Reich. Hay un
escepticismo general «respecto a la inminente posibilidad de un gobierno
explícitamente fascista en los Estados Unidos […]. Y no obstante, el
antifascismo arguye que nunca debemos olvidar que fueron muy pocos quienes tomaron
en serio a los pequeños grupos que rodeaban a Mussolini y Hitler cuando estos
iniciaron su ascenso, y por lo tanto debemos mantenernos alerta frente a
cualquier manifestación de política fascista. La falta de inquietud en torno a
dicha posibilidad viene reforzada por la frecuente tendencia a separar épocas
pasadas de la historia, tales como el régimen nazi o la época Jim Crow, del
momento presente». (p. 171)
«Si la estrategia política radical viniese
determinada en base a la preferencia pública en términos numéricos de tácticas
diferentes, los métodos más moderados ganarían casi siempre porque constituyen
la hegemonía. Si a los estadounidenses se les hubiera preguntado por el mejor
modo de poner en marcha un movimiento para conseguir la justicia económica a
principios de 2011, casi nadie, yo incluido, hubiera aprobado la idea de
organizar un campamento en un parque del bajo Manhattan [Occupy Wall Street].
Para que la política sea tanto popular como revolucionaria, los organizadores
“deben encontrarse con la gente allá donde esté”, y simultáneamente establecer
un paradigma político-estratégico-táctico que promueva la lucha. Cuando la
coreografía política se basa en los sondeos de opinión, resulta inevitable que
la política sea un espejo de la sociedad que se quiere transformar». (p. 186)
Alguien ha sugerido que la raíz de la preocupante
situación que se está desarrollando en el país que siempre se ha tomado como
modelo de democracia no es el execrable personaje que volvió a ganar unas
elecciones (incluso después de haber sido condenado por los delitos que había
cometido), sino el electorado que lo eligió. En 1933, otro execrable individuo
tomo el poder en Berlín. ¿Qué vamos a hacer si la historia se repite?
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